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La monarquía española: Un noviazgo mediático

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  Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura.  

El hijo de los reyes de España se ha comprometido con una plebeya, divorciada y periodista, lo cual ha conmovido a la prensa del corazón. El acto es estimado como un paso hacia la modernidad pues el vástago privilegiado no ha seleccionado a una de las numerosas aristócratas europeas que aún subsisten en Europa, como una demostración de que hay males que sí duran más de cien años.

La ceremonia del compromiso ha constituido  un desenfreno mediático. La prensa española se desborda en comentarios y la muchacha común que llegó a palacio constituye el sueño realizado de modistillas, oficinistas, criaditas y adolescentes ociosas. Todas ven en este noviazgo la posibilidad dada a un ser humano de salir de sus miserias, de su mediocridad cotidiana o de su aburrimiento social mediante un golpe de azar que la haga encontrar el príncipe encantador. Es el cuento de la Cenicienta narrado de otra manera. Es la historia de la Bella Durmiente repetida. Evidentemente los adultos se resisten a serlo y abandonar la inocencia infantil donde disfrutaron de todas las inmunidades y prerrogativas de la ingenuidad.  

En sus recuerdos el ex subdirector de la CIA Vernon Walters rememora que visitó a Franco por encargo de Nixon para indagar el grado de  firmeza del régimen español que permitiría una transición sin sobresaltos  tras la muerte de Franco. El dictador español le respondió que todo seguiría igual porque él había creado algo que no existía cuando tomó el poder. Walter pensó que iba a mencionar al ejército y la respuesta de Franco le sorprendió: la clase media española.

Efectivamente es esa clase media la que alienta la ficción monárquica porque le permite un plano de ensoñación con el mundo encumbrado de palacios y recepciones, espectaculares fines de semana en los paraderos de moda, regatas en yates y competencias hípicas, bodas de gran boato,  o sea, el orbe de la frivolidad fastuosa, el regodeo frívolo del jet set, la  brillante pompa de los encumbrados la cual la clase media no cesa de anhelar.

Según algunos teóricos el régimen monárquico garantiza el  equilibrio, la estabilidad y el contrapeso  de una nación. En el caso inglés la reina es la Jefa del Estado y tiene funciones meramente representativas y  ceremoniales con un costo oneroso para el contribuyente al fisco.  Pese a ello la plebe corre a verla desfilar en su carroza, por el mismo fenómeno que provoca que se le pidan  autógrafos al cantante de turno o se coleccionen fotos de artistas de cine. 

Muy diferente es el caso de España  donde Juan Carlos y Sofía viven como  burgueses acomodados, sin la excesiva ostentación inglesa. Los monarcas españoles tienen una mayor frecuentación social, cultivan una  intimidad con el medio que les rodea y  saben acercarse  al ámbito de la meritocracia. Han rehusado  mantener una corte y el Palacio de Oriente no es residencia privada sino un escenario para los fastos del gobierno. 

El origen de la monarquía se debe a la fuerza bruta. Los más aptos para la guerra, los fieros y crueles, encabezaron la tribu en los tiempos en  que el hombre era el lobo del hombre. El proceso que permitió que la República Romana, el período de los Escipiones y de los Gracos, diera paso a los Césares, se debe a la extensión  de un imperio que necesitaba concentración de poder.  De ahí a la absorción de las normas de la  autocracia oriental, el derecho divino de los reyes,  el despotismo ilustrado  y la monarquía parlamentaria ocurrió un largo proceso.

En su momento la monarquía fue un paso progresista al centralizar  las ciudades  feudales y debilitar el yugo servil que imponían. Pero el principio básico no se alteró: el legado hereditario hacía depender de la suerte si se tenía un buen gobernante o no.  Existieron Luis XIV, Catalina la Grande y Federico de Prusia, y también hubo idiotas tarados,  lerdos, cretinos, analfabetos y zopencos a cargo de una nación por el mero hecho de haber nacido en determinada cuna. 

El atractivo principal de las monarquías reside en su apelación a sentimientos paternalistas,  a la cómoda irresponsabilidad de quien confía en un tutor que se halla por encima de todos. Las repúblicas descansan en la racionalidad y  la consulta a las mayorías. Las monarquías confían en una oscura mansedumbre, en una supeditación a un símbolo, en un apego a las tradiciones,  en un mito nacional que se nutren de la imagen del monarca.

El noviazgo del hijo de los Borbones de España viene a confirmar este remanente de la edad de piedra que todavía padecemos.

gotli2002@yahoo.com

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.