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José de la Luz y Caballero: El silencioso fundador

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José de la Luz y Caballero. Ilustración.

Con gran respeto y ternura José Martí llamó a José de la Luz y Caballero “el padre amoroso del alma cubana”[1] y, tras el primer recorrido por la Florida, al retornar a Nueva York, dijo a los patriotas que lo esperaban: “Yo no vi casa ni tribuna, en el Cayo ni en Tampa, sin el retrato de José de la Luz y Caballero”.[2]

Con el magisterio del padre Varela se formó él, su más aventajado y excepcional discípulo y continuador. Sus ideas están asentadas en la reflexión científica más rigurosa y también están inspiradas en una espiritualidad de raíces éticas y religiosas. La sensibilidad cristiana de Luz, en su expresión cubana, se observa en el ideal cultural de dignidad humana y vocación de universalidad que tiene relación directa con su sentimiento ecuménico.

Profundamente sensible y justo, representó el pensamiento más avanzado de su época; sus concepciones tienen dimensiones universales, porque asumió la cultura como defensa y sustento de la conciencia política y como llama ética.

En el ideal cultural de dignidad humana y en el sentimiento ecuménico de Luz conviven los valores cristianos que alimentaron sus conceptos de patria y libertad. En su formación hay que anotar la influencia determinante del racionalismo —muy visible en los textos, actos y programas— de su obra forjadora en el colegio El Salvador.

Poco a poco abandonó los estudios acerca de la religión, hasta que en 1821 decidió no tomar las órdenes mayores y apartarse de la carrera sacerdotal, pero persistió en él la religiosidad que siempre lo distinguió y que no abandonó.

En la década de los años treinta del siglo XIX, se acentuó su actitud “perturbadora”, al decir de uno de sus biógrafos. Ante la censura de imprenta, protestó contra ella. Se producía el cierre de una etapa histórica del desarrollo del pensamiento separatista y avanzaban las ideas reformistas y anexionistas. Desde su destierro, Varela valoró la falta de condiciones propicias para la independencia de Cuba en ese momento.

Luz participó con brillantez en la renombrada Polémica Filosófica, de la cual fue su figura central y en la que se destacó por su singular “talento, por su formación empirio-racionalista, triunfando contra las posiciones del espiritualismo francés, representadas por Victor Cousin y el método especulativo, que constituían la filosofía oficial del colonialismo. Debatió con solidez y agudeza los intentos de la filosofía ecléctica, que trataba de “justificar el régimen colonial”[3] y sustituir la cubanía por el integrismo. En la historia de las ideas cubanas, la Polémica… puede situarse como un punto de referencia fundamental de la cultura filosófica de los independentistas, que iniciaron la gesta libertaria unos pocos años después de la muerte del maestro del colegio El Salvador.

Con una lógica demoledora, Luz desmontó los verdaderos móviles del eclecticismo y se pronunció decididamente a favor del método electivo, en el cual se elige para algo, es decir, con algún objetivo específico. Dentro de la tradición cultural cubana, el propósito de elegir va orientado a hacer prevalecer la integralidad de la cultura para orientar el camino hacia la práctica de la justicia. Estas concepciones se relacionan con los conocimientos que adquirió de las enseñanzas de su tío, José Agustín Caballero.

Luz exigía de las ciencias intelectuales o espirituales y de la moral, su comprobación práctica. El valor de sus ideas se halla en que solo con la integralidad de las diversas ramas de la cultura se puede alcanzar la racionalidad y la comprensión científica acerca de la importancia de la ética. Porque esta última se interrelaciona con las formas del actuar tanto en lo individual como en lo social.

Aunque se le conoció en lo fundamental por sus Aforismos,[4] él ha tenido —y tiene— una trascendental significación en el terreno del pensamiento filosófico, pues tal como el padre Varela, tanto sus ideas como sus sentimientos tienen una relación directa con la modernización de la filosofía en Cuba.

