Ayacucho en la historia de Cuba

En aquella batalla por la definitiva independencia de América, pelearon cubanos.
Las gestas de independencia de América despertaron la idea emancipadora en Cuba. Los más resueltos defensores de la libertad marcharon en dos direcciones en busca de apoyo para insurreccionar la Isla: México y Venezuela. La dinámica histórica del desarrollo y consolidación de las nacientes repúblicas americanas los absolvió, y en ellas, una buena parte de aquellos hombres, entregó su vida.
Los que marcharon a Venezuela, inspirados sobre todo en la figura del Libertador Simón Bolívar, lo acompañaron en la intensidad de las campañas y batallas, y allí hicieron Patria y familia. Muchos entregaron la vida. Sus nombres, permanecen, aún, en el anonimato. Una historia de hermosa solidaridad poco conocida, en la que Puerto Rico, Cuba y América, se abrazan.
El general puertorriqueño Antonio Vicente Miguel Valero de Bernabé y Pacheco, había llegado a México como ayudante personal del General Juan O´Donojú, nombrado Virrey. Al pactar este con Agustín de Iturbide en el tratado de Córdova las bases de la Independencia, lo nombra jefe del Estado Mayor del Ejército de México. Su condición de patriota no era compatible con la fastuosidad y las desmedidas ansias de poder de Iturbide, quien muerto O`Donojú, se autoproclamó emperador de México.
El insigne boricua que con tan sólo 24 años de edad había alcanzado los grados de coronel combatiendo la invasión napoleónica en España, miró al sur, a Venezuela y solicitó pasaporte para pasar al exterior. Después de una breve escala en EEUU, llegó a La Guaira, donde puso su espada a disposición de la República.
A La Guaira llegaron también el 13 de noviembre de 1823 un grupo de patriotas cubanos con el firme propósito de lograr el apoyo de Simón Bolívar para insurreccionar la Isla. Se alojaron en la misma posada donde casualmente se hospedaba el general Valero quien les ofreció resuelto apoyo para contactar a Bolívar. Componían aquella comitiva de cubanos el trinitario José Aniceto Iznaga y los camagüeyanos Fructuoso del Castillo y Varona, Gaspar Betancourt Cisneros y José Agustín Arango. Los acompañaba el ilustre independentista argentino José Antonio Miralla.
Valero, quien ya había solicitado al general Santander apoyo para llevar la guerra a Las Antillas, impuso a los cubanos de la decisión de este de no poder favorecer sus deseos por encontrarse el ejército de Colombia, con su líder al frente, en la campaña del Perú. No obstante, se ofreció para acompañarlos a Bogotá.
Jubilosos se trasladaron a Caracas donde fueron recibidos por el patriota camagüeyano Francisco Javier Yanes, patriarca de la independencia venezolana y en aquel entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia de la República de Colombia, quien, con pesar, ratificó a los entusiastas independentistas cubanos que de momento la ayuda no era posible.
En tales circunstancias los patriotas deciden enviar un emisario a Cuba y EEUU para imponer a los conspiradores de la isla y del exilio, de las dificultades inmediatas del proyecto. José Agustín Arango, en arriesgado viaje, marchó clandestino a Santiago de Cuba de donde pasó a Puerto Príncipe y Trinidad, y de esta última a EE.UU. Iznaga y Gaspar Betancourt, viajaron a Puerto Cabello al encuentro de Valero. En el militar boricua descansaban parte de las esperanzas independentistas de los cubanos.
El 19 de enero de 1824, después de un viaje de mil peripecias y aventuras, llegaron a Bogotá. El vicepresidente Santander y el ministro de Relaciones Exteriores Don Pedro Gual los reciben y les ratifican la imposibilidad del apoyo. Los cubanos escuchan, pero albergan esperanzas. Acuerdan que el general Valero desde Bogotá represente sus intereses como agente de Cuba ante el gobierno de Colombia. Uno de los patriotas, Fructuoso del Castillo, decide que mientras se crean las condiciones para la invasión a Las Antillas, se uniría a los independentistas venezolanos, sentando plaza en el ejército con empleo de alférez. El General Pedro Briceño Méndez lo llevó consigo. Iznaga y Betancourt marcharon a Kingston y de allí a Nueva York. Se reúnen en junta, decidiendo viajar a Perú al encuentro del Libertador. De Bolívar esperaban la última palabra.
Viajó Arango a Filadelfia y de allí a Venezuela, llegando en el justo momento en que el general Valero salía para el Perú con refuerzos militares para Bolívar. Impresionado por el tesón e interés de José Agustín Arango, Valero lo nombró su secretario privado, y juntos llegaron a Lima. Los acompañaba Agustín de las Heras. Llevaban cartas de recomendación de valiosos colaboradores y hombres de estado colombianos. El Libertador los recibió. Corría el año 1824.
