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Indiferente o prisionera

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El Papa Francisco en la Misa que presidió este jueves 30 de noviembre en Myanmar. Foto: Edward Pentin/ ACI Prensa.

El Papa Francisco en la Misa que presidió este jueves 30 de noviembre en Myanmar, en una visita inédita al país asiático. Foto: Edward Pentin/ ACI Prensa.

De Birmania, tal vez comenzamos a escuchar en 1962, mucho más que antes, aunque de forma indirecta, porque ese era el país del entonces secretario general de la ONU, U Thant, quien para la fecha, en medio de la llamada crisis de los misiles, o crisis de Octubre, visitaba La Habana en misión imposible.  El primer ministro cubano Fidel Castro lo recibió con el respeto y la hospitalidad que lo caracterizó siempre, pero con su proverbial dignidad le  reafirmó que nada de inspección internacional al territorio independiente y soberano.

Décadas después, en el siglo que corre,  esta nación del Sudeste Asiático de más de 50 millones de personas, que linda con India, Bangladesh, China, Laos y Tailandia, ha ganado relevancia mediática, aunque con el nombre cambiado por un decretazo de 1989 de una de las juntas militares en el poder  que han prevalecido en la vida política independiente desde 1947.  Hoy se llama oficialmente Myanmar, sin que mediara una adopción parlamentaria ni tampoco un referendo.

De ahí que dentro y fuera de las fronteras nacionales se le identifique indistintamente en medios informativos e institucionales  de acuerdo con afinidades políticas y así mientras con intención salomónica la Unión Europea opte por denominarla Myanmar/Birmania, Naciones Unidas se acoge al nombre gubernamental establecido.   Al propio tiempo el uso del nombre es objeto de amplia controversia en ámbitos académicos lingüístico, en los que se consideran hasta  factores étnicos,  fonéticos y ortográficos.

Sin embargo, la actual crisis en Myanmar o Birmania está bien lejos de ceñirse a cuestiones de patronímicos y gentilicios, sino que se enraízan en un contextura multiétnica y religiosa  en la que se reconocen cerca de 130 grupos, algunos de ellos más identificados con sus iguales de los países fronterizos mencionados, que al trazado colonial, interesado y arbitrario  del imperio británico al igual que ocurrió en África. Y por supuesto, que aplicando allá u acá la regla de oro colonialista de favorecer a una etnia para la post independencia, que en el caso que nos ocupa correspondió a los burmas en las áreas centrales más ventajosas en tierras, infraestructuras y otros recursos.

Así la vida independiente de este país asiático ha transcurrido caracterizada por continuos enfrentamientos bélicos entre el poder militar e insurgencias étnicas reivindicadoras de reconocimientos de identidad cultural y mejores condiciones de vida en un reparto de riquezas que solo alcanza a las élites centralizadoras;  y entre esa posicionada casta castrense y las capas medias cultivadas en pos de la democratización y modernidad birmanas.

En 1990, la junta militar perdió abrumadoramente los comicios electorales ante la Liga Nacional para la Democracia (LND), y el gobierno simplemente ignoró los resultados y lanzó una oleada de represión contra líderes opositores, incluida Aung San Su Kyi, bajo reclusión domiciliaria y beneficiada después con el Premio Nobel de la Paz, un personaje insoslayable para aproximarse analíticamente a las actuales complejas problemáticas de Myanmar.

Tras distintos arrestos de este tipo de varios años, y bajo una fuerte presión internacional, el gobierno del general Thein Sein en una moderada apertura liberó en 2010 a cientos de prisioneros políticos, y entre ellos a la presidenta de la LND, como parte de un paquete de medidas como el alivio a ciertas restricciones a los medios, liberalizar la economía y entablar un proceso de conversaciones de alto el fuego con los grupos étnicos armados, que prosiguen hoy.

Al fin en 2015 tienen lugar las primeras elecciones verdaderamente libres, en las que previsiblemente LND arrasa, sin que Aung Sein pueda aspirar a la presidencia, puesto que una ley adoptada a propósito por los militares, se lo impide implícitamente debido a que es viuda de un británico y con dos hijos de igual ciudadanía.

Pero de hecho desempeña funciones ejecutivas decisorias equivalentes desde su actual puesto de Consejera de Estado del presidente electo, que proviene del partido vencedor. Con ella dialogan gobernantes extranjeros y con ella lo acaba de hacer en visita inédita para un jefe de la Iglesia Católica, el Papa Francisco.

El Sumo Pontífice centró esta presencia en interesarse en la suerte de la población rohingya, una minoría calculada en algo más de un millón de habitantes, concentrada en el estado birmano de Rakain, que profesa el islamismo y sometida según denuncias y constataciones de agencias de Naciones Unidas a discriminaciones, persecuciones, agresiones físicas y quemas de mezquitas  y hasta hoy día se señala que es víctima de una limpieza étnica orquestada por la élite militar dominante y extremistas budistas.  En Birmania predomina el budismo, y alrededor de 700 mil profesan el catolicismo.

Mientras existen evidencias certeras de generaciones de rohingyas desde el siglo XIX, las autoridades gubernamentales siempre tildaron a esa población de inmigrantes bengalíes, un término despectivo, a quienes procedían de Bangladesh, y en consecuencia les privaron de un conjunto de derechos que incluían el de identidad ciudadana, adquisición de tierras y reproducción familiar .

Bajo tales premisas se protagonizó en cuestión de pocas semanas la expulsión masiva y violenta  de unos 600 mil roghinyas hacia Bangladesh, que también visitó Jorge Bergoglio, y en los dos países se abstuvo, convenientemente aconsejado,  de mencionar el gentilicio maldito para evitar incomodar al gobierno birmano, en las misas que ofició. En ambas estancias propugnó genéricamente por la convivencia interreligiosa.

Ocurrió que el jefe del ejército, Min Aung Hlaing, a quien se responsabiliza de lo que la ONU considera “limpieza étnica de manual”, pidió con éxito cambiar el primer día de la agenda papal, de tal suerte que ambos se reunieron antes de que el Obispo de Roma se encontrara con Aung San Suu Kyi.

Al la actual mandataria de facto se le ha recriminado bastante dentro y fuera de Myanmar el silencio que ha mantenido ante la tragedia de los roghinyas, lo que va desde decepcionante hasta merecedora de que se le retire el Premio Nobel, un pedido por demás fútil si antes no se les despojara a otros precedentes personajes siniestros como el que fuera secretario de Estado Henri Kissinger, tan vinculado a la política genocida contra Vietnam y  la entronización de la sangrienta dictadura de Pinochet.

Solo queda dos preguntas por formular: ¿Es ella indiferente al asimilar el chovinismo budista extremo? o ¿a despecho de su victoria electoral sigue siendo una prisionera de sus viejos carceleros militares?

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Hugo Ríus

Hugo Ríus

Periodista de Prensa Latina. Msc profesor titular de la Facultad de Comunicación. Premio Nacional de Periodismo José Martí.

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