El pulso de las olas (Capítulo 2) Cabañas
Pensando en mi abuela,
que ha conocido lo crudo de la vida
y que también se llama Rosa.
En el primer escalón de uno de los muelles de la base de pesca deportiva, Eduardo Serrano Valdés, Luis Azcui Rodríguez y Lázaro Joel Reyes, pescadores, pasan el rato. Cuando son las 9 de la mañana y tres pescadores solo están, es que hoy no salieron al mar, porque es muy temprano para andar de vuelta. Quizás ya tienen la carnada que utilizarán mañana, tal vez ya terminaron de arreglar el bote, puede que solo quieran andar ahí y hacer el tiempo, porque el tiempo se hace. Si estuviesen de regreso, el cansancio sería tal, que no restarían fuerzas para quedar hablando en una esquina. Al pescador se le ve en la cara y en el cuerpo cuando viene del agua.
Las nueve y tanto de la mañana, para un pescador de por aquí, suele ser muy tarde para casi todo menos para haber regresado.
Ahora Eduardo se acuerda de su abuelo. Dice que era pescador y carpintero. “¡Carpintero de los de verdad! De los que iban al monte a buscar la joroba del palo para hacer el barco”.
El abuelo de Eduardo enseñó al padre de Eduardo a pescar, como lo hizo este años después con Eduardo y como Eduardo enseña hoy a su hijo.
—Mi abuelo se llevaba a mi papá en el bote para altamar y le amarraba el pie con una soga
—¿No quería ir? ¿Se escapaba?
—Nada de eso. Lo que pasa es que mi papá, todavía con 15 años, no sabía nadar. Por eso tenía que amarrarlo, para por si se caía al agua no se le ahogara el chiquillo.
—¿Nunca aprendió?
—Sí, sí, pero una bola de años después.
—Pero ¿cómo un pescador no va a saber nadar?
—¡Bah! ¡Lo más normal del mundo! —interfiere Luis, que más tarde descuerará y sacará filetes para almorzar hoy, con la rapidez de quien hace magia, a un rascacio, uno de los peces más venenosos del mar—. Mira al mismo Roberto Pereda. Ese viejo tiene 76 años, es fundador de la pesca, ha estado arriba de un bote toda su viday no sabe.
—Y para que sepas —vuelve Eduardo— el niño mío, que ya sale en el bote a pescar junto conmigo, tampoco logra ni flotar.
—¡Tíralo al mar y déjalo ahí pataleando y dando gritos hasta que flote! —le propone alguien que pasa y Eduardo, con una sonrisa leve, casi de vergüenza, baja un poco la cabeza y la mueve hacia los lados, como guajiro bueno que te dice: “No, no, así no va a ser”.

Luis Azcui Rodríguez y Lázaro Joel Reyes, pescadores de Cabañas
Los locos del ostión
Dicen Rosita y Nené que esto de sembrar ostiones en alambres de aluminio fue una innovación de ellos y que hace poco recibieron hasta un premio relevante en un evento científico de la provincia.
—¿Y eso nunca se le había ocurrido a más nadie?
Rosita encoje los hombros y titubea, porque “nunca” y “más nadie” son palabras que pesan mucho, son palabras muy largas, demasiado redondas. Sin embargo, Nené es lobo de mar y tierra y no se deja aplastar por la incertidumbre, no le importa, se burla de la duda estúpida, porque sabe de sobra que cuando hace falta ostión no resulta menos que una estupidez andar preguntando por primeros o segundos.
—Chico, yo no sé si se le ocurrió antes a otra gente en otro la’o, pero el premio y el diplomita me lo dieron a mí, jijijiji.
Los ostiones están “sembrados” en la margen suroriental de la bahía de Cabañas, justo entre la sede de la empresa estatal de pesca y la base de botes particulares; entre los barcos grandes de ferrocemento y los pequeños de madera.
Para quien mire de lejos sin saber, solo se tratará de unos palos enterrados en el agua, cerca de la orilla y en paralelo a la línea de mangle, emparentados por un alambre que los ensarta. Cuando la chernera, bote pequeño de motor, se acerca, ya se va descifrando el asunto, ya se ve algo más. Ese algo más son los colectores de ostión, lo nuevo, alambres de aluminio que cuelgan en serie.
Cada colector es un royo que se tuerce sin muchas delicadezas de manufactura y, luego, como si imitase las patas de una araña o, mejor, las raíces del mangle, se abren y bajan uno a uno para tocar el agua. Como la marea está baja muchos ahora mismo ni la tocan.

Siembra de ostiones en la Bahía de Cabañas
Según Rosita, para producir el ostión no hace falta mucho más, solo el alambre en el agua; alambre de aluminio, porque resiste a la sal. Solo dejar todo ahí y esperar a que, en un acto de amor casi artificial, el manglar desove y las partículas germinadas se adhieran a los colectores.
En tres o cuatro meses ya hay ostión para sacar. Si llueve mucho, explica Nené, el agua se hace más rica en nutrientes y hasta en dos meses se extraen, porque si el agua de la bahía de Cabañas se revuelca el ostión come más y crece.
Por otro lado, el manglar se protege. Normalmente el ostión se saca de las raíces del mangle. No importa si la cortas o no, como mínimo hay que pasarle un cuchillo y quitarle la corteza, la epidermis, porque el ostión se adhiere que es terrible. Dicen que cuando se le quita la corteza al mangle el gajo se seca. Cada pedazo de mangle que se pierde, ya sea para quitarle el ostión o para abrirse paso a machetazos, tarda seis o siete años en reponerse.
Con los colectores es más sencillo. Solo se necesita una mano enguantada que dé un tirón y limpie el hilo de aluminio. Además, no hay que entrar al mangle, porque en la misma chernera pueden irse a buscar.
Aunque esta no es la única siembra de ostión que tienen en la bahía, todavía no es suficiente para todo el que necesitan, por lo que aún se sigue entrando al mangle a sacar de las raíces.