Era un encuentro difícil. Nadie como Bolívar soñaba con la Gran Patria Americana y había hecho tantos planes para lograr la independencia de Cuba y Puerto Rico. Su temprana “Carta de Jamaica” o “Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla” de 6 de septiembre de 1815, así lo patentizaba:
“Las islas de Puerto Rico y Cuba que, entre ambas, pueden formar una población de 700 a 800.000 almas, son las que más tranquilamente poseen los españoles, porque están fuera del contacto de los independientes. Más, ¿No son americanos estos insulares? ¿No son vejados? ¿No desean su bienestar?”
Tenía ante sí Bolívar a Valero de Puerto Rico y a Arango y de las Heras, de Cuba, quienes, inspirados en su ejemplo, en su prédica y en sus ideales, estaban decididos a insurreccionar sus islas. Arango le entregó un informe titulado “Exposición de dos hijos de la Isla de Cuba a S.E. el Libertador de Colombia y del Perú”, firmado por él y Agustín de Las Heras, hermano del teniente coronel José Rafael de las Heras, Héroe de Carabobo, entrañable amigo del Libertador.
Bolívar explicó con detalles la situación del Ejército Colombiano y el estado de la economía y la guerra. El cuadro era desfavorable. Aún no se garantizaba la consolidación de la independencia del Perú ni la estabilidad del naciente estado, y a las amenazas internas se unían fuertes presiones de potencias extranjeras, en especial del emergente poderío norteamericano. Rememoró el Libertador cuanto había hecho en pos de las Antillas y reafirmó ante los patriotas el compromiso que hiciera a su inolvidable amigo el teniente coronel José Rafael de las Heras, muerto heroicamente en el Hato de Juana de Ávila, cuando llevado por el ímpetu de su coraje y temeridad, atravesó una empalizada para perseguir al enemigo. A Heras prometió El Libertador, como colofón de su obra, echar a los españoles de sus posesiones antillanas, compromiso que no olvidaba.
El 9 de diciembre de 1824 tendría lugar la batalla de Ayacucho con la que se puso fin al dominio del colonialismo español en América. Combatientes de varios países integraron las filas Ejército Unido Libertador del Perú bajo el mando del mariscal Antonio José de Sucre, entre ellos, los cubanos Julio Montes Dubois, habanero, veterano de Junín, adscripto al Estado Mayor General como teniente; los subtenientes Sabino Zambrano y José Antonio Boloña, ambos pertenecientes al batallón de infantería No. 1; y Rafael Valdés, compañero de Bolívar en Jamaica, que lo acompañara fielmente en Junín, y que en 1830 se retiraría de la carrera de las armas para no verse envuelto en fratricidas luchas entre hermanos.
Montes, nombrado tras la batalla de Ayacucho Benemérito a la Patria en grado Heroico y Eminente, continuaría su carrera militar en el Ejército del Perú, llegando, por méritos de guerra, a alcanzar, en 1833, el grado de coronel. Murió en combate el 5 de enero de 1855 en la batalla de La Palma, durante una de las contiendas civiles que enlutaron al Perú. Sus restos descansan en el Panteón Nacional de los Próceres. Casado con la peruana Manuela Bruzón, tuvo un hijo, Enrique, años después coronel y director de artillería del ejército de Perú, muerto en combate contra el invasor español el 2 de mayo de 1866 en defensa de la Torre de la Merced, en Lima.
Días después de la batalla, Bolívar, para no desanimar a Arango y de las Heras, les prometió continuar trabajando con Sucre y Páez en el proyecto antillano. Así lo patentizaría al general Pedro Briceño en carta fechada en Lima el 18 de diciembre de 1824, donde le manifiesta, respecto a la invasión a La Habana y Puerto Rico que “...Sucre puede ir a una parte y Páez a otra, porque ambos están animados del mismo deseo.”
Tiempo después, El Libertador se llevó consigo a de las Heras a Bolivia. Lo recibió como a un miembro de su familia y le colmó de atenciones. Arango decidió permanecer junto a Valero como Auditor de Guerra Interino. Bolívar lo había promovido como secretario de la Legación de Perú al Congreso de Panamá. La agenda secreta de ese evento redactada por El Libertador el 15 de mayo de 1825, sería precisamente el debate del destino de las dos islas. Pretendía que se lograse un acuerdo con México y Centroamérica para “…adoptar medidas respecto a las islas de Cuba y Puerto Rico, y en caso de que se resolviese emanciparlas, atender a su destino futuro: si deberían agregarse a algunas de las nuevas repúblicas o dejar que se constituyan independientes.” Propuso Bolívar analizar que hacer respecto a las colonias españolas de las Islas Canarias y Filipinas, y en su exaltada fantasía, albergaba además la idea de invadir la propia España, para acabar con la raíz de tantos males.
