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El subsuelo de la ciudad

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Las luces de La Habana. Ismael Francisco/ Cubadebate.

El crecimiento desmesurado de las ciudades atenta contra su sostenibilidad. A lo largo del siglo XX, algunas urbes de América Latina alcanzaron una expansión demográfica que llevó a la concentración de millones de habitantes y sobrepasaron el número de pobladores de países como el nuestro.

Conocí la Ciudad de México cuando todavía era la región más transparente del aire. En pocos años se convirtió en una macrourbe, con gravísimos problemas de contaminación ambiental y serias dificultades para el movimiento de las personas. Los nuevos habitantes procedían de las zonas rurales empobrecidas y se lanzaban en busca de empleo en la servidumbre y en el sector informal de la economía.

Aprendí mucho acerca de la historia de la arquitectura y del desarrollo del urbanismo, una ciencia eminentemente interdisciplinaria destinada a sentar las bases conceptuales de un desarrollo armónico que tenga en cuenta tanto factores técnicos como sociales, con el propósito de procurar un hábitat hecho a la medida de las necesidades materiales y espirituales del ser humano.

Sin embargo, una lectura mucho más remota me había conducido a intuir dónde se encuentra el corazón que asegura la vitalidad de las ciudades. En Los Miserables de Víctor Hugo uno de los pasajes más emocionantes se produce en la persecución del protagonista por su enemigo inveterado, a través de las alcantarillas de París. Por esa extensa red subterránea se elimina buena parte de los desechos generados por la humanidad en su existir natural, junto con todos aquellos derivados del acrecentamiento de los hábitos de consumo. Son las aguas negras que, de no encontrar vías de salida, brotan a la superficie con la consiguiente pestilencia añadida a la aún más grave amenaza contra la salud. Los más acogedores conjuntos urbanos están amenazados por el socavamiento de la higiene que procede del subsuelo.

Por ese territorio invisible se produce el suministro del agua, del gas y, en muchas zonas, de la electricidad; contribuciones del progreso humano para sustentar la vida que conocemos, a partir del desarrollo de la modernidad. Sin ellos, el vivir en concentraciones urbanas resultaría imposible.

A pesar de no haber llegado a las dimensiones de las macrociudades, La Habana creció de manera indetenible en el siglo XX. En la capital del país se concentraba la administración del Gobierno, sostén de una burocracia hipertrofiada durante la República neocolonial por el clientelismo político, las llamadas botellas que compensaban a los electores de los partidos políticos.

Por su situación geográfica, seguía concentrando el acceso a la importación y exportación de mercancías, a la vez que mantenía en su seno el mundo de los negocios. A pesar del desempleo existente, ante la miseria de los campos la inmigración interna fue constante. Así se fue expandiendo horizontalmente. Apareció El Vedado, un conjunto urbano diseñado integralmente, según las tendencias más avanzadas de la época.

Los tentáculos de la ciudad se apoderaron de los municipios colindantes, como Marianao y Santa María del Rosario, mediante urbanizaciones de distinta calidad. Hubo barriadas de lujo, zonas modestas, repartos improvisados por la especulación financiera sobre el valor de los suelos, a veces concebidos con escasa atención a la adecuada infraestructura del subsuelo. También se urbanizaron espacios rurales, como sucedió en el municipio de Arroyo Naranjo.

La construcción del túnel bajo la bahía y el triunfo de la Revolución ampliaron la edificación de viviendas en sentido inverso al tradicional de la ciudad. Se llevó a cabo una marcha hacia el este. En esa dirección se produjeron dos etapas, una de ellas al crearse en 1959 el Instituto de Ahorro y Vivienda, que impulsó una encomiable labor constructiva en esa zona y en otros lugares.

Bajo la presión apremiante del crecimiento demográfico, el movimiento de microbrigadas edificó aceleradamente el barrio de Alamar, donde se concentra en la actualidad un considerable número de pobladores. Las sucesivas coyunturas de precariedad económica, la acción del bloqueo y el posterior derrumbe del campo socialista, unidos a la exigencia de prioridades para otras inversiones, contribuyeron a la falta de mantenimiento del subsuelo y de todo aquello que emerge a la mirada del paseante.

Por lo demás, aparecieron numerosas viviendas improvisadas, con frecuencia desprovistas de las adecuadas redes. Las distancias entre la casa y el centro de trabajo se acentuaron. La urbe que apenas en el siglo XIX derrumbaba las murallas que otrora la protegieron de los ataques piratas, se ha convertido en la gran Habana.

La conmemoración del medio milenio de su nacimiento incita a un necesario análisis interdisciplinario orientado a formular estrategias a corto, mediano y largo plazos, teniendo en cuenta la realidad concreta del presente y las perspectivas que depara el futuro.

Todo parece indicar que el tiempo de las macrociudades está llegando a su fin. Las tecnologías de la comunicación facilitan el trabajo a distancia. El aumento de la automatización de los procesos y la anunciada incorporación de la inteligencia artificial plantearán problemas prácticos y sociales en torno a la distribución del empleo, conjugados con la exigencia de poner coto a la depredación de la naturaleza.

Nuestras debilidades actuales pueden convertirse en fortalezas porque, a pesar de todo, nuestras ciudades conservan la dimensión humana, con el respiradero de sus parques y de sus espacios para la convivencia.

Disponemos de un panorama arquitectónico que, sin desconocer las tendencias de cada época, no se conformó con constituirse en copia mimética. Se ajustó a las características de los materiales disponibles y a las demandas del clima. En el litoral habanero no se levantaron altas barreras que interfirieran el movimiento natural de la brisa.