Colector de ostiones
*
Nené es el jefe de la producción ostionera y asegura que eso es lo más duro que se hace en la empresa. Dice que el día que lo manden a sacar y limpiar ostiones, así de sencillo, pide la baja y se va. Nené es pescador y en el mar se mete hasta donde tenga que meterse, el tiempo que haga falta. Le da lo mismo si tiene que fajarse a toletazos contra un castero o a mordidas contra un tiburón. Pero el ostión no, porque dice Nené, con todo el respeto del mundo, que para trabajar con el ostión hay que ser suicida. Nené es jefe de la brigada ostrícola y punto.
Cierta vez alguien lo regañó porque sus trabajadores estaban tomando alcohol en medio del trabajo y cuenta Nené que ahí mismo corrió a defenderlos.
—Claro que tienen que estar borrachos para hacer esa pincha. Claro que hay que estar borracho para meterse con este frío dentro del manglar a sacar ostiones, con este frío en el manglar… con el fango por encima de las rodillas y el agua al cuello. Claro que hay que estar borracho para pasarse todo el día con el cuello encorvado, abriendo y limpiando conchas y más conchas hasta llenar cajones. Borrachos, locos, suicidas, más locos, más…
Más tarde conoceremos a Abundio Serrano, pescador también de décadas. Abundio dice que no quiere ver al ostión ni en fotos, porque el ostionero, asegura, se muere con las manos engarrotadas de tanta frialdad que coge toda la vida.

Las manos de los ostioneros
Dice Nené que el más loco de todos los ostioneros es Garabato.
—Jijijiji. Con ese sí se partió el bate. A Garabato tú lo mandas a cortar gajos y si no vas en una hora y le ordenas parar, se muere cortando gajos hasta el otro día. Con el palangre y las redes en altamar, igualito. Se pone a soltar redes al agua y si no le dices que pare, aunque el mundo se esté acabando en torno suyo, sigue y sigue, hasta quedarse sin nada en las manos.
Las “locuras” de Garabato son famosas en Cabañas. Dicen que hace muchos años tuvo un sobrecumplimiento de aquellos trabajando en la flota de Batabanó y repartieron carros. Uno de sus compañeros, “loco” también, no quiso entender aquello y solo atinó a decir que qué carro ni ocho cuartos si yo no sé manejar, llévense la carta esa denme dos cajas de cerveza.
Garabato, por su parte, dijo que él sabía manejar menos, pero que el carro suyo tampoco lo iba a manejar nadie, por eso se llevó la carta y la guardó en el escaparate de su casa hasta el menguante de hoy.
Unos cuantos años más para acá, trabajando aquí, en la flota de Cabañas, no hubo forma de que su barco saliera y quedó en tierra varios meses sin que pudiese cobrar. Entonces, un día se apareció en la empresa para pagar la cotización del Partido. Le explicaron que no tenía que pagar esos meses, porque no estaba recibiendo salario. Y Garabato que sí y en la empresa que no y Garabato que sí… hasta que cogió un insulto grande y dijo que a él no le importaba si recibía o no el salario, pero iba a pagar el Partido porque él era revolucionario y punto. Y fue “y punto”, porque no existió forma humana de que Garabato saliera por aquella puerta con el dinero encima.

El ostión se procesa en el bote “Rosita”
Ahora seguimos en la chernera y vemos una fila de colectores rota, medio hundida.
—¿Pasó algo?
—Alguien se metió a robar ostiones… Pero lo cogimos —dice Rosita.
—¿Se lo llevaron preso? ¿Una multa?
Rosita encoje la cabeza en los hombros y dice que no, que solo se le puso una orden de advertencia.
—¿Lo conocían?
—Sí —respira hondo, como con vergüenza—, un jubilado nuestro. Fundador de la pesca.
Llamarse Rosa en Cabañas
Dice Rosita que de un tiempo para acá casi todas las directoras de la pesca son mujeres. Ella; Estrella, su jefa; la de La Coloma, la de Puerto Esperanza…
Aquí en la empresa, mujer también resulta, una de tantas, la responsable de calidad, que es quien les dice a los machangos, cuando el barco entra, cuál de sus pescados sirve y cuál no, cuál pasa, cuál se vende y cuál se bota.
Más allá de eso, puede que por la Sierra del Rosario, que casi baja a tomar agua salada de la bahía, es fácil encontrar mujeres que se llaman Rosa.
—Mi mamá y mi hermana también se llaman así, jijijiji —dice Nené.
—Hasta mi abuela.
Seguimos sobre la chernera y Rosita, desde el celular, pregunta si ya entraron las bengalas al país, porque un ferro no puede pasarse 20 días en el mar sin bengalas, porque en el mar pasa de todo. Después pregunta por el combustible, porque sin petróleo por acá no hay pesca.
Los pescadores de la base particular dicen que Carmen es la mujer que más pesca en Cabañas, que sale sola en su bote y siempre vira con algo, que Carmen es más pescadora que la mayor parte de ellos. Carmen también se llama Rosa, después del Carmen y antes del Valdés Pereda y desde mucho antes de sus tres hijos, de los cuales dos varones son pescadores, como ella, “aunque la hembra no, le gusta el mar, pero no es pescadora como yo”.
Nació en la zona del varadero de Cabañas, aquí cerca, y a los tres años se mudó con su familia para cayo Almeja, dentro de la propia bahía. Su mamá y su papá eran pescadores. En el cayo aprendió todo sobre el mar, fundamentalmente con uno de sus hermanos. Todos sus hermanos se convirtieron en pescadores también.
Carmen Rosa es natural de aquí. Sus padres y sus abuelos también lo eran. Su mamá aún vive en Cabañas, pero su padre se mudó hace muchos años para La Habana y por allá murió. Su abuelo paterno igual se dedicaba a la pesca. Su abuelo, porque a su abuela sí no le gustaba el mar. Por parte de madre los abuelos eran campesinos de la zona.
