Lecciones de una Cumbre
La recién concluida 17 Cumbre Iberoamericana dejó abundante tela por donde cortar, enseñanzas, líneas de no retorno y una imagen patética de los gobernantes españoles.
Con toda y su majestad Juan Carlos de Borbón reveló déficit educacionales cuando, interviniendo en un debate que no era con él ni lo aludía, ordenó silencio al presidente venezolano que, con su energía, pasión y franqueza habitual, aunque con absoluta corrección, discutía con Rodríguez Zapatero, devenido lord protector de José María Aznar.
Por su parte José Luis Rodríguez Zapatero, al asumir una tardía defensa del neoliberalismo en términos ideológicos más que desde la economía política y reivindicar el eurocentismo hasta el punto de felicitarse porque "hasta Carlos Marx era europeo", dejó flotando una desagradable imagen.
Dirigiéndose a Evo Morales, cual "pater magíster", con argumentos que por anticuados e insustanciales pudieran sonrojar a los conserjes del Fondo Monetario y del Banco Mundial, asumió una insólita y extemporánea defensa de las privatizaciones, alertó acerca de los riesgos de la nacionalización y previno sobre el crecimiento de sector público y, cuando parecía haber consumido su cuota de desaguisados, la emprendió contra la búsqueda de culpables fuera de los entornos locales.
De pronto como quien deshace maléficos conjuros, nada menos que en América Latina, en Chile y, para más señas frente a los representantes de México, Bolivia, Nicaragua y Guatemala y Cuba entre otros, se minimizó hasta hacerla tenue e imperceptible la intervención y la injerencia extranjera y aconsejó mirarnos por dentro para descubrir en nosotros mismo las culpas de nuestra situación.
De buenas a primera la conquista y la colonización, el saqueo, la trata de esclavos, la guerra para despojar a México de inmensos territorios, el colonialismo y el neocolonialismo, el imperialismo y la dominación del capital extranjero, se volvieron excusas tan triviales como las intervenciones y las guerras, la Doctrina Monroe y la diplomacia de las cañoneras, los desembarcos de marines y la ocupación prolongada.
En un ejercicio de respaldo a la memoria, Ortega y Chávez le recordaron al olvidadizo hispano que estaban en Chile donde sobran las palabras porque las pruebas de la confabulación de Nixon y Kissinger contra Salvador Allende se han desclasificado y presentado en Washington como si fueran la crónica de una hazaña.
Por delicadeza con la presidente Bachelet, nadie mencionó que su padre, un general honesto que sirvió lealmente a Allende fue detenido, humillado y torturado hasta provocarle la muerte y que ella misma, su hermano y su madre estuvieron internadas en un campo de prisioneros y fueron luego exiliadas.
Hubiera sido demasiado invocar la Operación Cóndor, la escuela de las Américas, la Guerra Sucia en Centroamérica con el Irán-Contra incluido y; fatigado ya, Ortega declinó el plato fuerte: "De Cuba y de los cincuenta años de agresiones y bloqueo, no voy a hablar".
Quienes mirábamos la televisión quedamos perplejos cuando Chávez le pedía al rey que no se molestara por las alusiones a Alfonso VII y a Zapatero no se sintiera mortificado por las criticas a las transnacionales españolas que al decir de Ortega usaron métodos mafiosos para apoderarse de las más eficientes empresas publicas nicaragüenses.
El éxito de la 17 Cumbre Iberoamericana radica en haber pasado una línea de no retorno a partir de la cual ya nada será igual y no es posible volver atrás. Lo ocurrido en Santiago de Chile es un viraje en la correlación de fuerzas a escala continental, no sólo porque las voces revolucionarias, progresistas, independientes o simplemente decentes son ahora más, sino porque sus argumentos son mejores.
Por la otra orilla, la Cumbre ratifica la evidencia de que los países desarrollados forman junto a Estados Unidos una entente dedicada a construir una hegemonía, en la que las naciones del Tercer Mundo podrán medrar mientras duren sus recursos estratégicos. El rey y Zapatero terminaron la obra que comenzó la corriente neoliberal y el neoconservadurismo americano: nos mataron la inocencia.

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