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Estados Unidos y el dilema de la Independencia

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4 de julio, Día de la Independencia de EE.UU. Imagen: Getty Images.

Como cada año, Estados Unidos celebrará el próximo sábado, 4 de julio, el Día de la Independencia en la capital del país con llamativos festejos, ambiente jubiloso y fuegos artificiales. En esta ocasión, se conmemorará el 250 aniversario de su aparición como nación autónoma, desgajada del árbol colonial británico. Según es conocido, la fecha simboliza, desde 1776, el surgimiento histórico de la primera nación moderna, al establecer una república, como forma de gobierno en la que el poder supremo residiría en el pueblo, ejercido a través de representantes elegidos mediante el voto, complementado con la división de poderes del Estado, el mandato de las leyes y la ausencia de un monarca, como en el feudalismo. Así, se anticiparía con peculiaridades el proceso que iba a consagrar en la siguiente década la Revolución Francesa, al inaugurar la época de la modernidad en su modalidad clásica. En sentido figurado, la certificación de nacimiento de Estados Unidos le designa como un modelo de tradición política del liberalismo anglosajón, basado en el ideal de la democracia burguesa representativa.

Más allá del habitual colorido que aportan los tradicionales fuegos artificiales al acostumbrado espectáculo anual con el concluyen ese día las diversas actividades festivas en la ciudad de Washington, en la que se concentran miles de residentes y visitantes, y de las palabras que pronuncia el presidente desde la Casa Blanca, donde junto a su esposa agasaja a los presentes, incluidos los militares y sus familias, los presidentes de turno aprovechan la oportunidad para enfatizar sus agendas, consignas y promesas, exaltando la glorificación del pasado fundacional, con sentido patriotero ( no patriótico,) el nacionalismo norteamericano en sus expresiones más chovinistas, incluso fanáticas, con implicaciones que resaltan el nativismo, el supremacismo blanco, el puritanismo evangélico protestante y la legitimidad del uso de la fuerza y la violencia, como recursos para garantizar la supuesta defensa de lo que se considera como seguridad nacional. Es decir, se refuerza el imperativo de haber nacido en territorio de Estados Unidos, con el consiguiente acompañamiento de racismo, xenofobia, intolerancia y reacciones antiinmigrantes, con el pretexto de proteger la identidad cultural ante las amenazas que llevan consigo lo que se califica como “anti-norteamericanismo”.

Pareciera que la banalidad que impregna a no pocos sectores de la sociedad norteamericana, y, ante todo, a su sistema político, al festejar la efeméride con espíritu triunfalista, podría opacar la significación del marco en que tendrá lugar esa conmemoración. Haciendo suyas las frases de Trump, de haber colocado a Estados Unidos, primero (America First), al Recuperar la grandeza de la nación (Make America Great Again), esos segmentos ―vinculados unos al mundo empresarial o financiero, otros a élites partidistas, organizaciones conservadoras de la sociedad civil o simples víctimas de la educación y propaganda que les formó como ciudadanos que convencidos del American Way of Life (Modo de vida norteamericano) y creen en el American Dream (Sueño norteamericano), adormecidos por Trump, que coexisten con exponentes contestatarios que confrontan, sin éxito, al sistema ―, pierden de vista la profunda crisis de legitimidad, que, en el orden sociológico, ético y político, le define hoy, cuyas manifestaciones inéditas se apreciaban desde que concluyera el pasado siglo XX, con sus últimas elecciones presidenciales, hasta la escandalosa situación que rodea la contienda electoral de 2020 y el curso que sigue la dinámica interna y exterior de Estados Unidos, a partir de la actuación gubernamental iniciada luego de los comicios de 2024.

En esa secuencia, para quien lo dudara, quedaría más que clara la referida crisis, como parte de una más amplia, sistémica y estructural, que no se reduce a la dimensión económica, que no es separable de la declinación geopolítica internacional. El prolongado, irregular y fraudulento proceso electoral de 2000 ―imposibilitado de determinar el resultado de la votación, ante lo cual la Corte Suprema debió, de modo excepcional, designar al presidente ―, unido al hecho no menos insólito de que en el de 2020, el ocupante de la Casa Blanca se negase a abandonar el cargo al frente del Ejecutivo y exhortara al inimaginable asalto al Capitolio, sede del Poder Legislativo, confirmaron fehacientemente los límites del consenso doméstico que sostenía la legitimidad del sistema, en tanto que la declinación hegemónica global ante las nuevas potencias reflejaba lo vaticinado por Lenin hace más de cien años. El imperialismo, como sistema mundial y el estadounidense en particular, como su epicentro, mostraba las tendencias que anticipó, al exhibir su condición parasitaria, su decadencia y descomposición.

Al mirar a Estados Unidos en la actualidad, resulta obligado acudir al análisis realizado por Martí en su célebre trabajo escrito y publicado en Patria en 1894, cuando señalaba que era necesario conocer la verdad sobre ese país, llamando a superar las visiones míticas, propiciadoras de no pocas falacias, interpretaciones basadas en estereotipos, que desdibujan los perfiles reales de una sociedad marcada por una profunda polarización y desigualdades, en la que la riqueza se concentraba cada vez más en menos manos, y la pobreza se expandía por las grandes mayorías, donde la democracia y las libertades ciudadanas reales se distanciaban de las representaciones manipuladas que, desde entonces, se extienden hasta el presente.

No menos imprescindible son las profusas referencias de Fidel, expresadas en sus discursos y reflexiones. En una de estas últimas, titulada La política cínica del imperio, precisó tempranamente, apenas unos días después de que Barack Obama, entonces precandidato demócrata a la presidencia, en el año 2008, hubiese pronunciado su discurso ante la Fundación Nacional Cubano-Americana, que: “Estados Unidos de hoy no tiene nada que ver con la Declaración de principios de Filadelfia formulada por las trece colonias que se rebelaron contra el colonialismo inglés. Hoy constituyen un gigantesco imperio, que no pasaba en aquel momento por la mente de sus fundadores. Nada cambió sin embargo para los indios y los esclavos. Los primeros fueron exterminados a medida que la nación se extendía; los segundos continuaron siendo objeto de subastas en los mercados ―hombres, mujeres y niños ― durante casi un siglo, a pesar de que ´todos los hombres nacen libres e iguales´, como afirma la Declaración”.

La Declaración de la Independencia en Filadelfia.

Con esta observación, Fidel subrayaba, una vez más la importancia del conocimiento de la historia norteamericana, como una herramienta útil en el esfuerzo por lograr una cultura general e integral, como lo promovió en el marco de la colosal Batalla de Ideas, lo cual ha persistido durante un cuarto de siglo, a través de la atención que le han dedicado al asunto los medios de comunicación social, desde espacios televisivos como la Mesa Redonda y Espectador Crítico, entre los más veteranos, sin olvidar los cursos impartidos en Universidad para Todos, complementados por tabloides impresos, junto a otros programas más recientes, que abordan aspectos de la política, el arte y la literatura de ese país y, desde luego, con la habitual cobertura de nuestra prensa, escrita, radial y digital. No podrían omitirse la prioridad que, en consecuencia, editoriales, revistas teóricas, académicas y culturales, le han brindado también a acontecimientos y procesos de la historia contemporánea de Estados Unidos.

Estados Unidos ―como sociedad de muy profundas diferencias sociales, en medio de una gigantesca polarización de la riqueza y del control monopólico de las mentes y los corazones, donde conviven la opulencia, el desempleo y la marginalidad ―, vive un período de transición histórica multidimensional: económica, productiva, tecnológica, clasista, demográfica, ideológica, cultural, política. Esta última expresa los límites de la tradición liberal que le dio vida como nación, al separarse formalmente del imperio británico hace 250 años, apuntalada en valores como la democracia, la libertad y su espíritu mesiánica, de salvador del mundo, acorde con el Destino Manifiesto, negados a diario por su propia historia. Esa transición inconclusa es resultado de la acumulación durante unos cuarenta años, de fenómenos y contradicciones desde la década de los ochenta del siglo pasado, derivados de la llamada Revolución Conservadora. En términos historiográficos, podría debatirse con una intención teórico-metodológica, acudiendo a Braudel o a Hobsbawn, por ejemplo, acerca de la duración del proceso implicado, si bien ello desborda el objeto de este análisis.

