Alina Perera Robbio

Artículos de Alina Perera Robbio

Es periodista cubana, columnista de Juventud Rebelde y colaboradora de Cubadebate. Ha ganado múltiples premios de periodismo en los certámenes anuales del país. Es autora del libro "Buscándote, Julio", y coautora de "Voces del milagro", "Niños del milagro", "La maldición del avetruz" y "La cuadratura del círculo".

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Nadie se atrevería a decir que él ya no es venerable: ahí está el rumor de su cuerpo, y el verdor que de cerca lo escolta y que nace de gigantes árboles, de telones tejidos de raíces y hojas, de troncos desde los cuales sigue empinándose la vida. Permanece su hechizo que atrae a los cubanos ávidos de purificación, del buen destino, o sencillamente de una paz a cuyo abrigo pueda tejerse un diálogo de cómplices.

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En traspaso siempre notable de un año al otro, el cubano se luce con todas sus añoranzas, aguardos y supersticiones. No solo se le puede ver caminado con una maleta llena de sueños, sino también quemando lo viejo que se va; o botando en un balde salvador, en forma líquida, todos los sinsabores vividos en los últimos doce meses. Esperando este 2010, esos rituales se mezclaron con la fiesta y el comer excedido al borde de la mesa donde no faltó la carne de cerdo -aunque sea pequeña-, ni la yuca, ni el tomate, ni los frijoles, ni los dulces.

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Cuba es una Isla llena de ventanas que, como las columnas y los portales, están situadas en puntos cardinales de nuestras vidas. Son para abrirnos al paisaje, y para mirar la suerte que discurre afuera como corriente en la cual nos sumergimos día a día para pescar nuestras fortunas, pesadumbres y sorpresas. Abramos las ventanas de este 2010 con Cuba. Asomémosnos a un nuevo año de la Revolución y a la esperanza de un mundo más solidario y más feliz.

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Disparando el obturador de su cámara, Liborio Noval se ha visto a sí mismo convertido en un reflejo. Armado de su máquina nos devuelve un universo paralelo al real: es el de los edificios curvos como seres vivos —arquitectura comestible, diría un genio— reflejados en los cristales; es el de las nubes, las cumbres y el follaje condensados como esencia fina sobre una hoja vertical; es el cielo de Madrid colado en la coraza de plata de un centinela; o nuestra palma real, como protagonista de una foto en sepia, mostrando sus penachos desde el parabrisas de un automóvil.

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| 9

Desde el muro del Malecón se han visto crepúsculos inolvidables. Y desde él se han lanzado flores y preguntas a las aguas; se han vivido abrazos; se han tejido sueños; y se han susurrado promesas. El muro pardo no dejará de sostener los ímpetus de familias enteras, de enamorados, de amigos, de pescadores... Así será hasta el final de los tiempos.

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El rostro del Che atrapado en los instantes terribles del entierro de nuestras víctimas cobradas por la explosión del buque francés La Coubre, en marzo de 1960, se acentúa definitivamente en la trascendencia. El Che, escapado de toda medida, fórmula o mediocridad, salta desde su presente al nuestro como evidencia de que la impronta de un revolucionario tan hondo seguirá siendo, por mucho tiempo, clave que nos obligue a buscar en el futuro.

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En estos días en que La Habana ha sido escenario predilecto de los amantes del séptimo arte, se han visto todo tipo de colas. Estas se han dado a veces a modo de estrechas ristras; y otras, como nubes densas. Y esa diversidad no ha impedido que cada quien conozca de sobra quién va delante del que va delante de él. Agentes del orden, taquilleras, porteros y transeúntes ajenos a la batalla, miran atónitos el oleaje encrespado del cual emergían manos abiertas, cabellos desordenados, bolsos, papeles y pañuelos.

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¿Cómo no había visto antes esa imagen? Es Julio Antonio Mella en el año 1928, acostado sobre la hierba, con los ojos cerrados, con el torso desnudo y un brazo delicadamente extendido hacia delante. Para contemplar la estampa aludida, habrá que tener como destino el Pabellón Cuba de la Rampa habanera, y transitar por un túnel rojo donde habita una exposición fotográfica en homenaje a Mella y a Tina Modotti, la mujer que acompañó al joven en sus últimos meses de existencia »

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"¿Cómo anda la Cosa?", pregunta el cubano y así obra un suceso que se repite infinidad de veces en este país de los saludos, del beso fácil, y del todo quererse saber. La respuesta probable será una expresión que sale disparada entre la sonrisa y el guiño de ojo: "Aquí... en la luchita". Esta última frase, a pesar de su brevedad, encierra la elección de seguir adelante con todas las armas e imaginación disponibles en el día a día.

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| 11

La memoria nuestra atesora aquellos días que llegaron tras la caída del Muro de Berlín. Horas de apagones, de muy poco combustible, que hicieron de la bicicleta un objeto salvador sobre el cual se montaron obreros, estudiantes, cirujanos y científicos para llegar a sus puertos acostumbrados. La bicicleta se consagró como callado icono de la perseverancia y la lucha por la vida. Si alguien lo dudara, que pregunte a los caminos: sobre ellos andará alguna bicicleta sosteniendo los cariños, prisas o deleites de quienes pueblan un país marcado infinitos itinerarios, urgencias y horizontes.

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La gente de esta Isla acostumbra mirar de frente; mirar limpio mientras busca la mirada del otro. Aquí muchos hablan con los ojos: aprueban o desaprueban con un simple movimiento de párpados o arqueo de cejas; o despejan interrogantes con simples intercambios de vista; o se beben situaciones con un simple golpe de ojo. Ciertamente aquí las miradas, como dice un cantautor nuestro, son el más perfecto modo de decirlo todo, todo, aunque no se haya dicho una palabra.

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Consumido por sus sueños, esos mismos que le mantienen en pie, El Quijote de Puerto Padre, en la oriental provincia Las Tunas, se deja bañar por el mar anchuroso desde una pose que parece recordarnos su célebre definición: "sé quién soy...". Es como si atendiera a algo que no podemos ver, y que lo obsesiona. Quizás está contando el tiempo disponible para seguir deshaciendo todo género de agravios y ser premiado por el valor de su brazo.

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