Imprimir
Inicio » Noticias, Historia  »

Fidel Castro: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”

| +
Hace declaraciones en el Vivac de Santiago de Cuba luego de haber sido tomado prisionero por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, 1 de agosto de 1953. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado/Fidel Soldado de las Ideas.

Fidel hace declaraciones en el Vivac de Santiago de Cuba luego de haber sido tomado prisionero por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, 1 de agosto de 1953. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado/Fidel Soldado de las Ideas.

La histórica frase de Fidel Castro “La historia de absolverá”, es pronunciada el 16 de octubre de 1953, en la penúltima vista del juicio seguido en Santiago de Cuba contra los acusados de haber participado en los asaltos a los cuarteles “Moncada”, de esa ciudad, y “Carlos Manuel de Céspedes”, de Bayamo, el 26 de julio de ese propio año, donde asume su autodefensa.

Manifiesto programático, acta de acusación y denuncia de los crímenes de la tiranía, alegato de justificación legal, moral, filosófica y política de la lucha revolucionaria, “La Historia me absolverá” es el documento raigal de la Revolución Cubana y uno de los textos principales en toda la historia del pensamiento y la acción políticas en Cuba y en América Latina.

El alegato de su defensa comienza explicando el motivo por el cual asume su propia defensa:

“Señores magistrados:

Nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles condiciones; nunca contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son en este caso la misma persona. Como abogado, no ha podido ni tan siquiera ver el sumario y, como acusado, hace hoy setenta y seis días que está encerrado en una celda solitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales.

Quien está hablando aborrece con toda su alma la vanidad pueril y no están ni su ánimo ni su temperamento para poses de tribuno ni sensacionalismo de ninguna índole. Si he tenido que asumir mi propia defensa ante este tribunal se debe a dos motivos. Uno: porque prácticamente

Se me privó de ella por completo; otro: porque sólo quien haya sido herido tan hondo, y haya visto tan desamparada la patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasión como ésta con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad”.

Este documento se convirtió de inmediato en el programa político de la nueva etapa de lucha que se había iniciado con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

En él, denuncia los turbios manejos del proceso judicial, incluyendo hasta los intentos de asesinarlo y al final separarlo de sus compañeros y hacerle un juicio particular.

“Desde aquel momento comenzó a desmoronarse como castillo de naipes el edificio de mentiras infames que había levantado el gobierno en torno a los hechos, resultando de ello que el señor fiscal comprendió cuán absurdo era mantener en prisión intelectuales, solicitando de inmediato para ellas la libertad provisional. Terminadas mis declaraciones en aquella primera sesión, yo había solicitado permiso del tribunal para abandonar el banco de los acusados y ocupar un puesto entre los abogados defensores, lo que, en efecto, me fue concedido.

Comenzaba para mí entonces la misión que consideraba más importante en este juicio: destruir totalmente las cobardes calumnias que se lanzaron contra nuestros combatientes, y poner en evidencia irrebatible los crímenes espantosos y repugnantes que se habían cometido con los prisioneros, mostrando ante la faz de la nación y del mundo la infinita desgracia de este pueblo, que está sufriendo la opresión más cruel e inhumana de toda su historia”.

Sobre el Cuartel Moncada en particular alegó:

“No fue así en Santiago de Cuba. Aquí todas las formas de crueldad, ensañamiento y barbarie fueron sobrepasadas. No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una semana completa, los golpes, las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumentos de exterminio manejados por artesanos perfectos del crimen.

“El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y pegajosa sangre. Las manos criminales que rigen los destinos de Cuba habían escrito para los prisioneros a la entrada de aquel antro de muerte, la inscripción del infierno: Dejad toda esperanza.”

“No cubrieron ni siquiera las apariencias, no se preocuparon lo más mínimo por disimular lo que estaban haciendo: creían haber engañado al pueblo con sus mentiras y ellos mismos terminaron engañándose. Se sintieron amos y señores del universo, dueños absolutos de la vida y la muerte humana. Así, el susto de la madrugada lo disiparon en un festín de cadáveres, en una verdadera borrachera de sangre”.

Recuerda la trascendencia de sus compañeros, al expresar:

“Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados cómo surge de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de su ideas”.

Como es sabido, cita la figura de José Martí como autor intelectual de la acción.

“Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”

Momentos antes de terminar expresa:

“Termino mi defensa, no lo haré como hacen siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es inconcebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón”.

Al final de su alegato, concluye:

“En cuanto a mí,  sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie,  preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento,  pero no la temo,  como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la Historia me absolverá.”

Descargue el libro aquí.

Para conocer más sobre el ideario del líder de la Revolución Cubana, visite nuestro sitio Fidel Soldado de las Ideas. Síganos en Facebook y Twitter.

Haga un comentario



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Vea también