—Yo salgo sola a pescar, aunque no siempre. Cualquiera de por aquí me dice a veces que lo acompañe. Mi esposo se retiró de la pesca estatal, pero sigue pescando a ratos conmigo. Yo misma saco la carnada. Escribano, majúa, chicharro, machuelo… En la bahía, a remos, de noche, alumbras con una linterna al agua y los peces suben y con un jamo los coges. Se puede pescar al vivo o al muerto, yo pesco como quiera, pero al vivo todo el mundo le gusta, es más efectivo, porque el pez se mueve y llama más la atención. Hay animales que se te hacen difíciles. El que más trabajo me dio fue un tiburón. Habíamos tirado el palangre y aquel bicho se enganchó, pero quería vivir, como tú y como yo, y le dio una mordida al bote que por poco lo hace tierra. Por suerte mi hijo estaba cerca en otra embarcación y le asestó un flechazo. Después lo llevamos a la orilla y le entramos a palos, pero ya estaba enflechado. Y así, uno pasa sustos. El más grande mío fue con dos casteros arriba, que nos cogió un mal tiempo. Entonces mi tío perdió la noción de tierra. Yo sí estaba bien ubicada y le decía que era para allá… y era para allá. Estaba cayendo mucha agua y no se veía nada. Mi esposo ya había salido en otro barco a buscarnos y nos encontramos por el camino.
—¿Qué usted soñaba ser cuando niña?
—De niña me gustaba tocar piano, como a cualquier muchacho, en aquel tiempo vendían esas cosas, pero lo que más me gustaba era pescar. Tengo 58 años y sigo pescando. Y, bueno, será hasta que me muera, hasta que Dios quiera.
*
En uno de los cayos de la bahía vive otra Rosa. La casa de dos plantas tiene los aleros roídos por el salitre sañoso y el portalón está cubierto de redes de pesca para que las gallinas no entren, porque los pollos no hacen más que molestar y ensuciarlo todo y poner huevos. Las redes de pesca, por aquí, sirven para matar peces y alejar gallinas. Orquídeas adelante, almendro por atrás, cocos en los contornos.
Aunque hace 23 años mora aquí, Rosa María Valdés Rivera nació y se crio en el cayo Buena Vista, que está dentro de la bahía de Cabañas. Sus padres y abuelos vivieron allí, eran pescadores y ostioneros, como Rosa María, que también pesca y saca ostiones. No es lo que hubiera querido hacer con su vida.
—Alabao. Yo hubiera querido ser médico, pero imagínese. No pude. Lo primero que hice fue salir embarazada con 14 años y no logré estudiar más. Tuve cuatro hijos y ya tengo 63 años.

Dora y su portal.
En el cayo no hay agua, por eso Rosa María, regularmente, agarra su bote y rema más de 700 metros hasta la pesca estatal, donde se apertrecha de algo para beber y hielo. No le cobran. La electricidad viene de la zona del varadero de barcos, 300 metros al sureste. Los cables viajan por debajo del mar, aunque se ven las boyas artesanales en su recorrido, que son donde los cables emergen a la superficie para empatarse unos con otros, porque al parecer es difícil encontrar cableado tan largo, al parecer no se ha podido.
Rosa María nunca ha salido a pescar fuera de la bahía. Dice que de la boca para allá no pasa. La bahía de Cabañas es de bolsa, grande… y de aquí hasta su entrada hay que navegar tres millas.
—Me da curiosidad, pero no. No he tenido esa posibilidad. El bote mío es de remos. Nunca he pasado de la boca.
El cayo es chico. Podría decirse que es la casa y poco más. Si Rosa María quiere sobrepasar su portal, casi tiene que tomar los remos. Para lo que sea. Para pescar, para buscar ostiones, para hacerse de agua, de comida y hasta de conversación. Aquí vive la mayor parte del tiempo sola. Quien viene a ratos es su hijo menor, que podría decirse que aún vive con ella, pero ni tanto, porque estudia afuera. Cuando su hijo menor está, el bote también marca el camino, a lo que sea, a cualquier hora. Si va a emborracharse al pueblo, a la fiesta de este sábado o la del que viene o aquella de seis años atrás: el bote.

El bote de Rosa María
—Aquí lo más difícil es cuando hay tiempo malo, cuando hay ciclón. Tengo que ir para casa de mi hija que vive por el varadero. Pero normalmente disfruto mucho la tranquilidad. Ya te digo, pesco dentro de la misma bahía y para buscar ostiones voy al manglar en el bote y ahí mismo los saco. Ya mis tres hijos mayores tienen la vida hecha y ninguno vive aquí. Este ya es grande, pero todavía estudia.
—¿A qué se dedican?
—La hembra es licenciada en imagenología y trabaja en el policlínico, tengo uno que es doctor en ciencias y el otro, pescador. El más chiquito es cadete. Está estudiando medicina.
**
A Rosa Santés López le cuesta decirse Rosa. Toda la vida la llamaron por diminutivo. Con 17 años comenzó a trabajar en esta Unidad Empresarial de Base, Pesca Cabañas, y desde 2020, cuando arrancaba esta horda de tiempos duros, sus compañeros le dijeron: “dale, que te toca”. Así se convirtió en directora.
Primero había trabajado en el puesto de mando, en las radios comunicándose con las embarcaciones de altamar. En eso se pasó muchos años y los años se pasaron y ella aquí, dando vueltas, trabajando en la empresa; tanto así, que cuando la llamaron para ver qué nombre le ponían a una embarcación que entraba nueva, su respuesta fue un número y quien estaba del otro lado dijo: “¿Cómo que un número? Le voy a poner tu nombre, que bastante tiempo llevas aquí”. “Rosita” se llama el barco que tenemos de fondo, donde tres hombres del ostión abren las conchas.
Dice Rosita que la directora de la empresa costera Flota del Golfo, a la que ellos pertenecen, se llama Estrella y que ese nombre también se lo pusieron a un bote, pero que fue después, que el suyo fue primero y se ríe.
Rosita es mujer de tiempos duros. Cuando comenzó en la pesca arrancaba el período especial y ahora le tocó dirigirla en eras de pandemia, que nunca lo son solo de eso.

Las redes y los tiempos
—Esta pesca se fundó con más de 20 embarcaciones de las cuales solo quedan cinco y trabajando, tres. La lucha mía aquí es que estos barcos, que ya tienen más de 40 años de explotación, no se paren, no se pierdan; que de las cinco embarcaciones salgan a pescar las cinco.
