La invasión a Occidente (1895-1896): Itinerario de una gesta

Desde el histórico “Mangos de Baraguá” partió el 22 de octubre de 1895 el contingente invasor oriental al mando del general Antonio Maceo. Aquella epopeya fue considerada por muchos especialistas militares de la época como el hecho de armas más audaz de la centuria.
Dentro y fuera de la Isla, la vertiginosa marcha invasora de apenas tres meses de duración hacia el oeste insular acaparó la atención del mundo. Osadía e inteligencia se conjugaron en cada acción. La campaña se acercaba más “a los prodigios de la leyenda que a los anales auténticos de nuestro tiempo”,[1] tal como sentenciaran los periodistas del periódico estadounidense El Sun.
Los generales Gómez y Maceo crearon de inicio las condiciones propicias para rebasar el teatro de operaciones centro-oriental. La exitosa Campaña Circular del Generalísimo en Camagüey posibilitó que el 22 de octubre de 1895 pudiera trasladarse desde Ciego Potrero hasta la trocha de Júcaro a Morón.[2] Ese mismo día, el héroe de Peralejo partía desde los históricos Mangos de Baraguá hacia la zona central, en compañía del Consejo de Gobierno de la República de Cuba en Armas. La cooperación táctico-estratégica se imponía. Avanzar por una geografía angosta, con fuerzas que oscilaban entre 3 mil y 4 mil hombres, enfrentando a un enemigo bien armado que llegó alcanzar cifras de 200 mil efectivos, requería algo más que audacia y valor.
Una vez reunidos ambos líderes en el campamento del barrio avileño Lázaro López quedó constituido definitivamente el Ejército Invasor, en presencia de los generales Serafín Sánchez, que comandaba el departamento militar de Las Villas, y Carlos Roloff, secretario de la Guerra. Era el 30 de noviembre, cuando se escuchó la arenga del Generalísimo que enalteció los ánimos de las fuerzas allí reunidas. La guerra empezaba justo en ese momento –les dijo: “Los pusilánimes tendrán que renunciar a ella; solo los fuertes y los intrépidos podrán soportarla. En esas filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros. No os esperan recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El enemigo es fuerte y tenaz. El día que no haya combate, será un día perdido”.
Sin dudas, la intrepidez se imponía y nadie mejor que el general Maceo para comandar el contingente que marcharía hacia el territorio donde, según Gómez, habría de librarse el “Ayacucho cubano”. El alto mando español, liderado por el general Arsenio Martínez Campos, parecía presto a reeditar un pronto Zanjón. El Gobernador y Capitán General segoviano reforzó de inmediato Las Villas. Alrededor de 30.000 efectivos fueron dislocados al oeste de la trocha. Otros miles guarnecían la capital provincial y a pueblos e ingenios azucareros, mientras la comandancia general del jefe español se trasladaba de Santa Clara a Cienfuegos.
La táctica mambisa requirió ajustarse a los imperativos de los nuevos escenarios de lucha avizorados luego de sortear la trocha: "Hemos conseguido ya nuestro principal objeto, hablábamos esa noche yo y el General Maceo; que ese enemigo se nos ponga detrás, pues en vez de detenernos nos empuja".[3] El arte militar presidía todos los movimientos tácticos; cada orden era una obra maestra de cooperación estratégica para una guerra irregular: “La serie de combates y escaramuzas, de interrupciones de líneas férreas, y toma de trenes, destrucciones de paraderos, de puentes y alcantarillas –de todo eso- se pueden llenar muchas páginas de un libro”.[4]
La concentración de fuerzas para presentar combates frontales o atacar una ciudad guarnecida cuando el alto mando lo ordenase, y la descentralización en pequeños contingentes que debían hostigar todo el tiempo al enemigo en provincias, distritos, comarcas, eludiendo acciones que pusieran en riesgo el plan estratégico, he aquí principios tácticos ineludibles que rigieron la marcha.
El 3 de diciembre de 1895, el Ejército Invasor se adentró en Las Villas por las inmediaciones de Iguará, pueblo ubicado junto al paso del río Jatibonico. Allí tuvo lugar la primera acción bélica, seguida de Casa de Tejas, Manacal, Lomas de Quirro y Siguanea. Pero fue la victoria en el combate de Mal Tiempo la que dejó expedito el camino hacia la fértil y estratégica llanura de Matanzas. El 20 de diciembre, la columna invasora incursionaba en su primera línea defensiva, y tras marcha forzada hasta Desquite, los generales Gómez y Maceo se situaron en el centro de esa provincia.