Lo que interesa subrayar es el desempeño actual de Estados Unidos al naturalizar el conflicto y la guerra ―y no de cualquier tipo, sino de naturaleza depredadora, expansionista, geopolítica, imperialista, ilegal, inhumana ―, lo cual es harto conocido. Bastaría con retomar y actualizar la teoría leninista y gramsciana. No es necesario inventariar ni actualizar el expediente estremecedor de declaraciones ni acciones al interior de ese país o en sus proyecciones ilegítimas, militares y genocidas, violatorias del derecho internacional, del sentido más elemental de los derechos humanos, del respeto a la soberanía, la integridad territorial y la autodeterminación de los pueblos, y de la paz mundial.

En la Declaración de Independencia dada a conocer el 4 de julio de 1776, se proclamó, por primera vez en la historia, la soberanía del pueblo, lo que se convierte desde esa fecha en principio fundamental del Estado moderno. Como se conoce, con ello se reconocía el derecho del sujeto popular a la sublevación, a la revolución: se declaraba la ruptura de todas relaciones entre las colonias en América del Norte y la metrópoli británica, exponiéndose las bases sobre las que se levantaba, de manera independiente, la naciente nación.

Desde el punto de vista histórico, la Revolución de Independencia de Estados Unidos, sin embargo, fue un proceso limitado, inconcluso, sobre todo por el hecho de que conservó intacto el sistema de esclavitud, que ya se había conformado totalmente para entonces, con lo cual quedaría pospuesta casi por un siglo la consecución de ese anhelo universal ―la abolición ―, hasta la ulterior guerra civil o de secesión, que se desatará entre 1861 y 1865.

Adelantando el derrotero de las revoluciones burguesas europeas ―aún y cuando sus especificidades impidan catalogarla, con exactitud historiográfica, como un acontecimiento de idéntico signo, pues esencialmente fue una revolución de liberación nacional ―, la independencia de las trece colonias que la Corona Británica había establecido en la costa este de América del Norte expresó tempranamente la vocación de lucha por la liberación. También reflejó la magnitud de la conciencia nacional que despertaba en la vida colonial y, sobre todo, la capacidad de ruptura con los lazos de dominación que las potencias colonizadoras habían impuesto en las tierras del Nuevo Mundo.

Es cierto que ese hecho no llevó consigo una quiebra de estructuras feudales preexistentes, como las que preponderaban en la escena europea, ante las cuales reaccionarían los procesos que, en Francia e Inglaterra le abren el paso a las relaciones de producción capitalistas, lo que sí permite bautizarlas como revoluciones burguesas. No podía ser así, ya que desde que aparecieron los gérmenes de lo que luego sería Estados Unidos de América, nunca se articularon relaciones feudales como tales. Las trece colonias nacieron definidas con el signo predominante del modo de producción capitalista, es decir, marcadas con el signo de una embrionaria, pero a la vez pujante y dinámica matriz social burguesa.

Roberto Fernández Retamar ha resumido lo esencial de dicho proceso, con su habitual maestría, en un trabajo titulado Cuba Defendida. Contra Otra Leyenda Negra:

“Es imprescindible considerar la gran aventura que inició un nuevo capítulo en la historia cuando en 1776 las Trece Colonias, entonces sólo un puñado de tierras y de gentes, emitieron una inolvidable Declaración, previa a la francesa de 1789, habiendo desencadenado contra Inglaterra la que iba a ser la primera guerra independentista victoriosa en América. Esa independencia nos parece admirable, a pesar de que aquella Declaración, donde se afirmó desafiantemente que todos los hombres han sido creados iguales, sería contradicha pronto, pues la esclavitud se mantendría durante casi un siglo en la República nacida de esa guerra. Los hombres que en el papel eran iguales resultaron luego ser sólo varones blancos y ricos: no los indios, que en su gran mayoría fueron exterminados como alimañas, ni los negros, que continuaron esclavizados. La nación que entonces surgió, era, además, para decirlo en palabras de Martí, cesárea e invasora”.

