El Paseo del Prado: Su huella en el tiempo

Vista de La Habana, Parte de Estramuros. Tomada desde la entrada del Puerto. Álbum Pintoresco de la Isla de Cuba. Bernardo May Compañía (Grabado)
“sus alamedas se dignifican con el orgullo de sus leones de bronce (…) La Habana es un ciudad para someterse a la seducción de sus sortilegios y para amarla.”
Lisandro Otero
Bulevar seductor, entorno evocador y simbólico, escenario de encuentros, así podríamos dibujar en el imaginario urbano al Paseo del Prado, célebre arteria habanera que fija hoy los límites del centro histórico de La Habana con la vecina barriada de Centro Habana.
Lejos del bullicio citadino y retirada a escasos metros del lienzo de muralla que ceñía la antigua villa de San Cristóbal de La Habana se inició la construcción de esta alameda, en el año 1772, durante el gobierno del Marqués de la Torre; impulsor de trascendentales proyectos de mejoras materiales y económicas que encontraron beneplácito en la ilustrada corte del monarca Carlos III. El novedoso paseo otorgó una nueva imagen y dimensión urbana a la ciudad, hasta entonces dormida y confinada entre angostas callejuelas, y la dotó de un nuevo sitio de esparcimiento y recreo público. Asimismo significó una nítida expresión del progreso y renovación que alcanzó la urbe en las postrimerías del siglo XVIII, período en el cual se edificaron verdaderos hitos de la arquitectura civil y militar habanera, entre ellos, La Casa de Correos o Palacio del Segundo Cabo, el Palacio de los Capitanes Generales o la fortaleza de San Carlos de la Cabaña.
Al mismo tiempo, resultó una lógica extensión, “en la más preciada de las joyas de la corona”, de las reformas urbanas iniciadas en la metrópoli por el rey Carlos III, que bajo el proyecto del Salón del Prado, transformó en Madrid el antiguo Prado de los Jerónimos, zona profusamente arbolada, en un bello y decorado paseo con jardines y fuentes, que discurría desde plaza de Cibeles hasta la glorieta de Atocha y dio en llamarse Paseo del Prado.
El trazado de La alameda de Extramuros o Nuevo Prado, como originariamente se le conoció, se realizó de norte a sur de forma paralela al glacis de la muralla, también conocida como zona militar de la plaza de La Habana, partiendo de la explanada de la Punta hasta la puerta de Tierra y el campo de Marte (hoy parque de la Fraternidad). La ejecución de las obras tropezó con varios obstáculos en el relieve, se asegura que “por las desigualdades del terreno fue necesario hacer 25, 816 ½ varas de reincho, y construir un puente en la esquina de la calle Dragones, por donde entonces corría la Zanja Real que iba a desaguar al callejón del Chorro.” [1]
En sus inicios no pasó de ser un rudimentario espacio abierto pobremente decorado y carente de comodidades. Solo dos pirámides frente a la puerta de Punta contribuían a engalanarlo. Según el historiador Jacobo de la Pezuela, la nueva alameda era una vía algo estrecha que no rebasaba las 770 varas. Mientras el profesor y arquitecto Joaquín Weiss afirmaba que representó: “un esfuerzo demasiado grande en aquella época para que resultara una obra debidamente terminada y acondicionada”, y añade “La dificultad de su mantenimiento causó que veinte años después este lugar fuese considerado de una aridez espantosa.” Todavía en 1819 era un lugar abandonado, al menos así lo retrata el viajero francés Étienne-Michel Masse, a quien cita el doctor Enrique Sosa en su interesante trabajo titulado: La Habana de Principios del Siglo XIX, cuando expresa:
“(…) fueron objeto de su curiosidad los barracones de los esclavos construidos al final del Paseo del Prado o Alameda Nueva, donde se obligaba a cantar y bailar a los negros, a marchar en cadencia, a bañarse desnudos en la mar por la mañana, y a quienes, al ser vendidos, se miraba el sexo para ver si estaban herniados o padecían de enfermedades venéreas. (…)

Fuente de la India en el Paseo de Isabel II. Álbum Pintoresco de la Isla de Cuba. Bernardo May Compañía (Grabado)
Allí se va a “ser vistos”, no “a ver”; los árboles eran desiguales, estaban mutilados o se arrancaban impunemente, dos de sus tres fuentes no tenían agua, la avenida era bordeada por dos arroyos (desviación de la Zanja Real), de donde los negros forzados extraían agua para regar la tierra; (…) caída la noche era peligroso transitar por allí, debido a la posibilidad de asaltos y cuchilladas.” [2]
Pese a estas limitaciones, desde su concepción estuvo llamado a ser el espacio público por excelencia de la ciudad, condición que no tardó en alcanzar. Pronto se convirtió en el principal sitio de reunión y distracción de los habaneros. En ello mucho influyó su amplitud y estratégica ubicación.
De la mano de sucesivas administraciones coloniales (Luis de las Casas, Someruelos, Ricafort, Vives) y paralelo al rango que adquirió La Habana como principal plaza exportadora de azúcar en el mercado mundial -luego de la Revolución Hatiana- llegaron las reformas y mejoras.
En su devenir varias han sido sus denominaciones. Primero se conoció como alameda de Extramuros, por encontrase fuera del recinto amurallado. Años después se le llamó Nuevo Prado o Paseo del Prado, atendiendo a su semejanza con el paseo madrileño de igual nombre. En época del gobernador Gerónimo Valdés (1841-1843), tomó el nombre de alameda de Isabel II, en honor a la reina de España, y antes de finalizar el siglo XIX llegó a conocerse como Paseo del Conde Casa Moré, por morar en él, don José Eugenio Moré y de la Bastida, acaudalado hacendado, comerciante y político (fundador y presidente del partido Unión Constitucional). Finalmente en 1904, ya instaurada la República, a instancias del concejal Francisco Piñeiro[3] y por acuerdo del Ayuntamiento, se le denominó Paseo de Martí, en homenaje al Apóstol de nuestra independencia. Este último nombre, que llega hasta nuestros días, quedó ratificado en el año 1936 por el Decreto-Ley No. 511, del Presidente Provisional de la República de Cuba José A. Barnet Vinageras, que regulaba la denominación de las calles de La Habana. No obstante, la concluyente designación no ha podido borrar el enorme peso de la tradición, su nombre antiguo y tradicional aún vive y vivirá entre los habaneros, quienes cariñosamente lo han legitimado y reconocen como: El Prado o Prado.
Durante el gobierno de Miguel Tacón (1834-38) el Paseo del Prado se remodeló y amplió, y se construyó en unos de sus extremos la Cárcel Nueva o Cárcel de Tacón, monumental edificio, de triste recordación para la patria, que dominara amplias visuales de la vía por espacio de un siglo. En igual periodo se colocó en su extremo opuesto la Fuente de la India o de la Noble Habana, bello conjunto escultórico que tendría especial connotación para la ciudad, fruto de la iniciativa del hacendado criollo Claudio Martínez de Pinillos, Conde de Villanueva.
Precisamente por esta época un hermoso grabado del pintor y grabador francés Federico Miahle, fechado en 1842, recogió para la posteridad una imagen del Paseo donde se aprecian cinco sendas bien delimitadas: dos exteriores empedradas, dos interiores terraplenadas para coches y volantas, y una última central peatonal, todas ellas enmarcadas por sendas hileras de árboles alineados.
Antes finalizar el siglo XIX el popular paseo habanero continuó siendo objeto favorecidas atenciones por parte de las autoridades municipales. Es así que el 22 de mayo de 1899, mediante un acuerdo, el Ayuntamiento cedió gratuitamente a los propietarios de fincas de la calle Prado, así como a otras vías donde resultara obligado por las regulaciones urbanas la construcción de portales, el terreno de dominio público y los aires que tuvieran necesidad de ocupar con portales.[4]

Prado y Neptuno (Inicio del siglo XX).
