Madres de Plaza de Mayo: 49 años de lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia

Las madres reunidas en la Plaza de Mayo. Foto: AFP
Aquel 30 de abril de 1977 fue la primera vez que se reunieron en la Plaza de Mayo. Eran apenas catorce madres que apenas se conocían entre sí, sin otro plan que permanecer allí hasta ser recibidas en la Casa de Gobierno.
En aquella plaza, escenario de tantos dramas históricos del país, esas mujeres —casi en absoluta soledad— comenzaron a transformar el dolor y el miedo impuesto en una acción colectiva que, con el tiempo, se convertiría en un ejemplo internacional cuyo legado continúa hasta hoy: las Madres de Plaza de Mayo.
Era un sábado. La mañana había amanecido como cualquier otra. Las tapas de los principales diarios del país hablaban de la victoria de Argentina en un torneo de tenis y elogiaban al general Videla —principal miembro de la Junta Militar que había tomado el poder un año antes—, quien concluía una gira por la provincia de Córdoba. Ningún medio de comunicación se hacía eco del drama que atravesaba el país, y mucho menos del dolor de aquellas madres que reclamaban por sus hijos y nietos desaparecidos.
Por entonces, Argentina atravesaba los años más siniestros de su historia. Tan solo un año antes, el 24 de marzo de 1976, un golpe de Estado cívico-militar había tomado el poder, dando inicio a un plan sistemático de terrorismo de Estado que incluyó secuestros, asesinatos, torturas, desapariciones forzadas y el robo de bebés.
Mediante el terror, el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” pretendió disciplinar a la sociedad, desarticular la organización de trabajadores, campesinos y estudiantes, e instaurar un modelo económico favorable a los grandes grupos económicos concentrados.
30.000 personas fueron desaparecidas y alrededor de 500 bebés —muchos de ellos nacidos en cautiverio— fueron apropiados por la dictadura.
En medio de ese infierno, las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a construir, con su andar, un camino de lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia que hoy, a casi cincuenta años del golpe, se ha convertido en una de las banderas más importantes del movimiento popular argentino.
Los primeros pasos
Nadie parecía dispuesto a ayudarlas. Las semanas pasaban sin una sola noticia, mientras los días se consumían recorriendo comisarías, hospitales e iglesias en busca de alguna respuesta, de una señal que les indicara dónde estaban o adónde se los habían llevado. Pero la única respuesta que recibían era siempre la misma: “No sabemos nada”.
Reclamaban la aparición de sus hijos y nietos, a quienes se habían llevado sin dar ninguna explicación, y de los que nadie les decía dónde estaban. Fue en ese peregrinar donde fueron encontrándose. “¿Vos también estás buscando a alguien?”.
Prácticamente ninguna de ellas tenía experiencia política previa. Sin estudios universitarios ni carreras profesionales, la mayoría había dedicado su vida al cuidado de sus familias. Cuando sus hijos y nietos fueron secuestrados, fueron ellas quienes se negaron a quedarse esperando en sus casas.
La idea de ir a la Plaza de Mayo fue de Azucena Villaflor, quien buscaba a su hijo, Néstor de Vincenti, secuestrado junto a su novia, Raquel Mangin. Ambos militantes obreros de Montoneros. Desde su desaparición, día tras día, Azucena había recorrido sin éxito todas las instancias posibles en busca de algún funcionario que la escuchara. La respuesta era siempre la misma: “No sabemos nada”.
Azucena Villaflor había comenzado a reunirse con otras madres en la Iglesia Stella Maris, vinculada a la Marina. Había llegado allí con la esperanza de que el vicario castrense Adolfo Tortolo pudiera ayudarlas en la búsqueda. Sin embargo, tras varias reuniones con el cura castrense Emilio Graselli, secretario del vicario, aquellas madres percibieron que no solo no recibirían ayuda, sino que además les estaban extrayendo información sobre sus búsquedas.
“Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vea que somos muchas, Videla tendrá que recibirnos”, planteó Azucena, cansada de la falta de respuestas. Insistía en que, si eran muchas, podrían entrar juntas a la Casa de Gobierno y así ser escuchadas.
Fue así como el 30 de noviembre fueron por primera vez a la Plaza de Mayo, donde se encuentra la Casa de Gobierno. Ese primer encuentro fue un sábado, por lo que no había nadie en la Casa de Gobierno. Entonces propusieron volver la semana siguiente. Primero la idea fue ir los viernes, pero una madre sugirió cambiar el día porque “los viernes son días de brujas”. Finalmente, lo trasladaron a los jueves.
La primera Ronda
Empezaron siendo pocas. Se sentaban en los bancos; algunas llevaban tejido para disimular y justificar su permanencia en la plaza. No sabían de dónde venía cada una ni conocían sus apellidos: se llamaban por apodos. “¿Vos venís por lo mismo que yo?”, preguntaban en voz baja al ver a otra madre sentada o deambulando por la plaza.
“El nivel de ingenuidad que teníamos… Hacíamos esas huevadas, pero teníamos unas caras que cuando íbamos por la calle todos ya sabían que nos faltaban los hijos”, recordaría Hebe de Bonafini en un documental sobre la historia de las Madres de Plaza de Mayo.
A partir de entonces, aquellas mujeres decidieron que cada jueves a las 15:30 darían vueltas a la Plaza de Mayo hasta que el Estado les diera respuesta sobre los desaparecidos. Eligieron ese horario porque la plaza estaba cerca de bancos y era la hora en que los empleados salían de trabajar, de modo que pudieran verlas y tomar conciencia de su reclamo.
