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La ruta del poderoso caballero

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Quevedo llamó poderoso caballero al dinero, y decía que ese mecanismo de intercambio entre los hombres quita el decoro, quebranta cualquier fuero, rompe recatos, invierte jerarquías, ablanda al juez más severo y todo lo trastorna. Mucho más hubiese podido agregar su pluma si, en lugar de la edad media, al destacado poeta español le hubiese tocado vivir los tiempos más recientes donde el imperialismo norteamericano ha convertido a don dinero, y en particular al dólar, en instrumento  para sus aventuras, disparates y monstruosidades.

Excepcionales son las veces en que el imperialismo ha utilizado el dinero para hacer un bien o ayudar a otros pueblos. Si en alguna ocasión ha dado un paso contrario a su egoísmo y avaricia, se hace necesario hurgar en las razones ocultas que lo llevaron a ello. Como, por ejemplo, cuando el presidente Kennedy dispuso destinar 20 000 millones de dólares para el programa Alianza para el Progreso de América Latina. Lo hizo en un intento para contrarrestar el ejemplo de la Revolución Cubana entre los pueblos del continente, e impedir el avance revolucionario de los pueblos. Aquello, sin embargo, como lo demostró la vida, era apenas una gota de agua llevada a la boca de un sediento. La Alianza para el Progreso murió años después, y poco hizo en aliviar la miseria, el analfabetismo, la insalubridad, la falta de viviendas, el desempleo, etc. En materia económica no cumplió nada. Contribuyó sólo a una mayor dependencia y deformación de las economías latinoamericanas.

Ahora bien, dólares en cantidades sin límites siempre ha tenido Estados Unidos para financiar acciones de destrucción y crímenes. Muchos son los ejemplos. Baste recordar los violentos derrocamientos de gobiernos populares y democráticos, como en la Guatemala de Arbenz y en el Chile de Allende; o el adiestramiento y suministro de armas a ejércitos contrarrevolucionarios, como los de Savimbi y Holden Roberto en Angola, o la contra de Nicaragua,  identificados como "luchadores por la libertad"; o lo que hoy sigue haciendo en países como Afganistán e Iraq, llamándolos "luchadores contra el terrorismo"; o el apoyo de todo tipo, incluyendo el financiero, a dictaduras militares y a países terroristas, tales como Trujillo, Somoza o Batista, y el guerrerista y criminal Estado de Israel, receptor de multimillonarios fondos.

De asignaciones aprobadas por el Congreso de Washington para determinados programas, del presupuesto del Departamento de Estado, de fundaciones exentas de impuestos, como la Ford, la Rockfeller, la Freedom House,  de distintas agencias del gobierno de los Estados Unidos, como la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID),  y, sobre todo, de los fondos secretos de la Casa Blanca y de la CIA, sale gran parte de la plata que año tras año, desde hace muchas décadas, se utilizan en el financiamiento de la guerra sucia, terrorismo y acciones de manipulación y propaganda para la desinformación por el imperialismo.

No siempre salen de ahí esos fondos. También de operaciones ilegales y sucias.  Una cifra y un hecho reveladores: Estados Unidos gastó más de mil millones de dólares desde 1981 para armar y financiar la contra nicaragüense. Una parte de esa suma provino de la venta secreta de armas a Irán y de las operaciones de narcotráfico de Oliver North y sus compinches durante la administración Reagan.

Sépase que las fundaciones y la AID son fachadas utilizadas por Estados Unidos para llevar a cabo sus acciones subversivas en muchos países. Sus directores o funcionarios están estrechamente conectados con los servicios de inteligencia de ese país, o incluso pertenecen a ellos. La AID, por ejemplo, entre 1996 y 2001 desembolsó diez millones para financiar los llamados grupos disidentes en Cuba. Esa cifra ascendió a 30 millones en 2003.  La Freedom House Foundation ha cumplido igual papel en el terreno de la propaganda. Esta fundación tiene como director en Washington a Frank Calzón, de origen cubano, que ha trabajado para la CIA desde que llegó a Estados Unidos en 1960.

Con el dinero imperial han sido corrompidos muchos políticos y militares en el mundo. Ilustra lo que dijo en cierta ocasión el general mexicano Alvaro Obregón: "No hay general que resista un cañonazo de 50 mil dólares". Ciertamente los sobornados han sido muchos. No sólo militares, también presidentes, ministros, funcionarios, líderes de partidos políticos, legisladores, jueces, abogados, directivos de medios de comunicación, escritores y periodistas.

Cuba, a lo largo de su historia, ha conocido el papel corruptor del dinero imperial  para cambiar su destino. Desde los días de Jefferson y, después de John Quincy  Adams, aquel que expuso la doctrina de la "fruta madura", los gobernantes de Washington no ocultaron sus sueños de comprar la Isla, apoderarse de ella y anexarla.

Por vez primera, en 1848,  ofertaron cien millones de dólares a España. El reiterado rechazo a tal oferta provocó el crecimiento del monto financiero año tras año. Influidos por los esclavistas del sur, los mismos que habían costeado la expedición filibustera de Narciso López y otros intentos anexionistas, el Congreso norteamericano aprobó en 1856 algo tan escandaloso como un fondo secreto de sobornos a influyentes políticos españoles para que ejercieran presiones y forzaran al gobierno de Madrid a vender a  Cuba. Igualmente carente de toda ética fue la ley de los 30 millones para sobornos que se intentó aprobar después, en momentos en que España mantenía su posición de no venta,  los cubanos no deseaban ser comprados y el Norte y Oeste del territorio de la Unión Americana eran contrarios a que los contribuyentes norteamericanos asumieran tal compromiso. Entonces, la voz de Abraham Lincoln se pronunció contra la adquisición de Cuba a España, o lo que era lo mismo, en contra de la anexión. En las urnas, en 1860, el pueblo votó y eligió a Lincoln, candidato republicano, uno de los pocos ocupantes de la Casa Blanca que ha merecido respeto.