Hacia una imagen republicana
El fin del período colonial y la primera intervención norteamericana en la isla dieron paso a decisivas transformaciones arquitectónicas en La Habana. La urbe, último reducto en América del poder colonial español, diezmada por la atroz política de reconcentración del Capitán General Valeriano Weyler y el desgaste de la guerra, asimiló el nuevo proyecto urbanizador enarbolado por el gobierno interventor, afianzado en los principios de higiene y progreso.
El alcance de las reformas emprendidas en el “hinterland habanero” intentó revertir la imagen de quebranto y deterioro que ofrecía la ciudad y en particular el sórdido aspecto de esta área de La Habana antigua. El impulso modernizador pronto tomó por asalto al Paseo del Prado. Así, en 1902, la alameda resultó la primera calle de nuestra ciudad en poseer pavimento de asfalto. Tan crucial acontecimiento no escapó a la crónica social. La revista El Fígaro se hizo eco del suceso, y con gran júbilo y no poca cautela acotó: “Tócale ahora a la Habana entrar en el concierto de las ciudades de calles asfaltadas; pero mucho tememos que con la clase de carretones que aquí se estila y la carga que encima se les echa, tenga el futuro pavimento de nuestras calles la vida de las rosas.”
Las obras de remozamiento y embellecimiento acometidas por la administración del general Leonardo Wood convirtieron la parte central de la alameda en un moderno bulevar, que ahora entroncaba en la ensenada de La Punta con La Glorieta, una suerte de templo griego construido para los conciertos vespertinos de la banda municipal. Pero al intentar dejar constancia para la posteridad de las labores, se incurrió en un hecho insólito, se fijo en el inicio calzada una tarja de bronce que contenía una errata de imprenta en el nombre del gobernador militar como veremos:
Prado
Reconstruido
1902
Lenoard Wood U. S.A
Gobernador General
de la Isla de Cuba
Lieut W. J. Borden,U.S.A.
Jefe de Ingenieros de la Ciudad De La Habana
W.N.Mc. Donald.
Ingeniero de la obra
La joven República se adentró en el siglo XX con pretensiones de modernidad. La notable vía habanera irrumpió como un auténtico laboratorio de ideas y nuevo espacio de creación, capaz de erosionar los antiguos códigos formales, estilos históricos y maneras de hacer. Sobre este particular momento, la profesora e investigadora María Victoria Zardoya escribió:
Fue en las edificaciones del Paseo del Prado donde primero apareció el eclecticismo, estilo que después se extendió por toda la ciudad y para todas las clases sociales. A partir de un esqueleto neoclásico heredado del siglo XIX y con las restricciones dimensionales fijadas por las regulaciones urbanas, se hizo uso, ya desde el propio 1900. (…) Fue también el Prado donde por primera vez, se proyectó un edifico de vivienda netamente historicista. [5]

Obras en la Fuente de la India. Año 1928
En estas reformas, la obligación del portal público corrido modificó numerosas residencias de la calzada, y transformó las plantas de muchas viviendas, apareciendo nuevos portales y logias en la crujía adicional.
No todos los proyectos acometidos en las primeras décadas del nuevo siglo buscaron innovar, modificar o rehacer las antiguas casonas coloniales, también magníficos edificios se levantaron a su vera, impregnándole un nuevo rostro al atractivo paseo. Fruto de la iniciativa privada se edificaron espléndidas residencias, entre ellas sobresalieron la proyectada en 1905 por el arquitecto francés Charles Brun, para el matrimonio de Pedro Estévez Abreu y Catalina de Lasa, heredada poco después por el cónsul norteamericano y magnate de tranvías de La Habana Frank Steinhart, y la diseñada por el arquitecto cubano Hilario Julián del Castillo para Mayor general y ex presidente de la República José Miguel Gómez en la céntrica esquina de Prado y Trocadero. Entre los edificios públicos se edificó el suntuoso palacio de estilo Plateresco, para la nueva sede social del Casino Español de La Habana (hoy Palacio de los Matrimonios y sala de concierto) y el no menos significativo palacio de la Asociación de Dependientes del Comercio (actual sede la Escuela Nacional de Ballet de Cuba), del cual se afirma, resultó el primer gran edificio republicano en el cual se introdujeron novedosas técnicas constructivas como el hormigón armado.
