Imprimir
Inicio » Opinión  »

No se por qué piensas tú…

| +

Una de las muestras de cómo ciertas nociones ideológicas prevalecen sobre la realidad, es el precepto liberal asumido como artículo de fe por gobiernos y políticos latinoamericanos, acerca del carácter apolítico del ejército, cosa que, comenzando por la jerarquía castrense, nadie ha creído ni practicado nunca en América Latina. En realidad el generalato ha sido el principal partido político y, junto a los terratenientes y la jerarquía católica, el núcleo de la oligarquía y reserva estratégica del imperio.

Durante siglos el apoliticismo de los militares fue la excusa perfecta para convertir a las cúpulas militares, formadas por generales y almirantes vinculados a la oligarquía en castas privilegiadas, distanciadas de la sociedad, inmunes a la crítica y a la acción de los órganos de control y, mediante una sostenida labor de adoctrinamiento ideológico, hacer que las tropas, jóvenes conscriptos hijos del pueblo llano, confundan el deber para con la Patria con la obediencia a quienes la oprimen.

Al manipular los preceptos asociados al deber y confiar a los militares la tarea de defender el orden establecido, sin admitir que se pregunten nunca por qué lo hacen ni de qué lado está la justicia, las clases dominantes y la oligarquía convirtieron a los institutos militares en baluartes del conservadurismo y la reacción y cómplices del mantenimiento de regimenes ilegítimos, entreguistas represivos y antinacionales.

La alquimia liberal condujo a la fórmula de que todo el que atentara contra el orden establecido, lo que equivale a decir que se opusiera al régimen, era considerado revoltoso, subversivo o revolucionario, camino por el que la reacción avanzó hasta instalar la “ideología de la seguridad nacional” que criminalizó la protesta y la oposición y convirtió al pueblo, a los jóvenes y a la intelectualidad en enemigos internos de las fuerzas armadas.

El esquema fue sistemáticamente reforzado por el fantasma de la amenaza del comunismo, el peligro soviético y de sus agentes, etiqueta que era colgada no sólo a socialistas y comunistas, sino a cuanto ciudadano se sumara a la lucha de los trabajadores y los campesinos por sus derechos y denunciara cualquier manifestación de injusticia social.

En las presentes circunstancias, cuando el movimiento popular y sus vanguardias han aprendido a utilizar, a favor de la causa de las mayorías, los resortes del sistema político vigente y, sin alterar sus bases, en democracia, por vía pacifica y dentro del orden jurídico establecido; las fuerzas armadas y los militares son un factor de enorme importancia, no sólo para el mantenimiento del orden establecido, sino para la forja de uno nuevo y más justo.

En los contextos actuales, a la que vez que se invoca y se preserva el carácter no deliberante de las instituciones militares y se usa el poder que el pueblo concede a sus lideres para producir los cambios estructurales que la época demanda y, con sabiduría y energía, sin prisa pero sin concesiones, se apartan del mando de las tropas e incluso de las instituciones a los generales y almirantes políticamente corrompidos e insalvablemente comprometidos con la oligarquía, es preciso trabajar con las tropas, la oficialidad y los mandos, para sanear las relaciones de las fuerzas armadas con el pueblo y paulatinamente, sumar a los militares al proceso que viven los distintos países.

Los soldados chilenos, argentinos, paraguayos, uruguayos y de otros países que cumpliendo ordenes criminales y por tanto ilegales e inmorales que participaron de la represión contra sus compatriotas, no vinieron de otros planetas ni se forjaron en realidades diferentes a las de sus victimas.

Para que hijos del mismo vientre nacional, actuaran de modo tan diferente, se necesitaron siglos de adoctrinamiento ideológico que corrompieron y envenenaron a los soldados para confundirlos y hacerlos utilizar las armas, que debieron defender al pueblo, dejando de ser defensores de la Nación para convertirse en salvaguardas de camarillas criminales.

No es correcto convertir a las presentes generaciones de soldados y oficiales en rehenes de un pasado que los trasciende ni culparlos a priori por los desmanes cometidos por otros, como tampoco absolver a las fuerzas armadas de sus errores históricos.

Parte del papel de la vanguardia política es trabajar por integrar a los militares al proceso y convertirlos en sostén de la democracia más genuina implícita en los actuales procesos populares y en baluarte de las conquistas populares. Nadie dice que sea simple o fácil, sólo se afirma que es imprescindible.

NO SÉ POR QUÉ PIENSAS TÚ

No sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.

Tú eres pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?

Me duele que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.

Pero no por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.

Ya nos veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
a dónde vamos yo y tú…
¡no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!

Nicolás Guillén
1937

Haga un comentario



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional.

Vea también