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Ricardo Alarcón: “La Casa de las Américas ha cumplido con creces su misión”

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Palabras de Ricardo Alarcón de Quesada, miembro del Buró Político del Partido y Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular en el acto por el 50 Aniversario de la constitución de la Casa de las Américas

Compañero Raúl,

Compañeras y compañeros

“[Ella] no recorre más con sus pasos de pájaro alegre, los caminos que ayudó a construir con la llama de sus ojos y el fuego de su sueño. Alma de esta Casa, bandera de su pueblo, su vida y su obra perduran y permanece intacta su luminosa esperanza. Quiero que mis primeras palabras sean para ella, para mi amiga Haydée Santamaría.”

Con estas palabras de Thiago de Mello inició las suyas el pasado 2 de febrero el compañero Roberto Fernández Retamar. Quiero sumarme al homenaje de ambos a una mujer irrepetible que tanto amor dio a todo lo que hizo y aquí dejó su más hermosa obra. Esta será siempre su Casa, a la que entregó su inagotable capacidad de amar y su rebeldía generosa y pura. Porque Yeyé nunca la abandonó, la Casa cumple hoy sus primeros cincuenta años.

Julio Cortázar afirmó en 1980 que “la labor de la Casa de las Américas asume una significación que ningún elogio podría abarcar y que sobrepasa largamente su breve vida institucional”. ¿Cómo intentar abarcarla ahora, casi tres décadas después, si esa labor no deja de crecer, y se extiende a otras áreas con una creatividad siempre renovada?

La Casa de las Américas fue una de las primeras instituciones fundadas por la Revolución en 1959. Su creación en fecha tan temprana es testimonio del genio previsor y el imbatible optimismo de Fidel. Ya el Imperio se empeñaba en aislar a Cuba para preservar su dominio continental, y acá se diseñaba un proyecto de dimensión utópica que buscaría unir las manifestaciones culturales de todos los pueblos americanos. Parecía entonces un sueño irrealizable.

Para alcanzarlo Haydée convocó a lo mejor de la intelectualidad cubana y atrajo amigos en América Latina y más allá. No faltaron los que se atrevieron a soñar, en tiempos difíciles, preñados para muchos de riesgos y amenazas. ¿Podría alguien hablar de esta Casa sin rendir tributo emocionado a Roque Dalton, a Víctor Jara y a otros que la acompañaban desde la clandestinidad, la=2 0guerrilla o el exilio?

Al celebrar este aniversario comprobamos que aquellos soñadores en verdad eran heraldos del mundo que advendría. Hoy América Latina y el Caribe viven una época nueva que se acerca a la utopía fundadora.

Hacia ella avanzamos con paso seguro, animados por la brega de nuestros pueblos en la que no ha sido poca la contribución de esta Casa.

Su premio literario tiene un poder de convocatoria que aumenta cada año y es galardón especialmente apreciado por su intachable trayectoria de estímulo al mérito verdadero, abundante entre sus jurados y concursantes. La lista de ambos sería demasiado larga. Menciono a Rigoberta Menchú que se dio a conocer aquí con su conmovedor testimonio.

Ahora mismo, otro amigo, Eduardo Galeano, es descubierto por millones por un libro de valor excepcional que le fue reconocido aquí y sólo aquí en 1971.

La Revista Casa de las Américas, abarcadora, incluyente, sigue file a su sorprendente fecundidad. ¿Cuántas revistas culturales en Nuestra América alcanzan medio siglo de existencia? ¿Cuál otra sobrevivió a las penurias materiales y a la hostilidad y el odio que han perseguido siempre a este pequeño país asediado?

El Premio y la Revista se multiplican en otras publicaciones y en un Fondo Editorial que ya nos ha ofrecido mil títulos. Todos ellos y muchos otros hallan numerosos lectores en la Biblioteca José Antonio Echeverría que atesora cerca de cien mil títulos y más de ocho mil publicaciones periódicas.

Se acercan a la Casa también, cada día, miles de visitantes de sus páginas electrónicas. Quienes tienen la suerte de residir acá disfrutan de excelentes colecciones en sus tres galerías de arte y de muy notables muestras del arte popular americano como este Árbol de la Vida que nos cobija siempre en esta que no por gusto es la Sala Che Guevara.