El año 1928

Colocación de los icónicos leones en el Paseo del Prado.
Colmada de acontecimientos trascendentales y catalogado como “año de gracia” por la revista Bohemia, se presentó el año 1928 para la ciudad, que acogió La VI Conferencia Panamericana, el VII Congreso de la Prensa Latina, el arribo del presidente de los Estados Unidos, Calvin L. Coolidge y la visita de célebre aviador e ingeniero norteamericano Charles Augustus Lindbergh, primer aviador en conseguir la hazaña de sobrevolar en solitario y sin escala el océano Atlántico, todo un suceso para la época.
La ocasión resultó propicia para darle un vuelco al ornato público de la ciudad. Bajo la inquieta pupila del dinámico secretario de obras públicas, doctor Carlos Miguel de Céspedes, se inauguró el 20 de mayo con grandiosos festejos, el Parque de la Fraternidad Americana (antiguo Campo de Marte) y se iniciaron las reformas del Paseo del Prado.
En medio de ese efervescente clima de modernidad y espíritu de renovación arquitectónica y urbana que vivió La Habana, a tono con la importancia que cobraba como una ciudad cosmopolita, llegarían las obras de restauro del Paseo del Prado.
Los trabajos formaron parte del Plan Director de La Habana, que contempló el ensanche y embellecimiento de la ciudad, para el cual fue contratado el arquitecto paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, quien durante su primer viaje a La Habana, en el invierno de 1925, realizó entre otros estudios, el Proyecto del Prado y el estudio de farolas y bancos para el paseo, plan que el profesor Roberto Segre definió como “marco escenográfico de las funciones del Estado”[6], encaminado en la línea de deseo del presidente Machado de “adecuar el marco urbano a sus aspiraciones grandilocuentes en las obras simbólicas del Estado.”[7]
Con la promulgación el 28 de julio de 1928 del Decreto No. 1 281, el presidente Machado autorizó al Secretario de Obras Públicas la ejecución de las labores.[8] La disposición gubernamental establecía que las obras de reconstrucción y modificación estarían comprendidas entre las calles Neptuno y San Lázaro, y formarían parte de un proyecto general formulado con anterioridad por el arquitecto Forestier y refrendado por dicho ministerio de gobernación. Los trabajos se estimaban de reconocida necesidad, para la mejor higienización, ornato y embellecimiento de este concurrido sector de la ciudad. El referido mandato presidencial consintió la apropiación de la suma de 170 mil pesos de un fondo de reserva para iniciar de manera inmediata las obras de remoción y demolición comprendidas en el grupo A del citado proyecto. Asimismo, por la naturaleza especial de los trabajos, se prescindió del requisito de subasta para las obras.
El propio decreto hacía notar que por razones de la proximidad del Paseo del Prado al proyectado Capitolio Nacional era indispensable una ornamentación en la alameda que guardará una estética y armonía con la monumental y suntuosa construcción destinada al Palacio del Congreso y precisaba que las obras se clasificaban en varios grupos: Grupo A: Demoliciones y obras de carácter general, como cimentaciones, pretil o muro lateral, placa de bases, jardinería. Grupo B: Instalaciones de alumbrado soterrado con todos los elementos necesarios para establecer circuitos. Grupo C: Trabajos de fundición de hierro y bronce para lámparas ornamentales; cuatro leones de gran tamaño en las extremidades del Paseo y demás trabajos análogos y el Grupo D: Piso ornamental de granito artificial con juntas metálicas.[9]

Hermosa vista del paseo donde se aprecia el monumento al poeta Juan Clemente Zenea y la demolida Cárcel de La Habana.
