Venezuela: voces que mantienen viva la esperanza

Niña Fabiana, extraída de los escombros
Han pasado siete días desde que la tierra se abrió dos veces bajo los pies de Venezuela. Siete días de polvo suspendido en el aire, de edificios convertidos en montañas de concreto y de familias enteras aprendiendo a vivir entre la angustia y la esperanza.
En La Guaira, donde aún continúan las labores de rescate, todavía hay personas con vida bajo los escombros. Cada vez que un rescatista ordena silencio, el mundo parece contener el aliento. Se apagan los motores. Cesan las conversaciones. Nadie se mueve. Solo queda la expectativa de escuchar el sonido más importante en medio del desastre: una voz.
Porque estos terremotos no solo dejarán cifras de muertos, heridos o edificios derrumbados. También dejarán un archivo íntimo de voces. Frases sencillas, improvisadas en medio del miedo, que terminaron convirtiéndose en la banda sonora de la esperanza.
Una mujer acaba de ser rescatada después de permanecer varios días atrapada bajo toneladas de concreto. Todavía tiene el cuerpo cubierto de polvo cuando advierte que una cámara la está grabando. Instintivamente se preocupa por su aspecto. Entonces uno de los rescatistas rompe la tensión con una ternura que también se escucha:
—Usted lo que está es linda... ¡Mire esas uñas!
La mujer ríe. Quienes observan desde la distancia también. Durante unos segundos, el horror cede espacio a algo parecido a la vida.
En otro punto del desastre, una niña llamada Fabiana responde desde la oscuridad.
—¿Fabi, estás bien?
—Sí.
—¿Viste? De vernos un dedo, ya nos vemos las caras.
Poco después, una fotografía la inmortaliza sonriendo entre los escombros. Su rostro, rodeado de concreto roto, termina convirtiéndose en uno de los símbolos de estos días: la infancia resistiendo allí donde parecía imposible encontrar vida.
Otro niño, recién rescatado, pasa de brazo en brazo entre los socorristas.
—¡Yo quiero una chupeta! —dice.
Las risas estallan alrededor.
—Ya te vamos a dar una, mi niño.
Durante unos segundos, el terremoto desaparece. Solo queda un niño haciendo lo que hacen los niños: pedir un dulce.
A un muchacho atrapado bajo una losa le hablan como si intentaran sostenerlo también con palabras.
—¡Vamos, mi muchacho! ¡Dale, que tú vas pa’ fuera! Anota este día... hoy volviste a nacer.
Horas después cumplen la promesa. Cuando emerge a la superficie, la luz del sol vuelve a tocarle el rostro. Quienes esperan alrededor estallan en aplausos. En medio de tanta muerte, cada vida recuperada se celebra como una victoria colectiva.
También hubo espacio para el humor, esa forma inesperada de la resistencia. Mientras intentan rescatar a Adriana, su esposo se abre paso entre los escombros armado apenas con un martillo y una determinación inquebrantable.
—Estoy más cerca de ti de lo que tú piensas.
Ella, desde el otro lado del concreto, le responde con carácter, entre el miedo y la pelea por seguir viva:
—Si sigues por ahí, me va a caer la pared encima.
—¡Adriana, no jodaa! Yo sé lo que estoy haciendo. ¡Tápate la cara!... ¿Me ves?
—Sí.
—Pues tápate la cara, que te voy a sacar.
Y la sacó.
Las redes sociales convirtieron la escena en una historia de amor. “Ese demostró que el que te quiere, te busca”, escribió una usuaria. Detrás de la broma quedó una verdad más profunda: incluso entre ruinas, el amor siguió encontrando camino.
Otro padre no esperó herramientas ni maquinaria pesada. Usó únicamente sus brazos para abrirse paso entre paredes colapsadas hasta llegar a su hijo.
—A él lo salvó su papá —dice un hombre entre lágrimas, señalando al niño que sobrevivió gracias a ese padre que penetró la estructura solo con la fuerza de sus manos y de su amor.
En un hospital, una señora mayor intenta explicar lo inexplicable. Cuenta que pasó cuatro días sepultada bajo los escombros. Antes de rescatarla, lograron hacerle llegar agua por una pequeña manguera.
—Es el agua más rica que he tomado en mi vida. Dios bendiga a todos los rescatistas.
Los animales tampoco quedaron fuera de esta cadena de esperanza. En uno de los edificios colapsados, los equipos preguntan una y otra vez si hay alguien con vida. Nadie responde. Solo se escucha el ladrido insistente de un perro.
Rompen una pared. Entran. Encuentran a un pequeño perro blanco, embadurnado de polvo, que apenas queda en brazos de uno de los rescatistas comienza a llenarlo de lengüetazos de agradecimiento, como si también él entendiera el significado de haber vuelto a la vida.
Entre las noticias más esperanzadoras está el rescate de setenta personas que permanecían atrapadas en el sótano de un edificio colapsado. Habían logrado refugiarse en la estructura subterránea y resistieron durante días hasta que las cuadrillas consiguieron llegar hasta ellas. Setenta personas volvieron a ver la luz cuando parecía demasiado tarde.
Venezuela recordará este terremoto por su devastación: los edificios caídos, las calles cubiertas de polvo, las familias rotas y las cifras que todavía siguen aumentando. Pero tampoco olvidará las voces. Las que decían “ya casi llegamos”. Las que prometían “te vamos a sacar”. Las que respondían “aquí estoy”. Las que reían para espantar el miedo. Las que daban instrucciones, rezaban, agradecían o simplemente llamaban por un nombre para impedir que la esperanza se apagara.
Porque, cuando todo parecía derrumbarse, la ternura insistió en quedarse. Y en medio de tanta oscuridad, fueron esas voces las que mantuvieron viva la esperanza.
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Muy triste y emocionante a la vez, me encanta leer tus publicaciones, me emociono mucho,gracias.
totalmente de acuerdo, ni las lágrimas pude contenerlas, entre tristezas por lo ocurrido y alegría por los nenes que han podido rescatar sin dejar de mencionar a las otras personas
tanto cariño y tanto amor que le tenemos muchos en Cuba a Venezuela ytanto de nosotros pasamos años en ese país que lo hicimos para siempre nuestro,mientras que otros que nunca han pisado ese suelo solo hablan de política y de supuestas traiciones que en este momento estan de más esos comentarios, nosotros los que de verdad le deseamos lo mejor a ese país , nos queda trasmitir las buenas vibras y a desearle todo lo mejor,paz para las víctimas y fuerza para todo el pueblo
Venezuela se convirtió en neocolonia y lo demuestra la presencia en suelo venezolano de los asesinos del comando sur.
Alejandra, te llamas igual que una de mis hijas,y eso también me gusta.
Te digo que esta crónica tuya sobre la esperanza en medio de tanta incertidumbre, tan lejos de la lógica humana y tan cerca del sufrimiento extremo me conmovió profundamente, y sí, brotaron mis lágrimas. También volaron lejos mis pensamientos, hasta muy cerca del desastre innombrable que con tanta humanidad describes.
El diálogo entre Adriana y su esposo en tan adversas circunstancias dejó claro el compromiso, la entrega, el amor y hasta la dosis de "machismo" que colorea nuestra región. Saludos desde Santiago de Cuba.
Hay un libro de Pena Chodron que se llama "Cuando todo se derrumba". Y uno de los principios que menciona es "siempre hay espacio disponible".
De una forma simbólica, lo relaciono con este artículo, muy bien escrito por cierto. Excelente