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Apuntes sobre mundo deseado y mundo posible

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“Cuba: país deseado y país posible”, publicado recientemente en Cubadebate, aborda un tema que sería erróneo valorar desde posiciones localistas estrechas. Debe verse, aunque sea con unos pocos ejemplos, a la luz de la historia y del contexto mundiales. Parece cierto que en justicia social, no solo en logros materiales, la humanidad ha tenido avances. Pero vale preguntarse si la equidad ha primado en la evolución desde la antigua esclavitud —con rebeliones como la célebre de Espartaco— y el régimen feudal hasta hoy, con siglos ya de un capitalismo que hace más de cien años recorre su fase imperialista, y con el que han tenido que lidiar los afanes de construir el socialismo.

La vida de las minorías explotadoras, dueñas de casi todo, no la disfrutan ni de lejos las mayorías víctimas de la opresión, poseedoras de casi nada, o de nada, y sobre cuyos hombros ha descansado la mayor parte de los sacrificios hechos para transformar el mundo. Junto con los avances ha habido aspiraciones truncas o frustradas, en mayor o menor medida, por el peso de las fuerzas que las han combatido. Así que la equidad y la plena dignificación humana siguen siendo, en esencia, metas. Puede por ello decirse que las grandes utopías siguen siendo lo más digno, sobre todo cuando, en vez de resignarse a verlas como quimeras inalcanzables, se las defiende con el propósito de hacerlas realidad.

El tema suele verse en los terrenos de lo estrictamente político, pero ahí no termina. Uno de los ejemplos posibles lo ofrece el cristianismo originario, que aquí se recordará sin pretensión alguna de incursionar en reflexiones teológicas, y puede aportar luces de gran valor. A esa concepción del mundo no suele relacionársele con la política, pero actuó sobre la sociedad —es decir: sobre la polis— con tal fuerza que no ha dejado de hacerlo en más de dos mil años, sin excluir su utilización dolosa por poderes que se han apoyado en él aunque en la práctica lo hayan burlado.

Frente a usos espurios, ¿cuánto significaría el triunfo pleno de las aspiraciones de justicia, cordialidad, generosidad solidaria y demás valores que cristianos honrados continúan defendiendo? Ideales similares los abrazan asimismo afanes respetables, religiosos o no religiosos.

Entre los obstáculos contra los cuales chocaron la acción y las ideas de Cristo sobresalieron los representantes de un imperio poderosísimo, quienes veían un peligro en aquel cuyo influjo sobre gran parte de la humanidad apenas empezaba. Cabría preguntarse si el cristianismo —que, por otra parte, no era ni es la única orientación religiosa en el planeta— podía triunfar hasta el punto de cambiar el rumbo de las relaciones de producción y, por tanto, clasistas, capaces de dificultar o impedir la consumación de la justicia.

No ha habido proyecto justiciero que se haya librado de enemigos y obstáculos, incluidos los mismos que asediaron a Cristo, o continuadores de aquel poder imperial y los mercaderes que el mesías intentó echar del templo. Las circunstancias eran tan influyentes que le resultó imposible vivir al margen de retos políticos, y para salir de un trance determinado se sintió en la necesidad de proponer que se le respetara “a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar”. Cobran así sentido estas preguntas: ¿Qué “es del césar”? ¿Se legitima como parte de su patrimonio el poder extendido por la fuerza de las armas y la imposición ideológica para dominar pueblos? ¿También los bienes acumulados por los caminos del saqueo y la dominación?

Para seguir especulando, piénsese qué habría ocurrido de triunfar el cristianismo originario, y de sus continuadores haber seguido fielmente la brújula que él legó. ¿Habría bastado esa victoria para, mucho tiempo después de la existencia material del fundador, librarse de imposiciones, de segar individualidades injustamente, de dar paso a mecanismos de control y poder como la denominada Santa Inquisición, una de las grandes expresiones de fundamentalismo y terror que hayan existido?