¿Pero fue suficiente este impulso inicial y el presupuesto asignado para su completa terminación? ¿Tendrían variaciones las obras concebidas en el proyecto original? Como veremos más adelante y a juzgar por lo sucedido, todo hace indicar que el caudal resultó exiguo y que las ideas preliminares fueron rebasadas.
Con la exactitud de una maquinaría suiza de relojería, se iniciaron las obras por los operarios e ingenieros del Negociado de Obras Públicas, que eficientemente dirigía el doctor Céspedes. Su terminación estaba prevista para la simbólica fecha del 10 de octubre.
Transcurrido apenas cinco días de haberse hecho público el decreto presidencial la revista Bohemia ya informaba:
En estos días han empezado, con esa actividad inusitada, ya proverbial en los trabajos que emprende la Secretaría de Obras Públicas, las obras de transformación del Paseo del Prado y para el día 10 de octubre próximo, esa vía presentará un nuevo y más bello aspecto, que será motivo de orgullo para los habaneros.
El arbolado actual del Paseo, mezquino y desigual, será sustituido por otro que este más en armonía con la importancia del mismo. Y esos horribles postes de madera- flagrante atentado a la estética urbana- y esas chatas lámparas ex anunciadoras serán reemplazadas por grandes farolas de las que brotarán torrentes de luz y que serán un poderoso elemento de ornato. [10]
En la medida que fueron pasando las semanas el desarrollo de las obras fue transformando la añeja traza de la alameda. Así, al llegar el día 9 de octubre el Paseo del Prado ofrecía un fastuoso aspecto, y en un ambiente de jolgorio se aproximaba a su tan ansiada inauguración. El dispar arbolado, carente de gracia y atractivo, plantado luego de los estragos que dejó a su paso el devastador huracán de 1926 fue sustituido por 128 vigorosos laureles de aproximadamente cuatro metros de altura. Se construyó un nuevo piso de granito artificial, adornado con dibujos ornamentales enmarcados por juntas metálicas. En ambos extremos del paseo y separados de éste se fabricaron dos isletas en cuyos centros se levantaron sobre nuevas bases las estatuas del escritor y periodista Manuel de la Cruz, el “Mambí de las letras”, como lo definió Raúl Roa y la del bardo bayamés Juan Clemente Zenea. Para su iluminación se dotó, a todo largo del paseo, de artísticas farolas. La realización contempló asimismo un pretil de cantería cubierto de mármol por ambos del paseo, interceptado por pilastras y bancos con asiento y respaldo enchapados en mármol.
Llegada la medianoche, en medio de una expectante animación, el general Machado en unión de su secretario (ministro) de obras públicas Carlos Miguel de Céspedes y del secretario de la presidencia Viriato Gutiérrez procedió a encender las lámparas eléctricas del paseo y así dejar inauguradas las obras. La celebración fue un acto cívico, que se acompañó de una revista militar y contó con la presencia de un nutrido grupo de senadores, representantes de la cámara, veteranos de la guerra, el cuerpo diplomático, funcionarios del gobierno, entre otras personalidades vinculados con el mundo empresarial y comercial.
Al referirse a este suceso el Diario de la Marina en una pormenorizada reseña ilustró el ambiente que allí se vivió, y con interesantes tintes anecdóticos señaló:
El honorable Señor Presidente (…) acompañado del doctor Céspedes, de sus ayudantes y de distinguidas personalidades recorrieron el Paseo, recibiendo de la multitud apiñada en las aceras, en los balcones de las casas, en las azoteas, y en las boca-calles, los aplausos interminables que prodigaban, dirigiéndose al American Club desde cuyos balcones presenció el desfile de las tropas, y la inundación del público que al retirarse las fuerzas militares irrumpió en el Paseo comentando las bellezas del mismo. (…) Muchas felicitaciones recibieron ayer el ingeniero señor Beaumont autor del proyecto del Paseo Martí, y el ingeniero César Guerra, Supervisor de obra, que desde su inicio hasta su terminación estuvo noche y día pendientes de éstas.[11]
Sus guardianes

Vista del paseo luego de las obras de embellecimiento ejecutadas en 1928.
