José Ignacio: El limpiador de calderos

José Ignacio: El limpiador de calderos. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.
Son poco más de las 11 de la mañana y un sonido metálico parece callarlo todo en la calle Inquisidor, entre Luz y Oficio, en La Habana Vieja. Se escucha rítmico y constante, desprendido del choque entre lo que parece ser “un estropajo” y un caldero.
“El estropajo”, un invento plástico y redondo con cerdas metálicas, es sostenido por José Ignacio Murillo Sánchez.
José Ignacio nació en Pinar del Río, en un caserío del municipio Los Palacios. Pero desde 1950 —“chamaquito todavía”, dice— su vida se fue anclando en La Habana.
Vive solo en una casa estrecha. Al lado, tiene una vecina que ayuda siempre que puede: lo acompaña, le cocina arroz de vez en cuando. A los 75 años, José Ignacio se mueve despacio, pero aún con el aplomo de quien ha pasado la mayor parte de su vida trabajando duro.
Durante décadas fue chofer en el puerto. Conducía camiones y tractores con pipas de agua. Empezó en los años 80 y se mantuvo allí “hasta el 2000 y pico”. Fue un trabajo largo, exigente, de sol y peso, que terminó con su jubilación. Pero la jubilación, para él, no fue descanso.
“Primero empecé a hacer esto aquí”, dice señalando los calderos que limpia. Después lo buscaron para ser “sereno” un tiempo. No obstante, lo que terminó quedándose, lo que hoy ocupa sus manos, es este oficio: limpiar calderos y ollas hasta que vuelvan a brillar.

Con un cepillo grueso retira el tizne de los calderos. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.
Su trabajo no tiene horario fijo ni garantía alguna. “Es cuando cae”, explica. A veces pasa días sin que llegue nadie. Otras veces, un vecino toca con un caldero ennegrecido por el tizne, o cubierto por la dura magnesia del agua —esa costra blanca que “se vuelve cemento” y se incrusta en el metal. Algunos buscan que él les devuelva el fondo limpio, otros que el brillo vuelva a parecer nuevo.
Y José Ignacio, con un cepillo grueso primero, luego una lija más fina, va retirando el sarro por capas, hasta lograrlo. Evita usar el motor eléctrico —“lo araña, lo daña”, dice— porque no tiene un cepillo fino que no marque el metal. Así que trabaja a mano, como quien pule con paciencia una historia ajena.
La mayoría de sus clientes son de la cuadra, aunque algunos vienen desde Regla. Lo buscan porque hace bien su trabajo, porque le pone esmero, porque no entrega nada que no le convenza. “Uno haga lo que haga —dice— si lo hace con motivación y con deseo, queda bien”. Para él, esa es la única regla. El dinero es poco, a veces casi simbólico: “Si tienen, me pagan; si no, lo dejan y cuando tengan, lo traen”.
Entre trabajo y trabajo, José Ignacio se sienta a fumar su tabaco. Casi siempre rememora los años 80, cuando regresó de cumplir misión en Angola e intentó estudiar francés. Dice que aprendió “unas cositas”, pero no terminó la escuela. Las razones se pierden en el tiempo, como tantas cosas. De ese periodo guarda recuerdos sueltos, pero también una especie de orgullo tranquilo.
Ahora, en su portal, mientras sostiene un caldero ennegrecido bajo la luz, José Ignacio trabaja sin prisa. La vida se le ha ido en oficios. Lo que hace hoy —limpiar, frotar, devolver brillo— parece una metáfora de él mismo: alguien que insiste, que no abandona, que cree que toda cosa, por gastada que esté, puede recuperarse con paciencia.

José Ignacio trabaja a mano, como quien pule con paciencia una historia ajena. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Las herramientas de trabajo. El cepillo y la lija fina. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

José Ignacio muestra uno de los calderos casi terminados. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

El espacio de trabajo. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Unos palillos de tender sostienen en el espejo dos retratos, uno de José Ignacio y otro de Fidel. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Un retrato de José Ignacio recuerda los tiempos de Angola. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Entre trabajo y trabajo, José Ignacio se sienta a fumar su tabaco. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Un tiempo para la pausa. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Las manos trabajadoras. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

José Ignacio. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.
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Bien por el periodista, me gusto el trabajo sobre la vida de este señor Alonso, como el en Cuba existen muchos que se ganan parte de su sustento con el trabajo honrado.
Creo que por su historia revolucionaria se merece mucho más y vivir en mejores condiciones.
Lo merece por el mero hecho de ser un ser humano.
Gracias a ENRO por mostrarnos esta historia tan llena de humildad y nobleza y estoy de acuerdo también con Luis que merece un poco más de atención por parte del gobierno no solo por su edad y su integridad sino por su historia revolucionaria.
Muchísimas gracias! Comparto también esa opinión.
José Ignacio merece por justicia y dignidad un vivir en descanso y cuidado. Entrego servicio integro valeroso a Cuba. Urge hacer real y concreto un sistema integral de cuidados para el adulto mayor. La población cubana será mayoría de ellos y ellas. La lógica de costo beneficio y de calculo mercantil no podrá asumir ese reto. No le interesa. Es una política de justicia igualdad y humanismo y debe ser responsabilidad social de Estado y el gobierno. Y con ello si seria una continuidad no retórica sino real.
Muy buen fotoreportaje
Esos viejitos son un tesoro a cuidar, trabajan desde el corazón, muchos años más d vida para él