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Michel Mirabal, 20 años pintando “la patria”

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Como parte del programa de la XI Bienal de La Habana, sus obras fueron expuestas en parque Morro-Cabaña y de conjunto con raperos, el dúo Buena Fe, el trovador Vicente Feliú y Juan Formel y los Van-Van, organizó, en el cine-teatro “Acapulco”, la acción-concierto “Créeme”. En la foto Vicente Feliú canta y Michel Mirabal pinta.

Como parte del programa de la XI Bienal de La Habana, las obras de Michel Mirabal fueron expuestas en parque Morro-Cabaña y de conjunto con raperos, el dúo Buena Fe, el trovador Vicente Feliú y Juan Formell y los Van-Van, organizó, en el cine-teatro “Acapulco”, la acción-concierto “Créeme”.

¿Qué nos ata a la tierra en que nacimos? A ciencia cierta no lo sabemos y no podemos definirlo con certeza. Se puede vivir en cualquier lugar del mundo, los abuelos españoles y africanos nos lo demostraron; pero murieron soñando ver y, a veces, hasta volver a sus patrias.

Durante años me he preguntado por los significados que tienen los símbolos “bandera” y “Patria”.

La Patria no es nadie y es todo. No son solo las estatuas de bronce o mármol, frías, que nos contemplan y que contemplamos, orgullosos. No son solo las hazañas de nuestros héroes y mártires; no es solo el escudo, la bandera, el himno. La Patria no somos los que nos hemos quedado a vivir en esta tierra ni los que se han ido de ella a vivir a otras partes del mundo. No es una guitarra, ni una ropa, por muy típica que digan que sea. No es una comida, ni un cuadro, ni un poema, por mucho que la evoquen. La Patria no son solo los que nos enseñaron a quererla, ni los que la fundaron, porque ellos querían fundar una Patria, pero no sabían cómo y cuál estaban fundando; ahora bien, todos si coincidimos en que una representación de la Patria es la bandera; y el  pintor Michel Mirabal Martínez, 20 de junio de 1974, pinta la bandera cubana, entre otras cosas.

De una familia de artistas, nieto de Martha Jean-Claude, Michel es graduado de la Escuela de Diseño, cursó estudios en la Academia de San Alejandro, y comenzó a pintar hace 20 años. Ha trabajado en la casa productora del ICAIC y en el Ballet Nacional de Cuba. Éxito ha tenido y eso lo demuestran su participación en más de 57 muestras personales y colectivas en Argentina, Canadá (Toronto), Cuba, República Popular China, República Dominicana, Estados Unidos  (Chicago, Nueva York, Los Ángeles), España (Marbella, Palma de Mallorca, Santander), Francia (París), Gran Bretaña (Londres), Haití, Italia (Venecia y Jessolo), Jamaica, México, Panamá y Portugal.

 

Sus obras integran colecciones de importantes museos, fundaciones y muestras privadas entre las que se destacan los museos Rockefeller; los de Bellas Artes de Medellín y Bogotá en Colombia; las fundaciones “Martin Luther King” y Afroamericana de Nueva York, y las colecciones de Gabriel García Márquez, Mohamed Alí, Donald Trump, Danny Glover, Angela Mizzoni, Quincy Jones y Carlos Santana, entre otros.

 

Michel ha ganado varios lauros, entre los que cuentan el Primer Premio de Dibujo Salas, Santo Domingo, República Dominicana; la Medalla de Plata Expo Trastiendas por la Asociación Nacional de Galerías de Argentina a la mejor exposición extranjera, Buenos Aires, Argentina; el Primer Premio Dibujo Maxin, Miami, Florida; el Primer Premio Mundial Beca Rockefeller de artes plásticas[i], Nueva York , EE.UU., entre otros.

 

La pintura de Michel, como la de otros artistas plásticos contemporáneos, se integra a una corriente actual del arte como todas, demuestra que se han desplazado los polos artísticos que, desde casi siempre, habían sido ocupados por los lugares primarios de desarrollo y que decidían, en el escenario del arte, los temas y las tendencias en el mundo. Occidente decae, y a sus puertas, al sur del mundo, y en este caso en el centro, se producen las versiones más originales del arte de nuestros días, aún cuando no todas las vocaciones y talentos puedan desarrollarse en países subdesarrollados por lógicas razones económicas, políticas y sociales.

 

Europa y los Estados Unidos fueron los puntos focales de los hacedores de  arte, ahora son territorios de mercado fundamentalmente, y las otras zonas, antes “desconocidas”  y hasta “vírgenes” se constituyen centro de atención, porque de ellas vienen los artistas, que han hecho, con sus obras, de sus territorios, centros de interés para galeristas y coleccionistas.

 

Ninguna obra está exenta de conflictos, sin ellos no hubiese obra y en la de Michel Mirabal está la Cuba de hoy, reflejando alegrías e insatisfacciones; por otra parte, sucede también que el artista rechaza representar del modo simplista a Cuba, lejos del estereotipo de Occidente y del mercado; un estereotipo que hace daño, muy extendido y que a veces se considera pintura menor, porque es “étnica”, en el uso de códigos y términos semiológicos y lingüísticos, para describir el arte procedente de territorios considerados “fuera o más allá” de los circuitos.

