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Conflictos contemporáneos: Tres piedras y un violín

7 enero 2012 | +

hungria

Sin cohibirse  por tan espeluznante criterio, un intelectual húngaro dijo que su país está a punto de ser invadido en nombre de la democracia. La misma que, se supone, obtuvieron con la caída del socialismo europeo. El alegato puede tomarse como simple humor negro o en carácter de sarcasmo postmoderno, si es que el cinismo tiene períodos y marco exacto de acción.

Eso no es lo importante. Lo que sí la tiene es que ese país balcánico  pudiera colapsar en cualquier momento. Lo vaticinan sobre todo desde fuera y por quienes pudieran hasta precipitar fatales sucesos.

Después de Grecia y sobre todo de Italia, parecía poco probable referirse en términos extremos a nuevos escenarios. Pero, dicen, lo que se conoce como default o bancarrota, si se prefiere, está a la puerta del país magiar. La anterior administración, de corte tan neoliberal como la que está en ejercicio, pidió un préstamo al FMI que, obvio, de poco les ha servido.

El gobierno del entonces premier, Ferenc Gyurcsány, se vio forzado a nombrar un técnico para sustituirle en el cargo. No nos pongamos a debatir si fue un anticipo de lo hecho  recientemente en Roma y Atenas, pero se parece.

Cuando se hicieron elecciones las ganó un partido conservador (Fidesz, del actual premier Viktor Orbán)  apoyado por la ultraderecha (Jobbik) que según indicios irrefutables ha enseñado sus credenciales con un fuerte tufo facistoide que recuerda malas coyunturas, lo mismo a través de ciertas leyes, que de emprendimientos xenófobos contra gitanos y otras minorías.

Con tales soportes es evidente que l problema actual no solo es de índole económica, según indican elementos cuestionables de la última etapa. Tanto a escala interna como exterior se viene cuestionando  la nueva constitución por medio de la cual se cambia el nombre del país, o para mejor decir, se le quita la cláusula de república.

Con esa Carta Magna establecen influencias (aseguran que nada positivas) sobre el poder legislativo y variaciones al sistema electoral, destinadas a favorecer a las dos formaciones políticas en el poder. Ambas, parece, pretenden asegurase de mantenerlo, pues las protestas no son pequeñas, aunque los medios internacionales apenas hablen de ellas y se refieran solamente a un ángulo del asunto, a saber: la disputa que existe entre el gabinete Orban y la Unión Europea y el FMI, en torno a un nuevo crédito.

Y miren qué tiempos corren y lo raritos que pueden ser los acontecimientos provocados por la crisis global del capitalismo. Se le pudiera dar algo de razón al primer ministro húngaro cuando plantea que no acepta negociaciones pre condicionadas. También pudiera recibir aplauso su plan de tener bajo control al banco central húngaro.

Es sobre todo esa decisión la que genera furiosas críticas, de la Unión Europea o de Estados Unidos. Para el Pacto Comunitario del Viejo Continente, los bancos centrales deben ser autónomos y, como está sucediendo,  coordinar entre ellos sus informaciones y  políticas, con independencia de los gobiernos. Que actúen de ese modo puede explicar por qué pusieron como jefes de estado, al margen de parlamentos y ciudadanía,  a un par de tecnócratas que favorecen beneficios para los financistas y especuladores, con agravio de altos quilates para los ciudadanos. Lo hicieron cual se asume algo rutinario y sin la menor importancia, pero la tiene.

Puede que Orbán concluya cediendo a las presiones de Bruselas (La Comisión Europea y el Banco Central Europeo) o de la Casa Blanca a través del FMI o en directo. Con certeza se puede aventurar que no hay indicios de que ocurra lo que en Islandia, donde no pagaron la deuda,  fue creada una Constituyente y se juzgó a los altos dirigentes que permitieron el conocido desmadre.

Hasta socios cercanos le echan en cara  al gobierno Orbán que les perjudica el descenso del florín, la moneda nacional húngara que, ciertamente, puede de forma tangencial incidir sobre esos este-europeos que no son parte de la euro-zona.

Y ya llegados aquí, los acontecimientos sugieren que están equivocados o tienen mala fe quienes culpan a la moneda única europea de los estropicios que no quieren admitir, pero provoca el neoliberalismo.

Orbán, quede claro,  ha concluido el desmontaje del sistema de protecciones sociales y echó abajo el sistema de sanidad pública en favor de una devastadora medicina privada, por solo citar posiciones reveladoras. Ni la unión Europea ni Washington critican esos extremos porque están en línea con el fracasado modelo que pretenden poner a flote. Sin embargo, impugnan que la administración magiar pretenda tener cierto control sobre su banco central.

Partiendo de la situación misma o de antecedentes por contar, más de uno considera que la UE y el FMI ponen contra la pared al díscolo Orbán, que quiere salirse del carril, aún cuando tan medularmente afín a ellos sea, buscando sacarlo del juego.

Puede que intenten colocar ahí  a otro tecnócrata ligado a los banqueros o se les ocurra equis-ye  estratagema, si el mandatario y sus valedores ultra se mantienen en sus trece.

Esperable es lo nimio y lo imponente. Si no, ahí tienen el ejemplo de lo que le hicieron a Dominique Strauss-Kahn, otra historia poco y mal contada, por ahora les debo.

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Elsa Claro

Elsa Claro

Periodista cubana especializada en temas internacionales.

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