Esta unidad de acción, a contrapelo de los innumerables obstáculos de indisciplinas y conflictos entre los órganos de la revolución, fue decisiva para que ambos líderes sortearan el férreo cerco hispano en la peligrosa Matanzas. El general Martínez Campos esperaba que los jefes mambises se lanzaran contra la bien pertrechada línea defensiva Guanábana-Las Cañas de esa provincia. Otra sería la decisión del mando cubano. Reunidos en Coliseo, las columnas de Gómez y Maceo se aprestaban a ejecutar una de las maniobras más trascendentales de la campaña: la contramarcha estratégica. El 23 de diciembre, luego de entablar combate con el enemigo, emprendieron una supuesta retirada hacia territorio villareño.
La desinformación fructificó. El general Martínez Campos emprendió la persecución de un enemigo que consideraba derrotado. La sorpresa le llegó a la altura del Indio. “El lazo” se delineaba como compás sobre el terreno. Gómez y Maceo retomaron prestos el curso de la región matancera en busca de la ya desarticulada línea defensiva, destruyendo a su paso cuantas vías de comunicación posibilitara los refuerzos del burlado jefe español. En la marcha entablaron combate difícil en Calimete y, ante la mirada atónita de las autoridades coloniales, hicieron entrada triunfal, con los acordes del Himno Invasor, al sur de la provincia habanera.
“La guerra había llegado hasta el granero que abastecía la capital de la isla”.[5] El 2 de enero de 1896, el general Martínez Campos declaró en estado de guerra a las provincias de La Habana y Pinar del Río. Los ingenios Providencia, Merceditas y Nombre de Dios, en la línea Melena del Sur-Güines, se encontraban entre los que recibieron los embates de la tea incendiaria. Destruir todas las propiedades que le proporcionaran ganancias a España, sobre todo en los emporios Habana-Matanzas formaba parte del pensamiento político-militar del Generalísimo.

La noción de “patria Cuba” empezaba a dejar de ser mera abstracción o quedar circunscrita al raigal concepto local y regional de sus habitantes, para encarnar una entidad material y espiritual enriquecida en sus componentes demográficos y culturales: la patria de los cubanos.
Bajo el fragor de la tea, de la destrucción de pueblos como Güira de Melena y Hoyo Colorado (Bauta), y del galopar indetenible de la caballería mambisa, el estado psicológico y moral de las fuerzas españolas se deterioraba irremisiblemente. Grande era el desconcierto del general Martínez Campos y de toda la administración colonial durante esos primeros días de enero. Así lo evidenciaba el informe cursado por el propio Capitán General al Ministro de Guerra en Madrid:
Noticias contradictorias sobre presencia grueso enemigo me hicieron desistir avance columnas sobre Pinar del Río. Las tengo dispuestas para ir donde convenga, pero realmente desconozco situación enemigo, que se presenta por todo lados, exagerándose noticias por simpatías ó miedo en todas partes. Siguen incendios de cañaverales y algún poblado. Voluntarios de algunos poblados entregan armas, rindiéndose sin resistencia”[6]
No faltaban razones para la alarma y los desconciertos, una vez que el avance mambí por los campos habaneros no encontró la menor resistencia por las fuerzas regulares hispanas. Esta conducta, según el historiador Pérez Guzmán, podía explicarse como parte de un posible plan estratégico del mando español consistente en dejar que el enemigo avanzara hasta Pinar del Río para allí concentrar sus mayores efectivos hasta aniquilarlo.[7]
En efecto, a inicios de enero de 1896, las secciones de caballería enviadas al Guayabal, al Cano y Punta Brava con la finalidad de que desarmaran a los voluntarios de esas comarcas, regresaron luego de cumplir la misión a incorporarse a la columna del general Maceo. Como botín portaban 50 fusiles y 800 cartuchos. Quedaban otros hombres por unirse al lugarteniente general: los escuadrones que al mando del coronel Álvarez se habían separado del núcleo invasor en la línea férrea de Batabanó para proceder al reconocimiento del pueblo de Quivicán y los del también coronel Bermúdez, vanguardia de la invasión, que se hallaban ya en Pinar del Río. A estos oficiales se le añadirían algunas pequeñas partidas disgregadas tras el ataque a Güira de Melena.
La presunta idea de la existencia de un plan estratégico español pudo estar también en las mentes de los principales jefes mambises. De ahí la importancia de mantener desorientadas a las autoridades coloniales. El 7 de enero, en una zona cercana a Hoyo Colorado, el ejército invasor quedó escindido en dos columnas con sus respectivas jefaturas. El General en Jefe contramarchó con fuerzas de unos 2000 hombres hacia el sur habanero iniciando la sorprendente “campaña de Lanzadera”, con la finalidad de atraer columnas enemigas, mediante innumerables marchas y contramarchas prolongadas hasta el 22 de febrero.
