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Alan Greenspan: Viejas huellas que marcan el presente

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Oliver Zamora Oria

Alan Greenspan, quien fue por muchos años presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, comentaba en su libro La Era de las Turbulencias la impresión que le había causado el civismo de las autoridades financieras japonesas durante la crisis de los noventa, cuando optaron por una recuperación más lenta y no poner en evidencia o llevar a la bancarrota a los deudores.

En lo particular, lo que me llamó la atención fueron las concepciones de Greenspan sobre el mundo: su defensa ciega de la desregulación a pesar de que la economía norteamericana iba en picada por tales motivos, los cuestionamientos sobre como China dirigía su exitosa economía y el desprecio al referirse a los procesos de cambio en América Latina, como si fuéramos una región condenada a la barbarie.

Pongo estos ejemplos para destacar un elemento que casi siempre obviamos a la hora de analizar los problemas contemporáneos. Me refiero a la cultura, a la cultura comprendida como una serie de valores y principios compartidos. Es muy clara la relación entre economía y política, como se condicionan una a otra, pero para comprender algunos fenómenos hay que incluir los aspectos culturales.

Es la única forma de que Greenspan comprendiera la postura japonesa, y es la única forma de que nosotros comprendamos lo que sucede hoy en Estados Unidos, donde a un presidente se le compara con Hitler por querer extender la cobertura médica a más de 45 millones de desamparados. Para encontrar respuestas a esto, hay que ir a ese complejo proceso de conformación de la nacionalidad estadounidense.

La cultura es el espíritu, el prisma desde el cual los pueblos ven al resto del mundo y a sí mismos, a pesar de que vivimos en un mundo de valores globalizados.

Si queremos entender el resurgimiento como potencia que vive Rusia desde el año 2000 con la entonces presidencia de Vladimir Putin, no podemos olvidar que Napoleón fue invencible hasta que enfrentó a ese país; que ese fue el pueblo que derrotó a los nazis y cambió la historia con la primera revolución proletaria; que sus zares forjaron uno de los imperio más extenso de la tierra y que para construir una espléndida capital europea miles de hombres sacaron el fango con sus manos del pantano que existía donde hoy está San Petersburgo.

Esas son las claves del pueblo ruso. Las claves de su orgullo y su nacionalismo que nunca le permitirán estar relegados en la política internacional.

¿Pero donde dejan los grandes procesos políticos su mayor huella si no es en el arte, ese que nos permite ver el impacto en el fondo de las sociedades? Sobre la guerra de Viet Nam probablemente sean más reveladoras las películas de Oliver Stone sobre el tema, que alguna revelación de Henry Kissinger.

Como diría un amigo mío, mucho de lo que quisieran saber los especialistas sobre determinados países lo pueden encontrar en sus películas y canciones. Política es cultura, y así lo demuestra uno de los más excepcionales documentos políticos latinoamericanos Me refiero al discurso de aceptación del premio Nobel de Gabriel García Márquez, La soledad de América Latina, donde exhorta a interpretar a esta parte del mundo conociendo los siglos de dolor, violencia y delirio que forjaron nuestra identidad.

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