—Dicen que usted también es pescadora…
—Yo he tenido la oportunidad de estar tres o cuatro días tirando redes y paños en altamar, en los barcos de ferrocemento. Vengo de una familia de pescadores. Mi abuela fue ostionera; mi papá, pescador y jefe de brigada ostrícola. Yo me escapaba de la secundaria, me cambiaba la ropa, cogía un bote y me iba a pescar sola para la bahía. La primera vez que salí fue con mi padre y se me enganchó un robalo, que es un pescado que hala muy fuerte, porque hala para la profundidad. Yo le decía a mi papá: “¡Ayúdame! ¡Ayúdame!”, y mi papá me respondía que no, que el buen pescador tiene que aprender a sacar solo su primer peje. Y lo saqué. Yo cuando aquello quería ser patrona de barco y todavía no pierdo el sueño, a pesar de que ya tengo 48 años.
—¿Cómo lidian en la empresa con la venta de pescado por otras vías?
—A ver, yo digo que si algo tienen los pescadores de la empresa es sentido de pertenencia y lo primero con que tienen que cumplir es con lo de nosotros. Estamos cumpliendo los planes, así que el pescado está entrando por aquí. Con los particulares ya es más complicado. Antes casi que tenían que tener obligatoriamente contrato con nosotros para poder utilizar artes de pesca masivas. Ya eso no es así. Ahora son trabajadores por cuenta propia. Cuando llegan del mar se lo pueden vender directo a una MIPYME. El año pasado, por ejemplo, sobrecumplimos el plan de la pesca comercial privada, pero había muchos botes particulares contratados con nosotros. En 2024 ya casi ninguno se contrató, porque tienen otras vías. Además, como sobrecumplimos, nos subieron el plan de 18 a 20 toneladas de pescado solo en la rama de la pesca privada. De 18 botes que teníamos contratados solo nos quedan dos… y a saber si siguen. Pero el objetivo es que el pescado llegue a la gente. Por esa parte, Cabaña es un pueblo que sí ve el peje.

Barco de ferrocemento
Si se tratara de un lugar más grande, de una ciudad, quizás la relación entre los pescadores privados y la empresa estatal, al menos la unidad de base, fuera distinta. Rosita no sería Rosita, sino la mujer esa que está dirigiendo aquello. Pero en Cabañas el asunto es otro, porque Cabañas es apenas un pueblito anclado a una loma y a un pedazo de los tantos que tiene esta bahía de 10 kilómetros de ancho.
Rosita vive a unos metros de la pesca, el patio de su casa da al mangle y a uno de los muelles de pescadores particulares. Estudió en la escuela con ellos, los vio crecer, probablemente se enamoró de alguno. Rosita, para nadie de aquí, puede significar la “la mujer esa que está dirigiendo aquello”. Ahora, entre las cuentas que tienen que dar, la economía que se transforma sin nadie saber exactamente hasta dónde y hasta cuándo, el juego se torna más complejo, porque el ambiente, no el estricto de la empresa, que no existe, sino el de todos aquí, que confluyen, se conocen, se respiran, que se protegen con los ladridos y las fauces de los mismos perros, se vuelve una amalgama de trabajo, negocio, afecto, supervivencia, planes de producción, sensibilidades, contradicciones, familia, de la que es difícil salir ileso. En medio de todo, jamás al pairo, está Rosita, que ahora se ve enredada en papeles a ver cómo convierte su UEB en una empresa filial, para que el dinero y los recursos entren y fluyan de una forma distinta, para poder hablar en términos otros —más efectivos tal vez; para quién o quiénes, tendrá que verse— con los de aquí y con los de allá, con los cinco barcos de ferrocemento que pertenecen a la empresa y con las decenas de botes de madera que atracan al frente y al costado y con la empresa de arriba y con quienes no viven en Cabañas y quieren comer peces también. En medio de todo, nunca al pairo, sin papeles de patrona, pero navegando, va Rosita, viendo qué se hace con la vida próxima, con la vida futura, de unos cuantos aquí.
Con Nené en el muelle
Dice Nené que la bahía no es muy profunda pero que tampoco hace falta, porque aquí no entran barcos de mucho calado. Los ríos que mueren en ella tampoco son grandes, sino arroyitos pendejos, en palabras de Nené, por eso, para los barcos que hay, tampoco hay que dragar, porque no hay ríos que expulsen demasiado fango y basura como para que no se pueda navegar adentro.
A Nené no le gustaría ver una draga en Cabañas, porque, explica, en las bahías donde ha tenido que hacerse, después casi no ha habido peces, como la de La Habana o el Mariel. La draga acaba con el fondo, se lleva y limpia todo lo que hay ahí y esos camarones, esas algas, son los que le dan de comer a los peces chiquitos y los chiquitos a los medianos y los medianos a los grandes. Si no hay comida no hay pesca’o.
Por suerte la bahía de Cabañas tiene, aunque no tanto como décadas atrás. En los tiempos de la abundancia, cuenta, cuando venían las cajas de pescado de la Unión Soviética, era mucho lo que se tiraba para esas aguas y muchos los pejes que venían a comer. También cuando aquello la flota era más grande y por lo general el pescado se limpiaba entrando a la bahía, lo que iba cayendo, que no era poco, era comida para lo que vive allá abajo.
—Nené, ¿cómo fue lo del robo de ostiones?
—Imagínate que fue a pleno día. El hombre se metió en el agua y empezó a arrancar rápido todo, por eso estaban rotos los cables. Pero fue a pleno sol. El custodio lo vio y lo llamó, pero empezó a protestar y a seguir cogiendo. Él es jubilado de la pesca y esos retiros no alcanzan para nada. Imagínate tú, al parecer no pudo más y se obstinó.
Dice Nené que el ostión se vende mucho en el pueblo y que, por un pomo pequeño lleno, cualquiera da buen dinero.
—Hace un tiempo había una mujer que se metía de noche a robarnos los ostiones. De noche se metía en el agua. En una de esas la hallaron muerta en un manglar de por allá atrás, porque al parecer se atascó en el fango y no tuvo forma de salir. Ahí mismo la encontraron días después.