Con la asignación de  tres millones de pesos, una verdadera dádiva, los ocupantes militares norteamericanos lograron en 1899 disolver y desarmar al Ejército Libertador. Tal decisión situó a los cubanos en una absoluta indefensión frente a los propósitos de Estados Unidos. ¿Creerá Bush en su delirio e infantilismo que en los tiempos actuales o en el inmediato futuro podrá reeditar e imponer esa humillante página al Ejército victorioso de la Sierra Maestra, Girón, Angola y otras batallas por la independencia y la dignidad de Cuba y otros pueblos? Los errores cometidos en los dos últimos siglos son lecciones y experiencias que la generación actual tiene muy presentes.

Lo que ocurrió en la república neocolonial fue escandaloso, y también aleccionador. Durante la segunda intervención militar norteamericana (1906-1909), el gobernador Charles Magoon se apropió y derrochó los exiguos dineros del Tesoro Público, e introdujo la figura de la "botella" (puesto que se cobraba sin trabajar en los ministerios) y otras prácticas de corrupción administrativas. Ese fue el principio  de masivos negocios sucios y fraudulentos, escandalosas apropiaciones de las riquezas de Cuba por intereses norteamericanos, incluidas tierras, centrales azucareros, minas, puertos y bancos, junto a robos de fondos y otras prácticas y vicios que enseñorearon a la sociedad cubana a partir de entonces y hasta 1959. Esa es la ruta que el Plan de Bush para una Cuba Libre pretende hacer renacer.

Hoy en Iraq se repite, más o menos, lo sucedido en Cuba hace casi un siglo. De los 18 mil millones de dólares asignados para la reconstrucción, han desaparecido 4 mil sin dejar rastro y casi 200 millones se desviaron de un fondo para suministrar agua al pueblo iraquí hacia la construcción de la suntuosa embajada de Estados Unidos en Bagdad. Y hay otros escándalos como los contratos en beneficio de empresas privadas, entre ellas la Halliburton, cuyo presidente es Dick Cheney, actual vicepresidente de Estados Unidos, y los millonarios pagos a compañías de seguridad. Esa ruta es también la que el Plan Bush pretende en su Cuba post-Castro.

Costosa también para el contribuyente norteamericano ha sido la Base Naval de Guantánamo, sin utilidad alguna para la seguridad nacional de Estados Unidos. Esa instalación se ha mantenido para humillar, hostigar y agredir al pueblo cubano. La Revolución Cubana, en digna actitud, jamás ha cobrado el pago simbólico anual que hace el Imperio por ese enclave militar. Ese dinero es ofensivo a la dignidad de Cuba.

Lo cierto es que al poderoso caballero Don Dinero Imperial no le ha sido fácil abrirse paso en una Cuba revolucionaria armada de ideas, conocimientos, principios sólidos y una ética y valores irrenunciables. Los sentimientos antianexionistas del pueblo cubano son mucho más profundos que ayer. Claro, siempre hay algunos tímidos, débiles, soberbios, los apegados a las riquezas materiales que son capaces de vender sus conciencias y la dignidad por el oro ofertado por el vecino que, en fondo, nos desprecia y cuya pretensión es humillarnos.

Ahí, en ese grupo, están los mafiosos de Miami; los que se han vendido como mercenarios de la pluma e integran los grupúsculos del llamado "periodismo independiente"; aquellos que apoyan, en el fondo, las medidas de fortalecimiento del bloqueo contra Cuba y las crueles y brutales recientes medidas de Bush sobre los viajes y las remesas; los que andan coqueteando con el señor James Cason, al frente de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Los que, en fin, viven de la ilusión de que los norteamericanos y sus dineros van a salvar a Cuba.

Para esos, en realidad, está dirigido el informe de la supuesta transición democrática en una llamada Cuba libre. Las medidas y la asignación de fondos para su aplicación son los caramelos que Bush, en este año electoral, pone en sus bocas. Ese dinero es lo que tiene bien revueltos a  fieras y buitres del  zoológico anexionista. Y se disputan qué parte del pastel les tocará en la repartición, aunque como siempre ha ocurrido la mayor parte de esos fondos se quedará en Miami, donde se halla el cuartel general de lo que el periodista Luis Ortega ha llamado, muy acertadamente, "la industria del anticastrismo".  El edicto del Emperador Bush menciona 36 millones para el fortalecimiento de la "sociedad civil", es decir la llamada disidencia, 18 millones para las ilegales transmisiones de radio y TV Martí, pero de muchas decenas o centenares de millones más sólo conoceremos de ellos dentro de treinta o cuarenta años cuando sean desclasificados, con tachaduras y mutilaciones, los documentos secretos de la CIA.

La tropa mercenaria del Caballero Imperial y de su poderoso dinero tiene, al menos, algo bien claro dentro de esta danza de millones: Que quien paga, ordena y manda; quien cobra sus emolumentos, aunque puedan mancharse de sangre y destrucción, obedece y sirve como lacayo reptil. Triste papel, en verdad.  No es posible cambiar la naturaleza humana de algunos. Sucedió antes y sucede ahora. Lo que si nos corresponde, a los que tenemos una ética insobornable, es atajar, denunciar y combatir  tales tentaciones y apetitos antipatrióticos. Eso no los enseñó Martí.       

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Juan Marrero

Juan Marrero

Periodista cubano, vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba