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Máximo Gómez Báez: Eterna Presencia

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Máximo Gómez.

Máximo Gómez.

MÁXIMO GÓMEZ BÁEZ: ETERNA PRESENCIA

El sábado 17 de junio de 1905, poco pasadas las 6 de la tarde, el Dr. Pereda, médico asistente del general Máximo Gómez Báez, víctima de una grave infección generalizada, interrumpió la aparente calma de familiares y amigos que rodeaban al guerrero en su lecho para dar certeza del fatal suceso. En la casona de 5ta y D, en el Vedado, reinaban el dolor y la angustia. La noticia se regó como pólvora: ¡el General ha muerto!

Pocos años antes, el Generalísimo había definido su concepción sobre la muerte: “La muerte de un hombre, en realidad, no es nada sorprendente ni poco ni mucho sensible a no ser por la falta que hace a la sociedad, a quien se debe, y por el recuerdo amado de sus virtudes y hombría de bien que deja entre los suyos con su eterna ausencia”.

Esa concepción del deber (se) con la sociedad presenta un sustento humanista que explica su conducta, tanto en los campos insurrectos como en los años que siguieron al fin de las hostilidades contra el colonialismo español en Cuba. Para quien se autocalificó “revolucionario radical”, la esencia de su lucha llevó impreso ese radicalismo. Como le expusiera en carta al general villareño Francisco Carrillo, jamás aunque anduviera “con los fondillos remendados”, tomaría parte en luchas de partidos políticos: “Yo pretendo ser libertador de un pueblo esclavo, soy un soldado de la Democracia al servicio de un pueblo, pero no un instrumento que ayude a subir a ningún hombre al poder”.

Fue, sin dudas, libertador de un pueblo víctima del coloniaje y la esclavitud. En su praxis, legó una extensa hoja de servicios y un pensamiento político militar que asombró a conocedores del arte de la guerra, dentro y fuera de la Isla antillana. Sin embargo, “el primero en comprender el método de guerra que debíamos emplear” -como afirmó el joven oficial Manuel Piedra Martel-, el estratega de las campañas invasoras al occidente de Cuba durante el ciclo independentista, el artífice de campañas militares como La Lanzadera y La Reforma, aquel que le ofreciera a Cuba su brazo redentor “en lo más recio de la inmortal batalla”, odió, sobre todas las cosas, la guerra.

La guerra era solo el medio inevitable para la ruptura con el dominio hispano. Al igual que José Martí, Antonio Maceo y los exponentes más radicales del independentismo, concibió el proceso libertador como de amplias y profundas transformaciones políticas y sociales. Desde Baní, tierra natal en República Dominicana, comenzó a madurar ese pensamiento que lo condujo a plantearse con el tiempo, sobre todo al calor del movimiento independentista en Cuba, la tarea histórica de lo que denominó “revolución de principios” o “revolución de los desheredados”.

En la extensa obra escrita del Generalísimo el sentido de la justicia social, el decoro y la virtud humanos son transversales. En textos literarios como El Viejo Eduá, El héroe de Palo Seco, Mi Escolta, El sueño del guerrero, sus cortas piezas teatrales La fama y el olvido y Momentos de ocio, así como el Diario de Campaña, el autor procura inmortalizar al hombre común, fuera el soldado de fila, su asistente o el hábil práctico. Desde su cargo de General en Jefe del Ejército Libertador durante la Guerra de 1895, no encontró mejor término para calificarlos que el de “amigos”. Eran, al decir de Martí, en alusión al sentido de la lucha de Gómez, “los que llevan en su corazón desamparado el agua del desierto y la sal de la vida”.

Imposible, por tanto, considerar culminada la obra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, mientras aquel conglomerado, base social principal del Ejército Libertador y de las transformaciones más radicales, permaneciera preterido en el futuro escenario poscolonial. De ahí sus declaraciones a Federico Henríquez y Carvajal tras concluida las hostilidades en 1898: “Ahora lucho en un orden puramente moral”. ¿A qué se refería el viejo estratega? En su profuso epistolario, así como en proclamas y consejos, se dedicó a orientar los pasos a seguir una vez concluida “la más bárbara de las guerras”.

En primer orden se encontraba el trabajo, “bien retribuido”, indispensable para la reconstrucción del país. La ocupación militar de la Isla que sobrevino tras la firma del tratado de paz, rubricado en París entre Estados Unidos y España el 10 de diciembre de 1898, incorporó a la compleja problemática posbélica lo que Gómez definió como “el tercer elemento”, incongruente con su ideal de “república independiente, libre, cordial y bien ordenada”. El peligro del anexionismo parecía inminente. De ahí que en todos sus proyectos, económicos, administrativos y militares, concebidos entre 1899 y 1902, contara como fuerza principal con los miembros de su disuelto Ejército Libertador. He ahí el sentido de la carta dirigida al general Antonio Varona en abril de 1899: “La mano fuerte de la disciplina se impone hoy más que nunca, habiendo, como hay, absoluta necesidad de orden y estabilidad porque tenemos en casa un poder extraño que estudia nuestros menores movimientos”.