Nené nos habla de que el ostión puede ser muy peligroso también para comer, porque constantemente está filtrando el agua y en la bahía puede haber de todo. Todas esas partículas pasan por el ostión, que chupa y suelta. Por eso es tan enredado limpiarlo, porque hay que introducirlo en agua clorada, para que chupe y suelte también; varias veces en agua con cloro, con tiempos específicos, para que se limpie sin que muera. Los que se extraen por aquí, en la orilla, son ostiones pequeños, pero dice Nené que hay maneras de cultivarlos más grandes, que estos mismos luego los pones para dentro de la bahía, a cinco metros de profundidad, y en poco tiempo crecen a lo tremendo, pero ese no es el cultivo que más se hace en Cabañas.
Nené nos lleva a conocer más gente del pueblo. En una de las casas cercanas, vive Dora, que no se llama Dora, Sino María Magdalena, pero es Dora. Tiene 96 años y está en el portal de la casa. Vicente, patrón de uno de los barcos de ferrocemento, nos había hablado de ella, su abuela.
Dora ha tenido una vida difícil. Fue esposa de un hombre que también se llamaba Vicente, Vicente Álvarez, uno de los asesinados en la masacre de Cabañas. Desde entonces, noviembre de 1958, ya con cinco hijos, nunca más tuvo pareja. Vicente era carretero y pescaba por subsistencia. Las mujeres de aquella familia eran macheteras y trabajaban en la colonia de su suegro, González Álvarez. Cuenta Dora que, con la barriga en la boca, a punto de parir, tenía que ir al campo de caña del padre de su marido a limpiar los surcos, a cortar, a ajustar los cuadros… para que Vicente pusiera la caña en la carreta y la llevara al central.
Vida dura la de Dora, que la diabetes la ha dejado sin pies, y el cáncer o una soga, la vida misma, la ha dejado casi sin hijos. Y ahí sigue, en portal de una casa en calle de loma, acordándose de todo y contando, sin llorar, porque el llanto se acabó hace tiempo.

Rosita
*
Poco después llegamos a la casa de Abundio, de 68 años, que continúa trabajando en la base de pesca estatal, aunque no por mucho, porque dice Abundio que ya es tiempo de retirarse. Estamos tirados en el portal.
El padre de Abundio era chofer y además tenía un bote, aunque no era pescador. Quienes lo trabajaban eran los tíos, que se dedicaban por completo a eso. Su mamá nunca pudo salir de la casa. Tuvo 13 hijos, de los cuales tres salieron médicos.
Abundio llegó a la pesca después del servicio militar, por una recomendación de su hermano, que conocía al director de entonces.
—Iba vestido con ropa de salir, por eso me miraban mal en la pesca, decían que era el pescador que mejor iba vestido. La gente piensa que el pescador siempre huele a pescado. Pero el pescador es una persona normal, el que tiene peste es porque no se baña.
Habla de todo “un algo” Abundio, que es maquinista de uno de los ferros. Dice que los botes de vela ya no se ven por el lugar y que para navegar con vela hay que saber, que los que más lo hacían eran los gallegos. Abundio también pescó durante un tiempo en aguas mexicanas y explica que aquello tampoco era fácil; el mar era terrible y tuvo que aprender a dormir agarrado, porque el agua se pasaba la vida arriba del barco.
Años tiene Abundio en la pesca y dice que aquí se ha querido, a veces, correr sin saber caminar, y que por eso, por llegar corriendo a dirigir la pesca gente que no sabe cómo se camina en ella, se han cometido errores de los que después no hay manera de salir.
—Hay gente que te dice que llenan el barco facilito, pero eso no es así, porque un pescador no se hace en un mes ni un año. Y yo los he visto graduados de la escuela de pesca que se marean cuando llegan al barco y luego tienen que dejarlo. También hay patrones de barco que no saben enseñar, que son destructivos. Pueden saber mucho, pero cogen a un muchacho nuevo, lo machucan y claro… tampoco se quedan.
Las jornadas de pesca en la estatal de Cabañas son de 20 días en el mar y diez de descanso en tierra. Esa veintena de soles y lunas se trabajan en la plataforma insular, que por estos contornos ya comienza a ancharse. Salen de aquí y van para la zona del Cabo de San Antonio donde, insisten, se coge el pescado que por aquí no existe.

Abundio y Nené
Antes la flota estatal era palangrera. Pescaba en el golfo. Ahora solo navegan por la plataforma y la mayor parte de las capturas se divide entre tiburones y rayas.
Dice Nené que es difícil que un pescador estatal coja un buen peje, ya sea un castero o un emperador, y lo entregue a la pesca. La libra de esos animales, en las calles de por acá, está a 600 pesos y en la pesca se paga mucho menos, además de que el plan de ellos habla de toneladas, no de tipo de pez.
—¿Y cómo lo entran a tierra si no pueden pasarlo por el puerto?
—Aquí todo el mundo se conoce desde chiquitico —dice Nené. Allá afuera se encuentran con pescadores de la base privada. Les dicen que se lo lleven para allá y completo. Nadie va a meter un tupe con eso. Los pescadores privados, muchos, están saliendo nada más que a hacer la pesca del emperador. Esos bichos pesan más de 500 libras, a veces mil, y siempre se coge alguno. Ponen el pez suyo con el de ellos y ya, ¿quién les va a decir algo?
—Si se vende tan caro el emperador y tanto se coge, los pescadores de aquí deben tener mucho dinero.
—No son ricos na’. Sacan un peje grande, hacen 100 mil pesos y el mismo día van a una paladar o a un bar, dicen que invitan cerveza para todo el mundo y después, cuando le traen la cuenta, entre que ya están borrachos, entre la barbaridad de comida y de cerveza que se fue y entre lo que el barman les inventa que se tomaron, salen sin un peso encima. Al final muchos son unos desgraciados.
Pero el problema de la flota estatal no es ese. La cuestión radica en que puede pasar tiempo sin que tu barco salga, porque no hay combustible o porque hay mal tiempo o porque te rompiste. El mismo barco de Abundio lleva más de un año carenándose en el varadero. Dice Abundio que, si lo hubiesen dejado carenarlo a él y a la tripulación, hace tiempo lo hubiesen terminado. Pero al final se le está pagando una millonada a una MIPYME cuyos trabajadores, según Abundio y Nené, son albañiles de tirar placas y levantar paredes, pero no saben nada de barcos de ferrocemento. Nené dice que Abundio tiene que ir a enseñarles cómo hacer las cosas.
