¿Le quedan amigos a Aznar?
Adjudican a Orson Welles una frase lúcida: "Cuando subas en la escala social de la vida, mira con mucho respeto a los que vayas sobrepasando porque te los encontrarás al bajar". Creo que José María Aznar, más dado a la poesía y a los clásicos españoles, no conoce la obra de Welles.
De repente, da la impresión que José María Aznar está a punto de ser declarado apestado y solo le queda como referencia emocional la de su amigo americano, el presidente George W. Bush.
La amistad con Bush tiene muchos inconvenientes porque es persona publica que suscita odios y bajas pasiones que nunca sufrirá directamente en razón solo del poder que tiene. Pero es mucho más fácil descargar las iras de quienes odian al poderoso presidente del unilateralismo en los amigos que
ya no tienen poder, como es el caso del ex presidente Aznar.
José María Aznar, a la vista de lo que está ocurriendo, fue un magnífico generador de problemas y un cosechador de enemistades. No podía conversar dos palabras con el Lehendakari Ibarretxe. Maltrataba a los presidentes autonómicos del PSOE, a los que ha llegado a tener en la sala de espera de La Moncloa por espacio de más de un año y medio. Lo que opina de él el Rey de Marruecos, acaba de ser publicado. Sencillamente lo ha comparado con Franco. No podía conversar ni con Hugo Chávez ni con Fidel Castro.
En Latinoamérica se jugó su prestigio y el de España pretendiendo que Chile México apoyaran la guerra de Irak en en Consejo de Seguridad y salió trasquilado. El presidente Srröeder sufría cortes de digestión en cada cumbre hispano alemana cuando almorzaba al lado del presidente español y el presidente Jacques Chirac le miraba desde su metro noventa de estatura como quien mira a un pigmeo.
No es fácil cosechar tantos enemigos en tan solo ocho años y ahora los sarpullidos aparecen en cada fricción, hasta el punto que parece que falta un cuarto de hora para que la dirección del PP recomiendo al ex presdiente que se retire a meditar al monasterio de Yuste, lugar idóneo para el final de los imperios.
Convendría defender el honor de Aznar, solo porque ha sido presidente constitucional de España y no nos podemos permitir el lujo de que nadie falte al respeto a esta institución. Pero también habría que hacer una reflexión colectiva sobre la soberbia en el ejercicio del poder y las consecuencias que se derivan de esa actitud cuando el poder se disuelve.


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