Algunos lo tildaron de militarista cuando aconsejó elegir a quienes procedían del ejército para las alcaldías municipales. Ciertamente, el desinterés mostrado por el general Gómez al rechazar cualquier puesto público y hasta la apetecida silla presidencial, “corona de espina”, como la denominó, haría pensar a más de un detractor sobre la probidad del líder. No obstante, prefirió responder en nota pública con fina y punzante ironía: “Y no se me tenga miedo por estas ideas, que huelen a charretera, que como mi compañero Salvador Cisneros, no me gusta el militarismo, solamente que aquel lo decía en plena guerra, y yo lo digo ahora en las santas horas de la Paz, cuando ella ha puesto silencio al “yo mando”, convirtiendo hoy en hombre civil al que fue ayer hombre de espada”.

Y es que el Generalísimo no solo se preocupó por la pronta retirada del gobierno de ocupación estadounidense, para evitar con ese acto lo que denominó “el naufragio de la nave”, refiriéndose a la anexión, sino que también le prestó atención a la forma de gobierno que debía sobrevenir tras el cese de la “injustificada tutela impuesta por la fuerza”.

Según Gómez, el gobierno democrático requería ante todo de gobernantes honestos que hicieran prevalecer lo que denominó la “moral administrativa”, parte indisoluble de sus fundamentos éticos y de la concepción de democracia. El pueblo no podía ser culpable “de la política de tráfico o granjería implantada por su gobierno”. Opinaba que de esa práctica viciosa nacía el absolutismo, “monstruo más terrible que un Gobierno arbitrario”. El recurso metafórico tenía su explicación: “Un tigre puede desgarrar la carne, pero el despotismo desgarra la conciencia”.

¿Cómo impedir la entronización de semejantes expresiones de despotismo? En su Proclama de Yaguajay, del 28 de diciembre de 1898, aconsejaba al pueblo de Cuba: “No tengáis ministros con mujeres que vistan de seda, mientras la del campesino y sus hijos no sepa leer ni escribir”. Por el contrario, los depositarios de la confianza del pueblo debían ser “hombres de grandes virtudes probadas”, “amantes de la ley y no de la espada”, pero sobre todas las cosas, identificados con los ideales de justicia, único modo de consumar los objetivos de la revolución independentista: “La obra de la Revolución debe ser eterna, y solo puede serlo aquello que tiene por base la Justicia”.

Por encima de cualquier privilegio o poder económico individual, debían prevalecer en ellos la virtud, el talento y el más estricto respeto a las leyes. De no ser así, apuntó en su Diario de Campaña, la sociedad transitaba por estados de corrupción y desorden, “la desmoralización roe sus entrañas, el vicio seca su mente, la gangrena se extiende por todo su cuerpo social”.

Los consejos, las proclamas y las intervenciones de Gómez en la prensa, continuaron tras el establecimiento de la república el 20 de mayo de 1902. También muchas de sus gestiones con los magistrados de la primera administración republicana tuvieron el propósito de evitar alianzas políticas o desplazamientos en el campo de las ideas, a favor de los que se opusieron y hasta enfrentaron la opción revolucionaria. De ahí su apoyo a la presidencia de Tomás Estrada Palma, en 1901, con la misma fuerza que se lo retirara, cuatro años después, tras la campaña del reeleccionismo estradista, afiliado al recién fundado Partido Moderado, donde militaba lo más selecto del componente exautonomista.

De ese quehacer político tuvo conocimiento el pueblo de Cuba, tanto como de la honestidad y la honradez del venerable anciano. Por eso la frase del Dr. Pereda: ¡El general ha muerto!, penetró en los más diversos rincones de una Isla que lloró a su héroe, pero no por su “eterna ausencia”, sino por el “recuerdo amado de las virtudes”, al que se refería Gómez cuando definió el significado de la muerte. Al partir, dejó una obra y un pensamiento político militar consecuentes y de sólido sustento ético, también una leyenda que lo recuerda, “en su vuelo de cóndor sobre las trochas”, traído de la pluma de Martínez Villena: “Porque los firmes cascos de tu corcel de guerra formaron como surcos gloriosos en la tierra, ¡y en ellos tu heroísmo sembró la libertad…!”.

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  • Luis Francisco Jacomino Suárez dijo:

    Mágnifico,profundo desde el rigor investigativo.Gracias por la defensa al más brillante de todos los generales mambises,al hombre que en la Proclama de narcisa dejara sentado su proyección y visión en torno a la ocupación militar.Gómez ha sido siempre un paradigma para los cubanos, para el mundo.Gracias a Cordoví por este artículo que se debe reproducir y llevar hasta las escuelas, en tiempos que muchos quieren que olvidemos la historia.Precisamente en estos ejemplos como el de Gómez hay que volver una y otra vez para desde la proyección de su pensamiento, su obra , su acción podamos entender las razones por las cuales no se puede renunciar a la independencia y la sobernía , aun con los fondillos remendados.

  • DE CUBA CON ♥ dijo:

    Solo sus intimos Maceo y Boza le llamaban viejo.

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Yoel Cordoví Núñez

Yoel Cordoví Núñez

Doctor en Ciencias Históricas. Vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba.

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