—Yo le dije al jefe de la MIPYME que le pagara a este hombre, porque al final es el que le está enseñando a todo el mundo ahí cómo hacer las cosas, el que también las está haciendo… y se va sin nada. Entonces, los que no saben cobran la paqueta y el que está salvando la pincha, muriéndose.
—Sí, pero no voy a ir más. El tipo me está dando cinco mil pesos al mes y ellos demás, que yo los estoy viendo, se van llenos.

Ostioneros limpiando ostión
Cuenta Nené que pescadores en Cabañas como tal nunca sobran, pero es difícil entrar en las tripulaciones de los privados, porque los dueños casi siempre ponen a pescar a los que son familia.
Abundio replica que eso no es tan así, pero que a estas alturas él tampoco va a irse para un bote particular.
—Ahora yo, que llevo una vida en esto, podría ir para un barco particular y que un patroncito de esos me diga que se lo trabaje y en un mes ya se crea que es el dueño mío. No va, porque en dos meses acaba conmigo. Tú no, porque todavía estás joven y tienes fuerzas —le dice a Nené. Pero ya voy a retirarme, ya llevo la vida en esto y estoy pasa’o de tiempo. Ahora mismo, las campañas no están siendo de 20 días en mar y diez en tierra, sino de 20 en mar y un mes o dos en tierra. Además, si tienes una mala pesca y no te da para cubrir los gastos con los que saliste, te metiste 20 días pasando trabajo en el mar por gusto y tienes que pagar las pérdidas de tu bolsillo.
Nené explica que eso con el ostión no ocurre, porque el ostión se trabaja los 12 meses. Por eso siempre hay salario. Pero vuelve con que para hacer eso hay que ser loco y suicida, con que estamos hablando de un trabajo muy duro. Además, la empresa vende a 350 el kilogramo y de eso se le paga 170 al ostionero. No salen mal parados, pero no paga el trabajo que se pasa.
Berta
Berta es una de las custodios de la base estatal de pesca. Ahora compartimos la comida porque Nené nos sirvió unos pozuelos enormes con los que no podremos; además, Berta vive sola y, cocinar para uno solo siempre resulta mínimamente molesto.
Es mujer fuerte Berta. Se le sale en el habla, por tono y contenido, y en los ojos, por cómo los clava. Dice que tuvo dos hijos y ya. Que parió los que le dio la gana y hasta que le dio la gana y que ninguno vive con ella. Que cada cual ha hecho su vida. El salario como custodio de la pesca ni en sueños le alcanza, pero Berta se las arregla cociendo alguna que otra cosa y alquilándole a Nené la casa de la hija, que está aquí mismo cerca, la casa…
Le han dicho que para qué sigue trabajando en esto, si no le alcanza y Berta les responde que cómo va a dejar de trabajar, si ya solo le queda un año para jubilarse. Aunque la jubilación venga peor, dice ella, no es lo mismo tener una entrada de dinero fija todos los meses, por pequeña que sea, estable, que tener que salir a inventarse la vida a la calle para comer hasta que te mueras. Por otro lado, insiste, eso es mío, es lo que me toca, es mi vida trabajando, me lo gané yo y no se lo voy a regalar a nadie.
Dice Berta que ella no quiere marido, que nunca ha querido. Que ya tiene bastante con ella misma.
—Y no te voy a decir mentira, la soledad es del carajo. A veces estás sola en la casa y no tienes para dónde virarte. Pero no tengo tampoco que lavarle ropas a nadie, ni me pueden estar reclamando por cómo me visto o porque la comida no está. ¡Na’! ¡Que vayan a pedirle eso a su madre! Yo no tengo maridos. Yo tengo amigos. Sin compromisos de ningún tipo, sin sufrimientos por gusto. Y cuando no les cuadre que no vengan más. Hace no mucho tuve un amigo. Pero me vi en la necesidad de darle agua, porque se estaba pasando. Se me quería instalar. Empezó a decir que si la saya mía estaba muy corta. Tuve que responderle: “¿Y eso a ti qué te importa? ¿Tú me la compraste? ¿Tú me compras ropa? Además de que no eres nadie para meterte en eso, a mí me gusta vestirme así y ya”. Por lo demás todo iba bastante bien, él en su casa y yo en la mía. Cada uno con su libreta. Pero se siguió pasando. No se quería ir de la casa. Quería quedarse dos y tres días, la semana completa y más… hasta que le dije: Mira, tenemos que hablar. Esto así no funciona. Yo no quiero un marido. Que empiezas por aquí y después quieres que te lave y te planche. No vengas más. El fin de año lo vi en la calle. Se me aflojaron las piernas, para qué te voy a decir mentiras. Yo no soy de piedra. Pero me aguanté, porque no estoy para que la gente esté hablando ni para que me estén marcando como si yo fuera un poste.
La dureza de Berta no es solo de ahora, a punto del retiro. Años hace, Berta iba a tener un tercer hijo. En medio del embarazo, ya con cinco meses, “le cogí asco a mi esposo, no lo podía ver, no soportaba tenerlo cerca” y Berta, que nunca ha sido mujer de aguantarse las cosas, se lo dijo. Sin pensarlo demasiado, aquel hombre le entró a puñetazos y la dejó inconsciente. Berta se despertó tiempo después con la cara inflamada y sin poder abrir uno de sus ojos.
—No… yo a este hombre no le puedo parir —, se dijo y con sus cinco meses consiguió que le hicieran un aborto. No me lo querían hacer, pero yo insistí e insistí y no hubo quien me parara. Cuando conseguí que me dijeran que sí, me pusieron como condición que buscara sangre para transfundirme ante una emergencia. Pero mi sangre es muy rara y no encontraba un donante. El que era mi marido me dijo que él hacía que un amigo suyo se pinchara la vena, pero tenía que prometerle que después volvería con él. “Consigue la sangre”, le solté, que yo regreso contigo. Y me la buscó y aborté.
—¿Volvió con él?
—¿T’as loco? Salí de ahí y más nunca dejé que se me acercara. Ni él y casi que ni nadie.
