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¿Adios al sincretismo? (III y final)

Publicado en: NosOtros
En este artículo: Antropología, Cuba, Religión
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  • Minuta sobre la transculturación de la religión yoruba en Cuba (III y final)

ReligiónEn colaboración con Rubén Zardoya

“Adiós al sincretismo” significa en el caso que nos ocupa: adiós a la cubanidad de esta religión. Y el reparo que ponemos no tiene su raíz en un sentimiento nacionalista, en el empeño en proteger a toda costa los valores patrios, sino en el más elemental apego a los hechos, testarudos como arrecifes, en el estudio de la práctica de las religiones cubanas, de sus representaciones individuales y colectivas, de sus creencias y relaciones sociales, de sus mitos y ritos. Con palabras de Miguel Barnet, escritas en un generoso comentario a un ensayo nuestro, “la Santería o Regla de Ocha, religión de versiones múltiples, de variantes regionales: dúctil, democrática, flexible, oxigenada en un nuevo ambiente ecológico y social, supera con creces las estructuras regionales y tribales del pueblo yoruba en Nigeria. Los cultos a Yemayá, Oggún, Obbatalá u otros que en Nigeria se ubican geográficamente, se fusionaron en Cuba y son ya otra cosa: un sistema religioso muy integrado a la urdimbre social y de naturaleza colectiva y fraternal que quiebra cualquier canon familiar o tribal”.

Compárese esta idea con otra expresada por una informante nuestra, mujer culta y con vocación teológica, que  resumimos a continuación: “Cuando comparas las liturgias católicas con las de la santería, te percatas de que son ritos diferentes, fundados en diferentes mitos. Lo mismo ocurre al comparar a los orichas con los santos católicos. Es por ello que surge la pregunta, ¿es el sincretismo una cuestión de esencia o es algo meramente superficial? Yo creo que se trata de un fenómeno superficial, de una apariencia sin sustancia que se fue trasmitiendo de boca en boca y de generación en generación y llegó a convertirse en una “verdad”, bien entre comillas. Pienso que el sincretismo fue el resultado de la autodefensa de los negros esclavos frente al amo que prohibía y despreciaba sus creencias y las tildaba de “brujería”. Detrás de la imagen del santo católico, estaban siempre los orichas, sus verdaderas deidades”.

En la visión de Miguel Barnet, lo que prima es la idea de la metamorfosis, la transfiguración, la transculturación, auténticos demonios que barren con todo lo estático y anquilosado; en la de nuestra informante, la analogía inmóvil y la reflexión externa al proceso histórico. En el primer caso, más allá del razonamiento aparentemente pulcro que acomoda la Lógica Formal los retorcimientos paralógicos del pensamiento mítico y la práctica religiosa, la santería se concibe como un producto legítimo del desarrollo histórico de la cultura cubana; en el segundo caso, el pensamiento se atasca en la diferencia de origen, reproduce acríticamente los argumentos teológicos o cuasi teológicos del religioso instruido y se ve tentado a considerar una “mentira” nada más y nada menos que el proceso histórico real.

Es justo reconocer que esta segunda postura podría llevar implícita una idea de capital importancia para la comprensión del proceso de formación de la nacionalidad cubana que no siempre ha estado presente en las investigaciones sobre las religiones populares en nuestro país. Me refiero a la idea de la resistencia cultural: la tendencia inherente a las comunidades humanas, a conservar, frente al poder avasallador de las culturas e ideologías dominantes, la propia identidad, el mundo propio de valores, símbolos, cosmovisiones, patrones de conducta y formas de comunicación. El proceso de deculturación a que fueron sometidos los esclavos -escribe Manuel Moreno Fraginals- “sólo podía ser resistido mediante el clandestinaje de los valores culturales originarios. Se origina así una lucha entre la cultura dominante que pretende ser un factor integrador y de sometimiento, y la cultura dominada, como factor integrador de la resistencia”.

No cabe duda de que sólo la resistencia múltiple y diversa pudo impedir que las culturas africanas fueran borradas de la faz de la isla sobre la que recién habían sido vomitadas. Sin embargo, sería erróneo convertir esta idea fértil para la comprensión del proceso de formación de la cubanía en una suerte de teoría del “camuflaje” o bien del “clandestinaje” cultural, en cuyo seno el sincretismo sería apenas un “fenómeno superficial”, vinculado a una cierta “inteligencia” y habilidad para esconder orichas detrás de vírgenes y santos, y hacerlos vivir una vida clandestina.

Ni armados de una coraza anímica hubieran podido los esclavos africanos cerrar las puertas de su espíritu al poderoso influjo del proceso de deculturación y coloniaje cultural al que fueron sometidos. Tanto más cuanto que, a diferencia de los indios americanos o de los africanos que no cruzaron el océano a golpes de látigo, aquellos no contaron con la gracia divina de haber sido avasallados y esclavizados en su propia tierra y haber permanecido mal que bien integrados a una comunidad ancestral de historia y lenguaje comunes, de cultura material y espiritual definidas y fijadas por la tradición. Su resistencia fue la resistencia sobremanera vulnerable que podían ofrecer seres humanos extrañados de sí mismos, transplantados, privados de su geografía, su economía, sus relaciones de poder, sus instituciones, su lengua, sus nexos familiares y tribales; vendidos y desagregados según el capricho del comprador, arrojados en barracones junto a representantes de otras culturas, con los cuales, en un proceso traumático de integración interétnica, se vieron obligados a comunicarse en el lenguaje del dominador y a amalgamar su ser y su pensamiento, pese al esfuerzo de aquel por impedirlo; hombres sometidos a las más diversas influencias cosmovisivas y, en particular, a una política evangelizadora que, aunque asistemática, imponía el bautismo, la comunión, el casamiento canónico, la asistencia a misa, el aprendizaje rudimentario de la doctrina católica y la obligación de sostener el culto con el propio trabajo esclavo.

