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Un siglo después

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La Organización Unión Panamericana fue fundada en 1889-1890, en la primera de las nuevas conferencias Inter-Americanas,* así como la Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas. Desde su embrión, el panamericanismo estuvo cuajado de símbolos negativos para los intereses de los pueblos.

En 1902, el nombre fue cambiado a Buró Internacional de las Repúblicas Americanas. En 1910 se adoptó el nombre de Unión Panamericana. En 1948, la Unión Panamericana devino Secretaría General de la Organización de Estados Americanos.

En 1908 se comenzó a construir el edificio de la Unión Panamericana cuando habitaba la Casa Blanca Teodoro Roosevelt, encarnación viva del intervencionismo en el continente. Instauró la política del Gran Garrote o Big Stick, con la cual se inició el dominio de Washington que se arrogaba el derecho de intervenir en los países latinoamericanos en defensa de los intereses de la naciente potencia mundial a principios del siglo XX. Asimismo, introdujo el “corolario Roosevelt” a la Doctrina Monroe, en 1904.

[…]en aquellos días iniciales de 1959, se produjo accidentalmente un hecho que refrescó en la mente de los diplomáticos latinoamericanos la verdadera colocación de la OEA en el panorama político del Hemisferio […],circulaba para los turistas […]una guía de la ciudad editada por la empresa petrolera ESSO que emplazaba la sede de la OEA bajo el rubro de “agencias y oficinas del gobierno de Estados Unidos”. En el folleto distribuido por la Humble Oil and Refining Company. La Unión Panamericana y su Anexo figuraban junto a la Agencia Central de Inteligencia, la Guardia Costera, el Pentágono, el FBI. El Colegio Nacional de Guerra, la Voz de las Américas, el servicio de Información y Oficinas del Tiempo. No había modo de perderse.**

El tiempo ha demostrado que el gobierno norteamericano ha utilizado históricamente a la OEA para cuidar sus intereses y ha dedicado millones de dólares para asegurar su supremacía en ese foro y dedicar el dinero necesario para enviar armas a los gobiernos contra las luchas populares.

Estados Unidos desarrolló su política contra Cuba en los primeros años del triunfo revolucionario en dos vertientes bien definidas. Una de ellas, la clandestina, que tenía a la CIA como brazo ejecutor, y la otra la diplomática, que utilizaba a la OEA como instrumento para aislarla políticamente y facilitar de ese modo una agresión militar. A los ocho meses del triunfo revolucionario los cancilleres de la OEA se reunieron en Chile para enjuiciar a Cuba. Todavía no había condiciones para imponerle sanciones, entre otros motivos, porque la opinión pública hemisférica simpatizaba con los cambios ocurridos en la Isla y los gobiernos representados en la OEA no querían arriesgarse a dar un paso semejante. ***

Esas reuniones ministeriales se habían celebrado cuatro veces en veinte años y después del primero de enero de 1959, en el curso de 24 meses solamente, se efectuaron cuatro. Tres dedicadas a Cuba y una a la República Dominicana porque Washington y sus cómplices consideraron que si se pretendía sancionar a Cuba era muy difícil no hacerlo antes con Trujillo. A esa Quinta Reunión de Consulta en Chile siguió otra en 1960 en San José de Costa Rica y en los primeros días de 1962 una tercera en el balneario de Punta del Este en Uruguay, cuando se separó a Cuba de la OEA.

La exclusión de nuestro país basada en la peregrina tesis de la incompatibilidad de un régimen marxista-leninista con el llamado sistema interamericano violó en primer término la Carta de la OEA que no contempla por motivo alguno la separación de ningún miembro. Transgredió la Carta de las Naciones Unidas que prevalece sobre la de la OEA, un organismo regional de la ONU– foro mundial que no discrimina a país alguno por su régimen socio-económico–. Además la OEA no puede tomar una medida coercitiva por su carácter restrictivo sin la autorización del Consejo de Seguridad. Es evidente que las actividades de un organismo regional tienen que ser compatibles con los principios y propósitos de las Naciones Unidas. Razones tan claras fueron ignoradas.

El gobierno de La Habana ha manifestado en varias ocasiones que no regresará a la OEA. Las razones son más que conocidas. Al menos, pienso, que mientras no cambie diametralmente y deje de ser un instrumento de Washington.
Hoy un grupo de países latinoamericanos, entre ellos Cuba, Venezuela, Uruguay, Bolivia, Argentina, Ecuador, Brasil, apuestan por una integración que responda a sus intereses y necesidades. Así nacieron la CELAC, el ALBA, MERCOSUR.

La CELAC debe ser un territorio de paz, de unión y de integración efectiva y real y desde aquí podemos lograrlo, afirmó Hugo Chávez. Asimismo preguntaba: “hasta cuándo vamos a ser nosotros la periferia atrasada, explotada y mancillada”. Auguró que la CELAC sería la piedra fundamental de la unidad, la independencia y el desarrollo Sudamericano. “Vacilar sería perdernos. Avancemos sin vacilación, que este es el camino. La unidad, la unidad, la unidad. Solo la unidad nos hará libres, independientes.”

Igualmente se reúne periódicamente la Cumbre de las Américas, a cuya última convocatoria, la VII acudió el presidente Raúl Castro. En estos cónclaves se discuten preocupaciones comunes, se buscan soluciones de carácter social, económico y político. La OEA solo funge como secretaría técnica de la Cumbre de las Américas y recibe la mayoría de sus mandatos.

Notas

*En ese cónclave figuró en la delegación de Estados Unidos el multimillonario fabricante de acero Andrew Carnigie, quien se distinguió por promover que su país conservara como colonias a Cuba y Puerto Rico, y se anexara a Hawai.(Carlos Lechuga Hevia, 1991, Itinerario de una farsa, La Habana: Pueblo y Educación.)
** Ibídem.
***Ibídem.

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Lillian Lechuga

Lillian Lechuga

Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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