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Ser o dejar de serlo

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El primer ministro Boris Johnson en el museo de Ciencias de Manchester. Foto: AFP.

Ante asuntos escabrosos es necesario contar con mentes creativas y abiertas a varias determinaciones. Dejar detrás juicios preconcebidos o intereses ruines. En esta coyuntura no se trata de territorios fragmentados sin tener en consideración rivalidades étnico-tribales o religiosas, que dieron pie a fuertes dramas posteriores –algunos de dramática actualidad- en África o el Medio Oriente, cuando el antiguo imperio colonial británico dejaba aquellas “posesiones de ultramar”. Ahora se trata de ellos, y puede dolerles.

El presente nos trae que, con unos 92.157 votos (0,04% del padrón electoral a escala de país), los miembros del Partido Conservador convirtieron a Boris Johnson en primer ministro del Reino Unido. Es la segunda vez, en 4 años, que los tories cambian al jefe del gabinete sin pasar antes por elecciones con participación ciudadana. En el 2016, cuando renuncia David Cameron tras el referéndum para la salida de la Unión Europea (el apostaba por mantenerse dentro), se hizo otra votación interna similar a la que acaba de realizarse. En aquella oportunidad la favorecida fue Teresa May, quien, como su antecesor, y casi por idénticos motivos, dimitió ante el fracaso en las negociaciones remitidas al divorcio entre Londres y el Pacto Comunitario del Viejo Continente.

Salvo excepciones, casi todos los medios difusivos británicos, seguidos por una mayoría de la mundial, sacan a relucir la reprensible historia del nuevo premier, aludiendo a la estela dejada por él en el periodismo (The Times, Daily Telegraph), al exagerar datos o mintiendo a fondo en artículos destinados a desacreditar a la UE, acusándola de implantar malas normativas para la sociedad, pero, en substancia, eran sentencias establecidas por los propios gobernantes del Reino Unido, no de Bruselas.

No es el único detalle divulgado sobre las características que deslucen a Johnson, acusado hasta por sus adeptos, de darle patrocinio a deseos convertidos en golosinas demagógicas para ganar adeptos. Su inconsistencia programática se da a través de su desempeño como alcalde de Londres, cuando propuso obras ciclópeas irrealizables tanto por su coste como por su inoperancia. Todas fueron archivadas. Ahora, con parecida frivolidad, se refiere a un futuro maravilloso una vez salgan de la UE, una asociación donde, encima de otras conveniencias, el Reino Unido obtuvo siempre ventajosas excepciones.

Y prefiere una separación por la fuerza, anulando la salvaguarda prevista por Bruselas entre el Ulster norirlandés y la República irlandesa, concebida para evitar el retorno a un conflicto sangriento adormecido, pero no resuelto. Los Acuerdos del Viernes Santo que amainaron el dilema entre unionistas protestantes probritánicos e independentistas católicos, tiene entre sus arreglos centrales la no existencia de obstáculos fronterizos, algo, al parecer, no estimado por el flamante premier, pero con devenir muy peligroso. Un regreso a las barreras entre las dos áreas, multiplicará los puestos de vigilancia y los controles sanitarios de las exportaciones europeas. Eso tiene precio y no conviene a ninguna de las partes.

Otro ángulo de sus planes es también temerario. Ha dicho que no pagará los más de 42 mil millones de euros que en calidad de préstamos avanzados o con destino a inversiones les otorgara el fondo común de la UE. En el imaginario de Johnson, el brexit permitirá ahorrar 350 millones de libras semanales, lo cual significaría más de 16 mil millones por año, imposible, señalan los expertos, a quienes todo indica no se les escucha.

Como Johnson se mueve hacia una salida sin acuerdos, economistas y empresarios alertan sobre los daños que va a sufrir el país lo mismo en la esfera productiva o en la amplia gama de los servicios, incluyendo en ellos el mundo financiero. Los informadores reproducen criterios de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, dedicada al análisis independiente de las finanzas públicas, desde donde opinan habrá una recesión y otros daños económicos. Así lo consideran también el Fondo Monetario Internacional, el Banco de Inglaterra y el Tesoro Británico, entre varias de las instituciones que alertan sobre los efectos negativos de la separación, sobre todo si ocurre por las malas.

