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Cuba, fábula y fabuladores

Por: Luis Sexto
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Por: Luis Sexto

Los que ven diluirse la época o el ámbito material donde señorearon o fueron felices tienden a convertirlos en fábula. Pasó con la Edad Media, esa enorme iglesia según Leon Bloy, o ese paraíso de caballeros andantes de acuerdo con las novelas de caballería. He de admitirlo: Esta idea no me pertenece: la esboza Jean Cassou en su electrizante ensayo “Cervantes, un hombre, una época”. Y la utilizo porque en Miami y en algún otro lugar afín, la Cuba previa a 1959 se envasa en el papel de regalo de una fábula amable donde los hombres fuertes como Batista y Machado parecen ser aprendices de policía de barrio, o la corrupción de generales, doctores y mayorales, trepados en posiciones ejecutivas, tipifica travesuras intrascendente. Porque, al fin, todo tiempo pasado fue mejor.

No quisiera yo cometer el pecado que imputo a otros; es decir, no le pongo el marbete de infernal a aquella Cuba del capitalismo dependiente que habité hasta los 13 años, es decir, hasta el 31 de diciembre de 1958, y con la que me he encontrado en documentos y libros viejos. Englobarla en una visión sin relieve equivaldría a convertirla también en una fábula, pero como recipiente de todos los vicios. Aquella república construyó valores culturales. Preservó tradiciones. E incubó los fermentos de la revolución y el progreso. Pero no estoy dispuesto a aceptar la teoría del paraíso perdido. En caso contrarío, habré olvidado yo a mi padre a punto de suicidarse porque los despidos compensados de Batista, por recomendación del norteamericano Truslow, lo desplazaron del ingenio azucarero donde trabajó durante 20 años, y le quitaron la única compensación segura: el trabajo estable, que halló definitivamente con la revolución. O no habré leído aquel folleto de la Agrupación Católica Universitaria, texto titulado “Por qué Reforma Agraria” donde jóvenes que luego recalaron en La Florida para convivir con batistianos prófugos, ilustraron en 1957, mediante una encuesta, la vida paupérrima de la población rural, entonces el 34 por ciento entre todos los pobladores de la Isla, y cuya demanda mayoritaria era la de poder trabajar en una tierra casi totalmente ajena.

Pero no son esos detalles macabros, que el censo de 1953 confirma exactamente, el contenido de este artículo. Más bien, quiero enfatizar en que el presente de Cuba y sus relaciones con los Estados Unidos se enjuicia y pronostica desde el país de fábula que alientan medios miamenses o madrileños. Están olvidando la historia. Dentro de los perfiles de esa fabulación, ciertas líneas evocan como un privilegio histórico las relaciones con los Estados Unidos, en las cuales la dependencia política y económica fue alianza, y la explotación de las “company” significó generosidad. La revista Bohemia, a pesar de sus tintes nacionalistas y de haber sido la caldera donde hirvió parte del pensamiento liberador cubano en esas décadas centrales del siglo XX,  remarcó en una entrevista con el embajador Gadner a mediados de la década de 1950, textualmente esta idea: “Ningún cubano entra en la embajada de los Estados Unidos sin salir con algo bueno para Cuba.” La fabula de la Cuba feliz, por supuesto, también se articula con estas percepciones.

Olvidan tanto la historia que ya no recuerdan, incluso, que los Estados Unidos, como esquema expansionista primero y luego necolonial –cuya intervención militar en 1898 y toda su posterior y condicionada generosidad hacia la Isla convertida en fruta madura tanto encarecen ciertos cubanos– no trataron correcta y limpiamente a Cuba. Para averiguarlo, sería suficiente registrar los archivos de la United Fruit Company y leer  cartas y comunicaciones de Rafael Díaz-Balart, uno de los abogados más caracterizado de la dilatada empresa norteamericana, mediante las cuales el abuelo de esa dinastía que intenta monopolizar la “libertad” de Cuba en Miami, recomendaba a sus jefes yanquis cómo burlar los preceptos de la recién aprobada Constitución de 1940, que proscribía el latifundio entre otros artículos continuadores del pensamiento mambí de 1895.

