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Universidad de Zaragoza distingue al prócer cubano José Martí

En este artículo: Cuba, España, Homenaje, José Martí, Universidad
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En el paraninfo de la Universidad de Zaragoza, la Doctora Francisca López Civeira, profesora emérita de la Universidad de La Habana. Foto: Eugenio Martínez/ Facebook.

En el paraninfo de la Universidad de Zaragoza, la Doctora Francisca López Civeira, profesora emérita de la Universidad de La Habana. Foto: Eugenio Martínez/ Facebook.

La Universidad de Zaragoza (UZ) entregó ayer su Medalla de Oro, a título póstumo, al prócer de la independencia de Cuba José Martí, por su trayectoria y en reconocimiento a la cátedra que lleva su nombre.

Los estrechos vínculos que Martí mantuvo con esa institución, de la cual es un ilustre egresado, además de su trayectoria, fueron los argumentos valorados por los miembros del Consejo de Gobierno de esa universidad española para aprobar esta distinción.

Fundada en 1542, la UZ quiso de esa manera honrar a uno de sus más emblemáticos alumnos, el Héroe Nacional cubano, quien entre 1873 y 1874 concluyó en esa institución sus estudios en Filosofía y Letras y en Derecho Civil y Canónico.

Con su galardón, la casa de altos estudios rindió tributo a su estudiante insigne y a la cátedra que lleva su nombre, nacida en 1996 tras la firma de un convenio de colaboración entre las facultades de Artes y Letras de la Universidad de La Habana y su par de Zaragoza.

La medalla de la UZ es otorgada como expresión de su reconocimiento a personas físicas o jurídicas, públicas o privadas, de sobresaliente prestigio en el campo de las letras, las artes, las ciencias, la docencia, la investigación, la creación o la dedicación a los demás.

francisca-lopez-civeiraPalabras de la Dra. Francisca López Civeira, Profesora emérita Universidad de La Habana en el acto de entrega con carácter póstumo de la Medalla de la Universidad de Zaragoza a su egresado José Martí Pérez, héroe nacional de Cuba.

Señor Rector de la ilustre Universidad de Zaragoza, D. José Antonio Mayoral; embajador de Cuba en España señor Eugenio Martínez; señores miembros del Consejo de Gobierno, profesores y demás invitados presentes en este acto:

Cuba, España, Aragón, Martí, quien dijo que para esta tierra tenía un lugar “franco, fiero, fiel, sin saña.” Aquel cubano que llegó aquí desterrado, recordó en su adultez la zona aragonesa que, dijo, fue “donde rompió su corola / la poca flor de mi vida.” Es, por tanto, una extraordinaria emoción estar aquí, en Aragón, en Zaragoza, en la Universidad donde se graduó el cubano mayor que pensó en su patria, que no aprendió a odiar, que vivió en este sitio situaciones que habrían de ser una gran experiencia en su vida, que luchó por la independencia de su Cuba, por Nuestra América, por el mejoramiento humano en el cual tenía fe.

La Universidad de Zaragoza, en ocasión de su 475 aniversario y por decisión de su Consejo de Gobierno, rinde tributo a su egresado de Licenciatura en Derecho Civil y Canónico y de Filosofía y Letras de manera póstuma, por lo cual Cuba, mi país, siente una profunda gratitud. Debo decir también que la Oficina del Programa Martiano y todas las instituciones martianas de Cuba se sienten muy honradas con esta decisión y la invitación cursada, al tiempo que quien ha sido designada para recibir a nombre de la Oficina y de Cuba tan alta distinción, no podía siquiera soñar desde la Cátedra Martiana de la Universidad de La Habana, con tan extraordinario honor como el de hoy: recibir un reconocimiento a José Martí en el lugar que describió desde su más profundo sentimiento, en versos maravillosos: “Quiero a la tierra amarilla /Que baña el Ebro lodoso: / Quiero el Pilar azuloso / De Lanuza y de Padilla.”

Pensar en Martí es pensar en lo mejor del ser humano. Aquel joven, a los 20 años, en mayo de 1873, llegó a este sitio donde, según consignó, tuvo un buen amigo y quiso a una mujer. El desterrado creció extraordinariamente no solo en su formación profesional, sino en su condición de cubano, de revolucionario, de persona capaz de las mejores ideas del bien y del mayor sacrificio en aras de ello. Creció también en la observación de la lucha de un pueblo que le llevó a decir:

“Estimo a quien de un revés

 Echa por tierra a un tirano:

Lo estimo, si es un cubano;

Lo estimo, si aragonés.”

