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Asiste García Márquez a homenaje dedicado a Tomás Eloy Martínez

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Gabriel García Márquez, con Ezequiel y Gonzalo, los hijos de Tomas Eloy Martínez.

Gabriel García Márquez, con Ezequiel y Gonzalo, los hijos de Tomas Eloy Martínez.

Tomado de Revista Ñ

Gabriel García Marquez entra al restaurante “Donde Olano” y rechaza la silla que le asignaron. “Está frente a un espejo”, explica y confirma así su fama de superticioso. Se instala en la silla de al lado, entonces, junto a su inseparable esposa Mercedes Barcha. Está sumamente contento. Saluda a todos los invitados y besa y abraza a Ezequiel y Gonzalo Martínez, como si fueran sus nietos. Son los hijos de su íntimo amigo Tomás Eloy Martínez.

La cena del jueves 11 de marzo fue el primer acto de dos días de asamblea de maestros de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y de homenaje al autor de Santa Evita. Alrededor de una larga mesa de madera se alinean Sergio Ramírez (ex vicepresidente de Nicaragua y escritor), Alma Guillermoprieto (periodista de The New Yorker), Joaquín Estefanía (columnista de El País, España), Mónica González (directora del CIPPER, Chile), Jean Francois Fogel (ex Le Monde) y otros maestros de la FNPI.

García Márquez, Gabo, viste una guayabera blanca, un reloj viejo con correa amarilla y porta sus clásicos anteojos de marco negro. En medio de la algarabía que produce esta ciudad de balcones de madera con flores, alguien brinda por la memoria de Tomás Eloy. Jaime Abello, director de la FNPI, recuerda: “A Tomás Eloy me lo presentó Gabo diciéndome: ‘El cuate que vas a conocer es el mejor periodista de América Latina”.

Al día siguiente trascurre el homenaje público a Tomás Eloy. En el Convento de Santo Domingo, Ramírez recuerda su primer contacto con el escritor: “A comienzos de los años 70, cuando yo vivía en Costa Rica, recibía las novedades editoriales que me enviaban desde Buenos Aires. Así me encontré por primera vez con el nombre de Tomás Eloy Martínez en la tapa de su novela Sagrado, la primera que publicaba. Años después, cuando llegamos a ser amigos entrañables, él solía desecharla con sonrojo porque la consideraba una novela en la que se había dejado seducir por las palabras más que por la pasión de contar una historia”.

El olor a almendros se filtra desde el patio al salón. El escritor Martín Caparros emociona a la audiencia: “¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo nos hemos despedido?”. Son versos, son de Borges, encabezan el primer gran libro de Tomás Eloy Martínez, Lugar común la muerte. “Morir es entregarse. Los muertos se hacen nuestros: los hacemos. Nosotros, los provisoriamente vivos, hilamos una vida sin saber que la hilamos, como quien se distrae, y esa vida se va haciendo relato sin querer: un relato donde a veces influimos más que otras, tallando marcas, sembrando materiales. Hasta que, al fin, el día más pensado, nos volvemos tan poco, cajita de cenizas: construcción de los otros. Morirse es, también, convertirse en un cuento que otros van tejiendo (…) Mi maestro Tomás se murió hace unos días”, finaliza el autor de La Voluntad. Mientras, corren en una pantalla fotos inéditas del escritor fallecido el 31 de enero, que fuera un pilar de la FNPI, tomadas por su hijo Gonzalo.

Sergio Dahbar cuenta cómo Martínez revolucionó el periodismo venezolano cuando se exilió en Caracas por la dictadura y creó El Diario de Caracas. “Para elegir periodistas que narraran bien organizó un concurso de diarios íntimos y contrató a los que mejor escribían”, recuerda.

Su otro hijo, Ezequiel, se gana una sonrisa del auditorio con una anécdota sobre sus inicios como periodista: “Yo había escrito que Juan Carlos Gené en una entrevista ‘hablaba despacio’. Y él entonces me sugirió que esas cosas podían decirse de una manera más narrativa. ‘Las palabras le salen cansadas, como desperezándose de largos silencios’. Fue su ‘traducción'”. Ezequiel Martínez anuncia que ya puso en marcha el proyecto para concretar uno de los últimos deseos de su padre: la creación de la fundación Tomás Eloy Martínez “para promover el buen periodismo y la buena literatura”.

En los pasillos del convento, se suman al grupo otros periodistas, entre ellos, el maestro José Salgar (90 años), quien fuera jefe de García Márquez en El Espectador de Caracas en los 60. Recuerda cuando seleccionó a ese joven periodista caribeño para escribir la historia del marino convertido en un falso héroe por el gobierno colombiano, que Gabo desnudó luego en Relato de un náufrago. “Había que doblarle el cuello al cisne con una historia que ya había sido publicada, y Gabo me pareció el único que podía hacerlo”, dice Salgar.

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