Aunque resultó todo un éxito y un verdadero regalo a la ciudad la inauguración de las obras del paseo, justo es consignar que aún estaba incompleto el mobiliario de la alameda, ocho pedestales vacíos aguardaban la colocación de sus auténticos íconos, la pequeña manada de ocho artísticos leones de bronce, que darían un mayor realce a la composición general del diseño.
Para ello fue necesario un impulso final. El 15 de diciembre desde el palacio de gobierno el ejecutivo cubano dictó el decreto No. 2094 mediante el cual autorizó un crédito adicional, ascendente a 93 mil pesos, para el pago de las obras de “Construcción y colocación de farolas y lámparas ornamentales de hierro y bronce y fundición y colocación de leones y jarrones de bronce fosfórico (…) comprendidas en el grupo C del proyecto”. Hay que hacer notar que este nuevo presupuesto permitió aumentar el número de esculturas, de los cuatro leones previstos inicialmente se pasó a ocho.
En los talleres de fundición de la Secretaría de Obras Públicas fueron modelados los majestuosos leones, tomando como patrón una artística figura propiedad del doctor Carlos Miguel de Céspedes. En su construcción se emplearon viejos cañones en desuso de la época colonial, donados por la Secretaria de Guerra y Marina. El peso de cada pieza alcanzó las cuatro toneladas con una altura de dos metros y medio.
En la madrugada del 31 de diciembre, como regalo de año nuevo, luego de recibir una orden del ministro Carlos Miguel de Céspedes, una brigada de operarios de la Secretaría de Obras Públicas colocó en los pedestales de la alameda los leones de bronce. Los nuevos guardianes del Prado, en pose temeraria y emitiendo potentes rugidos, fueron ubicados a ambos extremos del paseo, es decir, muy próximos a las calles de Neptuno y San Lázaro, y en la intersección de la alameda con la calle Colón. Con el transcurso del tiempo estas dóciles fieras, emblemas de poder y nobleza, también devendrían en símbolos de identidad de la ciudad, al desbordar su entorno físico e incluso llegar a formar parte del logo del emblemático equipo de béisbol Industriales.
Un episodio olvidado
En el año 1956 a raíz de las obras que se ejecutaban en el Túnel de La Habana el arquitecto José María Bens y Arrarte llamó la atención sobre un proyecto urbano que pretendió realizar cambios en la estructura urbana de este eje vial, cuya finalidad era favorecer al automóvil en menoscabo de la memoria histórica y de los valores tradicionales del Paseo. Al referirse a él señaló: “Este proyecto comprende la destrucción total de la Alameda o Paseo del Prado, para sustituirlo por una gran avenida de intenso tránsito, llevándose los árboles a las aceras.”
Semejante propósito sembró la inquietud entre los urbanistas, ingenieros, vecinos de la calle, periodistas y entre miles de habaneros admiradores y vigías de su patrimonio. No pocos intelectuales alzaron su voz o reseñaron en la prensa el costo que representaba para la ciudad tamaña empresa.