El rumbo para el General en Jefe dejaba de ser el oeste para enfrascarse en movimientos laberínticos, sorteando cuantas cercas de piedra encontraba la caballería a su paso, y destruyendo vías férreas y telégrafos. En los 45 días que permaneció en la provincia habanera se efectuaron combates de importancia como los de Ceiba del Agua, Moralitos, Mi Rosa, El Navío, además de la ocupación de los pueblos de La Salud y Bejucal.
La campaña cumplió su objetivo. Mientras Gómez atraía a las fuerzas enemigas, el general Maceo se internó en la región vueltabajera, previo paso de la trocha de Mariel-Majana.
Según Miró Argenter, el general Martínez Campos no conoció de esa maniobra entre el 9 y el 10 de enero. No obstante, la entrada de Maceo a Pinar del Río fue celebrada por algunos partidarios de España que concebían la trocha como majestuosa trampa tendida al caudillo por la metrópoli. También para algunos revolucionarios cubanos constituía un peligro traspasar la angosta y cenagosa franja de terreno plagada de obras ingenieras.
Sin embargo, el optimismo hispano por su estratégica trocha comenzó a decaer con la misma velocidad que en las serranías pinareñas se dibujaban las huellas de la vanguardia invasora.
El 22 de enero de 1896, la bandera cubana, bordada por las mujeres camagüeyanas, llegó a Mantua. En el ayuntamiento de la localidad se acordó registrar el acontecimiento mediante la redacción de un acta leída en presencia del lugarteniente y jefe del Ejército Invasor.
A diferencia de la Guerra Grande, en menos de un año de iniciado el conflicto la invasión culminaba con éxito. El teatro de operaciones se había extendido a lo largo de la geografía insular, creando las condiciones para la organización del Ejército Libertador en las provincias occidentales, estructurado en cuerpos de ejército, divisiones, brigadas y regimientos.
El Ejército de Operaciones, por su parte, estuvo obligado a diseminar sus fuerzas en una contienda de carácter nacional frente a un enemigo con alta capacidad combativa, un liderazgo experto en teoría y práctica de las guerras irregulares, así como nuevos jefes y oficiales, sobre todo en los territorios de Matanzas, La Habana y Pinar del Río, fogueados durante la marcha invasora.
El fracaso del avezado general Martínez Campos, relevado a inicios de 1896, dinamitó los augurios de una pronta victoria a manos del “Pacificador”. La crisis de credibilidad de la propaganda divisionista proespañola era evidente, tanto en sectores, grupos y capas populares, como entre los propios productores quienes presenciaban alarmados la indetenible reducción a cenizas de sus plantaciones e instalaciones azucareras. La población civil tuvo la oportunidad de intercambiar con oficiales y soldados mambises, la mayoría provenientes del Centro-Oriente.
Se creaban así las condiciones para que la noción de “patria Cuba” dejara de ser mera abstracción o quedara circunscrita al raigal concepto local y regional de sus habitantes, para encarnar una entidad material y espiritual enriquecida en sus componentes demográficos y culturales: la patria de los cubanos. Mientras, el Ejército Invasor fortalecía sus bases, esencialmente campesinas, y elevaba su moral combativa cifrando sus esperanzas, quizá como nunca, en el triunfo posible.
Notas
[1] Emilio Roig de Leuchsenring: Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos, Ediciones La Tertulia, La Habana, 1960, pp. 47-48.
[2] Para más información acerca del cruce de la trocha de Júcaro a Morón, véase Colectivo de autores (Ángel E. Cabrera Sánchez (coord.): Máximo Gómez en Ciego de Ávila, Universidad de Ciego de Ávila, Ciego de Ávila, 2016.
[3] Máximo Gómez Báez: Diario de campaña, Talleres Ceiba del Agua, La Habana, 1940., p. 349
[4] Ibídem., p. 351.
[5] Instituto de Historia de Cuba: Las Luchas, t. II, Editorial Félix Varela, La Habana, 2011, p. 463.
[6] Valeriano Weyler Nicolau: Mi mando en Cuba. Historia militar y política de la última guerra separatista durante dicho mando por (Felipe González Rojas, ed.), Imprenta, Litografía y Casa Editorial de Felipe González Rojas, Madrid, 1910, p. 54.
[7] Francisco Pérez Guzmán: La guerra en La Habana. Desde enero de 1896 hasta el combate de San Pedro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1976, p. 28.
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Excelente
Buen articulo. Me traslado a mi ninez en la primaria y recuerdo del bello Himno Invasor.
Soy de edad avanzada y me gusta la historia de Cuba.
Esta es la parte de la Historia de la Patria que verdaderamente me gusta.
Hermosa historia patria