Artículos de Alina Perera Robbio
Es periodista cubana, columnista de Juventud Rebelde y colaboradora de Cubadebate. Ha ganado múltiples premios de periodismo en los certámenes anuales del país. Es autora del libro "Buscándote, Julio", y coautora de "Voces del milagro", "Niños del milagro", "La maldición del avetruz" y "La cuadratura del círculo".
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Al final de todos los caminos nuestros, de todas las esquinas que se doblan, de todos los sueños, obsesiones, desesperos y alumbramientos, esperamos el mejor de los horizontes: un gesto enamorado. Caminamos mucho, intensamente; nos vamos desenredando la maraña del error para habitar una perfección que no se deja ver y solo aflora en instantes, como relámpago, como estampa instantánea donde advertimos que la vida es el suceso enorme, cuya clave salvadora seguirá siendo, hasta el final de los días, amar.
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Ellos son los imprescindibles. Y andan tan sumergidos en el calor de sus oficios que tal vez no saben cuánto valgan. Sin la tenacidad discreta, despojada de oropeles, de que son capaces, la ciudad sería un caos, un elefante con plantas de papel, un vertedero. Ellos son los atlantes. Quien mire sin verlos no ha entendido nada del concierto humano. Pues ellos son más reales que otros muchos: tocan la realidad con sus manos.
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De pronto Kaloian se vio sorprendido por la nostalgia y ha recordado a su abuelo, el padre tierno, tan ligado a su infancia, que aparece en sus evocaciones yendo cada tarde al banco de un parque, allí donde conversa con amigos que también son abuelos. La lente atrapó a esos luchadores que al regresar de todas las batallas buscan ahora espacios para el esparcimiento y la fiesta de competir. Ellos se toman muy en serio eso de ir tras sus compinches y contrincantes para armar el buen dominó, o un juego de ajedrez, o de damas.
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Como solemos decir jocosamente, nuestras bodegas son el breve universo donde se mezclan lo más grande con lo más chiquito y el más allá. En ellas, donde casi siempre hay un mostrador con pinta de maderamen salvado de un naufragio, llegan los habitantes del barrio a recoger los alimentos a que tienen derecho según la libreta, esa por cuenta de la cual, hace ya más de cuarenta años, se distribuye entre todos, a precios subsidiados, parte de los alimentos que en la Isla consumimos en el transcurso de cada mes.
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Pedir aventón a un chofer desconocido de automóvil dejó de ser asunto visto en el imaginario popular como algo de viajeros solitarios y audaces, para expandirse hasta ser lo más natural del día a día. Esa costumbre conocida entre nosotros como la "botella", pervive a pesar del paso del tiempo. Asomarse a las ventanillas de los coches, entablar diálogos urgentes con el conductor -de quien se espera la mejor voluntad-, ha sido legitimada entre la gente como elección salvadora.
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¿Quién no ha mataperreado? ¿Quién no correteó vociferando de esquina a esquina? ¿Quién no se puso bien sucio y provocó el grito de su madre o abuela cuando regresó a casa? ¿Quién no se raspó las rodillas, o se partió un diente delantero mientras jugaba a la mejor de las aventuras? Por eso me conmueven tanto las fotos tomadas por mi amigo en el municipio capitalino de Centro Habana. Miro a esos niños, y de pronto me he visto a mí, cuando era como ellos y me creía inmortal.
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Para decir que estuvo en La Habana llega el viajero desde cualquier otro lugar de la Isla o el mundo y posa, sonrisa en ristre y con el Capitolio de fondo, delante de un artefacto insólito. El edificio es para los cubanos punto de referencia imprescindible, es la construcción faraónica que, inaugurada solemnemente el 20 de mayo de 1929, se robó toda la atención de visitantes y anfitriones hasta que en los años cincuenta del pasado siglo la Rampa del Vedado se convirtió en escenario de primer orden.
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La explicación más aceptada sobre el origen de la palabra "guagua" se remonta a los primeros años del siglo XX, durante la ocupación de Cuba por el ejército de los EE.UU. Los norteamericanos organizaron en la Isla un servicio de transporte colectivo por medio de carretones tirados por caballos, que en inglés se pronuncia "wagon". Se especula que la gente tomó el sonido de la palabra inglesa "wagon" como "guagua" y comenzó a llamarle así a este medio de transporte, en el que como se ve en esta galería de Kaloian "todo el mundo cabe", amores incluidos »
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Mientras ella caminaba su ciudad, un joven reparó en su vestido negro. "¿Está usted de luto?", preguntó el zalamero. Y en un acto de audacia que las mujeres no suelen protagonizar cuando son piropeadas, lanzó ella su respuesta: "Sí, ando de luto". El provocador, para rematar, sacó su mejor espada: "Ya sabía yo que lo habías matado de tan linda...", dijo, y se llevó su mejor premio: la sonrisa de una mujer tocada por la ternura.
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Como soplo purificador, el aire marino recorre todas las sendas de Gibara. El olor a caracoles, a secretos profundos, a maderos lamidos por el oleaje, sumerge a los pobladores de ese municipio de la costa norte de Holguín en una sensación de magia, de ser los elegidos para contar grandes historias de otros tiempos y de estos. Para mi amigo 10K lo más inolvidable de Gibara serán siempre sus botes tranquilamente amarrados a la entrada del pueblo, como sobrios testigos de una ciudad abierta a las mejores corrientes.
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Con su lente que mira y atrapa donde otros quizás no vean nada hermoso, el amigo Kaloian atrapó y me hizo llegar imágenes de tendederas en Caibarién, ese pueblo de pescadores al centro de la Isla. El solo nombre de Caibarién me enternece. Y de especial modo, si de pronto un amigo me muestra a ese universo con sus tendederas al aire libre, como para recordarme que el cubano gusta de orear sus cariños y costumbres leves, sin que por eso sienta la menor vergüenza.
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Si alguien pensó que los días glaciales por los cuales tiritó la Isla detuvieron ciertos caprichos nuestros, pues no alcanzó a imaginar todo el atrevimiento que puede embargar al cubano si de darse gustazos se trata. En las horas más frías de La Habana, cuando lo común era que la gente estuviera buscando abrigo bajo las colchas, o cazando el calor del pan, o asomándose al borde de un plato con sopa caliente, un grupo de muchachos se lanzaron a perseguir las crestas más altas de las olas del mar.
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