Precisamente entre las personalidades que reflexionaron sobre tan nefasto plan estuvo el propio Bens y Arrarte, por entonces Jefe del Departamento de Urbanismo del término municipal de La Habana, quien luego de realizar un conciso análisis del proyecto advirtió:
“¿Cuánto perdería en personalidad La Habana si se convirtiese esta bella alameda como no la tiene Miami, en otra vía más de velocidad? (…) No concebimos nuestra Habana sin el Paseo del Prado, al igual que no concebimos los carnavales y los desfiles citadinos si esa bella alameda; y puestos a so pesar el pro y el contra del proyecto nos inclinamos a creer que es mucho más lo que se pierde al destruirlo que lo que ganaría la Capital con esa transformación.” [12]
Pese a ello, algunos titulares de prensa se hacían resonancia del “novedoso” plan y fueron creando un ambiente de expectación y nerviosismo en la ciudadanía. Entre los cintillos se podía leer: “Ya pronto desaparecerá el Prado Habanero” o en un pie de foto de la alameda, reproducido en un diario, con una mezcla de incredulidad y nostalgia se acotaba: “Se puede concebir que la inigualable sombra de Prado habanero desaparezca para abrir en ella una pista asfaltada de automóviles. Desde hace un siglo hay árboles allí.”
Para disipar el temor y devolver la calma a la urbe, el Ministerio de Obras Públicas anunció públicamente el inicio de obras de mejoramiento y embellecimiento del Prado, las que serían respetuosas de su antigua estructura.
El poeta, escritor e ingeniero Mario Guiral Moreno, desde las páginas del diario El Mundo, en un interesante artículo titulado: Una rectificación plausible, al referirse al propósito de las nuevas obras con júbilo expresó: “El anuncio hecho en días pasados por el Ministerio de Obras Públicas, sobre la próxima reparación del paseo de Martí, además de significar el definitivo abandono del desatinado proyecto a que venimos refiriendo, es una nota francamente alentadora para cuantas personas se interesan en los asuntos urbanísticos, en su doble aspecto estético e histórico, puesto que en aquel se dice que “a la vuelta de unos cuantos días habrá quedado totalmente transformado el mencionado Paseo, y sin que se haya tocado una sola de sus piedras.”[13]
Así se selló un episodio de triste recordación que puso en tensión a toda la ciudad. Fue el principio del fin de un aciago proyecto que nunca debió existir. Las nuevas obras de embellecimiento se ocuparon de la siembra de flores y plantas ornamentales en los canteros laterales, fueron sustituidos los mármoles deteriorados de los bancos, se pulimento el piso del paseo, se limpiaron las estatuas, bustos y ornamentos de bronces y se desinfestó el arbolado.
Camino a nuestros días
Durante los años 40´ invadieron el Prado decenas de establecimientos comerciales y gastronómicos, los cuales con su correspondiente imagen publicitaria afectaron el carácter del viejo paseo. Asimismo tuvo lugar un éxodo de sus antiguos vecinos, en su mayoría familias ricas, hacia otras áreas de la ciudad. Del igual modo, fue víctima en determinados momentos de la propaganda política y de la fiebre electoral republicana, y se cubrió de numerosos pasquines.
Los cambios políticos ocurridos con el triunfo de la Revolución provocaron una nueva corriente migratoria de las familias de alto poder económico que aún vivían en este importante corredor. Con la crisis económica de las últimas décadas, el Paseo del Prado perdió una buena parte de las funciones primordiales que había desarrollado. Aparecieron nuevos usos, entre ellos escuelas primarias, círculos infantiles, talleres y almacenes de organismos estatales, los cuales unidos a la presencia de un hábitat tugurizado afectaron su imagen.
A partir de 1995 se inició un proceso de recuperación, principalmente en la red hotelera y extrahotelera, condicionando la rehabilitación, no solo a los inmuebles sino también al entorno inmediato a fin de mejorar el ambiente urbano. Se recuperaron antiguos y emblemáticos hoteles como el Telégrafo, Saratoga, Parque Central y Sevilla, y fueron ampliadas sus capacidades de alojamiento.
En los últimos años este privilegiado espacio público ha sido si sitio de reunión de personas que desean permutar sus viviendas. Al propio tiempo sede de festivales deportivos, recreativos y culturales por el día de los niños; llegado incluso a acoger obras de gran formato durante la Bienal de La Habana. Todavía muchos habaneros recuerdan la jaula de leones (obra de Roberto Fabelo) situada casi al inicio de la Alamada.
