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Diálogo con Frei Betto

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Frei Betto en la Mesa Redonda del 30 de enero de 2019. Foto: Roberto Garaycoa / Mesa Redonda

No lo conozco personalmente. He seguido sus pasos a través de su modo de obrar y sus publicaciones. Recién lo escuché en el espacio de la Mesa Redonda de nuestra Televisión. Compartimos, en lo fundamental, nuestras preocupaciones sobre el mundo contemporáneo y el enfoque de los problemas de la educación, situados a contracorriente de las tendencias dominantes en la actualidad.

Coincidimos en defender, cuando gran parte del planeta bordea el abismo, la necesidad de reafirmar la posibilidad de un mundo mejor en el batallar martiano a favor del mejoramiento humano, razones de mi apego tozudo al magisterio como vía de diálogo con las generaciones emergentes.

Junto a Frei Betto, a riesgo de parecer anacrónica, sostengo el rescate de un proyecto humano volcado hacia un horizonte utópico, y por la búsqueda de una felicidad verdadera cimentada en el derecho a soñar, en la participación social responsable y en los valores del espíritu. Lo hago sin desconocer los datos de una realidad que a veces nos abruma, signada por carencias materiales y conductas condicionadas por apetitos insaciables, la envidia, la mezquindad y el arribismo.

Sin embargo, la realidad no se define por el contraste primario entre blanco y negro. Tras la tempestad, se ilumina la hermosa variedad cromática del arcoíris. Las secuelas del devastador tornado que se abatió sobre La Habana ofrecieron una muestra palpable de la diversidad de comportamientos. Se manifestaron los indiferentes y los aprovechados. Se manifestaron también quienes entregaron horas de desvelo a las tareas restauradoras más urgentes y quienes movidos por el impulso de una solidaridad espontánea prestaron ayuda a los más necesitados, ofrecieron agua al sediento y pan al que nada tenía, quienes contribuyeron, en el fango y a mano limpia, sin demandar reconocimiento alguno, a levantar escombros. Muchos eran jóvenes, de esos que observamos con mirada crítica por el modo de vestir y de acomodarse el cabello.

Las palabras de Frei Betto me inspiran una reflexión. La ciencia pedagógica es uno de los puntales básicos de la filosofía. Ambas tienen como propósito desentrañar el sentido de la vida de los seres humanos en la Tierra.

Por ese motivo, no son neutrales. Se comprometen en la política, considerando este término en su acepción más abarcadora, aquella que procede de su origen etimológico, la polis griega. Maestro itinerante, Sócrates fue condenado a muerte. Asumió su destino con la mayor serenidad. Tuvo que beber la cicuta. Giordano Bruno fue condenado a la hoguera. Para proseguir su obra, Galileo Galilei se retractó.

En los días que corren, neoliberalismo y humanismo —concepto este que no debe confundirse con humanitarismo— responden a posiciones antagónicas irreconciliables. En el terreno específico de la enseñanza, el primero propone la producción de especialistas al servicio de las demandas transitorias del mercado laboral. En el segundo caso, se trata de formar a personas para alcanzar el pleno desarrollo de sus facultades, conscientes del proceso histórico, capaces de discernir con espíritu crítico entre la diversidad de caminos que se bifurcan, responsables de sus actos en lo personal y en lo social. Ambas posiciones tienen su correlato ético. El neoliberalismo exacerba la competitividad, el individualismo exalta el triunfo de los más fuertes sobre los perdedores, débiles y vulnerables. Para lograr esos fines todo vale.

Pocos recuerdan a Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar. Acogió al niño para nutrir su inteligencia, su espíritu y su corazón. Adelantado a su tiempo, fue un precursor. Viajero infatigable, su mirada se proyectó hacia el futuro de nuestra América cuando aún no se habían iniciado las guerras de independencia. Conocía a fondo las tendencias de pensamiento dominantes en Europa. Intuyó las fisuras en la obra de los enciclopedistas, la empresa gigantesca que definió el llamado Siglo de las luces.