Dejemos ahí las conjeturas y, para salir de lo religioso, aunque la cita que veremos pudiera aplicarse también a hechos con efectos varios en ese terreno, reitérese lo dicho por Carlos Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte acerca de la historia de la humanidad: “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Y reitérese asimismo lo que, en otro entorno, desde perspectivas y en función de un proyecto distinto del marxista, José Martí expresó al valorar, en su ensayo “Nuestra América”, el deber cuyo incumplimiento limitó medularmente el alcance de la independencia latinoamericana: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

Ninguno de los dos juicios —interconectados por distintos caminos— se agotó en las circunstancias que directamente los motivaron. En la generalidad de los contextos pesa la tradición acumulada no únicamente en torno a los intereses dominantes. Los hábitos de mando afines a ellos también pesan, y acaso de modo más pernicioso. Aunque sea inconscientemente, salvo en casos concretos o, sobre todo, en circunstancias revolucionarias, los mismos oprimidos los acatan como expresión del pensamiento dominante o heredado. Esa es una tendencia funesta en especial para los movimientos emancipadores, sobre todo cuando, alcanzado el poder, representantes suyos se acomodan a códigos opuestos a la ética y a los ideales de equidad que debían respetar.

El triunfo de la Revolución de Octubre, por ejemplo, abonó la esperanza de una nueva era en el devenir humano. Pero los caminos de esa Revolución, que a inicios del siglo XX se planteó aplicar los ideales marxistas y propiciar la construcción de un campo geopolítico contrario al capitalismo —del cual, sin embargo, no podía desentenderse, porque estaba rodeada y asediada por él—, antes de terminar la centuria los cegó el descuido o abandono de los propósitos fundacionales. En aquel territorio, geográfica y culturalmente lejos de nuestra América, se mostraron de manera simultánea la influencia de intereses y hábitos de mando como los rechazados por Martí, y las dificultades para revertirlos en un entorno mundial marcado por el avance del imperialismo.

Tanto Vladimir Ilich Lenin como León Trotski advirtieron sobre lo extremadamente difícil que sería construir el socialismo en un país aislado, aunque este fuera tan vasto como el estado plurinacional con el que ambos tan vinculados estuvieron de maneras y con desenlaces diferentes, aunque igualados ambos por el hecho de morir víctimas de atentados criminales. Contra un solo país —y, por cierto, ¿no sufrió también el cristianismo formas de aislamiento, a pesar de su expansión?—, o contra un grupo minoritario de países, al imperio —ayudado por el peso de la tradición en cada pedazo del planeta— se le facilita maniobrar para asfixiarlos.

A la guerra de los cañones se suman la llamada fría y la económica para que los esfuerzos de signo socialista o afines a esa orientación —la propia URSS, el Chile de la Unidad Popular, la Venezuela del proyecto bolivariano, la Bolivia del Movimiento al Socialismo, el Ecuador de la Revolución Ciudadana… la Cuba socialista bloqueada, para no ir más lejos— pasen como ineficientes y, por tanto, condenados a la asfixia. Con ello, descontento y desencanto pueden cundir en la población, y azuzar a parte de ella contra su Estado.

Aunque el aislamiento no haya sido la causa única del desplome de la URSS y del campo socialista europeo, llamado como aquella al afán transformador, fue una de las mayores, y reforzó las otras. Los resultados están a la vista, pero no basta verlos: en el mundo los movimientos revolucionarios y progresistas —sobre todo si se plantean optar por un socialismo verdadero— deben aprender de los hechos.

Hoy, según encuestas, más del sesenta por ciento de la población rusa deplora que se haya desmontado el socialismo. Pero, de momento, es tarde para lamentaciones. Las fuerzas que siguen medrando con aquel desmontaje ejercen un control demasiado fuerte para desbancarlas con buenas ideas, y otra revolución no parece vislumbrarse, al menos en el horizonte perceptible.

Para valorar acertadamente el papel de figuras como Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, entre otras, es necesario situar el análisis en la correspondiente estructura social, con un partido gobernante que se desmovilizó, dominado por cúpulas que se alejaron cada vez más de las aspiraciones y las necesidades del pueblo. Desde ángulos de mira diversos hasta se ha insistido en que el primero de esos personajes en particular debe ser declarado criminal, por haber inducido el colapso de la URSS. Pero, refiriéndose a las riquezas que han acumulado, hay también quienes proclaman llenos de gozo: “¡Ahora somos los dueños de todo esto, gracias a Gorbachov!”