Dando continuidad a las acciones de rehabilitación que por espacio de varios años ha ejecutado la Oficina del Historiador en este céntrico corredor, desde el pasado año 2012, se iniciaron un grupo de obras que por su envergadura y enfoque integral lograrán un mayor impacto urbano. Entre las actuaciones previstas se encuentran la reanimación del espacio público, el fortalecimiento de la centralidad de esta arteria, el reordenamiento del tráfico y la movilidad en la concurrida intersección de Prado y Neptuno. Asimismo el mejoramiento del fondo habitacional, y de las fachadas de no pocos inmuebles que acusan el lógico deterioro por el paso de los años y/o la pérdida de sus actividades tradicionales.
En este laudable esfuerzo acompañan a la Oficina del Historiador las autoridades de la ciudad y el municipio de La Habana Vieja además de otras entidades sectoriales y territoriales.
Estas intervenciones comprenderán al mismo tiempo acciones en algo más de 30 inmuebles con inadecuadas condiciones de habitabilidad, mientras como colofón se ejecutarán las obras de restauración del Capitolio Nacional, simbólico edificio de monumental volumetría considerado entre las grandes edificaciones construidas en Cuba en todos los tiempos.
Una vez concluidos los trabajos de restauración en el Prado, este reforzará su esplendor, su carácter polifuncional y continuará siendo uno de los lugares más vivos y atrayentes de la ciudad.

8. Hotel Packard. Moderna instalación hotelera que asoma al Paseo del Prado.
[1] La Habana Literaria. Revista quincenal ilustrada. Año: I, No. 2, Septiembre 30, 1891.
[2] Enrique Sosa. La Habana de principios del Siglo XIX, En: La Habana /Veracruz, Veracruz / La Habana. Las dos orillas. Universidad Veracruzana, México, 2010. p. 201
[3] El concejal Francisco Piñeiro fue comisionado por el Comité Liberal del barrio de San Lázaro para solicitar al ayuntamiento habanero cambiar el nombre de la calle Prado por el de Avenida José Martí, en vista de haber sido designado el parque el Parque Central para la erección de la estatua de José Martí. El 7 de noviembre de 1904, luego de su petición y de la oportuna propuesta del también concejal Avelino Barrena, el cabildo acordó cambiar el nombre por el de Paseo de Martí. Para más información ver: Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Originales. De 4 de noviembre de 1904 a 27 de marzo de 1905. Folios 7, 8 y 9.
[4] Jurisprudencia en Materia de Policía Urbana. Decretos, acuerdos y otras resoluciones sobre dicha materia dictados por el municipio de La Habana. Imprenta y Librería, La Moderna Poesía, La Habana, 1924. p.129
[5] Zardoya, María Victoria. “Algo más del estilo sin estilo”, Arquitectura y Urbanismo. No. 4, 2001. p. 94
[6] Segre, Roberto: “El sistema monumental en la Ciudad de La Habana: 1900-1930”, en Revista de la Universidad de La Habana, No. 222, enero-septiembre de 1984, p.189
[7] Ibídem. p.191
[8] Gaceta Oficial. Año XXVI, Núm. 29. Habana, viernes 3 de agosto de 1928, Tomo: II, pp. 2098 y 2099
[9] Idem.
[10] Revista Bohemia. Año XX. Núm. 32, Vol. 20, La Habana 5 de agosto de 1928. p.33
[11] Diario de la Marina. La Habana, miércoles 10 de octubre de 1928, Año. XCVCI. Núm. 283. pág. 16
[12] El Mundo. 30 de septiembre de 1956. En la colección facticia de Emilio Roig, Tomo: 95, Folios: 178 y 179
[13] El Mundo. 19 de Diciembre de 1956. En colección facticia de Emilio Roig, Tomo: 95, Folio: 184

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