Para valorar su obra debe tomarse como punto esencial de referencia la cultura gestada en el país en la primera mitad del siglo XIX, y las conclusiones a las que arribó, que no necesitan ser bautizadas con categorías y esquemas europeos. Por su originalidad logró una dimensión filosófica incomparable. Las direcciones en que se formó la mentalidad de Luz, según señaló el destacado intelectual cubano Medardo Vitier, son tres: la religiosa, la científica y la propiamente filosófica.

Aunque las tres coexisten, la religión —como hemos señalado antes— no perderá en él sus notas trascendentes. Las ciencias particulares, al menos como cosa a priori, se desvinculan del sentido metafísico. Y la filosofía, con influencias tan heterogéneas en lo religioso y lo científico, se inclina hacia el método inductivo, pero dejando a salvo la fe en un mundo intangible.

Para Luz, el mundo de los valores espirituales era tan real como el de la materia. Su vocación filosófica —sostiene Medardo Vitier— cede únicamente a la pedagógica y por ello, según el autor de Las ideas y la filosofía en Cuba, “hay que atribuir la forma ocasional en que fijó sus doctrinas”. Nunca se puso a escribir un texto filosófico de contenido y plan uniformes. Sin embargo, “sus escritos, aunque fragmentarios y en gran parte creados para La Polémica…, nos permiten reconstruir su pensamiento”.

Para un análisis a fondo de su obra hay que leer sus Elencos;[5] en ellos encontraremos proposiciones que fijan la postura de Luz en temas fundamentales, como en el famoso Elenco del año 1835, con el que inicia el viraje del pensamiento cubano hacia el fortalecimiento definitivo de la reflexión científica.

En el Elenco de 1840 (número 5) enuncia que concibe la filosofía como un sistema de doctrinas y dogmas que se ocupan de la exposición de las leyes del hombre y del universo y en la práctica de sus pensamientos y acciones. La filosofía responde a las preguntas siguientes: quién eres, de dónde vienes, a dónde vas. Lo que significa —según nos dice el propio filósofo— que la filosofía se ocupa del entendimiento, pero también del corazón, del mundo natural y de los problemas humanos.

En su concepción filosófica, Luz sitúa como aspecto fundamental el hábito de enseñar para mejorar al hombre. Es decir, sobre el fundamento del más riguroso pensamiento científico —y de los hechos reales— intentaba descubrir las posibilidades de promover y orientar la conducta del ser humano, para que —en el ejercicio de su libertad creadora— forjara su segunda naturaleza: la cultura. Pero la confirmación definitiva estará en el resultado que se observa en la práctica humana.

Para él, nada del reino de este mundo estaba fuera del universo, el que era sometido al más riguroso examen por el pensamiento científico y filosófico. La base de su epistemología está conformada por aseveraciones como la siguiente: “La ley invariable de la razón humana empieza por lo concreto para elevarse a lo abstracto. La práctica antes que la teoría para que después ésta pueda iluminar a aquella”.

En su pensamiento —y en todo el abanico de ideas de nuestra ilustración decimonónica hasta 1868— tiene un valor especial haber asumido con lealtad insuperable los principios culturales e incluso religiosos, del cristianismo, es decir, las aspiraciones de redención del hombre en la Tierra y, a la vez, las ideas científicas y filosóficas más avanzadas de la modernidad de su época.

En las décadas forjadoras de la conciencia nacional cubana se produjo una singularidad definida por el hecho de que no se trazó antagonismo entre ética y ciencia, ni entre fe en Dios y ciencia. La primera se colocó en plena libertad de la conciencia individual y la segunda como la orientación fundamental. Hablaban de la existencia de Dios —origen y causa final del universo— como una cuestión de fe personal de cada individuo, de su sicología individual.

La idea de Dios deberá ser asumida a partir de reconocerlo en el amor al prójimo —a la humanidad— y relacionarlo con la noción del bien y de la justicia caracterizada como “el sol del mundo moral”. Por esta vía, creyentes y no creyentes asumieron en la cultura nacional una alianza que tuvo un gran alcance.

