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Haití, prueba y oportunidad

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Ocurrió hace tanto tiempo que apenas se recuerda que en 1861 cuando en Estados Unidos, por mantener la esclavitud, 11 estados rompieron con la Unión y crearon los Estados Unidos Confederados, desde hacía casi 60 años la esclavitud había sido abolida en Haití.

Tal vez en ninguna otra experiencia se muestre tan claramente el vínculo entre la esclavitud y las relaciones de producción como en los Estados Unidos, donde en el siglo XVIII nació la primera república, se proclamó la primera Constitución y se creó el primer Estado de Derecho, todo ello sin abolir la esclavitud que afectaba a cuatro millones de personas, la mitad de ellos nacidos norteamericanos.

Sería erróneo sostener que fundadores de los Estados Unidos ignoraran el asunto de la esclavitud, cosa que fue examinada durante la convención constituyente provocando intensos debates que evidenciaron la imposibilidad de alcanzar un consenso. La solución fue salvar la unidad sacrificando a los cuatro millones de esclavos negros que entonces existían. Ningún otro sector de la sociedad norteamericana realizó un sacrifico tan grande por su país.

Debido  a que el Estado norteamericano surgió de la suma de 13 colonias, adoptando una estructura federal, la formación de la nacionalidad se operó desde arriba, como un proceso con más componentes políticos y jurídicos que culturales y socioeconómicos, su unidad fue durante mucho tiempo extraordinariamente precaria, cosa que no podía dejar de reflejarse en su Constitución y en sus instituciones.

La Constitución norteamericana fue redactada por un reducido grupo de personas, algunos sostienen que, lo hizo Jefferson, asistido por Madison y Adams, resultando aprobada por 50 asambleístas, naturalmente todos blancos, varones, ricos, incluso muchos de ellos propietarios de esclavos. Los negros, los indios y las mujeres no fueron ni siquiera mencionados. Naturalmente no hubo referéndum y mucho menos consulta popular. La cuestión de la esclavitud se dejó al arbitrio de los estados.

Tan injusta solución se convirtió en una bomba de tiempo que dio lugar a que se gestara lo que todavía hoy es el problema social y político interno más importante de los Estados Unidos. En un país donde la lucha de clases apenas tuvo significación, el problema negro, formado por la esclavitud, la segregación y la discriminación racial, dio  lugar a una cruenta guerra civil, le costó la vida a un presidente, promovió tres enmiendas constitucionales y varios fallos del Tribunal Supremo.

Por otra parte, como quiera que los Estados Unidos no nacieron de una vez y para siempre, sino que crecieron pasando de los aproximadamente 2 millones de kilómetros cuadrados originales a los casi 10 millones actuales, la incorporación de vastos territorios aconsejaba la creación de nuevos estados que pasaron de 13 en 1776  a 50 actualmente.

Debido a que la esclavitud existía en Europa, de donde procedían los colonos y a que los primeros esclavos negros fueron introducidos en las colonias antes de la independencia, en el siglo XVII la esclavitud era una práctica normal en todas las colonias norteamericanas aunque fue en las del sur dedicados sobre todo a faenas agrícolas donde se hizo masiva y alcanzó significación económica, mientras el norte del país era básicamente industrial, orientación técnicamente incompatible con la esclavitud.

Durante sus primeros cincuenta años de existencia, apremiados por problemas institucionales derivados de la construcción de lo que sería un imperio y de un sistema político enteramente nuevo, el tema de la esclavitud virtualmente se congeló y, a pesar de las diferencias de enfoques entre el norte y el sur, el país mantuvo una precaria unidad.

El problema surgió con mucha fuerza con la incorporación de nuevos y enormes territorios, sobre todo en el oeste, que por ser de reciente colonización eran básicamente agrícolas y se sentían tentados a desarrollar la esclavitud en una época en que ya en el mundo semejante institución comenzaba  a ser un anacronismo y un estorbo al desarrollo del capitalismo.

A la sazón 11 estados eran no esclavistas (New Hampshire, Massachusetts, Connecticut, Rhode Island, Nueva York. Nueva Jersey, Pensilvania, Vermont, Ohio, Indiana e Illinois). La otra mitad del país, 11 estados (Maryland, Delaware, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Georgia, Kentucky, Tennessee, Mississippi, Luisiana y Alabama) eran esclavistas.

En esta situación, en 1819 se abrió el debate sobre la admisión de Missouri que era esclavista y daría el perfil del país y alteraría la composición del Congreso. Resulta innecesario apuntar que en tal debate los negros no tenían arte ni parte y entre el stablishment blanco se negoció lo que a la postre devino una tragedia: el Compromiso de Missouri.

