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Casa de la revolución continental

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Casa de las AméricasA persona cercana laboralmente a Haydee Santamaría debe el dato el autor de este artículo: cuando alguien, con intención filoencíclica, usaba ante la heroína expresiones de autoridad como “dice el Partido”, ella solía dar respuestas de este corte: “Tráemelo aquí, para oírselo”. Sin renunciar a su sentido colectivista, a la disciplina, ni a su ejemplar capacidad de entrega al sacrificio —actitud que mantuvo hasta el fin de sus días en lo cotidiano, como llegado el caso lo hizo ante lo extraordinario desgarrador—, sabía que lo institucional pasa, para bien o para regular, o para mal, por las personas llamadas a representarlo.

Fue consciente de un hecho: interpretaciones y comportamientos pueden calzar la eficacia o distorsionar los propósitos de una orientación general, por muy revolucionaria y bien intencionada que esta sea, y confirmó en la práctica su voluntad de no incurrir en errores de ese tipo, válidos para generar injusticias y menguar las fuerzas con las cuales se debe contar. Entre los testimonios sobre su conducta se halla uno reciente, memorable, de Silvio Rodríguez.

Para no complicar esta nota de mera evocación con nóminas que pueden parar en omisiones indeseables, el nombre de Haydee será el único mencionado aquí para hablar de la Casa de las Américas. Y no solo porque el suyo basta para representarla, sino también para corresponder a la voluntad de las personas a quienes honra la convicción de que la brújula, el alma de esa institución útil y elegante es y deberá ser siempre el espíritu de aquella singular mujer que, desde la sangre hasta los sueños, fue fiel a la Revolución encabezada por Fidel Castro, para la cual ella vivió y por la cual murió. Frente a esa realidad poco pesa que prejuicios y falsas apariencias, y entendimientos de lo heroico no siempre acertados, puedan haber dado pie a que algunos no entendieran el trágico final de su existencia.

Salvar la brújula encarnada en Haydee tiene hoy los mismos requerimientos de sacrificio, inteligencia y honradez que el llamado a salvar en Cuba las conquistas de la Revolución, en medio de transformaciones que pueden ser tan necesarias como desafiantes. Por ello la dirección del país ha convocado al pueblo y sus instituciones —a la ciudadanía en general— al ejercicio constante de la crítica y al cultivo de las ideas necesarias para no perder el camino.

En el plano interno se dan esos reclamos, esos desafíos, esos hechos, frente a los cuales resulta cada vez más valiosa la vocación de justicia social y de espiritualidad que el pragmatismo y el economicismo podrían poner en la picota. Pero, al mismo tiempo, en varios países de nuestra América vienen dándose replanteamientos ideológicos favorables, estimulantes, que podían parecer escenarios oníricos al triunfar la Revolución Cubana, y no pocos años después.

La Casa de las Américas se levantó en el propio 1959 para mantener vivos los vínculos de hermandad cultural, de hermandad, entre Cuba y los pueblos todos de las Américas, coyundeados en su gran mayoría —el caso del México de entonces fue una excepción ejemplar— por gobiernos dóciles al imperio, o impuestos por él, que, dada su naturaleza voraz, no se reducía ni se reduce a mandar en su sede. Desde allí, y por medio de sus alabarderos, impuso el aislamiento de Cuba, para que su ejemplo no cundiese.

El trabajo de la Casa, apoyada por la intuición de los pueblos, iluminada con el prestigio de la Revolución y encabezada por Haydee, contribuyó desde el inicio a revertir efectos de la perversidad imperialista. Esta, se sabe, incluyó actos de agresión armada que no deben considerarse interrumpidos para siempre, y un bloqueo económico, financiero y comercial que llega a nuestros días sin indicios de que sus promotores planeen ponerle fin. Tampoco se detiene el imperio en el afán de dominación por vías ideológicas, aunque acuda a maniobras que engañosamente se llaman desideologización.

En semejantes circunstancias la Casa desarrolló durante décadas un trabajo, que no cesa, afincado en la importancia germinativa de la cultura en su más amplio y profundo sentido. No es este artículo presuroso el espacio para un recuento de todo cuanto ella ha hecho desde que en el mismo año de su fundación convocó a lo que es hoy su acreditado Premio Literario. Las letras, la música, el teatro, la danza, las artes visuales, la artesanía… la historia… las tradiciones… el pensamiento de los pueblos fueron la base de un trabajo cuya consistencia cualitativa ha merecido reconocimiento mundial.

A esa apretada descripción de una tarea ciclópea añádase la consecuencia de la institución con su nombre, que la proclama de las Américas. Esa voluntad se ha manifestado en la amplitud práctica y conceptual con que sigue llevando a cabo su obra. Desde el extremo norte hasta el extremo sur, y en su plena anchura interoceánica e insular, han tenido hogar en ella todos los pueblos del vastísimo territorio al cual se le impuso un topónimo de origen europeo, América, y su correspondiente gentilicio, americano. Esos vocablos, y otros, ha intentado acaparar para sí —usurpar, como parte de su voracidad— la poderosa y voraz nación crecida a partir de las que fueron Trece Colonias inglesas.

La diversidad cultural abrazada por la Casa se corresponde con la amalgama que han formado los pueblos originarios de la región, las oleadas europeas que —aunque no en igualdad de condiciones todos sus integrantes— representaron la colonización y la conquista, y los africanos traídos como esclavos. Con esa mezcla, y con otros componentes llegados de distintos lares, se acrisoló el mestizaje demográfico y cultural característico de esta parte del mundo.

Si en lo estrictamente nacional la Casa comparte los desafíos que Cuba tiene ante sí, hoy las aspiraciones de soberanía, unidad e integración por las cuales dieron la vida Simón Bolívar, José Martí y Ernesto Che Guevara —y tantos otros héroes célebres y combatientes anónimos— alcanzan un despliegue que estaba harto lejos de vislumbrarse en 1959. El ALBA, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y otras expresiones de colaboración que han concitado la hostilidad imperialista, muestran un ímpetu de familia ante el cual las funciones de la Casa no solo no menguan: están llamadas a crecer —dígase en honor de aquellos magnos fundadores— como parte de un cuadro apretado de fuerzas creativas en desarrollo hacia un futuro que no será fácil construir, pero en pos del cual el género humano que somos ha echado a andar desde las raíces de los Andes.

Ante ese avance —que sería peligroso considerar irreversible: es necesario defenderlo conscientemente por todos los medios para que pueda vencer los obstáculos que seguirán saliéndole al camino, porque el imperio no descansa— es justo recordar lo aportado por la institución que este 28 de abril cumple cincuenta y cinco años. A quienes trabajan en esa Casa de la revolución continental corresponden la responsabilidad y el honor de seguir cuidando su fortaleza interna —fragua de valores culturales y decisión de mantener la marcha revolucionaria— para que ella permanezca a la altura de los tiempos que corren, y continúe viva y fértil hacia el porvenir. Lo que ha hecho hasta el presente es razón de peso para confiar en que así será, y para que reciba la felicitación que merece.

(Tomado de Cubarte)

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Luis Toledo Sande

Luis Toledo Sande

Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

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