Imagen ilustrativa.

Al abordar la cuestión de la creencia de Dios como facultad de cada hombre, se estaban abriendo nuevos caminos en el pensamiento cubano, en el que se asumían los principios éticos y espirituales provenientes de la mejor tradición del hombre que murió en la cruz. Estas lecciones lucistas[6] posibilitaron el rechazo a una estrecha visión dogmática.

Su idea de la religión tuvo un profundo sentido humanista. Veía a Dios como una representación de las múltiples interpretaciones de los fenómenos del mundo y a su sistema de ideas como un instrumento experimental, un poder orientado hacia los sentidos, el corazón y la razón, religión que José Martí calificó de “natural y bella”.[7]

Los religiosos como Luz, que siguieron a Varela, se enfrentaron a la tragedia expresada, por un lado, en la contradicción existente entre el ideal cristiano e independentista que profesaban, y por otro, en los dictados de la alta jerarquía eclesiástica española.

Sus discípulos, convertidos en muchos casos a un pensamiento liberal y radical, no tuvieron una actitud extremista en relación con los sentimientos religiosos. Heredaron el amor a la patria, el sentido de la dignidad personal, el respeto irrestricto a la libertad del hombre y el decoro individual, asimilando con orgullo una ética de raíces cristianas presente en Martí y en la esencia de nuestra cultura nacional.

Luz llegó a plantear que los vínculos entre el cuerpo y lo espiritual son mucho más profundos de lo que comúnmente se cree. Su inspiración en el famoso filósofo materialista inglés Francis Bacon y en el saber de los enciclopedistas, estaba en la base de esa sabiduría.

En el ideario lucista se proyecta un pensamiento democrático que juzga la sociedad como el estado natural del hombre y, en ella, la problemática que lo afecta. Desde esa perspectiva analizó la discriminación racial en Cuba, valoró la confianza y respeto en el pueblo, defendió la dignidad ciudadana de ser todos iguales ante la ley, y ejerció la crítica en contra del fanatismo, la superstición y la incredulidad.   A partir de estas premisas, relacionó dos conceptos básicos: ética y política.

En 1844, aunque estaba ausente de Cuba, se vio involucrado y resultó acusado por los sucesos de la Conspiración de la Escalera.[8]

Al pasar a la inmortalidad, el 22 de junio de 1862, lo hizo rodeado de sus alumnos y los volúmenes de su biblioteca de El Salvador, donde vivió los últimos años. Su sepelio fue un imborrable acontecimiento de sensibilidad del pueblo, que lo distinguió como a uno de sus símbolos.

Pero este inolvidable Maestro influyó no solo por su saber y sus ideas propias en filosofía: influyó también por sus cualidades personales, por su comprensión, por su reacción piadosa ante las imperfecciones del medio y por su fibra evangélica. En los testimonios existentes sobre él se advierte que fueron su humanidad y su contextura moral las que dejaron una huella imperecedera en el contacto con su persona.

Quiso serenar las conciencias —señaló Manuel Sanguily—, pero al cabo las perturbó. “Sí, porque las condujo a esa intranquilidad dequienes ven, al fin, el oprobio en que viven. Y aún con eso el educador, todo mansedumbre y prudencia, no hablaba sino de la verdad y el impulso de propagarla que algunos sienten; de la fe, que genera raudales de caridad y esperanza; y de la justicia, sol del mundo moral”.

 El colegio El Salvador

Las primeras escuelas cubanas fueron de origen religioso, pero en ellas se imprimió el sello del padre Varela del antiescolasticismo, el ideario democrático y el pensamiento científico. Tal hecho marcó para siempre la educación y, por tanto, la cultura del país. El punto esencial del desarrollo de los conceptos varelianos se afirmó en la escuela de Luz y Caballero, quien con decoro, patriótica dignidad, sabiduría pedagógica y ética austera simbolizó lo más puro del enfrentamiento cubano al colonialismo español.

