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Por una agenda ecológica integral

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Los primeros años de la década de los setenta señalan una coyuntura política mundial moderadamente optimista. Debido a que Estados Unidos y la Unión Soviética dialogaban para limitar las armas nucleares, la Guerra Fría entró en un momento de distensión, en París avanzaban las conversaciones para finalizar la Guerra de Vietnam, en varios países europeos gobernaba la socialdemocracia y en el Tercer Mundo se consolidaba el Movimiento de países No Alineados. Todo ello introdujo cierta moderación en la política internacional.

En aquel contexto, a la vez que se intensificaban las protestas por la guerra en Vietnam, se pasaba la página al trauma ocasionado por la rebelión de la juventud europea que culminaron en mayo del 68 y la intervención soviética en Checoslovaquia, en Europa cobró auge el debate ecológico que encontró una caja de resonancia en la ONU que convocó la Conferencia sobre el Medio Humano efectuada en Estocolmo en 1972.

A la vez se trataba de un momento en el cual el Tercer Mundo, más de las tres cuartas partes del mundo físico y el 90 por ciento de los estados miembros de las Naciones Unidas, había adquirido conciencia de las circunstancias históricas que con la conquista y la colonización, la trata de esclavos y el saqueo dieron lugar al subdesarrollo, reclamando que las ex metrópolis coloniales asumieran sus responsabilidades históricas.
Las preocupaciones sociales y de la comunidad científica por el medio ambiente motivaron la atención de los círculos de poder. En 1972 el llamado Club de Roma emitió un informe titulado: “Los Limites del Crecimiento” en el cual, a partir de un estudio de prácticamente todos los campos del desempeño humano en el siglo XX, se llegó a la conclusión de que el modelo económico vigente y sus tendencias conducían a un colapso.
Según aquel estudio, no existían soluciones viables a la crisis, excepto que se introdujeran correcciones estructurales que darían lugar a la revisión de los modelos de desarrollo y los estilos de vida vigentes y que virtualmente congelarían el desarrollo, impondrían limitaciones al crecimiento de la población y cancelarían la sociedad de consumo.

Tales predicciones se asociaron a una serie de hechos casuales, accidentes nucleares, derrames de petróleo, descubrimientos científicos y predicciones de todo tipo que se sumaron a la fobia contra las centrales nucleares, crearon un ambiente que dio lugar al florecimiento de miles de organizaciones ecologistas, a la creación en todos los países de agencias y ministerios encargados del medio ambiente, al surgimiento del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y a la aparición de los partidos verdes. En ese contexto, en 1972 Naciones Unidas convocó la Conferencia sobre el Medio Humano en Estocolmo.

Desde los trabajos iniciales, algunos países pobres manifestaron reservas ante una agenda ambiental promovida por las naciones ricas que los sumaban a una lucha que, según la percepción de entonces, no les concernía. En África, Asia y América Latina, excepto las huellas dejadas por el saqueo de los países ricos que abusaron del entorno, la naturaleza era prácticamente virgen y debido al escaso desarrollo, la emisión de sustancias y residuales contaminantes eran mínimas.

El principal problema ambiental del Tercer Mundo eran la pobreza, el hambre, el analfabetismo, el apartheid, la exclusión, las enfermedades y la desesperanza, mientras la industrialización, la agricultura intensiva, el acceso al consumo, a la energía y al confort, eran asignaturas pendientes. Aunque muchos países pobres se dejaron llevar por la corriente, otros hicieron constar que su prioridad no era conservar sus recursos naturales, sino explotarlos. Aunque aceptaron la idea de dar al desarrollo un enfoque ambientalista, asumieron que el problema no era suyo.

Por otra parte, la Conferencia no pudo sustraerse a las realidades de la Guerra Fría y, a pesar de estar en marcha la política de detente, debido a que por no ser miembro de la ONU la participación de la República Democrática Alemana estaba vedada, la Unión Soviética decidió no asistir arrastrando al resto de la naciones socialistas de Europa Oriental. China que había ingresado el año anterior hizo allí su debut internacional.
El resultado más tangible de aquella primera cita que no asumió compromisos respecto a la necesidad de descontinuar los modelos de desarrollo y los estilos de vida de las sociedades ricas fue, aunque con reservas, arribar a una especie de consenso mundial acerca del carácter global del problema medioambiental, que desde entonces forma parte de la agenda política internacional en la que ha adquirido gran prioridad.

En la Cumbre de la Tierra, efectuada en Rio de Janeiro en 1992 por primera vez desde el olvidado informe del Club de Roma, se alzó una voz que advirtió que no se trataba de problemas del paisaje ni de la protección de animales y plantas prescindibles, sino de que: “Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”. Fue Fidel Castro cuya advertencia si bien impactó a importante círculos vinculados al tema ecológico, a sectores de la comunidad científica y a la parte de la opinión pública mundial, no ha sido escuchada.

La conferencia de Copenhague no fracasó sólo porque no haya llegado a acuerdos vinculantes respecto a las emisiones de CO2 ni por los procedimientos escandalosamente imperiales aplicados en su conducción, sino porque no se pronunció respecto a ninguno de los problemas sustantivos de la agenda medioambiental, entre otros, cómo conciliar la protección del entorno con las necesidades del desarrollo, de la lucha contra la pobreza y el hambre.

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Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

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