 

Michel, comprometido con su pueblo y su tiempo, pinta los símbolos de la Patria, como materia fantástica, sin extenderse demasiado en su realismo, su técnica expresa firmeza, así como lo expresan sus colores, el rojo, el blanco y el azul, a pesar de ser daltónico. Michel Mirabal, que perdió el sentido del olfato a los 7 años, “huele” los colores, y por ese olor se orienta, tratando que su obra refleje no solo realidades si no también los sueños.

 

Otros mundos que aparecen en su pintura son elementos icónicos, como las manos, las tazas, las sábanas, las calles, las banderas y los solares, que algún que otro crítico señala subyacentes en el Pop Art, porque usó los mismos símbolos creados por el sistema para criticarlos, denunciarlos  y regenerarlos, y que están ahí, en el día a día.

No se si sea bueno enmarcar a Michel Mirabal como un artista figurativo, rechazo los marcos y menos los pretextos utilizados para decir que un creador es o no realista mágico o social u otra cosa. Pienso que la realidad de Michel, de su pintura, produce imágenes que nos hablan atrevidamente, alimentando la fantasía, que nos enfrenta a lo que habitamos y vivimos, mostrándolo ante nuestros ojos, para re-descubrirnos que existen en nosotros y más allá de nosotros, también como formas “otras” de la realidad.

Es una representación de destreza, un antimodelo y modelo del contexto, libre, contrapuesto a los antónimos, y si las imágenes que crea un artista no despertaran interrogantes, entonces no sería el artista nadie, como tampoco los fueran las estampas, que repetidas mil veces, nos llaman a repensar y representarnos constantemente la visión que del objeto-sujeto nos construimos a cada instante, en una interminable secuencia, de camino por la vida y hacia el fin de nuestros días.

 

La bandera no es un tema inventado por Michel, ha sido objeto de muchos de los artistas de los últimos años, citemos a Warhol, Johns y Rauschenberg, entre otros, pero Michel la hace distinta cuando la desfragmenta, la une y la separa entre pétalos de rosa y espinas, en un constante proceso de construcción y desguace de la realidad de la Isla.

Michel parte, sin saberlo siquiera, de los presupuestos de la vanguardia cubana de los años 30 y también de la llamada transvanguardia europea, avivando el eterno debate entre lo local y lo universal, sin fórmulas esotéricas ni metafísicas, preservando lo que de naif vale preservar, con un camino propio, doloroso; y como tal, donde lo ligero no es evocación, sino lectura profunda, seria y mesurada de una realidad – drama, hace de la pintura una forma cotidiana, un vivir día a día, una realidad fantástica y una fantasía de la realidad, que va y viene, que acompaña al pintor en su discurso, en sus claves, algo más que una mezcla de imaginación, conocimiento, sentimiento de lo cotidiano, de lo que sucede en las calles, y esto se repite una y otra vez en sus obras.

Hace unos años, vagando por Roma, nos regalamos una visita al imponente edificio del Pantheon de Agrippa, conocido también como la iglesia de Santa María de la Rotonda o como Santa María de los Mártires, tumba de los reyes de la Italia unificada y del genio del renacimiento, Rafael Sanzio; pero esto último Michel no lo sabía.

El imponente edificio donde descansa el autor de “La Crucifixión”, fue erigido en el 27 a.C. lleva grabado en el friso de su pórtico algo que traducido del latín sonaría como: “Marco Agrippa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, (lo) hizo”. La construcción ha inspirado a numerosos arquitectos del mundo y su diseño se le atribuye a Apolodoro de Damasco. Fue mandado a erigir por Marco Vipsanio Agrippa, general, amigo y yerno del emperador Augusto.

Entramos en la iglesia y nos detuvimos ante su imponente cúpula, que arranca de una sobreelevación del muro, a 8,40 m por encima del interior de la bóveda, y después de dar varias vueltas por el salón, “caímos” ante la pared donde descansa Rafael, y entonces se lo dije. Michel se acercó al cristal que guarda el sarcófago y después se alejó, para sentarse durante más de 10 minutos en silencio, en unos bancos que allí existen. Se paró y salió del edificio solo y para regresar al rato con una rosa roja en la mano, y la depositó en un jarrón que está para esos menesteres,  muy serio me comentó “…me acabas de rematar, este era uno de los sueños de mi vida”.

Ese, tal vez, haya sido el momento en que se selló nuestra amistad, que nos acerca en los momentos en que se comparten preocupaciones, nos nacen los hijos o padecemos enfermedades, y que se ratifica también en el orgullo de ver la bandera, su bandera, nuestra bandera, ondear, al tiempo que evoco las notas de la trompeta de Alexander Abreu, en la acción-concierto “Créeme”, cuando recreó la estrofa de nuestro Himno Nacional en la parte “…que la Patria nos contempla orgullosa…”, como clamor de presencia de la Patria, y que como telón de fondo tenía a Michel Mirabal pintando una bandera cubana.


[i] La Fundación Rockefeller le dio una beca en 1996 pero la perdió porque no le otorgaron la visa.

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  • el flaco dijo:

    muy bueno

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F. Vladimir Pérez Casal

F. Vladimir Pérez Casal

Filólogo cubano. Colaborador de Cubadebate.

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