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Las mismas arenas, otras huellas

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Foto: Ismael Francisco.

Liborio Marrero Labrador, recostado en el taburete y sin dejar de observar las volutas de humo azul que desprendía el habano, musitó ensimismado: “¡Ah, el comunismo, el comunismo… me metían miedo con eso cuando ‘vejigo’!”. Yo descalzo, limpiando caña, con la barriga transida y unos de traje y corbata venían a decirme: “Cuidado, que los comunistas te pueden joder la vida”.

Se quedó pensativo, de lejos parecía dormido, pero el nieto lo conocía, sabía que antes de la próxima bocanada podía venir un torrente de cosas que le bullían en la mente y que salían disparadas como ráfagas de ametralladora.

Al muchacho le interesaba el asunto, algunos lo habían atacado en internet con insidia desmedida y solo porque publicó la imagen del viejo (entonces joven) con su uniforme de miliciano, muy cerca de un grupo de hombres desconcertados y con el reflejo de la derrota en el rostro, allá por las arenas de Playa Girón.

Lo tildaron de “perro comunista” y hasta ofendieron al de la fotografía catalogándolo de “esbirro castrista”. El abuelo no sabía mucho de ese mundo digital donde se pelea ahora, pero según lo explicado por el nieto, aquello se parecía bastante a sus combates de antaño: de un lado la Revolución, del otro los mercenarios.

Se reclinó un poquito más, ladeó el sombrero, miró el penacho de una palma y disparó: “Después de vivir 90 años y solo atinando a las cosas que mi cabeza guarda, te puedo decir que he pasado esta existencia rodeado de comunistas. Los primeros que conocí perdieron la vida acribillados por otros que les tenían más miedo a sus ideas que a sus cuerpos. Después tuve un maestro joven que me enseñó a escribir; dos cirujanos que me salvaron de apendicitis; una doctora que venía cada tarde a tomarme la presión y el último fue un muchachito como tú, que me trae el periódico y me aconseja que no me quite el nasobuco”.

Luego se paró como si se hubiera tragado un resorte. Él lo hacía a veces, cuando alguna gallina se metía en el maíz. Colocó la mano callosa sobre el mango del machete, se apartó el tabaco de los labios y antes de irse a espantar la intrusa, terminó el último disparo: “Todavía no conozco a ninguno que me dijera esas barbaridades que te han escrito a ti”.

Se han publicado 3 comentarios



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  • tita dijo:

    me siento identificada con el sentir del liborio,los que denigran y difaman no saben en realidad que es un comunista, les falta capacidad para asimilar la grandeza de un hombre con esta condicion.

  • Amistad dijo:

    Interesante reflexión que demuestra, desde las vivencias de un Liborio-cubano-sencillo, la esencia del ideal comunista que defendemos. Gracias al autor por compartirlo. !FUERZA CUBA QUE LA VERDAD ESTÁ CON NOSOSTROS!

  • GALA dijo:

    Buen relato. Síntesis magistral de 60 años, que serán más porque hay y habrá continuidad. Felicidades a los milicianos de todos los tiempos.

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Miguel Cruz Suárez

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