El loco del bote
Las especulaciones varían y cada quién se inventa la posible causa. Sin embargo, en Cabañas existe definitivo consenso de que Miguel Alejandro Góngora Fornoso es el mejor pescador que se ha visto en la zona. Hay quien dice que tiene mucha suerte o que a sus 33 años ya le sabe mucho al asunto del mar y los palangres. Están los que aseguran que está loco, porque sale a pescar en condiciones de mar y bote con las cuales nadie está dispuesto a salir, como si tuviese un pasadizo secreto que lo hace burlar la marejada para conducirlo al paraíso de los peces. Los más ecuménicos en esta discusión estéril proponen que, en efecto, se trata de un loco con suerte que sabe mucho.
Es un loco Miguel Alejandro. Dice que fue Nené quien lo enseñó a pescar, Nené y su abuelo. Pero ahora Nené, mientras se ríe y abre los ojos, insiste en que ni muerto se monta en bote con él. Ni del barco de Miguel Alejandro ni de abrir ostiones parece querer saber Nené a esta altura de su vida.
El bote de Miguel Alejandro no es de los más grandes de por acá. Ni siquiera podría incluirse entre los medianos. Combinación terrible la suya: pescador loco, con suerte y bote pequeño. La locura lleva a la situación de peligro, la suerte llena el bote pequeño con pejes enormes, por eso Miguel Alejandro a cada rato tiene que regresar con mucho cuidado, porque el bote viene tan hundido por el peso que hasta un suspiro mal puesto puede significar desgracia.

Miguel Alejandro nos lleva a su bote
Miguel Alejandro solo está pescando emperador. Dicen los pescadores que el emperador sube a comer de noche, pero de día, cuando va a pescarlo Miguel, hay que bajar a buscarlo a “su casa”, a 500 metros de profundidad. Cada hilo del palangre de Miguel Alejandro tiene medio kilómetro hacia abajo. Los anzuelos son grandes, como garfios de pirata manco, y ahora, en lo que atardece, ya tienen enganchados agujones de medio metro de largo que se conservan en la nevera, esperando la pesca de mañana.
A 500 metros de profundidad la luz no existe, por lo que las carnadas van acompañadas de iluminación intermitente que atraen más la atención del peje. Dicen que el emperador es de los animales más grandes que se puedan ver en el mar. La aguja es mucho más pequeña, más fina. El castero también es grande, pero el emperador tiene el aguijón aplanado, más espada que aguja.
Miguel Alejandro no pesca solo. Miguel Torres Reyes resulta su compañero de suertes. Miguel torres, literalmente, le cuida la espalda.
Lo que pasa es que cuando el emperador se engancha empieza de verdad la guerra. El nailon está sobre la cubierta del bote y el emperador corre, corre, corre, nada… y la pita se va yendo. A la velocidad que sale eso, si el nailon hace un seno y ese seno engancha la cabeza, un brazo o una oreja de Miguel Alejandro, solo arranca… y Miguel Torres es quien guía el nailon que se va, para que nada ocurra.
—Yo entiendo al emperador, aquí todo el mundo quiere vivir, pero imagínate tú. El que está enganchado es él, no yo. El que tiene apuro es él. Yo me quedo aquí arriba tranquilito, con todo el tiempo del mundo. ¿Cinco horas? ¡Cinco horas! Yo lo entiendo y hasta lo respeto, pero es una guerra y el que se enganchó fue él.
Dice Miguel Alejandro que lo primero que se saca después de cada pesca es el gasto que se tuvo antes de salir. De lo que queda, el diez por ciento se guarda para la embarcación y el resto se divide a partes iguales entre los pescadores del barco. El dueño, aunque no haya salido a pescar, se cuenta como uno de los tripulantes, por lo que religiosamente tiene su tercio o su cuarto.
Miguel Alejandro tiene una hija de casi 15 años que hace poco tiempo partió para Rusia con su madre. A miguel le toca asumir y puede hacerlo, porque si alguien pesca en Cabañas definitivamente es él y si algo se paga bien en la Cuba de este sábado 6 de enero de 2024 son los pejes, más aún pejes tan grandes. Pero Miguel Alejandro se ríe, se ríe con tristeza, claro, porque normalmente la gente se va para ayudar a los que quedan aquí y en este caso, él, que está aquí, es quien tiene que ayudar a su hija y expareja, que salieron.
—Yo tengo que enviarle todos los meses dinero de aquí para allá y no me pesa. Pero a ellas les hicieron un cuento y terminó siendo otro. Y nada, qué se le va a hacer, esa es la niña mía, yo asumo. Pero 100 dólares aquí es dinero y por allá no es nada.
Las locuras de Miguel Alejandro no siempre han sido felices. El día del gran susto, el de la vida más allá del borde, llegó no en este bote pequeño, sino en uno de los más grandes de Cabañas, de casi siete metros de largo.
—¡Qué me voy a imaginar yo que un norte nos va a hundir un barco de siete metros! Pero se nos rompió el timón y no pudimos maniobrar. Una ola tremenda nos agarró de lado y dimos mil vueltas, incluso bajo el agua. Por suerte estábamos pescando en plataforma.
Entonces lo primero fue marcar el lugar del hundimiento con una boya y rescatar los documentos del barco, que siempre van dentro de un termo, para cuando pasa lo que pasó.
A Miguel Alejandro casi lo mata su intento de salvar los papeles. El barco no era suyo. Miguel, marinero, no podía regresar sin bote y sin papeles.
Pero quedan cinco horas y media a nado y está entrando un norte y ya va haciendo frío. Mientras sus dos compañeros nadan libres, Miguel Alejandro tiene en sus brazos el dichoso termo. La tierra no se acaba de ver. Este mar no se acaba. Las piernas y la cintura de Miguel Alejandro dejan de responder, de sentirse…
Miguel Alejandro siente que va a morir. El agua salada de la marejada le inunda la boca, le tupe las fosas nasales, casi no respira, a ratos traga agua y tose. Hay frío.