El Compromiso de Missouri (1820) hizo de la esclavitud, que era una barrera social, económica y cultural, una frontera geográfica decidiéndose que, a partir de entonces en los nuevos estados que se formaran en las tierras del oeste no se practicarían la esclavitud. La idea fue admitir a la vez a Missouri esclavista y Maine no esclavista, mantener así el equilibrio y establecer una línea geográfica que pasando por el paralelo 36˚ y 30΄ separaba a los estados esclavistas de los no esclavistas. Jefferson, padre de la Constitución quedó espantado ante el hecho de que virtualmente el país fue oficialmente dividido. No obstante la división no resolvía el problema de fondo, que era la esclavitud.

En medio de tales debates, comenzó a emerger un hecho que no podía ser ignorado eternamente: los negros existían. Los sureños fueron a por ellos y propusieron enmendar la Constitución para, de una vez por todas, dejar establecido que los negros no eran ni tenían derecho a ser norteamericanos. Para zanjar la discusión sin asumir semejante descredito, se avanzó en una idea todavía más perversa: devolver a los negros al África, cosa que curiosamente ahora se propone también a los haitianos.

En 1821 los Estados Unidos obtuvieron unos 100 000 kilómetros cuadrados  en la costa Atlántica de África donde fundaron un país, Liberia, con el propósito de reinsertar en él a su población negra.  Después de Washington, la de Liberia es la única capital que lleva nombre de un presidente norteamericano: Monrovia por James Monroe.

La penúltima discusión en torno al asunto tuvo lugar cuando en el inmenso territorio de la Luisiana, comprada a Francia, se planteó la creación de los estados de Kansas y Nebraska que, aunque fueran uno esclavista y otro libre, ambos quedaban fuera de los límites del Compromiso de Missouri, que no sobrevivió a la ley conocida como Kansas-Nebraska.

De ese modo se acentuó la división del país, se cerró una etapa, se crearon nuevos partidos, entre ellos el republicano, aparecieron nuevas figuras, principalmente Abraham Lincoln (primer republicano presidente) y la guerra se hizo inevitable, sobre todo cuando en 1856 el Tribunal Supremo dictaminó que: “Los esclavos eran propiedades, no ciudadanos”.  Antes de cumplir 100 años de fundados, los Estados Unidos se dividieron, curiosamente, en torno a los negros y la esclavitud.

Por esa época debutó en la escena política Abraham Lincoln, quien aludiendo a aspectos morales y políticos planteó con fuerza el tema de la esclavitud convirtiéndolo en un debate nacional. En 1880 alcanzó la presidencia.

Aunque, como suele ocurrir, el Lincoln presidente no era lo mismo que el candidato, razón por la cual subrayó su intención de no inmiscuirse en la cuestión de la esclavitud allí donde existía, los aristócratas sureños no le creyeron y, tomando como excusa su elección desplegaron una fuerte campaña, por su parte, los abolicionista tomaron a Lincoln como bandera.

La historia es conocida: el 20 de diciembre de 1860, Carolina del Sur se separó de la Unión y en los meses siguientes lo hicieron otros diez estados,  que en 1861 crearon los Estados Unidos confederados, otro país, otro presidente, Jefferson Davis, otra Constitución y otras leyes. Lincoln no tranzó, movilizó 75 mil reservistas, imprimió los primeros dólares verdes y se lanzó a la guerra, no para liberar a los negros sino para impedir la disolución del país. Tras cuatro años de lucha y un millón de muertos, el sur esclavista fue derrotado, mas el racismo sobrevivió.

En 1863 el Congreso abolió la esclavitud. En 1864 Lincoln fue reelegido. El 14 de abril de 1865, en un teatro de Washington, un fanático racista lo asesinó. En diciembre de ese año se adoptó la decimotercera Enmienda que prohibió la esclavitud. Los negros dejaron de ser esclavos pero no alcanzaron la igualdad, ni siquiera el derecho al voto y a poseer propiedades. La segregación se mantuvo y se fundó el Ku Klux Klan.

En los años sesenta del siglo XX la cuestión de la segregación racial volvió a dividir al país que ya era un poderoso imperio que no obstante, con 20 millones de negros en su interior, podía implotar. El país se dividió nuevamente, situación saldada por la aparición en la escena política de  Martin Luther King que condujo la lucha evadiendo la violencia y John F. Kennedy quien, tal vez al precio de su vida, puso fin a la segregación racial.

Esa historia, contada a trazos enormes y por tanto inexactos en ciertos detalles, explica por qué Estados Unidos demoró sesenta años en reconocer la independencia de Haití, un país negro, aledaño a su frontera sur y para colmo revolucionario.

Ahora, cuando muchas cosas son diferentes, un hijo de africano es presidente, una bella morena nieta de esclavos es Primera Dama y dos niñas cuyos bisabuelos sintieron el látigo restallar sobre sus espaldas crecen entre las rosaledas de la Casa Blanca, Estados Unidos tiene otra oportunidad.

Si Obama fuera consecuente y escuchara el llamado no de la raza sino de la razón y de la justicia, tendría mucho que cambiar. Ojala lo haga. Haití es otra prueba y otra oportunidad.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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