Y es que, según ya se ha señalado, la Revolución de Independencia de Estados Unidos se adelantó, no cabe dudas, a la enorme contribución histórica que aportaría, algunos años más tarde, la Revolución Francesa, cuyo impacto es ampliamente conocido, a partir de que abre una época de profundas transformaciones, que cambian de modo definitivo todo el panorama social, cultural, científico, productivo, industrial, en Europa, con implicaciones incluso de índole mundial. Estaría de más insistir en el hecho de que la misma ha sido fuente de inspiración de luchadores contra tiranías, sistemas absolutistas, monárquicos, clericales y feudales.

Con razón se ha insistido por no pocos historiadores y especialistas en el origen burgués y sobre todo, en el carácter antipopular de la célebre Constitución de Estados Unidos (ese texto jurídico y político que es el más antiguo en el continente, y que se toma como modelo por otros países, a la hora de concebir sus propios documentos constitucionales. O que, en algunos cursos sobre historia de América o mundial, se presentan como ejemplos de los más completos), al caracterizarla como el fruto de cincuenta y cinco ricos, entre quienes se encontraban comerciantes, esclavistas, hacendados y abogados, que sin rodeos no hicieron más que defender sus intereses clasistas. Por supuesto, a pesar del tremendo aporte intelectual y político de figuras como George Washington, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, James Madison, Benjamin Franklin, entre otros, conocidos como los “Padres Fundadores”, ninguno de ellos tuvo proyecciones de beneficio mayoritario, ni incluyó en sus reflexiones a las masas populares. Desde el punto de vista constitucional, lo cierto es que, con la conquista de la Independencia, ni los obreros de las manufacturas, ni los artesanos ni los esclavos, lograron sustanciales mejoras en sus condiciones de vida.

El acta de la Declaración de la Independencia de 1776.

En resumen, la guerra y la revolución que culminaría en Estados Unidos con su independencia de la dominación colonial británica, simbolizada en la referida fecha del 4 de julio de 1776, no solo significó, desde el punto de vista histórico, la emancipación de la metrópoli correspondiente ―hecho por sí solo de extraordinaria relevancia ―, sino que, a la vez, mantuvo el grave y monstruoso flagelo de la esclavitud en la economía de plantación algodonera sureña, limitando el avance capitalista. Y, también, abrió alternativas para un cambio social y político en las Américas, más allá de sus fronteras, al proyectar su influencia de diferentes formas, de un extremo al otro del continente. En ese sentido, alentó las revoluciones de independencia en América Latina, tomándose incluso como modelo a seguir en no pocos casos en el amplio y complejo proceso emancipador latinoamericano, extendido de 1790 a 1830.

En ese trayecto se registró en la región una constante lucha interna entre los partidarios, de un lado, de una revolución limitada a cambios en la esfera política y los que, de otro, se proponían realizar, en forma paralela, profundas transformaciones socioeconómicas. En aquel contexto, la referencia a la Revolución de Independencia norteamericana, cuyo valor como proceso nacional-liberador y anticolonial tropezaba con la sobrevivencia y mutación de relaciones de explotación y sometimiento de barbarie, incompatible con un proyecto civilizatorio, expresaba un dilema que, de alguna manera, se traducía, en circunstancias distintas, también en dilema de la independencia latinoamericana. Desde ese punto de vista, se trataba de la disyuntiva histórica a la que se refería Martí en su ensayo Nuestra América, de 1891, donde señaló que el problema de la separación de las metrópolis europeas no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu. Es decir, expresado con el lenguaje del marxismo tradicional, la revolución social llevaba consigo cambios profundos y radicales, tanto en la base como en la superestructura, tanto en las relaciones contraídas en la vida material como en la vida espiritual de la sociedad.

La Revolución de Independencia de Estados Unidos fue, por una parte, promotora de esos cambios radicales y profundos; y por otra, constituiría, por implicación, una surte de retranca, al tener un efecto doble, como estímulo y freno a un período de auge capitalista, que no se desplegaría en toda su extensión sino hasta la Guerra Civil, casi un siglo después, entre 1861 y 1865. Por razones históricas, no podía ser de otra manera, a causa del peso y trascendencia de los años de dominación colonial en interacción con las particularidades y contradicciones específicas del desarrollo del colonialismo y el capitalismo en Estados Unidos.

El historiador Howard Zinn lo esclarece, en La Otra Historia de Estados Unidos, cuando apunta que “los Padres Fundadores no tomaron ni siquiera en cuenta a la mitad de la población” al referirse a los segmentos sociales que quedaron excluidos del marco de reclamos e inquietudes por los que se preocupaban los documentos fundacionales de la nación estadounidense.

