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DE "MANDATARIO FUERTE" A TONTO INCOMPETENTE

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Muchos se habían percatado ya. Otros no lo sabían aún. Ahora es una verdad compartida y generalmente aceptada: Bush es un idiota. Su incompetencia ha quedado tan ampliamente demostrada, tras el paso del huracán Katrina, que el mandatario yanqui se vio obligado a confesar públicamente su ineptitud. Su torpeza evidente e inocultable ya ha motivado que su apoyo en la opinión norteamericana ha descendido a los índices más altos de impopularidad que nunca antes haya sufrido un dirigente estadounidense.

 

Bush tiene un equipo de eficientes comunicadores, conducidos por Karl Rove, que se encargan de reajustar la imagen de político tonto e ignorante que se va abriendo paso en sectores cada vez más amplios. Incluso aquellos que lo reeligieron se arrepienten ya. Fue la franja oscurantista de granjeros retardatarios, cegados por la prédica bíblica, con ínfimos niveles culturales, la que le dio su voto y su victoria. Y fueron,  precisamente, los grupos de negros y pobres los más afectados por la incapacidad del presidente.

 

Rove y sus expertos indujeron a Bush a efectuar los tres viajes que realizó a las zonas afectadas. Ellos le impulsaron a pronunciar un mensaje a la nación para intentar la superación de  sus reducidos márgenes de aquiescencia y  continúan haciendo desesperados esfuerzos por salir del hundimiento de la incierta  reputación del presidente.

 

Hasta ahora Bush basó su imagen pública en la creencia de que se trataba de un mandatario fuerte,  enérgico en la respuesta bélica, intransigente frente a lo que él llama terroristas. Era un dirigente volcado en los asuntos exteriores, enviando gigantescos ejércitos fuera de sus fronteras para asegurar la presencia de Estados Unidos en el mundo. Ahora ha tenido que cambiar sus dispositivos y convertirse en un presidente doméstico. Tiene que ser así si quiere asegurar el término de su mandato. Todos se percatan que la  excesiva preocupación con los asuntos exteriores ha  provocado un terrible descuido de los problemas internos con horribles consecuencias. Ya Bush no es, ante la opinión pública,  el hombre fuerte que garantiza la estabilidad.

Ante todos ha quedado demostrado que Estados Unidos no es el país de homogénea prosperidad y progreso compartido. Las imágenes profusas en la televisión de los negros pobres, enfermos, abandonados a su suerte -antes y después del Katrina--, han demostrado que existe otro país que no es el de los autos relucientes y los supermercados: una nación de desventurados, un país no le interesa a Bush. Para él solamente existen los blancos opulentos a los que hay que rebajarles los impuestos y propiciar que aumenten las cotizaciones en la Bolsa de Valores.

 

Ahora debe enfrentar el gasto enorme de  la guerra de rapiña por el petróleo del Oriente Medio y a la vez proceder a la reconstrucción de un área inmensa de los Estados Unidos. Todos los analistas predicen que las consecuencias de ese vasto esfuerzo propiciarán una recesión de la economía. Al cuadro pernicioso hay que añadir el alto costo del petróleo que contribuirá, aún más, al  deterioro de las finanzas. 

 

En Estados Unidos hay ira, irritación, violencia potencial. Los saqueos de los supermercados por los negros hambrientos han dejado un estado de opinión mudable y precario. El pueblo está conmovido al ver los sufrimientos desatendidos de sus connacionales. Bush trató de salirle al paso al problema hablando de construcción de viviendas, creación de empleos y cuidados de salud, temas inexplorados por él hasta entonces.

 

Tal como dijo el New York Times en un editorial, el mayor deterioro causado por el huracán fue  la imagen de Bush como un presidente fuerte. Cientos de miles de víctimas, desempleados y centenares de cadáveres se alzan entre el presidente y  la nación norteamericana. Ante sus ciudadanos ha quedado la visión de un Presidente que se iba a un juego deportivo en San Diego mientras una catástrofe de la naturaleza asolaba a su población, que aún tres días después del desastre seguía de vacaciones, ajeno y desvinculado de los sufrimientos.

 

Bush ya no puede ser reelecto por otro período. Aún si esto fuera posible todos los analistas dan por seguro que sería derrotado, pero su partido sí continúa en las lidias electorales y  es de prever un gigantesco descalabro entre los electores en la próxima consulta comicial para el Congreso.

 

La reconstrucción del sur será lenta y difícil pero lo más arduo y embarazoso será el restablecimiento de la confianza en el presidente más incapaz que los Estados Unidos han sufrido en su último siglo de existencia como nación.

gotli2002@yahoo.com

 

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.