Desde el momento en que el padre Luz y Caballero comenzó a consagrarse por entero a la enseñanza, emprendió, al decir de Cintio Vitier, “otros modos más secretos de acción: de acción indirecta, de sensibilización de las conciencias, de educación táctica para la gesta de la libertad, y esa fue, de 1848 a 1862, su obra fundamental en el colegio El Salvador, tan bien entendida y calibrada por Martí”.[9]

Seguirá siendo considerado el educador más notable del siglo XIX cubano, por su legado y su obra. Su filosofía y pedagogía constituyeron método y magisterio revolucionario, por contribuir a la conformación de la hueste progresista que se enfrentó al sistema colonial, no solo criticando a explotadores y conservadores, sino educando a la clase privilegiada a la que él mismo pertenecía, y reflexionando sobre las soluciones que podían poner remedio definitivo a la caótica situación cubana de entonces.

Esa vocación de servicio constituye una característica singular de los forjadores del pensamiento filosófico cubano que se evidencia en una marcada tendencia hacia la acción social y política. Realizó análisis sociológicos, incluso de carácter jurídico, y formuló propuestas al respecto proyectándose hacia la práctica de enseñar.

Como ya se ha mencionado, Luz y Caballero fue el mentor de la pléyade de patriotas ilustrados que unidos a los esclavos, campesinos y trabajadores fundaron la nación cubana. Su mensaje trasmitido al Apóstol por ese otro gran educador que fue Rafael María de Mendive,[10] constituyó una de las fuentes principales del pensamiento universal del Héroe de Cuba y de América. Es por eso que desde estas páginas nos place exclamar: ¡Gloria a los maestros que son capaces de brindar una enseñanza capaz de despertar la conciencia y la rebeldía contra la injusticia! Y ¿cuál fue la siembra germinal del insigne director de esa venerable institución?

Luz dedicó lo mejor de su vida y obra al colegio El Salvador, para continuar con sostenido afán la obra iniciada en 1824 en la Cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos y las actividades desplegadas por él, durante algunos años, a partir de 1832, en el colegio San Cristóbal,[11] situado en el barrio habanero de Carraguao, donde desarrolló una labor de elevada eticidad y de notable valor pedagógico. Por ambos colegios pasaron como alumnos o como maestros una gran parte de los héroes de 1868.

Es sabido que podía, en cualquier momento y circunstancia, sustituir a algún profesor en matemática, física, química, ciencias naturales e idiomas y que continuaba la clase allí donde había quedado interrumpida. “Era el maestro que enseñaba todas las ciencias”. Y los sábados animaba la plática que Enrique Piñeyro llamó con toda razón “sermón laico”, su verdadera Cátedra, esperada no solamente por profesores y alumnos, sino también por el público atraído a las puertas del colegio, fascinado por la palabra del Maestro Luz, que, “con la Biblia entre las manos, comentaba pasajes de San Pedro y de los Evangelios”.

Los trescientos y tantos Aforismos que escribió constituyeron un corpus de excepcional fuerza formadora. Son sus textos más populares, por la diversidad de temas abordados y porque fueron concebidos en forma de refranes; repasemos algunos de ellos:

  • Nos proponemos fundar una escuela filosófica en nuestro país, un plantel de ideas y sentimientos, y de métodos. Escuela de virtudes, de pensamientos y de acciones, no de expectantes ni eruditos, sino de activos y pensadores.
  • La filosofía es el bautismo de la razón. Renegar de la filosofía porque no siempre nos alumbra, es renegar del sol porque suele eclipsarse.
  • La filosofía en el corazón más que en los labios.
  • El filósofo es (y debe ser) como la vela: arde y se consume para alumbrar a los demás.
  • El pensador está siempre conjugando el verbo presente, pasado y futuro.
  • Lo absoluto es el colmo de lo relativo.
  • Todos los sistemas filosóficos desnudan a un santo para vestir a otro. La gracia estaría en vestir a todos sin desnudar a nadie.
  • Todo en mí fue, y en mi patria será.
  • Los Estados Unidos, una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel.
  • La palabra es más poderosa que el cañón.

