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Villena: “Para limpiar la costra tenaz del coloniaje”

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mujer-cubana-bandera“–Perdonen la presidencia y la distinguida concurrencia que aquí se halla –exclamó serenamente el muchacho flaco y rubio, llamado Rubén Martínez Villena— que un grupo de jóvenes cubanos, amantes de esta noble fiesta de la intelectualidad, y que hemos concurrido a ella atraídos por los prestigios de la noble escritora a quien se ofrenda este acto, perdonen todos que nos retiremos. En este acto interviene el Doctor Erasmo Regüeiferos, que olvidando su pasado y actuación, sin advertir el grave daño que causaría su gesto, ha firmado un decreto ilícito que encubre un negocio repelente y torpe, digno no de esta rectificación y de reajuste moral, sino de aquel primer año de zayismo.”

Es el relato que hace el diario El Heraldo de Cuba de la intervención del autor de La pupila insomne en lo que devendría un hecho trascendente de la Historia de Cuba: “La protesta de los trece”, el 18 de marzo de 1923, hace hoy noventa años, en una rebelión contra la corrupción y el entreguismo de la “república” construida en Cuba a la sombra de Washington y que en ese momento presidía Alfredo Zayas.

Rubén lo eternizaría en su poema “Mensaje lírico civil” que entraría lo sucedido aquel día en la literatura cubana y que llevaría a Fidel a decir cincuenta años después: “Rubén, el 26 de julio fue la carga que tú pedías”. Vale recordarlo ahora que algunos personajes andan por “el Norte que su ambición incuba” soñando con retrotraernos a la Cuba servil a Estados Unidos que el gran poeta y luchador comunista combatió.

Mensaje lírico civil

(A José Torres Vidaurre, poeta peruano. En Madrid).

José Torres Vidaurre: ¡Salud! Salud y gloria,
hermano apolonida: Salud para la escoria

miserable del cuerpo y gloria para el alma
exquisita y doliente; que el beso de la palma

y del laurel descienda sobre tu sien fecunda.
¡Lucha con las tormentas! ¡Que tu bajel se hunda!

¡Quizás qué bella playa deparará el naufragio!
Lucha y confía siempre: tu apellido es presagio

de brillantes combates y de triunfo sonoro;
que sobre las anónimas tinieblas del Olvido,

Vidaurre, Vita aurea, por su vida de oro
Fulgirán las simbólicas torres de tu apellido.

(Otra etimología, de origen vizcaíno,
me da también Vidaurre como “primer camino”)

Y tras de mi saludo, te contaré mis penas
por las cosas de Cuba que no te son ajenas,

y que no pueden serte ajenas por hermano
mío, y por tu fervor de sudamericano.

Yo bien sé que la tierra de los Inca-Yupanqui
no padeció del triste proteccionismo yanqui,

–aunque un temor futuro bien que lo justifica
el apelar a Washington sobre Tacna y Arica-

pero la patria mía, que también amas tú
como amo yo los timbres gloriosos del Perú,

nuestra Cuba, bien sabes cuán propicia a la caza
de naciones, y cómo soporta la amenaza

permanente del Norte que su ambición incuba:
la Florida es un índice que señala hacia Cuba.

Tenemos el destino en nuestras propias manos
Y es lo triste que somos nosotros, los cubanos,

quienes conseguimos la probable desgracia,
adulterando, infames, la noble democracia,

viviendo entre inquietudes de Caribdis y Scila,
e ignorando el peligro del Norte que vigila.

Porque mires de cerca nuestra demencia rara
te contaré la historia dulce de Santa Clara,

convento que el Estado -un comerciante necio-
quiso comprar al triple del verdadero precio.

Y si en el gran negocio existía un “secreto”
con un cambio de letra se convirtió en “decreto”.

Tal cosa llevó a cabo el señor Presidente,
Comprar  ¡y por decreto!  devotísimamente,

si bien que nuestra Carta, previendo algún exceso,
dejó tan delicada facultad al Congreso.

(Mas el Jefe Honorable respecto a Santa Clara
dijo que se adquiriera, mas no que se pagara).

Así, como abogado, se encomendó a San Ivo,
urdió su fundamento, improvisó un motivo,

y consecuente para sus propios desatinos,
se amuralló en sofísticos razonamientos chinos.

Mas, como entonces era secretario de Hacienda
Un coronel insigne de la noble contienda,

que portaba las  llaves sagradas del Tesoro
con méritos iguales a idéntico decoro

que sus galones épicos y su apellido inmáculo
el Honorable Jefe neutralizó el obstáculo,

y esto fue lo que vimos con unánime pasmo:
¡le refrendó el decreto al seráfico Erasmo!,

señor incapaz hasta el Pecado y el Vicio,
con un delito máximo: su drama “El Sacrificio”.

Así la triste fábula del antiguo convento
fue bochornoso pacto de zorra y de jumento,

pues que la vil astucia y la imbecilidad
se unieron a la sombra de una sola maldad.

Y ¿quién te dice, amigo, que porque hice uso
de un derecho de crítica a lo que se dispuso

por el decreto mágico, y al mismo Secretario
le dije frente a frente cómo era de contrario

el pueblo a tal medida, me juzgan criminal?
¡Vivo en el primer acto de un drama judicial!

Y como me apoyaron doce ilustres amigos
padeceremos juntos enérgicos castigos.

¡Al Ministro seráfico le mordieron las Furias:
sufrimos un ridículo proceso de injurias!

Pero esto es sólo un síntoma: hace falta una valla
para salvar a Cuba del oleaje maldito:

hay la aspiración de perpetuar el delito
y la feroz política se rinde a la canalla.

Hay patriotismo falso, de relumbrón y pompa,
con acompañamiento de timbales y trompa;

se cambian Secretarios en situación muy crítica
por mezquinas “razones de elevada política”.

Mas, ¿adónde marchamos, olvidándolo todo:
Historia, Honor y Pueblo, por caminos de lodo,

si ya no reconoces la obcecación funesta
ni aún el sagrado y triste derecho a la protesta?

¿Adónde vamos todos en brutal extravío
sino a la Enmienda Platt y a la bota del Tío?

¡José: nos hace falta una carga de aquéllas,
cuando en el ala bélica de un ímpetu bizarro,

al repetido choque del hierro en el guijarro,
iba el tropel de cascos desempedrando estrellas!

Hace falta una carga para matar bribones,
para acabar la obra de las revoluciones;

para vengar los muertos, que padecen ultraje,
para limpiar la costra tenaz del coloniaje;

para poder un día, con prestigio y razón,
extirpar el Apéndice de la Constitución;

para no hacer inútil, en humillante suerte,
el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte;

para que la República se mantenga de sí,
para cumplir el sueño de mármol de Martí;

para guardar la tierra, gloriosa de despojos,
para salvar el templo del Amor y la Fe,

para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos
la patria que los padres nos ganaron de pie.

Yo juro por la sangre que manó tanta herida,
ansiar la salvación de la tierra querida,

y a despecho de toda persecución injusta,
seguir administrando el caústico y la fusta.

Aumenta en el peligro la obligación sagrada.
(El oprobio merece la palabra colérica).

Yo tiro de mi alma, cual si fuera una espada,
y juro, de rodillas, ante la Madre América.

(Tomado de La pupila insomne)

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Iroel Sánchez

Iroel Sánchez

Ingeniero y periodista cubano. Trabaja en la Oficina para la Informatización de la Sociedad cubana. Fue Presidente del Instituto Cubano del Libro. En twitter @iroelsanchez

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