Donde la tierra no descansa: Crónica de una enfermera entre réplicas y vidas

Brigadas cubanas en Venezuela atienden a pacientes.
Desde el 24 de junio, Venezuela no termina de dormir. El suelo se sacude con una frecuencia que no deja olvidar: cada réplica es un aviso de que todo puede volver a caer. Y sin embargo, entre el polvo y los escombros, hay quienes no se mueven de su sitio. O, más bien, quienes solo se mueven para salvar.
En uno de esos puntos donde la urgencia no da tregua está Mildrey Marichal Hernández. Su nombre no aparece en titulares internacionales, pero su historia sostiene muchas otras. Licenciada en Enfermería, remediana, con 29 años de experiencia, lleva en las manos el oficio y en la voz la serenidad de quien aprendió a no quebrarse en medio del caos.
Se presenta sin adornos, como quien enumera lo esencial:
"Soy Mildrey Marichal Hernández, licenciada en Enfermería. Trabajo en el Hospital 26 de Diciembre de Remedios y estoy en Venezuela desde el 13 de diciembre de 2022, en la Misión Médica Cubana."
Su recorrido por el país habla de adaptación constante: un año en el CDI El Castillito, en Ciudad Bolívar; luego el CDI Amelia Blanco, en el Distrito Capital; y ahora el CDI Barrio Bolívar, en el municipio Sucre del estado Miranda, donde se desempeña como enfermera intensivista. Nada de eso, sin embargo, la preparó del todo para lo que vendría después. Porque una cosa es atender, y otra muy distinta es hacerlo cuando la tierra decide romperlo todo.
"Hay mucha desesperación"
Le pido que describa la situación actual. Hace una pausa que no se ve, pero se siente en sus palabras: "Ha sido muy difícil. Hay personas que lo han perdido todo: sus casas, sus familias, hijos bajo los escombros. Hay nerviosismo constante, estrés, presión arterial elevada, porque las réplicas siguen."
No es solo una emergencia física: es también emocional, e igual de urgente. Por eso su trabajo no se limita a canalizar sueros o inmovilizar fracturas. También implica sostener miradas, escuchar silencios, acompañar el vacío de quienes todavía esperan noticias de los suyos.
Los pacientes que llegan hablan por sí solos: politraumatizados, con fracturas en miembros superiores e inferiores, contusiones cerebrales, luxaciones, deshidratación, heridas abiertas. Cada diagnóstico es una escena —una caída, un impacto, un derrumbe— y cada paciente, una historia interrumpida.
Hospitales como el Pérez León y el Domingo Luciani no han dado abasto. La medicina entonces cambia de escenario: se traslada, se adapta, resiste. Carpas levantadas a toda prisa se convierten en salas improvisadas donde la vida se defiende minuto a minuto. La ayuda internacional —sueros, gasas, jeringuillas, soluciones— ha llegado y, por ahora, sostiene la respuesta, aunque siempre pende del hilo de la continuidad.
El momento más difícil

Brigadas cubanas en Venezuela atienden a pacientes.
Lo que no se mide en inventarios es el costo emocional. Le pregunto por el instante más duro y la escena vuelve, casi intacta:
"Sentir cómo se movían las paredes, ver caer las cosas, y al mismo tiempo proteger a los pacientes, sacarlos a lugares seguros. Fue muy duro ver cómo se pierden tantas vidas en minutos."
Y luego están las historias que no caben en ninguna estadística: niños que perdieron a sus familias, padres que perdieron a sus hijos bajo los escombros. En ese intercambio roto se instala el dolor más profundo de esta crisis.
Pero en medio de todo, también hay gratitud. "Los pacientes agradecen, están orgullosos de la labor que hacemos", dice Mildrey, y ese reconocimiento mínimo basta para sostener otra jornada. Con el personal venezolano, asegura, la relación es de cooperación mutua: "como hermanos". No hay fronteras cuando la urgencia es salvar.
Una misión, no solo un trabajo
—¿Qué papel juega la colaboración médica cubana en momentos como este?
—"Es vital. Estamos en primera línea, sin descanso, bajo los principios de la solidaridad y el internacionalismo."
Mientras tanto, late en silencio otra dimensión: la distancia. Le pregunto qué significa representar a Remedios en medio de todo esto, y su voz se vuelve más íntima:
"Significa mucho. Represento a mi municipio, a mi hospital, a mis compañeros, a mi familia."
Ahí aparecen los nombres propios que la sostienen desde lejos: su hijo Alejandro, su esposo, su madre, su hermana. "Mi hijo ha pasado días sin sentir el cariño de mamá", dice, y esa ausencia es también una forma de sacrificio. Desde Cuba llegan los mensajes de vecinos, colegas y amigos: "Les agradezco infinitamente sus muestras de apoyo", responde. Porque quien cuida también necesita, a veces, ser sostenido.
"Firmes, sin descansar"
Al final le pregunto qué le diría hoy a su pueblo.
"Que aquí estoy, dándolo todo, y seguiré mientras haga falta. Firmes, sin descansar, salvando vidas."
Y a otros profesionales de la salud que enfrenten situaciones similares:
"El camino es difícil, pero posible. Hay que crecerse ante las dificultades."
No es un consejo cualquiera: es experiencia hablando.
Cuando le pregunto qué quedará de todo esto, no responde con cifras ni balances, sino con memoria: "Son momentos que no se olvidan. Vivirán para siempre." Y en esa permanencia quedan las manos extendidas, las lágrimas compartidas, los "gracias" que sobreviven incluso al dolor.
Y es que, cuando la tierra tiembla, lo que de verdad sostiene no es el suelo. Son las personas. Y entre ellas, Mildrey Marichal Hernández sigue ahí: sin dormir, sin retroceder, reconstruyendo, vida por vida.

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