Esta es también la Casa de la Música con sus conciertos y sus Premios de Musicología y de Composición y es la del teatro que, desde los años sesenta, al influjo de Manuel Galich, reúne en sus Festivales a teatristas de todo el Continente y a un público que espera ansioso el regreso de mayo. Es la que con el Premio de Fotografía y el de la Joven Estampa promueve estas manifestaciones entre los artistas noveles. La que con el Programa de Estudios de la Mujer y sus coloquios internacionales anuales y sus publicaciones adelanta los estudios de género en el ámbito de la cultura. La que incorpora a sus actividades a las comunidades de habla hispana al norte del río Bravo, cuarenta millones de hermanos secularmente discriminados y vejados.
Aquí nació la nueva canción latinoamericana. La de Silvio y sus compañeros que renovaron la trova nuestra y la de otros que levantaron himnos de esperanza por todo el Continente. Aun lo hacen quienes todavía no existían, hombres y mujeres de esta época nueva que alumbró la mirada y la sonrisa de Yeyé.

Casa de las Américas ha cumplido con creces su misión, desbordando incluso los ambiciosos objetivos que inicialmente se propuso. Ha sido vehículo irremplazable para la comunicación entre los intelectuales y artistas que se expresan en español, portugués, inglés y francés en el Continente y entre ellos, y los que desde otras latitudes se interesan en nuestras realidades. Ha contribuido decisivamente a enriquecer nuestra cultura abriendo espacios para muchos que de ellos carecían y ayudando a salvar manifestaciones culturales en riesgo de extinción, como las de las poblaciones originarias y las de los pueblos antillanos, organizando concursos especiales y publicando textos en creole y en las olvidadas lenguas prehispánicas.

Especial mención merece el Centro de Estudios del Caribe, dirigido por Nancy Morejón, ausente hoy pues participa en Canadá en un importante encuentro de poesía y resistencia.
Precisamente a resistir nos ha ayudado especialmente esta Casa. Ha sido insustituible para derrotar el aislamiento y la incomunicación, la banalidad y el mercantilismo que impone una llamada industria cultural promotora del embrutecimiento para “manipular las emociones y controlar la razón” del “individuo aislado” (esa era su función según admitió alguien tan autorizado como Brzezinski, have cuarenta años, en un texto revelador).

Una de las misiones que la Casa lleva a cabo con mayor esmero es el rescate, la preservación y difusión de la memoria de nuestros pueblos. Es tarea de importancia decisiva especialmente cuando algunos proponen una curiosa ética del olvido, prefiriendo ignorar la advertencia de Faulkner: “el pasado nunca muere, ni siquiera es pasado”.

Me niego a olvidar a Carlos Muñiz Varela, asesinado, precisamente, el 28 de abril de 1979, a plena luz del día, en San Juan de Puerto Rico. Quizás alguien se atreva a decir que el hecho ocurrió have mil años. Pero el crimen ha continuado, se ha repetido todos los días, durante treinta años hasta hoy. Los asesinos han contado con la protección cómplice de gobernantes demócratas y republicanos. Yamaira Muñiz Pérez vivía apenas su primer mes cuando le arrebataron a Carlos. Ella acaba de proclamar: “Cada día mi papá está más vivo en la gente que lo quiere y que lo recuerda”.

Un día como hoy cuando junto al Árbol de la Vida celebramos esta fiesta perenne de creación que es Casa de las Américas tenemos que condenar al terrorismo y la muerte, reclamar justicia para sus víctimas y exigir libertad para Gerardo Hernández Nordelo y sus cuatro hermanos que por nosotros sufren injusto cautiverio.

Compañeras y compañeros:

Vaya nuestra profunda gratitud a quienes han hecho posible la alegría de hoy. A Mariano Rodríguez, pintor excepcional, maestro y promotor incansable, siempre leal a la causa de los humildes, que supo cumplir la ingrata y difícil responsabilidad de ocupar el puesto de Yeyé.
A Roberto Fernández Retamar quien además de ser uno de nuestros mejores poetas ha dado aportes sustanciales, con ensayos y conferencias memorables, a la teoría de la emancipación americana y que dirige la Casa con sabiduría y entusiasmo. El Consejo de Estado sabía lo que hacía cuando fue unánime al otorgarle la Orden José Martí, a él, ejemplo de integridad intellectual y patriotismo, discípulo file del Maestro de todos los cubanos.

No quiero concluir sin saludar a todos los que han hecho y hacen posible la obra de esta institución. Muchos no habían nacido cuando ella empezaba a andar. Pero la Casa fue concebida para ellas y ellos. Háganla cada día mejor, propónganse nuevos y más altos sueños, conquisten el futuro, hagan que aquí siga viviendo su inolvidable fundadora hasta la victoria siempre.

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Ricardo Alarcón de Quesada

Ricardo Alarcón de Quesada

Doctor en Filosofía y Letras, escritor y político cubano. Fue Embajador ante la ONU y Canciller de Cuba. Presidió durante 20 años la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (Parlamento).

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