Como la dictadura había prohibido el derecho de reunión, la policía comenzó a exigirles que no permanecieran agrupadas. “Señoras, acá hay estado de sitio, circulen”, era la orden. Casi de manera instintiva, aquellas mujeres empezaron a caminar en círculos alrededor de la plaza. Caminaban de a dos, tomadas de la mano, desafiando la represión policial. Sin saberlo, empezaba una tradición que continúa hasta el día de hoy: la ronda de las Madres de Plaza de Mayo.
Aquellas rondas se fueron difundiendo de boca en boca. Mientras los voceros y periodistas de la dictadura empezaron a llamarlas “Las locas de la Plaza de Mayo”.
El nombre de los desaparecidos como estandarte
De a poco, esas madres comenzaron a agruparse para compartir datos y darse fuerzas entre ellas. Fue así como, en la coincidencia de sus historias, fueron descubriendo que la dictadura cívico-militar había implementado un mecanismo sistemático de desaparición de personas.
Algunos meses después, en octubre de 1977, decidieron llevar el reclamo a la inmensa Peregrinación a la Virgen de Luján. Por su vínculo con la Iglesia, se trataba de una de las pocas congregaciones masivas que la dictadura no había prohibido.
Como no todas las madres se conocían entre sí, decidieron que, para reconocerse durante la peregrinación, llevarían un pañuelo blanco en la cabeza —viejos pañales de tela de sus hijos que muchas de ellas conservaban—. Marcharon el domingo 9 de octubre de 1977 con esas telas blancas envueltas en la cabeza, y levantaban fotos de sus hijos mientras la gente las miraba con desconfianza. A partir de entonces, usarían siempre el pañuelo, con el nombre de sus familiares bordado, como símbolo que las distinguiría para siempre.
“Después de un tiempo se empezó a decir, la gente que iba por esos lugares de Luján, ‘esas mujeres que iban con los pañuelos blancos que gritaban por sus hijos’”, recuerda Hebe en aquel documental. “Porque, claro, en todas las marchas de Luján se rezaba, qué sé yo… por el Papa, por los curas, por los obispos. Entonces nosotras empezamos a gritar, a rezar fuerte por los desaparecidos, y ahí no nos acompañaba nadie, pero bueno, nos tenían que escuchar”.

Clara Jurado (C) y otras Madres de Plaza de Mayo reclaman a sus hijos e hijas desaparecidos frente a la Casa de Gobierno, alrededor de 1982. Foto de DANIEL GARCIA / AFP
Las primeras madres desaparecidas
En poco tiempo, “las locas de la Plaza de Mayo” fueron construyendo una voz que no podía ser fácilmente desoída. Fue así como la reacción de la dictadura no se hizo esperar y, durante aquel primer año, llegaron los primeros golpes contra el naciente movimiento.
Hacia fines de ese año, Alfredo Astiz —un militar que se hizo pasar por familiar de desaparecidos— se infiltró en las Madres de Plaza de Mayo. Siguió cada uno de sus movimientos y realizó un trabajo sistemático de inteligencia sobre ellas.
La represión se concretó entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, cuando la dictadura secuestró a varias personas que colaboraban con las madres, entre ellas las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, junto con tres Madres de Plaza de Mayo: Teresa Careaga, María Ponce y Azucena Villaflor.
Todas ellas fueron trasladadas a centros clandestinos de detención, donde fueron torturadas. A los pocos días, Azucena —junto con las monjas francesas— fue “trasladada” a un aeropuerto militar, sedada, subida a un avión de la Marina y arrojada viva al mar frente a la costa de Santa Teresita, en una práctica habitual de la dictadura conocida como los “vuelos de la muerte”.
El duro golpe hizo tambalear al movimiento. Sin embargo, tras intensos debates, las madres llegaron a una conclusión: Azucena tenía razón. La posición que terminó imponiéndose —y en ese proceso emergió Hebe como referente— fue que debían seguir en la Plaza de Mayo, porque era allí donde más incomodaba su presencia. Más convencidas que nunca, decidieron mirar al terror a los ojos y continuar enfrentando a la dictadura.No seas cobarde: luche como una abuela
Su persistente lucha las fue transformando en uno de los principales movimientos de resistencia contra la dictadura. Y así, poco a poco fueron logrando expandir la lucha a nivel internacional.
Como muchas veces han contado, fue en su búsqueda donde fueron conociendo y descubriendo las militancias de sus hijos, así como los sueños revolucionarios que llevaron a esos jóvenes a luchar por un país y un mundo mejor. Fue en su peregrinar que las Madres abrazaron esos sueños que la dictadura pretendía aplastar, los sueños y luchas por un mundo más justo.
Con la caída de la dictadura, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron quienes mantuvieron viva la lucha por la memoria, la verdad y la justicia, enfrentando a las políticas de impunidad que diversos gobiernos civiles intentaron impulsar. “No perdonamos, no olvidamos, no nos reconciliamos” fue la consigna que mantuvieron en alto —muchas veces en soledad— durante décadas.
Fueron sus luchas las que permitieron abrir un proceso inédito de enjuiciamiento contra los responsables del genocidio argentino. También fueron esas luchas las que permitieron restituir la identidad de 140 nietos que habían sido robados y apropiados por la dictadura.
Una lucha que continúa, porque, hasta que no se encuentre al último nieto o nieta apropiado durante la dictadura, la identidad de toda una generación sigue robada.
Y es que la justicia nunca fue un regalo, sino algo que los pueblos deben conquistar.
La lucha por la memoria es, siempre, una lucha por el presente. Una lucha por reconstruir nuestras historias, nuestra identidad, nuestras esperanzas.
Pasaron 49 años desde aquella primera ronda, en la que participaron tan solo 14 mujeres. En ese andar, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fueron construyendo un camino, que hoy le toca transitar a nuevas generaciones.
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