La idea clave de su escuela se reveló con particular elocuencia en aquel pensamiento: “Todas las escuelas y ninguna escuela, he ahí la escuela”, que comporta la promoción de ideas pedagógicas y culturales sin sectarismos ni estrecheces. Para él la verdad no se encuentra en un rígido sistema, sino en una concepción abierta, en la búsqueda de todos los métodos y ningún método, he ahí el método, según afirmaba.

Hay que añadir a esto su infatigable búsqueda e introducción de la experimentación como método de enseñanza. Su pensamiento —no podía ser de otro modo— se basó en las ideas de la filosofía electiva que llevó adelante su tío y mentor, el padre José Agustín Caballero.

Desde la Sociedad Económica de Amigos del País —que en 1835 lo nombró su vicedirector y cuatro años después director— propició la extensión de la instrucción pública. Al situar la educación como epicentro del ideario cubano, no lo hacía para impulsar los objetivos de la Sección de Educación de la citada institución, en su calidad de presidente, ni para enarbolar especulaciones metafísicas o de supuestas influencias ajenas, sino como categoría central de la práctica de su magisterio; ahí estaba la riqueza de su pedagogía. Recordar la máxima lucista de que “Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”.

Su saber persiguió alcanzar el conocimiento por vías empíricas a partir de la experiencia. Para Luz “el método experimental, además de ser el único productivo, era también el único verdaderamente analítico y que podía denominarse científico”.

Comenzaba por subrayar el valor de la observación en la enseñanza de la física, para luego llegar a conclusiones por medio de la abstracción, pero estas tenían siempre un carácter provisional. El principio cartesiano “duda de todo” estaba en el centro de su pedagogía. La integralidad de la educación, los métodos científicos en la enseñanza, en especial en la transmisión del conocimiento, constituyen elementos sustantivos de su pedagogía y de su fundamento filosófico.

Luz fue sensible y justo y también fue uno de los hombres más cultos de su tiempo. Representó lo mejor del pensamiento más avanzado de su época. Sus concepciones tienen dimensión universal. Asumió la cultura como defensa y sustento de la conciencia política cubana, como una llama ética que se alzó contra las contradicciones existentes. En la transformación radical que se propuso, se hallaba como aspecto clave el papel transformador de la educación y de la cultura en la vida social y en la historia.

Los alumnos del colegio El Salvador fortalecieron su sentido patriótico y avanzaron por nuevos caminos sin olvidar la herencia recibida. Se hicieron revolucionarios cada vez más radicales, confirmando en sus conciencias el legado moral del padre Varela.

El colegio El Salvador fue cerrado poco tiempo después del inicio del estallido revolucionario de 1868. Pero la trascendencia de la obra que el maestro Luz y Caballero allí realizó no será jamás olvidada por el pueblo cubano, que bien conoce que la prédica lucista, marcó la educación que recibieron en sus aulas aquellos patriotas ilustrados y brillantes; continuadores de lo mejor del pensamiento anterior, por los cuales la revolución pudo seguir adelante.

Precursores:

1. José Agustín Caballero y Rodríguez de La Barrera, maestro, teólogo y filósofo cubano. Reconocido como el introductor de la filosofía moderna; iniciador y figura más importante de la reforma filosófica en la Isla que dio inicio a la corriente del electivismo filosófico cubano, un nuevo método de pensar y hacer filosofía que tenía una “evidente intención reformadora, a través de su labor filosófico-pedagógica”. En su obra Philosophia electiva (1797), expresó que su lucha contra el método escolástico de corte aristotélico-tomista, lo condujo a escoger lo mejor del pensamiento moderno europeo (lo mejor de todos los sistemas), sin adscribirse a ninguno de ellos en particular; lo que resultó ser, por una parte, la idea de Francis Bacon sobre la necesidad de la experimentación para el avance de la ciencia y el dominio de la naturaleza y, por otra parte, la duda y el método cartesianos. Esas fueron sus armas indiscutibles, orientada a la superación de la escolástica conservadora. Esta línea de pensamiento que fue fundada por el padre Caballero, inició una tradición electiva en la filosofía cubana, que se extendió a todo lo largo del desarrollo de las ideas en Cuba, encontrando sus más altos exponentes durante el siglo XIX. Su propuesta electiva  sentó las bases de nuestra filosofía con la introducción del método electivo, el cual fue heredado por sus discípulos más connotados.

2. Félix Varela Morales (el Padre Varela), maestro, escritor, filósofo, político y sacerdote católico cubano, “el que nos enseñó primero en pensar”, fue piedra angular en la forja del pensamiento y la cultura de la nación cubana. Entre sus continuadores se encuentran la brillante intelectualidad patriótica que en la primera mitad del siglo XIX sentó las bases del ideario nacional. Defendió el derecho a la autonomía de los territorios americanos, propuso la abolición de la esclavitud y la modernización de la enseñanza. Huyó de España luego de ser condenado  a muerte y se estableció en los Estados Unidos. Desde allí fue un genuino patriota, que se consagró a fomentar el independentismo entre los cubanos y

3. José de la Luz y Caballero, pedagogo y filósofo cubano, "el silencioso fundador”, como lo caracterizó Martí, había proclamado en su pedagogía: “Todos los métodos y ningún método, he ahí el método”. Considerado patriota y maestro por excelencia. Formador de las conciencias que engrandecieron y fundaron el sentido pleno de nuestra nacionalidad. Por eso Hart pudo decir: “Caballero nos enseñó a pensar; Varela nos enseñó el camino; Luz nos enseñó a estudiar y conocer; Martí, con su inmensa sabiduría, descubrió los secretos del hacer y, por tanto, nos enseñó a actuar y Fidel nos enseñó a vencer”.

[1] José Martí. Obras completas. Edición digital del Centro de Estudios Martianos, t. 4, p. 418.
[2] Ídem, p. 303.
[3] Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro. Selección de textos de José de La Luz y Caballero, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1981, p. 43.
[4]  Ver en José de la Luz y Caballero. Aforismos y apuntaciones, Biblioteca de Autores Cubanos, vol. 7, Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1962.
[5] Ver en José de la Luz y Caballero. Elencos y discursos académicos, Biblioteca de Autores Cubanos, vol. 16, Editorial de la Universidad de La Habana, La Habana, 1950. 
[6] Relativo al pensamiento y a los valores de José de la Luz y Caballero.
[7] José Martí. Ob. cit., t. 5, p. 272.
[8] Así se le llamó a una sublevación de negros esclavos conocida por medio de una delación, según la cual la revuelta debió comenzar en la Navidad de 1843, en un ingenio de la región de Matanzas. La escalera era el procedimiento utilizado para lograr las confesiones de los supuestos complotados; los acusados eran atados bocabajo a una escalera, para ser azotados hasta que confesaban su delito o fallecían. El poeta Diego Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, fue uno de los injustamente fusilados.
[9]  Cintio Vitier. Ese sol del mundo moral, Ediciones Unión, La Habana, 1995, p. 30.
[10] Rafael María de Mendive (1821-1886). Poeta y destacado intelectual cubano, fue el maestro de José Martí, encarcelado y desterrado a España a raíz de los sucesos del teatro Villanueva en 1869. Volvió a Cuba en 1878. La primera edición de sus Poesías fue publicada en 1860. También es autor de unas versiones de las Melodías irlandesas, de Tomás Moro.
[11] Según la doctora Hortensia Pichardo Viñals, el Colegio de San Cristóbal de La Habana “fue durante cuarenta años (1829-1869) un destello de luz en la educación en Cuba, en medio de una sociedad atrasada. Se destacan la labor creadora de los hombres que lo rigieron: Antonio Casas y Remón, José de la Luz y Caballero y Rafael Navarro. El Colegio pretendió educar a los niños aislándolos del esclavismo. Forma parte de la modernización y secularización del pensamiento cubano, muy alejado de las formas y métodos impuestos desde los siglos anteriores por una pedagogía dogmática y autoritaria”. (www.ecured.cu).