El encanto de La Habana reside en el carácter de su gente y en la preservación de la narrativa histórica de su paisaje arquitectónico. Favorecer el bienestar de sus moradores, convertir en conciencia activa el amor a su entorno edificado e impulsar un turismo cada vez más cualificado son factores interdependientes que actúan en favor del desarrollo al que aspiramos.

La Habana. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

(Tomado de Juventud Rebelde)

Se han publicado 2 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • HECTOR Y EL HERMANO dijo:

    Magnifico artículo profesora, un tema estratégico, un diseño aún no recreado por parte del sistema de la ciencia cubana, que exige como punto de partida una armazón de conceptos, y muy importante profesora, conceptos nuevos acorde a nuestra contemporaneidad y sus tendencias de desarrollo . El punto es, que al abordar este asunto, usted nos muestra la necesidad urgente de conceptualizar correctamente nuestro programa de desarrollo hasta el 2050 bajo criterios científicos multidisciplinarios liderados por las ciencias sociales.
    El crecimiento de las ciudades es una tendencia, algo lógico, propio de la naturaleza del ser humano, realmente una bendición para su propio desarrollo, no un problema, si un reto. Ese tipo de aglomeración es una necesidad del desarrollo de nuestra especie, sin ello posiblemente limitaríamos nuestras motivaciones, la longevidad y la vitalidad que hoy exhibimos como especie que demostró ser la mejor que se adaptó y se sigue adaptando al cambio. Sin ese tipo de aglomeración posiblemente nuestro “disco duro” no hubiera logrado ese extraordinario desarrollo que hoy tiene, porque nuestra especie necesita de esa interacción social, y mientras sea mayor, mas correlaciona con su desarrollo, los reciente avances de la neurociencia lo argumentan, quizás más del 70% de la población mundial para el 2050 viva en ciudades. El reto es precisamente aceptar ese desafío, enfocándose más en su ordenamiento, racional y amigable con el propio desarrollo y expectativas del propio ser humano. Haciendo un símil, los leones son los únicos felinos que viven en manadas, su fortaleza está en la manada, cuando alguno de ellos es desterrado de la manada no pueden sobrevivir a no ser que formen otra manada, el estrés de su soledad los mata, se hacen más vulnerables. El desarrollo alcanzado por el ser humano en su actual contexto, así como sus tendencias hacen ver con claridad que estamos ante un proceso dialectico e irreversible, nos asomamos a una era de mayor convivencia e interacción urbana y social, un reto para la ciencia y el campo político. El socialismo ahí tiene las mayores ventajas al edificar tal desarrollo de una forma mucho más científica y armónica.
    Conceptos como crecer en verticalidad hasta hace poco lógicos en una urbe, hoy son irracionales mirando los nuevos escenarios tecnológicos, donde esos muy altos y esporádicos edificios se volverán en un obstáculos para las futuras vías de transporte citadinos, el espacio aéreo. Conceptos como evitar ese crecimiento urbano de forma vertical deben convertirse en estrategia, crecer no es ampliar, debe ser sinónimo de optimizar y potenciar los recursos existentes para hacerlos más productivos, y con ello atender un mayor volumen poblacional urbano que asegure una mayor y acotada base tributaria que sin dudas permitiría aumentar los beneficios, en infraestructura y servicios que a su vez atraen más población creando un sinergismo dialectico en su desarrollo. Innovar en los conceptos como el tamaño de una habitación en una urbe capitalina, cambiando empáticamente los conceptos que tenemos de confort y funcionalidad para una vivienda para las nuevas generaciones a tono con sus expectativas, así como enfrentando la invasión de turistas que genera la industria del milagro, donde creamos alojamientos empáticos acorde a esas exigencias, con un espacio muy reducido pero con mucho confort, como pueden ser los sleep box, u otras modalidades que permitan optimizar el espacio urbano. De la misma forma conservar locales y espacios que recreen la historia y nuestra cultura debe ser una alternativa para preservar aquellos más valiosos, pero no podemos asumirla como una política de desarrollo urbano coherente, como una actitud generalizada que nos lleve estratégicamente a un desarrollo urbano irracional. Japón es quizás el país con la mayor cultura de preservar sus costumbres e instalaciones afines a su historia e idiosincrasia, pero a la hora de diseñar y optimizar su espacio urbano lo han hecho con un sentido práctico y científico que armonice con su cultura y costumbres.
    Sus artículos profesora son una tormenta de nuevos y revolucionarios conceptos para conformar la estrategia de desarrollo urbano de la capital, un reto pendiente por parte de la ciencia cubana.

  • Sender Escobar dijo:

    Muy de acuerdo con la profesora y me pregunto porque no imitamos estrategias ambientales como la de Japón que clasifican su basura atendiendo a la naturaleza de sus desechos y así evitan una contaminación desmesurada que afecta la areas urbanas. Tambien colocar contenedores de basura para desechos de plastico, vidrio etc. y los elementos de natauraleza percedera pudieran ser utilizados como medio de generación de energía. En las universidades los desechos sólidos y líquidos también pudieran tener un fin energético. Acabo de leerme Los Miserables y los capítulos del alacantarillado son a mi opinión uno de las mejores atmósferas recreadas por V.H en esa magistral novela aparte de intensa, emocionante e instructiva (en cuanto a trama) es muy interesante la visión de Víctor Hugo sobre un elemento tan presente en el desarrollo social y la tesis que plantea V.H sobre la solución fructífera que se pudiera dar val contenido de la alcantarilla , en fin los encargados en estas cuestiones deberían analaizar a profundidad y tomar los mejores ejemplos para implementarlos en nuestro país

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Graziella Pogolotti

Graziella Pogolotti

Crítica de arte, ensayista e intelectual cubana. Premio Nacional de Literatura (2005). Presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y presidenta de la Fundación Alejo Carpentier.

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