El recuerdo de esta tierra lo acompañó toda la vida. Al describir la obra de Raimundo Madrazo, podía decir con pleno conocimiento que “el sol de España y el cielo de Zaragoza” habían provisto de “la luz alegre que presta una sonrisa a sus cuadros más serios.” O también recordar su visita al teatro, cuando paseaba “en la almenada y morisca Zaragoza, por las márgenes históricas del Ebro turbio.”

José Martí dedicó su vida, hasta su caída en combate en 1895, a preparar la revolución que debía terminar con el dominio colonial en Cuba y Puerto Rico, las últimas posesiones hispanas en América. Pero el objetivo no era solo la independencia, su proyecto transformador de nuestras sociedades era de mayor alcance. Como afirmó en su extraordinario ensayo “Nuestra América”, “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”, para lo cual planteaba el camino: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto al sistema y hábitos de mando de los opresores.” Y si bien, en el caso de la América Latina no se había completado ese proceso, afirmaba que esos países se salvarían porque a América le estaba naciendo “el hombre real”. Cuba debía asumir esas experiencias y, en la nueva época, cumplir los deberes que la naturaleza le había impuesto en el continente.

En su programa, el conocido como “Manifiesto de Montecristi”, planteó los objetivos generales de la revolución que debía realizarse y para la cual la guerra era el medio necesario, y afirmó que esa guerra no era contra el español respetuoso hacia los cubanos; no era el odio a España el motor impulsor de su proyecto, sino la obra de redención de un pueblo donde tendría espacio el español que no era enemigo. Allí declaró la “voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexible sólo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.”

El revolucionario Martí fue también el gran poeta que, al concebir los versos de amor paterno quizás más hermosos que se hayan escrito en lengua española, dedicó a su hijo, a quien allí llama “príncipe enano”, “mi caballero”, “mi pequeñuelo”, “mi reyecillo”, “mi despensero”, la importante declaración de sus más profundos e íntimos presupuestos: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.” Con esto estaba mostrando, en momento de tan personal sentimiento, los valores que guiaban su vida.

Aquel joven escribiría reflexiones tan hermosas y nobles como cuando se regocijaba al considerar que “una gran montaña parece menor cuando está rodeada de colinas.” Y afirmaba que “esta es la época en que las colinas se están encimando a las montañas; en que las cumbres se van deshaciendo en llanuras”, lo cual era preludio de un porvenir cercano en que “todas las llanuras serán cumbres.” Esto era motivo de satisfacción para Martí, pues “Con el descenso de las eminencias suben de nivel los llanos, lo que hará más fácil el tránsito por la tierra.” Para él, “el hombre pierde en beneficio de los hombres”, y si bien comprendía que a los “privilegiados de alma baja” no satisfacía esa expansión a la masa, a los “de corazón gallardo y generoso” sí placería que el genio fuera pasando de “individual a colectivo”.

El joven Martí que estuvo en Zaragoza, consideró siempre, desde edad muy temprana, que “toda la vida es deber”. En su criterio, el cumplimiento del deber resultaba esencial para la conducta humana, el deber de hacer el bien, el deber de trabajar y luchar por el ser humano. Por ello escribió a su amigo Juan Gualberto Gómez, cuando se aprestaba a partir para incorporarse a la guerra que había convocado en Cuba: “Conquistaremos toda la justicia.” Ese propósito de justicia plena, de lograr una república “con todos, y para el bien de todos”, lo llevó también a concebir “La guerra de independencia de Cuba, (…) [como] suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo.”

En nombre del gran cubano egresado de esta Universidad, de Cuba y sus hijos, muchas gracias a esta ilustre institución por el honor que se hace a Martí, y con ello a Cuba y a los cubanos. Nuestra gratitud en este día es parte de los lazos que unen a la tierra aragonesa con la cubana a través del gran Martí. No es posible para alguien de Cuba dejar de amar a este pueblo que despertó su admiración, como lo hizo al recordar a las mujeres de Zaragoza, que calificó de heroicas cuando “quemaban con agua hirviendo las cabezas humanas de los franceses invasores.”

La capacidad de luchar por una causa justa, la defensa del suelo patrio, el trabajo en bien de la humanidad, el respeto a la dignidad plena del hombre, fueron para él los máximos valores de un ser humano, cubano, aragonés, de cualquier lugar. Si las mujeres y hombres de este planeta los incorporáramos a nuestro sentido de vida, seríamos mejores, el género humano sería más noble y feliz. Por Cuba, por Martí, gracias a todos.

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