Las palabras pueden significar muy poco ante los hechos. Y los reactualizo con el propósito de opinar acerca de las perspectivas que suscita la elección de Obama como presidente y las exigencias que cubanólogos y “Cubófagos” hacen a Cuba, y no solo al gobierno cubano, de hacer un gesto, de dar el primer paso en el diálogo. Y cuando desde la Isla responden con la disposición de conversar soberanamente y en igualdad, y presentan el reparo de que el primer paso le corresponde al agresor, al gestor del conflicto, cierta gente de allende el Estrecho y sus adeptos dentro de Cuba mueven la cabeza de un lado al otro como diciendo: “Qué tozudo el régimen comunista que solo quiere perpetuarse y burlarse de la buena fe de las democracias; dar más de lo mismo.”

¿Pero realmente pueden alentarse expectativas, al menos entre la masa de cubanos que desean evitar una dependencia que históricamente sabemos antinacional, acerca de los propósitos del nuevo gobierno presidido por Barak Obama?  La pregunta no es retórica, sino inquietud sangrante. Y la respondo casi como, por vía electrónica, respondí el 27 de diciembre de 2008 a Flávia Marreiro del diario Folha de Sao Paulo: En sí mismo, Obama representa un cambio en los Estados Unidos. Así, pues, la expectativa fundamental debe ser del pueblo norteamericano. En Cuba se estima, de modo general, que un político afroamericano como presidente del país más poderoso del planeta, por pertenecer a la etnia discriminada y expoliada por tantos años tendría que favorecer las relaciones justas y respetuosas con Cuba y consecuentemente eliminar el bloqueo y su red de leyes restrictiva de la economía y el comercio cubanos, como fórmulas para derrocar la revolución de Fidel Castro. Teniendo en cuenta lo viejo y lo perverso de esa política, ningún análisis de la situación cubana puede excluir la influencia de los gobiernos norteamericanos en Cuba y sus problemas actuales.

Ahora bien, un hombre, un equipo liberal en los Estados Unidos, donde el poder es como la semilla de la almendra, está muy adentro, no entraña ninguna garantía de cambio de la naturaleza imperialista de los Estados Unidos. Obama, como Kennedy o Carter, puede ser un hombre inteligente, culto, carismático, incluso, abonado por una ética humanista, pero esos rasgos no significan que deje de ser un hombre del sistema. ¿Hasta dónde podrá llegar Obama contra los intereses del sistema? Hemos de ver  hasta dónde es fuerte el “lobby” contrarrevolucionario, y hasta dónde necesitan los Estados Unidos buscar una readecuación de su espacio en el mundo. Quizás, en fin, Obama y su equipo de gobierno puedan sentarse a conversar, sin prepotencia, con el gobierno cubano, para empezar a resarcir a Cuba del daño causado en 50 años de guerra secreta y pública, fría y caliente.

Hasta ahí lo dicho hace tres meses. Y hoy, desde el mirador del cubano y periodista que soy, admito que esa posibilidad en algún momento se justifique adscribiéndose a la cordura. Sin embargo, el llamado exilio se opone, a mi parecer, por dos razones primordiales:

1) Cuantos han medrado y ha acumulado fortunas y fortunitas con la lámpara mágica de los fondos federales para la subversión en Cuba, se rehúsan a perder su país de Jauja, que es aquel y no la apremiada isla del Caribe.

2) porque aspiran a reconvertir el país de la revolución en el país de la fábula, hacia donde ha derivado la nostalgia de los tiempos en que señoreaban y eran felices a costa de la infelicidad de quienes el actual lenguaje de la sociopolítica llama “los muchos”.

En cambio, los revolucionarios más comprometidos y creadores, inmunes a contaminaciones burocráticas, desean transformaciones hacia un país internamente más apto para generar bienestar y perfeccionar  libertades. Pero, por lo que pulso en ellos, incluso en mí, saben distinguir las diferencias entre la fábula contrarrevolucionaria de una Cuba mejor, copia de la anterior a 1959, y la que aún soñamos con él ánimo inconforme. El más lúcido pensamiento cubano es renuente a aceptar que él único modelo válido de libertad y democracia sea el que nos proponen desde Miami y Washington. El marketing que envuelve la fábula  resulta más de lo mismo en la desvaída retórica de los machacones patriarcas de un exilio que huele a comodidad y fraude, dicho con perdón de las personas honradamente convencidas de lo contrario.


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Luis Sexto

Luis Sexto

Periodista cubano y premio nacional de periodismo José Martí 2009.