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Manifiesto de Montecristi: 120 años después

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Por Ibrahim Hidalgo, historiador e investigador cubano, Premio Nacional de Historia (2009)

Copia facsimilar del Manifiesto de Montecristi. Foto tomada de Trabajadores

Copia facsimilar del Manifiesto de Montecristi. Foto tomada de Trabajadores

Son escasos los textos de José Martí donde expusiera en unas pocas páginas los aspectos fundamentales de su pensamiento político. En­tre esas muestras de su capacidad para sintetizar sus ideas y trazar las vías a seguir para alcanzar los objetivos propuestos, se encuentra el documento El Partido Revolucionario Cu­bano a Cuba, conocido como Manifiesto de Montecristi, por haber sido redactado en esta localidad de la República Dominicana. Escrito por el Delegado y firmado conjuntamente con el General en Jefe, Máximo Gó­mez, recoge el pensamiento de ambos acerca de las causas que determinaron el inicio de la guerra, el 24 de febrero de 1895, así como los propósitos de la contienda, tanto para el país como para Nues­tra América y el mundo.

Sus diez párrafos son un ejemplo de orientación política, pues a la vez están dirigidos a los revolucionarios convencidos de la necesidad de la guerra, a quienes ratifica los argumentos esgrimidos durante más de dos años de preparación del conflicto; a los elementos vacilantes, a los que muestra la visión de la realidad de la colonia, sumida en el despotismo y en la falta de posibilidades de desarrollo económico y social; así mismo, incluye a quienes pudieran considerar en peligro su estabilidad y sus intereses, a fin de lograr su neutralidad, de modo que no brindaran apoyo alguno al gobierno metropolitano, perjudicial también para ellos, como demuestra en pocas pa­labras. A estos dos sectores deja las puertas abiertas, pues no se les niega su posible incorporación a las filas combativas.

La importancia que Martí le atribuía al Ma­nifiesto podemos deducirla de sus orientaciones a Benjamín Guerra y Gonzalo de Ques­a­da, sus más cercanos colaboradores en la dirección del Partido, radicados en Nueva York, para que imprimieran cinco mil ejemplares, que inmediatamente aumenta a diez mil, y los distribuyeran en Cuba, donde “está su principal oficio”, aunque también debiera llegar a los periódicos hispanoamericanos y a todos los presidentes “y a los Secretarios y Sub­se­cre­ta­rios de Relaciones Extranjeras”. Se trataba de una batalla ideológica contra “la campaña primera española”, como denomina a “la campaña política, para reducir la guerra”, fren­te a la cual despliega todas sus armas, dispuesto a vencer.

Destacaremos lo fundamental de las ideas guiadoras que aparecen en este trascendental documento.

Desde el primer párrafo, el Manifiesto expone que el nuevo conflicto bélico era la continuación de la Guerra de los Diez Años. La ex­periencia del primer intento armado sirvió a quienes reiniciaban la contienda para valorar acertadamente las profundas causas que justificaban el llamado a un nuevo enfrentamiento.

La revolución proclamó sus objetivos anticolonialistas y estableció con toda claridad que la guerra no se hacía contra los españoles, sino enfrentaba al colonialismo hispano. El Par­tido Revolucionario Cubano trazó una de­finida política para atraer o neutralizar a los peninsulares, demostrándoles el beneficio que significaría para todos en la Isla una guerra breve y humana, tras la cual el país se in­cor­po­rara a la civilización moderna, libre de las trabas y los monopolios comerciales caducos im­puestos por la metrópoli, con un pueblo unido y dispuesto al trabajo creador. Pero, a la vez, señalaba con energía el principio fundamental que regiría la contienda: “Respeten, y se les respetará”. Debía alcanzarse una nación abierta y franca para todos.

El Manifiesto combate la falsedad del antiquísimo argumento divisionista conocido co­mo “peligro negro”, utilizado durante decenios como un elemento atemorizante contra cualquier posible insurrección. El pretexto de tal temor no era más que “el miedo a la revolución”, esgrimido “por los beneficiarios del régimen de España”. Los seres humanos de las más diversas mezclas de pigmentación habían poblado las filas de la revolución en la Isla y en las emigraciones, donde en el crisol del combate o del trabajo se había depurado lo más insano de tales prevenciones. Y si en al­gún caso surgieran quienes se desviaran de aquellos sentimientos de hermandad, no ha­bía peligro alguno de choques violentos de las llamadas “razas”, pues las fuerzas unidas de hombres y mujeres dispuestos a defender la patria por encima de los intentos divisionistas, provinieran de donde fuera, extirparían el peligro momentáneo.