Ni la creación de cofradías y cabildos secretos, por una parte, ni el protagonismo casi exclusivo en motines, sublevaciones e insurrecciones aisladas, por otra, podían representar vías a un tiempo eficaces y duraderas de resistencia para un hombre obligado por las circunstancias a entrelazar su destino con el de cubanos blancos, negros y mestizos, a peninsulares y canarios, a chinos y yucatecos o, en términos sociales, a arrendatarios, aparceros, precaristas, artesanos, obreros manuales e, incluso, a hacendados asfixiados por el sistema colonial.

Las Guerras de Independencia, poderoso motor etnocultural que hizo convergir en un mismo movimiento el propósito abolicionista y la aspiración independentista -y de manera perspectiva, la emancipación social del esclavo y la constitución de una nación soberana y una cultura nacional- abrirían el camino centenario de una segura resistencia a la dominación y al vasallaje. No era simplemente el camino de la reinvindicación de valores primigenios, sino el de la legitimación y la consolidación sobre nuevas bases de un proceso de integración transcultural y de forja de una nueva cultura.

A la vuelta de un siglo largo de resistencia y creación, esta cultura, la cubana, no necesita -más bien repulsa- ningún género de regresos a lejanías hispánicas o africanas, tanto en términos económicos como políticos, éticos, artísticos o religiosos. La santería y, en general, las religiones populares cubanas -con su creciente sincretización de mitos, ritos, creencias, representaciones, jerarquías, tabúes, rezos, voces, saludos, vestimentas- constituyen un resultado incontestable de este proceso irreversible de transculturación.

Al intentar recorrer el trecho, camino a El Rincón, que va de Babalú Ayé a San Lázaro y de un ebbó al signo de la cruz, la reflexión externa a la historia empírica no logrará construir un silogismo acabado, en consonancia con los principios de la identidad, el veto de la contradicción y el tercero excluido. Hablará de eclecticismo, compromiso, camuflaje, modernización, asimilación acrítica e ignorancia, y se empeñará en un ejercicio desincretizador carente de fundamentos sociológicos y culturales que probablemente encontrará el aplauso de algún colega cristiano, celoso también de la pureza de su credo. A contrapelo de estos dolores de parto de la especulación, la práctica religiosa continúa y continuará su curso sincrético, tolerante, ancho, abierto y electivo a un tiempo, en tanto sea capaz de expresar, de forma creadora, el complejo sociocultural cubano y el mundo espiritual de un sector importante de sus hombres y mujeres.


Miguel Barnet: “La hora de Yemayá” en La Gaceta de Cuba, no.2, marzo-abril 1996, p 49.

Manuel Moreno Fraginals: “En torno a la identidad en el Caribe insular”, en Estudios afrocubanos. Selección de lecturas, a cargo de Lazara Menéndez, t. 1, Universidad de La Habana, La Habana, 1996, p.147.

Se han publicado 8 comentarios



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  • Carlos Valdés Sarmiento dijo:

    DOS PATRIAS TENGO YO: CUBA Y LA NOCHE.
    ¿O SON UNA LAS DOS?… (Flores del destierro)

    JOSÉ MARTÍ O. C. tomo 16, pág.252.

  • Caruso dijo:

    Buen final el del artículo.
    Felices fiestas.

  • Interesado dijo:

    Excelente ensayo. Sólo la historia explica, sólo la historia enseña. Si nos encerramos en un cuarto a especular, todo es posible, y quizá lleguemos a ser grandes poetas o grandes escritores de ficción. Pero el que quiera conocer y reproducir la verdad, ha de ajustarse estrictamente al movimiento histórico, gústele o no. La historia de Cuba es un gigantesco crisol, increíble por demás; no sólo en el campo religioso, sino en todos los campos. Con frecuencia asombra. Me declaro admirador de la cultura cubana.

  • Arnaldo Cossinatto dijo:

    Que Cubadebate se mantenga ahi como la ceiba. Prospero año nuevo…
    Muchas felicidades a todos los cubanos.

  • Arnaldo Cossinatto dijo:

    Que mantenga para el 2011 esta sesion y Cubadebate

  • Camila dijo:

    Este tema se termina aqui?

  • Mary dijo:

    “Adiós al sincretismo” , de sus mitos y ritos. Miguel yo soy de las que APLAUDO…

  • Amor dijo:

    Extraño los comentarios de Bruno y El Evangelista je,je!!!

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Rosa María de Lahaye Guerra

Es doctora en Ciencias Filosóficas y antropóloga cubana. Actualmente es profesora de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Tiene varios libros publicados, entre ellos “Yemayá a través de sus mitos”, en coautoría con Rubén Zardoya.

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