Mientras tanto, José Aniceto Iznaga, el impaciente cubano, abandonaba EEUU y viajaba nuevamente a Colombia al encuentro de Arango. Iba acompañado esta vez de los cubanos Pedro Pascasio Julián Arias y Céspedes de Puerto Príncipe, y los matanceros Juan Gualberto Ortega y Francisco Melitón Lamar y Torres. Pascasio había dirigido en La Habana la Imprenta Filantrópica. Él y Melitón Lamar, fueron activos miembros de la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar. El general Páez censuró al comandante del puerto de la Guaira por permitir el desembarco de los cubanos, pues procedían de países enemigos. Este, en defensa de los isleños, argumentó el patriotismo que los embargaba y sus intenciones libertarias. Iznaga trató de entrevistarse con Páez. No lo logró. No obstante, consiguió salvoconducto para pasar a Perú al encuentro de Arango.
Pascasio y Melitón Lamar se incorporaron de inmediato a la carrera de las armas, quizás con la idea de adquirir experiencias para cuando llegara el momento de combatir por Cuba. Pascasio se alistó en el Ejército expedicionario del Perú como teniente ayudante del general Valero. Llegó a comandante, participando entre otras acciones, en la campaña de Cartagena y en el sitio y rendición del Callao. Figuró entre los Héroes de la Nueva Granada. Lamar ingresó en la marina colombiana y mandó un barco corsario de esa nación. Peleando por la independencia americana perdió un brazo.
En mayo de 1825, Iznaga y Arango se reúnen en la localidad de Los Chorrillos, muy cerca de Lima. Conversan extensamente sobre Cuba y las perspectivas de los planes insurreccionales. Todo lo fían a la gestión colombiana y al Libertador. Esperan el milagro del Congreso Anfictiónico de Panamá. Mientras tanto, continuaron influyendo y ganando adeptos.
Es por estos tiempos que el patriota colombiano José Fernández de Castro, el ardiente precursor de las ideas independentistas en La Habana, de regreso a Colombia, el 6 de octubre de 1825, desde Bogotá escribió al Libertador:
“Hay mucha, mucha opinión, a favor de la independencia de la Isla de Cuba; pero la empresa no es tan fácil como tal vez le pinten a Ud. algunos habaneros. Es necesario contar con que dentro de la plaza de La Habana hay más de 6 000 soldados y más de 12 000 soldados de armas llevar. Destruir la Isla es cosa facilísima; hacerla libre y feliz no es tan fácil; pero es empresa digna de Ud. Y necesaria.”
En junio de 1826 tuvo lugar definitivamente la reunión del Istmo. Valero está en Panamá con fuerzas de una división. Los cubanos piensan que su presencia militar se relaciona con la proximidad de la invasión a la isla. Pero Washington presiona tremendamente para que no se altere el statu quo de Cuba y Puerto Rico. El presidente John Quincy Adams en el Mensaje del Año a la Unión Americana había manifestado, referente al tema de la invasión a Cuba y Puerto Rico, que era “…innecesario detenerse en este particular ni decir más, sino que todos nuestros esfuerzos con referencia a este interés, se dirigirán a conservar el estado actual de las cosas, la tranquilidad de aquellas islas y la paz y seguridad de sus habitantes.” Los gobiernos de Buenos Aires y Chile, recelosos de Bolívar, su gloria y su fama, no asistieron. No hubo acuerdos sustanciosos. Oficialmente nada se habló de las islas cautivas. Frustrados quedaron los cubanos con los resultados, pero aún con fuerzas para continuar en el empeño. Percibieron como el ideario supremo del Libertador se desmoronaba por las presiones foráneas. Aprecian, además, que la causa de Cuba y Puerto Rico se utilizaba utilitariamente como “un ardid diplomático” para obligar a España a terminar la guerra y reconocer la independencia de las nuevas naciones del continente.
A mediados de febrero de 1827 Iznaga, “el peregrino infatigable”, logra entrevistarse con Bolívar. Llevaba consigo cartas de los generales Briceño Méndez, Montilla, y Padilla.
La reunión duró cerca de dos horas. Bolívar fue afable y tras escuchar los informes de Iznaga, le dice que “…el problema radica en Gran Bretaña y los Estados Unidos. La hora no parece la más propicia. Ambas potencias se oponían a que Colombia llevase sus armas a Cuba y Puerto Rico.” No obstante, con vehemencia el Libertador concluyó manifestándole que “…si los cubanos formasen su independencia, presentando siquiera un simulacro de gobierno, y pidieran entonces auxilio al Gobierno de Colombia, entonces el Gobierno de Inglaterra, ni el de los Estados Unidos, se opondrían ni, aunque se opusieran Colombia se detendría.”