Allí los millonarios son, al menos mayoritariamente, un fruto endógeno, no importado. Antes de la demolición del socialismo los órganos de prensa oficiales encubrían realidades que dieron origen a esos millonarios y a otros males acompañantes. Se hablaba de socialismo real e irreversible, pero mordazas y manipulaciones propagandísticas no bastaron para que, a contrapelo de la Constitución y las leyes con que supuestamente se blindaba el proyecto socialista, este dejara de ser verdadero: predominaron intereses y hábitos contrarios a la justicia social, a la democracia, a la equidad, a la ética. ¿Acaso ignoraban sus artífices que nada se blinda ni se hace irreversible por decreto, y que real y sus derivados admiten usos venidos de raíces latinas diferentes: res (realidad) y rex (rey)?

El desmontaje de aquel socialismo, o lo que quedaba de él, se inscribe en los reveses sufridos por los afanes de transformación revolucionaria. Pero quizás no se haya insistido lo bastante en que la grandeza de un proyecto emancipador no se mide únicamente por los efectos de su triunfo, sino también, o sobre todo, por las consecuencias de su derrocamiento o fracaso. Eso, por ejemplo, vale decirlo de la no realización del ideal, abrazado por Marx, de que el desarrollo capitalista pudiera conducir al socialismo, no a la barbarie.

Desde el siglo XIX el fomento de la barbarie que hoy el mundo sufre lo calzan diversos hechos. Entre ellos se ubica la frustración temporal del proyecto antimperialista de Martí, quien comprendió que la independencia de Cuba, como la de Puerto Rico, era necesaria para asegurar la de nuestra América toda y salvaguardar el equilibrio del mundo. Pero, muerto él en 1895, la intervención de los Estados Unidos en 1898 frustró —hasta hoy— el logro de ese equilibrio, que de modo parcial y transitorio vendría a lograrse, ya en el siglo XX, con el relativo contrapeso aportado por la URSS y el campo socialista europeo. La quiebra de ese contrapeso ha traído también consecuencias nefastas para la humanidad.

Si no se sucumbe a perspectivas eurocéntricas, podrá apreciarse que el proyecto martiano de l895 y su frustración a partir de 1898 marcaron el inicio de aquella centuria en cuanto a rumbo político. Años después tuvo lugar la Primera Guerra Mundial, en la que el relevante historiador británico Eric Hobsbawn, de filiación marxista pero ubicado en Europa, vio el comienzo del siglo XX. Martí sabía que quien se levantaba en Cuba, y con ella, se levantaba por el mundo y para todos los tiempos.

A él se debe también una valoración sintética pero profunda de la Revolución Francesa. A propósito de su centenario alabó el sacrificio de “los caballeros de veras”, que para él no eran quienes tenían títulos nobiliarios o riquezas, o unos y otras, sino “los que trabajaban en el campo y en la ciudad”, escribió en “La Exposición de París”, texto de La Edad de Oro. Estimó justo que con aquella exposición se celebrase los cien años de la Revolución Francesa, pero en el mismo texto señaló su mayor limitación: “Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes”. Así pensaba quien de veras echó su suerte “con los pobres de la tierra” y representaba a pueblos que luchaban por dejar de ser colonia o necesitaban librarse de la herencia colonial.

En la marcha humana las revoluciones han sido períodos de intensa transición, no infinitos. La defensa de cada revolución legítima habrá merecido o merecerá de sus protagonistas una defensa acometida con la pasión propia de las grandes causas, en las que va la vida. Pero considerarla última sería aceptar el fin de la historia, idea presente en el pensamiento de Georg Hegel, quien, condicionado por intereses y hábitos de mando de su tiempo, propuso que el progreso acababa en la monarquía prusiana.

La transformación revolucionaria del mundo no se logrará sin grandes esfuerzos. Para acometerlos se necesita conocer la realidad, y encararla lúcidamente, no postrarse ante ella, por colosales que sus retos parezcan o sean. Para no salir de las referencias a las realidades usadas como ejemplos en estos apuntes, apúntese que en el valor de la resistencia y la lealtad a los ideales que se defienden coinciden los representantes honrados del cristianismo, los afanes socialistas, la liberación nacional y el antimperialismo.

