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“Son del soldado”, elegía al General de las Cañas

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Jesús Menéndez. Imagen de archivo

(…) Los grandes muertos son inmortales: no mueren nunca. Parece que se marchan; parece que se los llevan, que se pudren, que se deshacen.
Pensamos que la última tierra que les llena la boca va a enmudecerlos para siempre. Pero la lengua se les hincha, les crece; la lengua se les abre como una semilla bárbara y expulsa un árbol gigantesco, un árbol duro, cargado de plumas y de nidos.

¿Quién vio caer a Jesús? Nadie lo viera, ni aun su asesino. Quedó en pie, rodeado de cañas insurrectas, de cañas coléricas. Y ahora grita, resuena, no se detiene (…)

 

Son del Soldado

            Yo bien conozco a un soldado,

            Compañero de Jesús,

            que al pie de Jesús lloraba

            y los ojos se secaba

            con un pañolón azul.

            Pasó una paloma herida,

            volando cerca de mí;

            roja le brillaba un ala,

            que yo la vi,

            Ay, mi amigo,

            he andado siempre contigo:

            tú ya sabes quién tiró,

            Jesús, que no he sido yo.

            En tu pulmón enterrado

            alguien un plomo dejó,

            pero no fue este soldado,

            pero no fue este soldado,

            Jesús,

            ¡por Jesús que no fui yo!

            Pasó una paloma herida,

            volando cerca de mí;

            rojo le brillaba el pico,

            que yo la vi.

            Nunca quiera

            contar si en mi cartuchera

            todas las balas están:

            nunca quiera, capitán.

            Pues faltarán de seguro

            (de seguro faltarán)

            las balas que a un pecho puro,

            las balas que a un pecho puro,

            mi flor,

            por odio a clavarse van.

            Pasó una paloma herida,

            volando cerca de mí,

            rojo le brillaba el cuello,

            que yo la vi.

            ¡Ay, qué triste

            saber que el verdugo existe!

            Pero es más triste saber

            que mata para comer.

            Pues que tendrá la comida

            (todo puede suceder)

            un gusto a sangre caída,

            un gusto a sangre caída,

            caramba,

            y a lágrima de mujer.

            Pasó una paloma herida,

            volando cerca de mí;

            rojo le brillaba el pecho,

            que yo la vi.

            Un sinsonte

            perdido murió en el monte,

            y vi una vez naufragar

            un barco en medio del mar.

            Por el sinsonte perdido

            ay, otro vino a cantar

            y en vez de aquel barco hundido,

            y en vez de aquel barco hundido,

            mi bien,

            otro salió a navegar.

            Pasó una paloma herida,

            volando cerca de mí,

            iba volando, volando,

            volando, que yo la vi.

Nicolás Guillén. Imagen de archivo.

En audio, “Son del Soldado”, en la voz de Nicolás Guillén

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