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En el centenario de José Ardévol, una mirada al músico y al hombre (final)

Publicado en: Palabras
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José Ardévol

José Ardévol

A comienzos de la década de los cuarenta, en el siflo pasado, una nueva generación de jóvenes compositores afloraba, en medio de la amenazante dispersión, y necesitaba visualizar el rumbo, afilar las herramientas, aclarar conceptos, aunar voluntades. Es entonces cuando, en 1942, José Ardévol decide convocar alrededor de su magisterio  a algunos de esos talentos y  crea el Grupo Renovación Musical. A estas alturas de la Historia el resultado que se desprendió de aquella acción se revela como el dato más contundente de lo que esta iniciativa significó cuando citamos los nombres de aquellos jóvenes talentos cuyas posibilidades futuras el maestro avizoró: Harold Gramatges, Julián Orbón, Gisela Hernández, Edgardo Martín, Argeliers León, Virginia Fleites, Hilario González, Serafín Pró, encabezan una lista que vería luego engrosar sus filas y cuya valoración se ha acometido por los estudiosos de la música cubana en el siglo XX, una de las cuales me permito recomendar por haberse publicado en momentos en que el grupo operaba como una fuerza activa y es el capítulo XVIII de La Música en Cuba, de Alejo Carpentier, obra escrita en 1946 que ha sido objeto de varias ediciones,

No puede separarse de su aspecto como maestro, su incesante actividad creadora que le hizo merecer altísimos premios nacionales e internacionales. En 1943, protagoniza uno de los más altos acontecimientos que registra nuestra vida cultural cuando compone la música del ballet Forma, sobre un poema de José Lezama Lima para un Festival de Ballet organizado por la Sociedad Pro Arte Musical. Los coros estuvieron a cargo de la Sociedad Coral de La Habana, bajo la dirección de María Muñoz de Quevedo; la coreografía a cargo de Alberto Alonso y los papeles protagónicos fueron desempeñados por Alicia y Fernando Alonso.

Su generosa y desprendida labor como promotor de la obra de sus contemporáneos cuya trascendencia en la arena internacional no hubiera sido la misma sin la gestión constante del compositor a través de las relaciones que su prestigio le había propiciado (en este sentido resulta elocuente y esclarecedor el libro José Ardévol / Correspondencia cruzada, de la musicóloga Clara Díaz, publicado a mediados de la presente década por la Editorial Letras Cubanas y presente todavía en algunas librerías del país). La década de los cincuenta le vio continuar en lucha por todas las causas justas, alineado -por supuesto-con la intelectualidad que fue capaz de crear la Sociedad Nuestro Tiempo.

El triunfo de la Revolución puso en manos de José Ardévol la alta responsabilidad de configurar, conjuntamente con un selecto grupo de colegas, el sistema de enseñanza musical que aún después de medio siglo, luego de altas y bajas, enriquecimientos y modificaciones, permanece en pie. Sus ojos brillaban ante la posibilidad de fundar bandas, orquestas, coros; sus desvelos compartidos con toda la descendencia que había creado, aquellos jóvenes a quienes contemplaba ahora -músicos hechos y derechos-empeñarse en garantizar la vida del movimiento sinfónico y coral y que, siguiendo su ejemplo, combinaban la actividad creadora con las responsabilidades que les eran encomendadas para defender una obra que no ha dejado de germinar en frutos tan espléndidos como el alto honor de que aquel primer jovencito lago y flaco en cuyos ojos pequeños el Maestro divisara la chispa del genio, aquel santiaguero ganador de la beca para cursar estudios bajo el magisterio de Aaron Copland en la convocatoria cuyos frutos inspirarían la creación del grupo Renovación Musical, llegara un día a erigirse en el primer músico merecedor del Premio Tomás Luis de Vitoria: su digno discípulo Harold Gramatges.

En el centenario de José Ardévol, una mirada al músico y al hombre nos coloca en posición de ver aparecer, en fecha próxima, el volumen dedicado a este músico como parte de la serie que el Sello Colibrí del Instituto Cubano de la Música, se encuentra preparando. Al cuidado de Ulises Hernández y Marta Bonet, la variada y significativa selección de obras pone a prueba y deja bien en claro el arte de tres mujeres: las matanceras Elvira Santiago (piano), Irina Vázquez (violín) y Felipa Moncada (cello). A manera de ilustración, hemos podido apreciar una muestra en el primero de estos dos capítulos dedicados al inolvidable Maestro.

El Cerro, 27 de marzo de 2011

Elvira Santiago (piano) e Irina Vázquez (violín) interpretan Melodía para violín y piano (1929) de José Ardévol (cortesía del Sello Colibrí)


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Marta Valdés

Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción "Palabras". La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo "feeling". Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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