El mundo que existe no debe hacer que se olvide el deseable, ni que se renuncie al afán de convertir el deseado en real. ¿Se conseguirá? Podrá saberse si se intenta a corazón y brazos plenos, y con la mayor sabiduría posible, de manera que, cuando menos, queden en pie, para seguir intentándolo, las lecciones del empeño bien realizado, y de los reveses. Para empeños de tal envergadura no son fértiles ni el pesimismo derrotista ni las ilusiones irresponsables. Se necesita del optimismo basado en el conocimiento de la realidad y armado por el coraje y la capacidad de sacrificio.

En último caso, será digno abrazar como propio un texto que circula en las redes con el título “Mi victoria” y atribuido al antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, quien, autor de incontables páginas fundamentales, repudió las pernicies del exitismo. Sin tiempo y modo para comprobar la veracidad de la atribución, aquí se reproduce por Rumbo al Nuevo Mundo, un espacio digital “donde la imaginación y la realidad se unen” en busca de contribuir a que la vida cambie para bien. Quienquiera que sea el autor, el texto plasma una eticidad cardinal:

Me puse de lado de los indios,
Y me derrotaron; 

Me puse de lado de los negros,
Y me derrotaron;

Me puse de lado de los campesinos,
Y me derrotaron;

Me puse de lado de los obreros,
Y me derrotaron;

Pero nunca me puse de lado de los que me vencieron;

¡Esa es mi Victoria!

La humanidad tiene el deber de contribuir a que las víctimas de tales derrotas alcancen la victoria que merecen, no para perpetuar la opresión al servicio de nuevas fuerzas dominantes, sino para revertirla con el triunfo de la equidad. Estar en el bando de los vencidos será doloroso, pero no indigno, mientras que estar en el de los vendidos será siempre deshonra.

Se han publicado 7 comentarios



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  • HECTOR Y EL HERMANO dijo:

    Aceptar la victoria de este mundo como una derrota con dignidad, cuando se trata de aspirar a mejorar el futuro, en mi opinión es poco optimista, los fracasos y certezas históricas de las buenas causas son parte de la cultura y conciencia de hoy, pero cuando se trata de edificar el futuro la intuición tiene el mismo o más valor que las certezas, la intuición es ciencia.
    En lo personal cuando veo el uso de la tecnología, cámaras de video, en el uniforme de un policía blanco que agrede, abusa y mata a un negro en los Estados Unidos en tiempo real, que en fracciones de segundos esa información en vivo recorre el mundo, que antes nunca se conocía, hoy genera indignación, protestas , luchas y toma de conciencia, llega a millones de personas, una y otra vez, porque los explotadores no dejaran de hacerlo, y pienso que esa tecnología con la que aspiran a esclavizarnos, serán las nuevas armas para derrocar a los poderosos, y lograr la mejor distribución de la riqueza posible.

  • yam dijo:

    Buen punto de vista, aún esperamos el artífice de la nueva sociedad y de líderes capaces. Cada vez que se levante alguien ( o país) para defender los intereses de la mayoría va a recibir ataques de todo tipo de la élite del poder internacional, incluso para su eliminación física. No estamos exentos de personas con ansias de riquezas y poder en nuestro país que se alistan con esa élite para socavar los progresos alcanzados, muchos de ellos insertados en posiciones relevantes.

  • el socialismo real dijo:

    El Socialismo.

    Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes.

    El socialismo constituye una etapa dentro de la Formación Económica Social Comunista, caracterizado por la transición de formas y actuaciones propias del capitalismo a otras propias de una sociedad socialista, donde el factor subjetivo y las prácticas políticas, con reconocimiento del papel de la ética y la educación constituyen puntos esenciales en la formación de la base técnica y material necesaria para el surgimiento de una sociedad nueva, sin clases.

