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Evocación y nostalgia

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Después de completar la «primaria», vinieron otras épocas, otros niveles de estudio, hasta llegar a la Universidad. Foto: Archivo.

Los veo pasar desde el balcón de mi casa, y una especie de nostalgia me lleva a escribir estos recuerdos. Es el comienzo del curso escolar, quizás la actividad de más arraigo, porque todos hemos sido niños y estudiantes.

En mi imaginario, regreso a aquellos años, allá en Barajagua, el caserío donde nací y viví mis primeros 14 años.

La escuela rural No. 36 y los maestros Nilza Capote y Eduardo Suárez, me parece verlos en aquella aula, con sus tizas en las manos, enseñándonos, a los más de 40 niños presentes, las primeras letras del alfabeto, que luego comprendí, eran los primeros pasos para la vida.

Aquellos dos maestros nos impartían, no sólo las clases del programa escolar de cada grado, sino también, algunas asignaturas salidas de su vasta experiencia en el aula: ética, que mucho después supe su significado; respeto, asignatura a la que más seguimiento daban mis padres, una vez que regresaba a casa; disciplina, tal vez la más necesaria para seguir adelante luego de haber dado los primeros pasos —y tropezones— en aquellos años en que comenzaba la vida.

Allí, en esa escuela transité hasta sexto grado. En mi mente, la imagen de Martí, donde cada mañana formábamos —alumnos y maestros— para cantar nuestro Himno Nacional e izar la bandera.

El jardín era atendido por los propios alumnos y, confieso, nunca lo vi perdido en hierba y el respeto por las flores era una ley.

Recuerdo el huerto, con lechuga, tomate y ají, que aprendimos a plantar y a cuidar como un tesoro salido de nuestras manos.

También me viene a la mente, por qué no decirlo, las escapadas que nos dábamos, en horario de recreo, para llegarnos hasta el muy cercano «salto», una cascada de un río, que años después supe, con mucha tristeza, se había secado.

En aquella escuela también nos enseñaron una asignatura llamada Educación Laboral, parte inseparable del concepto formador que allí se lograba. Adolescentes y jóvenes nos identificamos en aquellas clases y prácticas con oficios que podían ser el futuro.

Elementales clases de música —muy prácticas– nos enseñaron a usar algunos instrumentos—lo mío fueron los platillos—, al menos así se les decía entonces, y formamos parte de la «Banda de la Escuela». ¡Qué emoción! aquellos encuentros de Bandas que tuvimos con otras agrupaciones en Cueto y hasta una vez nos llevaron a Mayarí con igual propósito.

Reconozco que fui de los primeros lugares en desafinación y toques de aquellos metales que no tenían nada que ver con la armonía musical.

Después de completar la «primaria», vinieron otras épocas, otros niveles de estudio, hasta llegar a la Universidad.

Ya las escuelas no eran en la Barajagua natal. Eran en Holguín, Santiago de Cuba y, finalmente en la Universidad de La Habana.

De igual forma, tengo muy buenos recuerdos en cada centro y de cada aula. En la Universidad estudié Licenciatura en Periodismo. Y, como olvidar aquellas personas que contribuyeron como profesores, a la formación profesional que alcancé: Nuria Nuiry, Lázara Peñones, Pedro Pablo Rodríguez, Miriam Rodríguez Betancourt, Julio Batista, o Gustavo Du´bouchet, por solo mencionar algunos.

A todos ellos, mientras me deleito hoy, sentado en el balcón de mi casa, viendo pasar a los niños con sus padres rumbo a la escuela, mi evocación permanente al maestro, que como el médico, y la familia son las personas más importantes, que jamás podré olvidar y a las que le digo siempre GRACIAS.

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Elson Concepción Pérez

Elson Concepción Pérez

Periodista cubano y analista de temas internacionales. Forma parte de la redacción del diario Granma.

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