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Un mar de recuerdos

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Impresionantes olas en el malecón habanero provocadas por el huracán Irma. Foto: Jennifer Romero/ Cubadebate.

Impresionantes olas en el malecón habanero provocadas por el huracán Irma. Foto: Jennifer Romero/ Cubadebate.

Vecino al fin al cabo durante décadas de una de las zonas de El Vedado cercanas al litoral, mi familia ha testificado con pesar los efectos de entradas periódicas de marejadas y elevadas olas, inundaciones, la tristemente célebre dramática “tormenta del siglo” hasta el reciente arrasador huracán Irma, del que más de dos semanas después todavía no hemos terminado,  y así será por algún tiempo adicional, de restañar las heridas dejadas.

Siempre en algunos de estos episodios, escucho de muchos mayores que yo, unos con notorio hálito religioso y otros con miradas de pretensión científica una expresión coincidente como la de que “el mar reclama lo suyo”, lo que en los días que corren se relaciona en foros mundiales competentes con pronósticos de subidas del nivel de aguas oceánicas influidas por el calentamiento global y el cambio climático.

De cualquier forma este anegado litoral me trajo viejos recuerdos infantiles relacionados con el área golpeada, tal es el caso de que la actual denominada calle E, en una de cuyas confluencias habito, fue en tiempos atrás más conocida como calle Baños. Y en efecto en la década de los años 40 del siglo pasado, muy pequeño, mis padres me llevaron algunas veces a disfrutar de las aguas de mar en unas pocetas cercadas por unas celosías de madera por las que familias pagaban un módico precio para mantener una cierta privacidad.  Era tal vez el último rezago de antiguo pudor en una época en que predominaban las playas abiertas y el uso de trusas más o menos atrevidas.

En las temporadas veraniegas me llevaban a diario, desde el barrio de Luyanó de mis orígenes, en viajes de tranvías hasta la esquina de Línea y 12, donde un autobús transportaba a los inscriptos al Balneario Municipal (hoy Círculo Cámilo Cienfuegos) uno de los excepcionales refugios gratuitos para pobres que ofrecían baños de mar en remedos naturales de piscinas de dura roca, a las que había que entrar con zapatillas protectoras  y en las parte más hondas  aventurarse asidos a una larga soga.

A principios de la década de los años 50, un poco más crecidito, mis padrinos de bautismo me llevaron a una fiesta infantil en una holgada casona de clase media, que según mis cálculo estaría situada por lo menos en la calle 3ra, y quien sabe si en 5ta, pero con toda certeza lo que se contemplaba desde el ancho portal de la vivienda era una superficie de lo que llamamos “diente de perro”, hasta donde podía llegar el mar ocasionalmente en desfavorables tiempos atmosféricos, sin que yo recuerde la ocurrencia allí de calamidades, ni que mi padre, lector de tabaquería hubiese transmitido noticia al respecto a sus atentos torcedores.

Por lo visto eran los estertores de una más armónica convivencia entre los pobladores de la zona de referencia y la naturaleza, puesto que el anhelado y antiguo proyecto de ampliación del Malecón  habanero estaba a punto de materializarse constructivamente, como parte de un febril afán de modernidad y monumentalidad urbanística, y su concomitante boom de edificios de apartamentos de viviendas.

Así los que atraídos por las ventajas y los atractivos de un área tan moderna y pegada al litoral de El Vedado, han desarrollado por fuerza una cultura de pertinaz y corajuda  resistencia y de sobrevivencia a los caprichosos embates del mar que con mayor o menor furia marca su territorio, sin más alternativa que adaptarse a donde han forjado sus vidas familiares y sociales  o intentar desplazarse.

Ni trajino con elucubraciones esotéricas ni mucho menos oso realizar un ejercicio de intrusismo en el campo del rigor científico. Pero como simple mortal interpreto lo de que “el mar reclama lo suyo” como que la naturaleza sigue mandando, que no somos dioses para alterar sus leyes, y que al igual que escribió una vez Federico Engels la fe en lo sobrenatural solo desaparecerá cuando el hombre entable una relación racional con la naturaleza.

Esto último a mi juicio, debe interpretarse  en que si  lo mal hecho en el pasado no puede revertirse, al menos en lenguaje de plena actualidad en someter todo proyecto de desarrollo material futuro al estudio de los previsibles impactos ecológicos ambientales. Por cierto, un denodado empeño, contra viento y marea, y contumaces violadores  en el que el Instituto de Planificación Física merece el respetuoso reconocimiento de la ciudadanía. Ya lo vemos actuar con la energía y persistencia requeridas, rescatando litorales y manglares de las abusivas depredaciones humanas.

El mar no solo arrastra recuerdos, nos alerta y advierte.

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Hugo Ríus

Hugo Ríus

Periodista de Prensa Latina. Msc profesor titular de la Facultad de Comunicación. Premio Nacional de Periodismo José Martí.

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