    El socialismo, como régimen social, surge como resultado de la supresión del modo burgués (capitalista) de producción y de la instauración de la dictadura del proletariado. Está basado en la propiedad social sobre los medios de producción (estatal: de todo el pueblo). La propiedad social determina la inexistencia de clases explotadoras, de la explotación del hombre por el hombre, que las relaciones entre los trabajadores sean de colaboración amistosa y de ayuda mutua.

    Bajo el socialismo, se acaba con toda opresión social y toda desigualdad nacional, con la oposición entre la ciudad y el campo, entre el trabajo intelectual y el trabajo físico.

    Sobre la base de la propiedad social, bajo el socialismo se desarrolla de manera planificada la economía nacional. El desarrollo y el perfeccionamiento de la producción social sirven para satisfacer, de manera cada vez más completa, las crecientes necesidades materiales y culturales del pueblo.

    La vida de la sociedad socialista se asienta sobre una amplia democracia; la incorporación de todos los trabajadores a la participación activa en la dirección de los asuntos estatales. El democratismo socialista garantiza tanto los derechos sociales –derecho al trabajo, al descanso, a la instrucción (educación) y al servicio médico (sanidad, atención médica) gratuitos, a disponer de lo necesario en la vejez, igualdad de derechos para la mujer y el hombre, para los ciudadanos de todas las razas y nacionalidades –así como las libertades políticas- las libertades de palabra, de prensa y de reunión, el derecho a elegir y ser elegido, en el marco de los fundamentos socialistas.

    Ley económica del movimiento de la producción socialista. El contenido de la ley económica fundamental del socialismo consiste en satisfacer de manera cada vez más plena las crecientes necesidades materiales y culturales del pueblo por medio del desarrollo y del perfeccionamiento incesante de la producción social.

    Bajo el socialismo, los trabajadores trabajan para si, para su sociedad; su interés colectivo y personal estriba en desarrollar por todos los medios la economía nacional, en incrementar constante y rápidamente la riqueza social del país con el fin de satisfacer las necesidades crecientes de toda la sociedad y de cada uno de sus miembros. La conciencia de que cada individuo, bajo el socialismo, en vez de trabajar para los explotadores trabaja para sí, para el bien del pueblo, y construye la sociedad comunista.

    Estado de la sociedad socialista, parte política de la superestructura sobre la base económica del socialismo. El Estado socialista es un nuevo tipo de Estado que adviene en sustitución del Estado burgués y como resultado de la revolución socialista. El proceso de formación de la superestructura socialista ocurre en el transcurso de todo el período de transición del capitalismo al socialismo. El Estado del período de transición es la dictadura del proletariado. Es socialista por sus fines y objetivos, pues sirve de medio para la construcción del socialismo.

    La amistad de los pueblos constituye un nuevo tipo de relaciones internacionales basadas en la economía y en la democracia socialistas, en la ideología marxista-leninista del internacionalismo.

    El Partido Comunista representa, apegado a los principios del marxismo-leninismo y el ejemplo, la vanguardia rectora de la sociedad socialista hacia la construcción del comunismo.

    • qbaneando.cubava.cu dijo:

      Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. José Martí abril 1884

  • Pedro Hernández Soto dijo:

    Lo bueno incluye lo oportuno. Gracias Luis.
    Pedro

  • El Bolchevique dijo:

    “Hoy, según encuestas, más del sesenta por ciento de la población rusa deplora que se haya desmontado el socialismo”
    Que alguien me explique: ¿por qué entonces el Partido Comunista Ruso tiene resultados tan pálidos en las elecciones, que si bien es la segunda fuerza del país queda muy lejos del partido de Putin?

  • El Bolchevique dijo:

    “La transformación revolucionaria del mundo no se logrará sin grandes esfuerzos”
    ¿Acaso no es mejor evolución que revolución? Tantos muertos, traumas y miserias que traen y al final casi siempre son peores los remedios que las enfermedades o despué de mucho andar se llega a un mismo punto, como si cerrara un círculo. Sobran los países que no han vivido revoluciones y sin embargo han progresado muchísimo(Noruega, Canadá, Suiza, Costa Rica, Brasil, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Singapur, Vietnam, etc)

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Luis Toledo Sande

Luis Toledo Sande

Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

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