Dado su historial (fue acusado de mentir deliberadamente en la campaña para el referéndum del 2016, con argumentos similares a los esgrimidos en la actualidad, y arguyendo que esa cuantía pudiera destinarse a la salud pública), y teniendo en cuenta su escasa prudencia en la arraigada práctica del bluf político, quienes avizoran los males inmediatos y siguientes, insisten en la urgencia de frenar impulsos mal medidos o irresponsables.

Se cita, entre varias, la certeza de Johnson con respecto a la garantía de establecer un pacto sustitutivo con Estados Unidos, algo con trazas nebulosas debido a la lejanía y, sobre todo, a lo errático de Donald Trump, o su capricho por las sanciones, incluso si afectan a una parte del empresariado estadounidense.

El jefe del laborismo, Jeremy Corbyn, dio a conocer su sospecha sobre la ausencia de un plan serio de Johnson en cuanto al Brexit, y las fórmulas del hipotético acuerdo comercial que les afiliaría al renegociado TLC de América del Norte. Corbyn, con criterios similares a los de personalidades de todas las tendencias, la May incluso, dijo que “este país está preocupado porque su primer ministro se sobreestime a sí mismo” y le pide que concurra al criterio popular mediante referéndum, con este tema manoseado durante 3 años en las altas esferas, al margen de las manifestaciones de calle en contra de seguir adelante con un designio al cual se teme.

Entre los bien enterados se afirma que el verdadero empeño de Johnson está destinado a aumentar las normativas neoliberales entronizadas en los 80 por Margaret Thatcher, aumentando la desregulación en todos los ámbitos, pero fuera de eso, y de un posible pacto con Trump, su discurso está conformado por palabras ilusorias o hueras.

Dentro del ámbito conservador existen temores sobre las propuestas de Johnson. El hasta hace poco ministro de economía y avezado político torie, Philip Hammond, asegura que se agotarían 27 mil millones de libras esterlinas de las reservas nacionales con un brexit sin acuerdo. Otra gota de agua en el torrente.

La situación generada y las tendencias particulares del nuevo inquino de Downing Street, avivan el ya declarado propósito de los escoceses de no seguir a la zaga de Londres. Nunca quisieron salir de la UE, se desempeñan de forma local con reglas de corte más socializado que las aplicadas en Inglaterra. El sentimiento independentista aumenta, en parte como rechazo al desgajamiento de una asociación ventajosa. Si abandonan a su socio, sería una baja a concomitar negativamente en lo económico y en el peso internacional del Reino Unido.

Simon Coveney canciller céltico dijo sobre Johnson: “Parece que tomó la decisión de colocar al Reino Unido en la trayectoria de colisión con la Unión Europea y con Irlanda, en lo referido a las negociaciones del Brexit, y creo que sólo él puede responder a la pregunta de por qué lo está haciendo”.

El 31 de octubre es la fecha tope para el desgajamiento y Ursula von der Leyen, recién elegida presidenta de la Comisión Europea, (asume mandato el 1 de noviembre) se dijo dispuesta a dar una nueva prórroga para la separación, pero siempre partiendo del acuerdo ya convenido con la premier saliente. ¿Se mantendrá inflexible la UE, hasta aquí renuente a modificar los acuerdos alcanzados al cabo de dos enredados años?

Será cosa sin duda importante, el cómo reaccionará la Cámara de los Comunes ante las amenazas e inseguridades reinantes.

Por delante queda, entre las potenciales emergencias, que se efectúe otra consulta ciudadana, o, también, emprender nuevas elecciones. Las dos alternativas tienen ventajas y riesgos indeseados por Johnson y el rudo gabinete que comenzó a acompañarle, temerosos de perder el mando. El resto de las fuerzas políticas tienen ante sí un arriesgado tiempo y la difícil misión de acertar. El caso tiene numerosos capítulos pendientes y poquísimas posibilidades de desenlaces dichosos si la tozudez y la torpeza siguen imponiéndose.

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Elsa Claro

Elsa Claro

Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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