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  • Luis T dijo:

    Para mi Luz y Caballeros, el pedagogo mas grande que ha dado este país, es una lastima no se sea mas proactivo en difundir su pensamiento, fundamentalmente entre las nuevas generaciones de docentes. Lo que dijo hace mas de un siglo tiene total vigencia, hay dos libros excelentes. 1. Del ideairio pedagogico de José de La Luz y Caballero y 2. Escritos educativos

    • Tamara Valdes Perez dijo:

      Muy de acuerdo. La Editorial Imágenes Contemporáneas público las Obras Completas con Anotaciones de nuestra Alicia Conde que son una maravilla. Está en VD a la venta en la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz. Los cubanos todos deberíamos leer a este pensador. Nuestro Primer Secretario del PCC y Presidente Diaz-Canel en sus palabras en el Seminario de preparación del próximo curso escolar termino refiriéndose al pensamiento pedagógico de Luz y no lo dijo por gusto. Lean y sabrán.

  • Tamara Valdes Perez dijo:

    Luz fue para mí el maestro más grande de la primera mitad del siglo XIX en la isla. A través del metodo explicativo y la práctica de su filosofía electiva enseño a pensar por si mismo a la nueva generación. En la Sección de Educación de la Sociedad Patriótica Amigos del País y a través de sus polémicas en los Diarios de la época divulgó al pueblo cubano y al exterior una nueva manera de enseñar con un máximo principio; el patriotismo. Diseño un paradigma de maestro excepcional a través de su propia Praxis y con sus escritos. A través de sus charlas sabatinas transmitió a la familia la necesidad de que formara parte de la educación de los niños; decía que hay tres elementos claves en la educación escolar: el estudiante; el maestro y el ojo del director. Urge estudiar en las escuelas pedagógicas y en todas las enseñanzas toda la obra de este intelectual. Aporto a todas las ciencias y estos tienen un alto valor didáctico pedagógico filosófico psicológico político ético moral estético. Dijo palafraseandolo...ni todo lo que viene de fuera es lo mejor ni todo lo que es nuestro es lo peor ...para que Cuba sea libre soy yo maestro de escuela...relaciona la educación con la emancipación; lucho contra la esclavitud y la trata...sobre la cuestión del negro lo más negro no es el negro ...y aún persisten en nuestra sociedad estereotipos y manifestaciones discriminatorias...estudiemos su obra y seremos mejores personas; mejores padres; mejores maestros; mejores cubanos

  • Godofedro dijo:

    Viva Josué!!!!

  • Dr. C. Falconeri Lahera Martínez dijo:

    Es muy enserio wuese haga algún comentario preliminar que precise la fuente original y la fecha el que se publicó este artículo.

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Armando Hart Dávalos

Armando Hart Dávalos

(La Habana, 13 de junio de 1930 - La Habana, 26 de noviembre de 2017)
Destacado intelectual y político cubano; ferviente estudioso del pensamiento y la obra de José Martí, el Héroe Nacional Cubano. Integró la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, desde su fundación en 1955 y tras el derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista fue designado como Ministro de Educación del gobierno revolucionario cubano. Al crearse el Partido Comunista de Cuba en 1965 fue elegido miembro de su Comité Central y de su Buró Político. Fue designado Ministro de Cultura desde la apertura de dicho ministerio en diciembre de 1976 hasta abril de 1997, en que fundó y pasó a dirigir la Oficina del Programa Martiano, adscripta al Consejo de Estado y la Sociedad Cultural José Martí.

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