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Tú también crecerás

Faltarás. Y te extrañaremos. Fortalece saber, sin embargo, que tu prédica se hizo luz del pueblo venezolano y que la Revolución, tu gran obra –lo único más grande que tú mismo–, conseguirá permanecer por voluntad libre, consciente y justa de tu gente. Como Martí, bajo la hierba, tú también crecerás.

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Cuido en casa a mi hijo José Julián, él aprovecha para ver el fútbol y seguramente pensando en los equipos y países del Mundial, se acerca a preguntarme por el gentilicio de Portugal, mientras la computadora despierta con la mala nueva pegada a la pantalla, como si quisiera desprenderse de ella y no ser cierta. Como si fuera uno de esos hechos inverosímiles, kafkianos, que dan lugar a sus novelas. La triste noticia de la muerte de José Saramago ha llegado sin aviso previo »

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Es la fiesta de nuevas oleadas de espectadores, cultivadas en los últimos años, que no habían tenido su Festival de Teatro de La Habana. Y, como sabemos, un festival es el resultado de una acumulación, pero también es reafirmación exponencial hacia el futuro. Un nuevo terreno conquistado.

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Los Van Van, en la Plaza de la Revolución. (Foto: La Jiribilla)

Algo real pasó en la Plaza, más allá del hecho mismo, mucho más allá de estéticas compartidas o no. Fue una espiritualización masiva, un religioso domingo de anagnórisis y cura cuyo vehículo único es en esta tierra la música, encarnación de la nación misma, "aleph" del imaginario del ser cubano.

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Había cumplido los ocho años, o estaba por hacerlo, aquel octubre en que Fidel proclamó en la Plaza que la injusticia temblaba ante la ira enérgica de un pueblo. Lo recuerdo con toda nitidez. Tantos años después aún me estremecen las imágenes, sonoras o visuales, que recuerdan o simbolizan el horror de pasajeros y tripulantes presos en aquel avión cenizado en el aire por Posada Carriles y sus compinches. Forman parte de un doloroso expediente que ha configurado también la historia, ya hecha sangre y carne, de esta isla, de nuestras vidas, de lo que somos.

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Es mucho este país, viejo, respondo desde La Habana a mi amigo Alberto Sarraín, quien anda por Madrid soñando gozar un partido en la sala de mi casa, botella de ron mediante. Le cuento a propósito de la victoria sobre Dominicana y de esta algarabía del archipiélago entero, acostumbrándose una vez más a la grandeza.

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Ay, Virgilio Piñera que estás en los infiernos de la carne y del goce, que tanto disfrutabas jugar con las palabras, parece que no gustabas del béisbol, la cubanísima pelota. No la pusiste entre esos testimonios que nos hacen: “un velorio, un guateque, una mano, un crimen,/ revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua...”. Y fíjate que, con tu venia, perfectamente cabe: un velorio, un guateque, un juego de pelota...

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Es imposible definir algo que no sabemos bien qué es. Pasa con la suerte, de la que tanto hablamos en la pelota. Contra República Dominicana la bendita suerte no nos asistió. Si engorroso su debate en el plano teórico, un ejemplo práctico lo explicaría mejor: cómo es posible que Michel Enríquez batee en un juego, de lesa importancia, tres veces para la doble matanza y además cometa un error sólo explicable bajo la presión del mismo (y la mala suerte).

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La participación de Cuba en el denominado Clásicos del Béisbol recorre la Isla de una punta a la otra. Ya no es ni el asunto del día, sino su atmósfera misma. Todas las interrogantes se deslizan hacia el tema y sin preámbulos. Vìctor Fowler me pregunta en una librería, ¿qué te pareció?, y yo tengo que responderle sin chistar sobre lo único que merece una opinión en estos tiempos: los treinta y su camino.

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No estamos aquí para dictar recetas, mas si se me permite una respuesta personal en torno a la identidad de ese intelectual joven, y no alrededor de las indefinibles identidades de los pueblos, yo diría que las estrategias seguramente tendrán que ser múltiples, pero esa identidad pasa hoy más que por una responsabilidad profesional o incluso ética, por una tarea consciente y a su vez, por qué no decirlo, casi romántica, el placer de ser revolucionario.

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