—Yo les decía: “¡Ya, ya! ¡Déjenme aquí! Sigan avanzando ustedes que ya yo me morí. No se pueden joder ustedes también”. Pero los caballos esos se portaron como mis hermanos y me salvaron la vida. Me empezaron a dar fuerzas y a decirme que sin mí no llegaban a la orilla, que pusiera de mi parte porque entonces sí nos íbamos a ahogar todos. Me dijeron que pensara en mi hija. ¡En mi hija, coño, mi hija! Cinco horas y media estuvimos nadando hasta llegar a tierra. Pensando que no tenía vida, me quedé muerto en la arena.
Pero quedaba más… Había que regresar a Cabañas y hablar con el dueño de la embarcación. Dice Miguel Alejandro que el dueño del barco todavía hoy siente vergüenza por lo primero que dijo. “Pero lo dijo, se arrepiente; pero lo dijo y ya, imagínate tú, no pasó nada”.
—Muchacho, cuando hablamos, nos dice: “¡Mi barco!”. Ahí lo paré en seco, imagínate cómo yo estaba: “¡Espérate, espérate, espérate! En primer lugar, tu barco no se va a perder, marcamos el lugar y aquí están los papeles. En segundo, ¿qué barco ni tu barco de qué? ¡Tus marineros, coño! ¡Que salimos vivos!

Miguel Alejandro Góngora Fornoso, el mejor pescador de Cabañas
Dos cosas de Nené
Si llegase alguien a Cabañas preguntando por Luis Miguel Hernández, todos y cada uno de quienes viven aquí dirán que no lo conocen. Pero si dicen Nené, la respuesta será otra. No es santo Nené ni pretende pasar por tal. Luchador de formación y competencias, hijo de dirigente de la pesca, pescador desde que sabe caminar, 50 años, mulato.
Sus habilidades de combate le dieron crédito suficiente para entrar en las fuerzas especiales durante el servicio militar y luego renganchó y después se quedó en esa vida… hasta un día.
Nené cometió un error tremendo que le costó más de 10 años de cárcel. Nené encontró a su esposa con otro hombre, también militar, un superior, y no entendió. No los mató. Pero no entendió y si algo había hecho nené durante toda su vida, además de pescar, era luchar con gente.
Cumplió, asegura sin que se le sienta en la voz un mínimo de cuestionamiento para nadie, hasta el último día. Nené sabe lo que hizo y lo que cuesta; lo que le costó.
Después empezó a trabajar en la pesca estatal. Además de luchar, era lo único que sabía hacer y ya luchar, definitivamente, no era opción de vida ni de nada. Así que el barco, a pescar, a lidiar con redes y palangres, con arpones, a dialogar violentamente con el mar y los peces, solo con el mar y los peces.
Más tarde le ofrecieron trabajo en bote grande del Mariel, uno particular, y comenzó a pescar con ellos. Dice Nené que aquello sí era un buen trabajo. Pero al dueño de la embarcación se le metió en la cabeza irse del país y se fue y todos los marineros de la tripulación también se fueron. Pero Nené decidió quedarse y simplemente se retiró sin decir nada.
Los últimos años han sido duros en ese sentido y estas costas noroccidentales no han resultado menos que un trampolín. Para quienes viven del mar y quieren quedarse de este lado del estrecho, dicha situación lo enrarece todo y la desconfianza se torna el pan de cada día, desde cualquier parte. Nené se quedó, pero jamás limpio de la desconfianza. Nené regresó a la pesca estatal.
Hace un tiempo, cuenta, un vecino que vivía enfrente lo llamó a su casa con mucho misterio y le dijo que alguien quería proponerle un negocio. Nené fue. Era un hombre lleno de cadenas de oro y le sacó un maletín lleno de dinero.
—Negro, si me pones tu barco —la chernera de la pesca estatal— lleno de combustible tarde en la noche, en el muelle, todo esto es tuyo.
Nené lo miró incrédulo y no le dijo nada. El hombre se quitó las cadenas y las manillas y las puso sobre el maletín.
—Negro, si me pones el barco todo esto es tuyo.
Nené se fue para la casa con la cabeza reventando. Nené nunca había visto tanto dinero. Pero Nené ya sabía lo que era equivocarse. Nené sabía de sobra lo que era joderse la vida. También pensó en su gente, en el enredo que les buscaría. Se dijo: “¡Na’! Yo no puedo hacer eso”.
Entonces tomó el teléfono y llamó a su jefe. Su jefe se apareció y luego apareció un compañero. El compañero le puso la mano sobre el hombro y le dijo:
—Negro, te me escapaste. Y yo que pensaba que tú ibas a caer.
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Excelente trabajo que fotografía en palabras la vida real de esta gente nuestra .Esas personas cuya vida tal pareciera que no corresponden a estos tiempos.
Esta es la verdadera gente de a pie en Cuba. ¡Bravo, por los periodistas. Cuba y su gente son bellos.
Muy anecdótico y ocurrente, en un tema no muy usado, y con tiempo por lo menos para mí sin publicación. Que sigan escribiendo esos autores y reflejen la vida de los sencillos y firmes cubanos como Nene
Bellisima cronica. A veces entre los avatares del dia a dia, olvidamos como es la vida de la gente mas sencilla de nuestro pueblo. Gracias por recordarnoslo y mas, con este bello escrito.
Hermosas historias de vida.Son todas personas muy conocidas del pueblo de cabañas.
Linda crónica. Soy natural de Cayo Coro, contiguo y al borde de la bahía de Cabañas. Conocí a Abundio, fuimos juntos a la escuela. Conozco a Dora Grégori, por razones de familia, una mujer de corazón muy fuerte, qué manera de resistir ante los duros golpes de la vida.
Me encantó esta crónica. Si esta es (2), cómo acceder a la (1)?
Bravo. Retrato de nuestra gente, del cubano de a pie, del que lucha y trabaja decentemente. Leyendo, recordé al Hombre y el mar.
Qué refrescante. Por instantes estuve en Cabañas. Haría falta más de estos escritos. Saludos a Mario Ernesto y Pedro Pablo.
Todo muy hermoso, mucha mas suerte para Miguel Alejandro, que tiene la misma edad de mi hijo y parte del nombre y lo unico que tienen en común es que saben nadar, mis mas sinceros respetos para los escritores estos y para: ESTOS CUBANOS, mucha salud y que todos mejoremos nuesrtro vivir diario.