Otro argumento esgrimido contra la revolución enunciaba que en Cuba se repetirían las consecuencias de la incapacidad de las re­públicas hispanoamericanas para evitar, después de la independencia, la continuación de pugnas intestinas, dirimidas en guerras ci­viles que prolongaban la inestabilidad du­rante de­cenios. No eran estos los problemas de Cuba, con un pueblo de mayor cultura que los primeros en separarse del yugo colonial tras cruentos combates a principios del siglo XIX, y con aptitudes suficientes para alcanzar el triunfo y evitar los desaciertos conocidos, go­bernarse por sí mismo y defender la identidad nacional. Los elementos cohe­sionadores exce­derían a los de disolución y parcialidad que pudieran destruir la Re­pú­blica al nacer.

Una de las vías para lograr estos propósitos, y evitar los errores que pudieran conducir a la tiranía y a la imposición de soluciones caudillistas, como ocurrió en otros países, se hallaba en el acertado ordenamiento de las fuerzas revolucionarias en un gobierno que posibilitara la dirección de los asuntos civiles de los territorios liberados, asumiera la representación en el extranjero y facilitara la libertad operacional del ejército, garantizara el desarrollo de la guerra dentro del respeto a las normas del derecho ciudadano, necesarios para la consolidación de la nación cubana desde la etapa bélica, mediante el logro de la unidad de to­dos sus elementos componentes, sin la im­posición por el poder civil de trabas a los combatientes, ni el desarrollo de una casta militar que condujera a su predominio y, por ende, a la inestabilidad en la etapa posterior al conflicto.

El logro de un gobierno equilibrado y estable durante la guerra era condición indispensable para que, al finalizar esta, surgiera “una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres y la paz del trabajo”. Los combatientes de Cuba luchaban para lo­grar la fundación de una república en la que no existieran las trabas coloniales, donde los elementos populares tuvieran amplia participación democrática y disfrutaran de la justicia social, con lo cual contribuirían a la salvaguardia de Nuestra América contra las amenazas externas e internas.

La magnitud de los objetivos de la contienda ya iniciada confería a quienes se lanzaron a conquistar la patria libre una responsabilidad trascendental “ante el mundo contemporáneo, liberal e impaciente”. La importancia de la guerra independentista, tanto en el ámbito continental como mundial, no se debía solo a la posición geográfica de Cuba, “en el crucero del mundo”, sino al “servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”. Más importante que su situación estratégica con respecto al canal que se abriría en la zona de Panamá era la posición de la Isla en el punto de coincidencia de las coordenadas políticas del momento histórico, cuando la tendencia expansionista de los Estados Unidos sobre el continente ponía en peligro el balance de las fuerzas económicas, políticas y militares que acarrearía, de no impedirse a tiempo, el dominio del Norte sobre Nuestra América, con riesgo para la vida independiente de cada uno de sus países, y para la conservación de sus identidades nacionales. Por ello, el documento ex­presa que quienes cayeran en nuestra tierra no solo lo harían por la libertad de las islas del Caribe, sino además “por el bien mayor del hombre, [y] la confirmación de la república moral en América”.

En estos convulsos años iniciales del siglo XXI, la palabra de Martí continúa guiándonos en la construcción de una nueva sociedad, y nos alerta sobre los objetivos seculares del ve­cino poderoso que, por boca de su más alto representante, persiste en sus objetivos de dominio sobre Cuba y su pueblo, mediante la variación de los fallidos métodos empleados hasta ahora. En estos nuevos ámbitos del en­frentamiento, tienen plena vigencia las palabras del Maestro: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento.” Con Martí como guía, obtendremos nuevamente la victoria.

Se han publicado 2 comentarios



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  • Ismaelillo dijo:

    En un documento anterior, en su carta al General Máximo Gómez de 20 de octubre de 1884, más breve que el Manifiesto de Montecristi, expone Martí claramente sus ideas de lo que quiere para su Patria y su temor a que la victoria sobre España de paso a un régimen de caudillos militares, como había sucedido en muchas de las Repúblicas hermanas de Nuestra América, que según señala sería peor que el dominio español.

  • Juan Luis Fernández dijo:

    Me pregunto: ¿Qué hubieses sido de la Guerra de Independencia de Cuba si Martí no hubiese muerto aquel fatídico día en Dos Ríos?

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