Las bases doctrinales e institucionales sobre las que se levanta el aparato político de Estados Unidos ―y en general, los soportes que sostienen el diseño de la sociedad norteamericana, incluido su sistema de valores ― están contenidas, podría afirmarse, en una serie de documentos, entre los que se distinguen tanto la mencionada Declaración de Independencia, de 1776, como la referida Constitución del país, rubricada unos años después, en 1787, en Filadelfia. El primero sería un texto revolucionario, enfocado hacia la arena internacional, procurando dotar de legitimidad al tremendo proceso que tenía lugar. El segundo fue un documento conservador, dirigido hacia dentro de la sociedad norteamericana, en busca de la preservación o consagración de la normatividad, de la legalidad que sirviera de garantía a los cambios ya logrados.

Para decirlo en pocas y sencillas palabras: la Constitución ponía fin a la revolución convocada por la Declaración de Independencia. Elitismo, exclusiones, limitaciones, restricciones, se levantarían como realidades, desde allí, en contraposición con los ideales y promesas de participación, libertades, posibilidades y derechos, que se proclamaban antes.

En esa síntesis está contenido el dilema de la independencia en ese país, que hoy (en verdad, desde siempre) se pretende recrear a sí mismo como símbolo mundial de la democracia, y como en no pocas partes del mundo se le ve, gracias al alcance de los medios de comunicación y, en general, de la cultura dominante, la impuesta por el imperialismo. Es un legado de retórica, demagogia, inconsecuencia, plagado de represión, intolerancia, violencia, genocidio, discriminación, exclusiones, persecuciones e injusticias.

Ese dilema se podría ilustrar con un par de miradas de Octavio Paz, de su época temprana, cuando simpatizaba con el marxismo, se identificaba con posiciones de la izquierda latinoamericana, la Revolución Cubana y con el antifascismo, anterior a su involución hacia la derecha neoliberal, de la cual datan sus penetrantes ensayos sobre la sociedad norteamericana. En Tiempo nublado, escribió: “Perplejos, entre su doble naturaleza histórica escribió allí--, los norteamericanos hoy no saben qué camino tomar; la disyuntiva es mortal: si escogen el destino imperial, dejarán de ser una democracia y así perderán su razón de ser como nación”. Y, con similar perspectiva, puntualizaba en El espejo indiscreto, que “la contradicción de los Estados Unidos ―la que les dio la vida y puede causar su muerte― se resume en una pareja de frases: al mismo tiempo son una democracia plutocrática y una república imperial”.

Tómense las citas como invitación a la reflexión, ante una conmemoración histórica como la que se avecina, dada la importancia de entender al Mal Vecino, en su justa medida. Quizás lo más relevante consista en que, más allá de las realidades aludidas, la Revolución de Independencia auspició el camino del progreso ―a la luz del proceso histórico mundial ―, al viabilizar la formación económico-social nación norteamericana y el desarrollo capitalista, bajo un modo de producción dominante que, como se sabe, no se suelen manifestar de manera pura, sino como mezcla de relaciones no solo propias, sino de esclavitud y vasallaje de parentesco feudal, en condiciones donde no existía el feudalismo, diferentes a las de Europa; abriéndole paso a una historia (compleja, paradójica, cambiante) cuya sociedad y cultura deben conocerse, merecen atención y respeto. Estados Unidos debe comprenderse, claro está, como expresión del imperialismo, con todas las implicaciones negativas como fenómeno integral, pero sin desconocer que se trata de un país y una nación, con una historia, una sociedad, un sistema político y una identidad cultural particulares, definido por contradicciones objetivas y subjetivas.

Como cada año, Estados Unidos celebrará el próximo sábado, 4 de julio, el Día de la Independencia en la capital del país con llamativos festejos, ambiente jubiloso y fuegos artificiales. Foto: iStock.

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Jorge Hernández Martínez

Jorge Hernández Martínez

Historiador, sociólogo, politólogo, escritor e investigador cubano. Doctor en Historia. Ex-director del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre EEUU de la Universidad de La Habana (CEHSEU).

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