LA CORTE PREMIA EL ATROPELLO

Veinte años después que el buque petrolero Exxon Valdez provocara, en un área de mil novecientos kilómetros cuadrados de Alaska, uno de los mayores desastres ambientales de la historia de la navegación, el consorcio Exxon (ahora ExxonMobil) ha sido "condenado" al pago de 500 millones de dólares por concepto de indemnización, apenas una décima parte de la que le fuera fijada hace diez años por el tribunal que primero juzgó el caso. La sanción fue modificada por el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito de Estados Unidos que rechazó el veredicto inicial por considerarlo demasiado severo con la empresa.
Los entendidos en temas marítimos catalogan la nueva sanción como un premio, un permiso y un estímulo para los desatinos que originan los derrames de combustible en la navegación.
Greg Palast, el conocido investigador estadounidense de fraudes y bandidismo corporativo devenido periodista y radicado en Gran Bretaña, trabajó en la reclamación presentada por los nativos perjudicados. En su artículo "Recompensa la Corte a la Exxon por el derrame del Valdez", publicado en el periódico Chicago Tribune el 26 de junio de 2008, Palast cuenta cómo se fraguó este escabroso atropello:
"Cuando el 24 de marzo de 1989 el buque petrolero Exxon Valdez encalló contra el arrecife y se rajó, el capitán no estaba cerca del timón, sino durmiendo una borrachera fuera de la cubierta. El hombre que había quedado a cargo, un tercer oficial, nunca habría chocado contra el arrecife si hubiera mirado su radar. La razón por la que no lo hizo fue que el radar no estaba encendido. El complejo sistema de radar Raycas es costoso de operar. Y la austera empresa Exxon (ahora ExxonMobil) tenía en el buque una versión del Raycas que se había descompuesto y el equipo hacía un año que estaba inutilizado
"Inmediatamente después del derrame, yo fui traído a Alaska por los nativos, cuyo entorno, sus medios de sustento y sus fuentes de alimentación se habían contaminado con el crudo de la Exxon. Mi misión era investigar los fraudes de la compañía petrolera que pudieran haber sido causa del desastre. Los había en abundancia.
"En San Diego, me reuní con el jefe de producción de la Exxon, quien comenzó diciéndome: -Admítalo, los derrames de petróleo son lo mejor que pueda ocurrirles a estos nativos.
"Los petroleros les ofrecieron unos cuantos centavos y unieron a ello un trato cruel a nivel de lo toman o lo dejan. Tuvieron que esperar 20 años por los centavos que ahora recibirán. La Exxon es inmortal, pero los nativos mueren.
"Y así ha sido. Un tercio de los pescadores y cazadores de ballenas con quienes traté, se han muerto. Ahora sus familiares cobrarán, dos décadas más tarde, una décima parte de lo que les corresponde."
El periodista investigador, en su escrito, pone al descubierto la serie de tecnicismos que sirvieron para el fraude que encubre la decisión judicial y revela la verdadera historia de lo ocurrido, bien distinta de la historia oficial que hizo contar la Exxon.
En el veredicto de la Corte, el juez actuante afirma que en el descuido que provocó el derrame no había interés de lucro, por lo que la compañía fue exceptuada de penalización por concepto de daños. Y Palast se pregunta: "¿Cómo qué no había interés de lucro en el descuido? La tripulación del buque estuvo operándolo durante 16 años, para que la Exxon se ahorrara billones de dólares, sin el equipamiento de seguridad contra derrame que la compañía se había comprometido por escrito, bajo juramento y mediante contrato a tener en la nave."
Palast explica que "la fábula del capitán borracho ha sido muy útil para la industria petrolera, al convertir el derrame de petróleo más destructivo de la historia en un cuento sobre inevitables errores humanos. Pero fueron el radar roto, los equipos faltantes, el personal fantasma y las pruebas falsas -todo para recortar gastos- los que tipificaron un imperdonable acto de negligencia criminal derivado de la insaciable mezquindad de los capitalistas.
Unos 11 millones de galones de petróleo vació al agua el buque roto y la superficie derramada cubrió 460 millas cuadradas. A la defunción por hambre, la ruina y la emigración de buena parte de los pobladores se sumó la muerte de miles de animales, incluyendo 250.000 aves y 2.800 nutrias marinas. Más de dos mil millones de dólares costó la limpieza de aquel inhóspito entorno cuyas piedras, ocultas casi siempre bajo la nieve, aun huelen, 20 años después, igual que tantas estaciones de expendio de combustible ExxonMobil en todo el mundo, algunas de ellas a muchos miles de millas de aquellas heladas playas.


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