En una Francia que incorporó las ideas mercantilistas a partir del programa implantado por Colbert, intendente de hacienda de Luis XIV, los enciclopedistas establecieron una noción de progreso bajo el impulso de la técnica divulgada a través de las espléndidas ilustraciones que acompañaban su gran libro. Discrepante, pobre y solitario, Juan Jacobo Rousseau indagó acerca del origen de la desigualdad entre los hombres, renovó los conceptos prevalecientes sobre la educación y rindió culto a la naturaleza.

Al emprender el camino hacia Roma, donde el Libertador haría su célebre juramento, en marchas emprendidas en gran parte a pie, como peregrinos del saber y de la emancipación humana, Simón Rodríguez impuso un rodeo. Había que pasar por Ginebra, patria chica de Rousseau, para inclinarse ante la memoria del autor de Las ensoñaciones del paseante solitario, Las confesiones y Emilio.

Quise ser maestra. Cuando me someto, como siempre lo hice, al cotidiano examen de conciencia, no dejo de preguntarme si he cumplido mi propósito de manera cabal. Subestimado, mal remunerado en todas partes, el magisterio, más que oficio, es tarea de misionero. Se ejerce dentro y fuera del aula. Lo hizo Fidel con sus compañeros en la prisión de Isla de Pinos. Lo siguió haciendo ante las multitudes de la Plaza, a través de las pantallas de la televisión y en los grandes foros internacionales. Nos estaba enseñando a pensar.

Coincido con Frei Betto en que el cerebro no se reduce a un almacén de conocimientos inertes. No predico la ignorancia. Todo lo contario. Pero, el saber verdadero pasa por la mente y el corazón, es el nutriente esencial de la vida y del espíritu, lo más hermoso que guardamos oculto en nuestro interior, tal y como decía Martí a María Mantilla.

Mi residencia está en la Tierra, cuando mi tiempo se abrevia, cumplido ya mi tránsito mayor. Reclamo junto a Frei Betto la necesidad de no caer en las trampas seductoras de una supuesta modernidad, de seguir andando con la mirada puesta hacia adelante, hacia un horizonte donde perdura la llama de una utopía que ha de convocarnos a la salvación de un planeta amenazado.

Se han publicado 4 comentarios



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  • Sara Santacruz Vinueza dijo:

    Profunda, sabua hasta decir basta. Gracias Revolución Cubana por proporcionar seres de esa magnitud. ojala sigan fructuficando en otros y otras esas dimenciones

  • JCastellóG dijo:

    NADA MÁS OPORTUNO Y NECESARIO PARA ESTOS TIEMPOS QUE CORREN, INCLUYENDO LOS DE NUESTRA QUERIDA PATRIA.
    GRACIAS POR ESA LUZ, QUE TANTA FALTA HACE EN ESTE MUNDO

  • Raysa Lucía Ricardo Guibert dijo:

    Muy lúcido y valioso, como todo lo escrito por esta brillante celebridad, para orgullo nuestro, cubana.
    Gracias, Cubadebate,

  • Daniel Noa dijo:

    Gracias, Mestra…Por compartir su sabiduría, su elocuencia y su tino…siempre con oportunidad y uso inteligente de las palabras…Es una pena que muchas personas con responsabilidades en la esfera del trabajo informativo, político e ideológico no se alimenten de su caudal y sean capaces de generar puntos de vista como usted lo hace…partiendo del espacio que usa en Juventud Rebelde…Reciba un sincero y cordial abrazo…

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Graziella Pogolotti

Graziella Pogolotti

Crítica de arte, ensayista e intelectual cubana. Premio Nacional de Literatura (2005). Presidenta del Consejo Asesor del Ministro de Cultura, vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y presidenta de la Fundación Alejo Carpentier.

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