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A 40 años del doblón olímpico: Juantorena habla con el corazón

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Alberto Juanterona en los  400 metros, en 1980. Foto: Tony Duffy/ Getty Images

Alberto Juanterona en los 400 metros, en 1980. Foto: Tony Duffy/ Getty Images

Hay más de una generación de cubanos que no lo vio correr aquel mes de julio de 1976 en los Juegos Olímpicos de Montreal, sin embargo, su nombre, la leyenda deportiva tejida y la narración inmortal del locutor, forman parte de la historia de esta nación. Alberto Juantorena Dánger no sólo protagonizó un doblón dorado irrepetible en aquella cita canadiense, sino también “entró con el corazón” en la memoria de su pueblo.

Por más de dos horas, el actual titular de la Federación Cubana de Atletismo y presidente del Comité Paralímpico Cubano, conversó sobre su infancia, juventud y las interioridades de aquella hazaña, a la vez que mostró una precisión exacta en datos, fechas, táctica empleada y ambiente que rodeó ese par de coronas.

Aclarada la fecha real de su nacimiento: 21 de noviembre de 1950 en Santiago de Cuba —y no el 11 de ese mes o el 3 de diciembre como reflejan algunas biografías por el mundo—, el diálogo fluyó cual otra carrera de 400 u 800 metros.

Hablemos primero de esa infancia que se sabe tan poco.

“Era un muchacho normal, pero un poco bellaco; tiraba piedra, robaba mangos y hacía maldades. Eso sí, muy solidario y cuando corría nadie podía ganarme. Una vez, un amigo Alexis Cue (fallecido), no tenía un par de zapatos y como yo tenía dos me aparecí en su casa y le regalé uno. Mi papá, en lugar de regañarme, me dijo: hiciste bien, hay que compartir siempre lo que se tiene. Ese era mi seno familia, muy humilde y educado, con valores tremendos, un concepto muy de barrio y de magníficas relaciones interpersonales”.

¿Qué pasó en su casa el 1 de enero de 1959?
“Hubo una alegría tremenda. Mi papá estaba en el Movimiento 26 de julio y recuerdo, de pequeño, que un día vino la policía de Batista y se llevaron preso. Mi primo Andrés Juantorena fue combatiente de la clandestinidad. Frente a mi casa, allá en Santiago de Cuba, estaba la Escuela de Artes y Oficios y ahí siempre había guardias. Y a nosotros nos llamó poderosamente la atención que eso fue tomado por el Ejército Rebelde cuando entró en Santiago.

Tenía 9 años, pero tenía conciencia del triunfo revolucionario, de la euforia, la alegría, de cómo se hablaba de Fidel, de cómo se hablaba de un cambio social, de un cambio político”.
Sin embargo, aunque nadie le ganaba corriendo, la captación para el deporte llegó en baloncesto.

“Era el más alto del grupo. Y además, recuerda que es más fácil dedicarse a un juego colectivo que al deporte individual. El modelo de inspiración en el atletismo para mí se llamaba Enrique Figuerola, que era muy popular y santiaguero también. En la escuela donde estudiaba se practicaban muchos deportes. El profesor Evangelio Prada me enseñó baloncesto, voleibol y natación.

¡Qué clase de sistema competitivo! Nos llevaban a jugar contra otros centros y cuando lo hice en una segunda categoría de baloncesto en Pinar del Río me captaron para una preselección en La Habana. Tendría unos 18-19 años. No obstante, mis primeras medallas fueron en atletismo, cuando gané 600 y 1200 en los Juegos Escolares regionales. En baloncesto fui campeón nacional en 1971. Por ahí andan las fotos”.

Y ese mismo año deja el mundo de las canastas.

“Me sacaron por baja calidad técnica. En realidad era muy fuerte, guapo, pero no tenía las condiciones ni era mejor que los integrantes de ese grupo: Urgellés, Ruperto y muchos más. Eso sí, cada vez que dentro del baloncesto hacíamos tramos de velocidad y 400 metros no había quien me pusiera un pie delante. El entrenador Jorge Salazar decía: ven pa´acá muchacho, tú