Así lo harían Venezuela y Colombia durante la Guerra de los Diez Años, enviando expediciones de combatientes de ambos países a luchar por la independencia de la Isla de Cuba, en cumplimiento del mandato de Bolívar.
Ayacucho paso a ser en la historia militar de América, el símbolo del fin de un imperio. No en balde durante las guerras por la independencia de Cuba, el generalísimo Máximo Gómez, aquel noble dominicano que entregara su vida toda a Cuba, enardecía a las tropas que invadirían el occidente de la isla, manifestándoles, el 30 de noviembre de 1895 en el potrero de Lázaro López “… ¡Soldados! Llegaremos hasta los últimos confines de Occidente, hasta donde haya tierra española: ¡allá se dará el Ayacucho cubano!”
El Lugarteniente General, mayor general Antonio Maceo, el Titán de Bronce, vivió sus últimos años de guerrero pensando obsesivamente en aquella decisiva batalla. En abril de 1896, le escribía al general Máximo Gómez refiriéndole sus trabajos recopilando recursos y hombres para “…prepararnos para el Ayacucho cubano.”
En julio de ese mismo año lo hacía al mayor general José María Rodríguez explicándole la responsabilidad del Gobierno de la República en Armas, en no “…encaminar nuestros triunfos al Ayacucho cubano…” , y el 20 de octubre a su jefe de Estado Mayor el catalán José Miró Argenter, a quien refería “…cada vez que tengo un combate tan desigual como los que me han dado el triunfo en estos últimos meses, tengo que lamentarme de la imposibilidad en que estoy de movilizar tres o cuatro mil hombres de pelea. Creo que con ese número hubiera copado varias columnas y preparado el campo para el Ayacucho cubano…”
A materializar el sueño del Ayacucho cubano contribuyeron hijos del Perú, combatientes del Ejército Libertador. El coronel Leoncio Prado y Gutiérrez, hijo del presidente del Perú y sus hermanos José Santos y Justo, estos últimos, junto a José Bonilla Lunares, hermano de Grocio, ayudantes todos del mayor general Máximo Gómez al finalizar la guerra de los Diez Años en 1878.
Leoncio fue el protagonista del secuestro en alta mar, el 7 de noviembre de 1876, del vapor correo español Monctezuma cambiándole el nombre por Carlos Manuel de Céspedes. Murió fusilado en su lecho de herido el 14 de julio de 1883, tras caer prisionero en el combate de Huamachuco, durante la guerra entre Perú y Chile, guerra en la que también cayera en combate su hermano Grocio.
Coronel fue también el limeño Temístocles Molina Derteano, quien concluyó la guerra del 95 como jefe del Regimiento de Infantería Jacinto No. 27 en Camagüey. Cuando la Isla declaró la guerra al militarismo alemán durante la 1ra Guerra Mundial, ofreció nuevamente sus servicios para pelear por Cuba.
Enrique Recio Agüero, también limeño, alcanzaría el grado de comandante y segundo jefe del Segundo Batallón, del Regimiento de Infantería Gómez No. 28 durante la guerra del 95.
El 22 de noviembre de 1974, en el polígono de maniobras mayor general Ignacio Agramonte, en Camagüey, el Comandante en Jefe Fidel Castro hacía las conclusiones de la maniobra militar Ayacucho 150, con la que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba rendían tributo al siglo y medio de la histórica victoria americana. Refería Fidel que, “…En aquella memorable ocasión, combatientes de todas partes de América del Sur, junto al pueblo peruano, pusieron fin al dominio colonial español en esa amplia extensión del hemisferio.”
En aquella batalla por la definitiva independencia de América, pelearon cubanos.
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Cuanta simiente histórica unen a los pueblos de Nuestra América! Y Cuba, nuestra amada tierra, está llena de extraordinarios hijos e hijas, algunos de ellos como nos relata René, pudieron estar junto al Sol de Bolívar y forjar el espíritu redentor de Ayacucho para todos los tiempos contra la injusticia. Gracias.
Decia Villena que: “Hacia falta una carga para matar bribones,
para acabar la obra de las revoluciones;
para vengar los muertos, que padecen ultraje,
para no hacer inútil, en humillante suerte,
el esfuerzo y el hambre y la herida y la muerte;
para que la República se mantenga de sí,
para cumplir el sueño de mármol de Martí;
para guardar la tierra, gloriosa de despojos,
para salvar el templo del Amor y la Fe,
para que nuestros hijos no mendiguen de hinojos
la patria que los padres nos ganaron de pie”.