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Día de la Raza: ¿Encuentro o genocidio entre dos culturas?

15 octubre 2006

El pasado doce de octubre se conmemoró el 514º aniversario de aquello que los españoles llaman el “Descubrimiento de América” y los americanos llamamos el “Encuentro de dos culturas”. Los más radicales lo llaman el inicio de “Genocidio del Nuevo Mundo”. Los españoles no desembarcaron en un erial, las culturas azteca e inca eran tan o más poderosas que las europeas. Tenochtitlan era cinco veces más grande que Madrid, pero acá no existían ni la pólvora ni los caballos.

La llamada leyenda negra de la perfidia española se gestó inicialmente en las luchas de Felipe II de España contra Isabel I de Inglaterra, los Habsburgo contra los Tudor. Eran los tiempos de la Armada Invencible y de los corsarios ingleses en el Caribe. Los libelistas afines a la causa isabelina crearon la imagen de la alevosía española y acuñaron la idea de que Felipe II era cabeza del fanatismo y la intolerancia; no les faltaba objetividad. Luego, los tiempos de la Ilustración y el Enciclopedismo envolvieron a Francia que se unió en la cruzada por marginar a la Iberia atrasada y oscurantista que emergió de la contra reforma.
La empresa colombina no se emprendió en el vacío. Hay muchos testimonios que aseguran que el vikingo, Eric el Rojo, había llegado al Nuevo Mundo en el año mil. La idea de que se podía llegar al Este, viajando hacia el Oeste, ya había sido expuesta por el cartógrafo Paolo Toscanelli. La iniciativa de Marco Polo–a quien Colón leía asiduamente–, también le tentaba el espíritu aventurero. Hasta en los Apócrifos halló inspiración, como en el libro de Esdras donde se asegura que la tierra es redonda. Estas apreciaciones le permitieron calcular, erróneamente, que la India se hallaba a unos seis mil kilómetros de España. Lo que se hallaba, casi al doble de distancia, era el Nuevo Mundo.

Muchos intelectuales latinoamericanos: Asturias, Arguedas, Mariátegui han comprendido este menoscabo de las culturas americanas y han defendido la noble tradición que fue atropellada por el expansionismo europeo. José Martí se preguntaba: “¿En qué patria pude tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, entre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Ese apogeo coincidió con el afianzamiento del cristianismo como cultura y como civilización. La fundación de universidades, el impulso a las tecnologías, la apropiación de la ilustración ajena, árabe y china, la revolución agrícola, son los elementos que precipitaron el dominio de América por Europa.

España actuó, como las demás potencias europeas, con absoluto desdén por la compasión humana. Esa ética con que ahora juzgamos la conquista la hemos elaborado después, entonces no existía el piadoso humanismo que emergió más tarde. El proyecto de conquista a sangre y fuego era parte de las normas usuales en un mundo que se asomaba tras la barbarie en un asentamiento primitivo en tierras crueles.

La intuición genial de Colón y la audacia de un viejo pirata Mediterráneo, como él, le permitieron llevar a cabo su proyecto, pese a tempestades y motines, al desafío de los hombres y de la naturaleza. Colón demostró que cuando las ideas se apoderan, con firmeza, de la voluntad humana no hay fuerza que las frene. Se pueden soportar la frustración, y hasta las humillaciones, si deseamos llevar a buen fin nuestros propósitos. De no haberse producido el encuentro de 1492 seguramente más tarde se habría llevado a cabo, pero el desarrollo europeo, que se estimuló gracias al flujo de oro y plata americanos, habría tomado uno o dos siglos más. América no habría contado con los adelantos de otra civilización, –desde la tecnología agrícola hasta la imprenta– en los tiempos en que lo hizo.
gotli2002@yahoo.com

Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.