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Dos diálogos inusuales entre Fidel y Allende

Por: Luis Báez
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Entregado por su autor a Cubadebate, especialmente para este número dedicado al 30 aniversario de los sucesos del 11 de Septiembre de 1973

Eran los días felices de su última visita a Cuba. El pueblo había recibido al amigo leal y ejemplar compañero con las mayores manifestaciones de entusiasmo. Salvador Allende llegaba de nuevo a la tierra de Martí, y Fidel, investido en esa ocasión con los atributos  de la más alta magistratura de su patria. Su condición de presidente, empero, no lo subordinó a las fórmulas del protocolo. A la  cálida acogida oficial, representativa de los sentimientos populares, siguió el contacto directo con los trabajadores. Fuera de programa, él mismo se asignó la noble tarea de acercarse a amigos y compañeros con quienes había mantenido estrecha convivencia en  anteriores oportunidades. Ahora que era presidente quería agradecer personalmente -en inolvidable gesto humano- las que había recibido entonces, cuando aún no era el primer  mandatario. 

Una vez se le vio, junto a Fidel, alzar su voz en la Plaza de la Revolución para testimoniar su gratitud por la inquebrantable solidaridad cubana con el pueblo chileno, materializada, en aquella ocasión con la entrega gratuita de una parte de la cuota de azúcar destinada da al consumo nacional. Conmovido por el gesto, Allende se sentía cada vez más vinculado al pueblo que lo vitoreaba ante la estatua del Apóstol. Casi un año después lo diría Fidel, al evocar el grato paréntesis de diciembre de 1972, Allende estaba entre nosotros como «entre verdaderos hermanos, se sentía en familia». Cuba era para él  como un bálsamo que lo aliviaba de la fatigosa tensión que sufría en  su querida patria, acosado por la jauría fascista que finalmente lo acribilló a balazos en su propio Palacio de La Moneda, donde el  Presidente constitucional escribió impresionantes páginas de resistencia  heroica.

En su último encuentro con el pueblo cubano, Allende dejó una profunda huella de camaradería, de amistad personal, de compañerismo, de fervor revolucionario. La imagen que se tenía de «aquel hombre humano -expresaría emocionado Fidel el 28 de septiembre de 1973-, de aquel hombre decente, de aquel hombre honrado, de aquel hombre firme, de aquel amigo leal», se había patentizado en múltiples ocasiones en su contacto con los dirigentes de la Revolución, con los trabajadores, con el pueblo.

Estampa fraternal de tan memorable visita fue su paseo por aguas del Atlántico, junto a Fidel, a bordo del yate «Pájaro Azul», cuya  reseña, inédita entonces, ofrecen ahora los enviados especiales de  Bohemia, que estuvieron cerca de ambos durante la travesía en la misma embarcación.              

Alrededor de las tres y treinta de la tarde llegaron Fidel y Allende a la dársena de Varadero. En el camino hacia el embarcadero fueron   rodeados por los periodistas. Los saludaron a todos con mucha cordialidad. El Presidente chileno se detuvo y aprovechó la oportunidad para presentar a Fidel a varios reporteros de su país.                 

   Con Allende y Fidel subieron a la nave Carlos Rafael Rodríguez, el comandante Manuel Piñeiro, Raúl Roa, Osmany Cienfuegos, Beatriz Allende, Augusto Olivares, así como otros miembros de la comitiva chilena. 

Allende caminó  con Fidel rumbo a la proa. Los dos dirigentes conversaron  brevemente a solas. Mientras el yate salía del canal avanzando   lentamente mar afuera, Fidel le iba señalando algunos lugares de la costa. Allende se colocó un sombrero guajiro a la vez que    expresaba muy risueño: «Me lo regaló Echeverría en México; no te vayas  a equivocar y pienses que es un sombrero de huaso.»

No preocupes del sombrero -fue la respuesta de Fidel-. Fíjate donde pisas, pues el mar está agitado y vamos a movernos un poco.»

Allende se sentó en el suelo junto a Beatriz que, amorosamente, lo tomó de un brazo. Fidel, de pie en una punta, daba instrucciones a los oficiales que estaban a cargo del barco. Mientras tanto, fotógrafos y cameraman captaban las cordiales escenas.

No era común que líderes políticos de la envergadura de Allende y Fidel se les viera compartiendo con tanta camaradería. Las olas cubrían la proa del «Pájaro Azul».

«Es mejor que se aumente la velocidad para que no nos salpiquemos tanto», indicó Fidel.
  Allende se incorporó. Se unió a Fidel y ambos se situaron junto al ventanal frente al timonel.

Algunos periodistas, en unión del comandante Piñeiro, hicieron cadena con sus brazos junto a Fidel y Allende en la baranda y resistieron a pie firme el tremendo oleaje.

Amainada la furia del oleaje Allende y Fidel entraron en la cabina de mando. Estaban empapados de arriba a abajo, pero el humor era inmejorable.

Ya en la cabina, Allende, llevando puesta la gorra verde olivo del comandante Piñeiro, toma el timón de la embarcación. A su lado, Fidel, de maquinista, regula la velocidad y los controles.

«Tira hacia estribor, Salvador -le dijo-, para que pasemos junto a ese yate de velamen blanco.

«Bien, Fidel, pero imprímele más velocidad, porque estamos avanzando poco.»

Y el yate, a cuarenta nudos por hora, parecía que volaba sobre las crestas de las gigantescas olas.

«No veo nada con estas olas que pegan tan tupido», le expresó Allende a Fidel.
 "Lo que pasa es que no limpiaste los vidrios de tus espejuelos  y están salpicados de agua», fue la respuesta seguida de una gran risa de Fidel.    

Un nuevo episodio ocurría en esta jornada náutica. Ambos dirigentes decidieron saludar la tripulación de otro barco donde viajaba el resto de los periodistas, fotógrafos y camarógrafos.

«Acerquémonos al barco de la prensa que está ahí más adelante», pidió Fidel al piloto chileno.

«¿Quieres que te saquen fotos?», le contestó Allende.

«Ellos vienen para eso. Si tú quieres salgo yo solo y tú te quedas dentro... »

 Ambos sonrieron. Los dos líderes dejaron sus puestos de mando y se aprestaron para saludar al barco de la prensa.

La maniobra se hizo velozmente. Uno de los oficiales de la embarcación le advirtió a Fidel: «Comandante, si salen por ese lado, se van a mojar de nuevo.

Las olas pegan fuerte por el lado izquierdo. Espere que demos la vuelta y no pasará nada... »

«Sigan así no más, parece que Salvador se quiere seguir mojando.

Fidel y Allende salieron de nuevo a cubierta y saludaron periodistas, a la vez que el mandatario chileno les gritaba:

«¡Muchachos, al abordaje!»

«Con esta mojada estoy listo», expresó Allende y penetró nuevamente en la cabina de mando. «No te preocupes, Salvador. Vamos a volver de inmediato", le comunicó Fidel.

Después de dos horas de navegación por las aguas del Atlántico el «Pájaro Azul» tornaba rumbo a Varadero. En el trayecto Alberto Gamboa, director del periódico Clarín, que- según noticias cablegráficas fue asesinado junto a su esposa por los fascistas, le dijo a Fidel: «Comandante, al verlo a usted conduciendo el yate junto al Presidente Allende, nosotros los periodistas no podemos dejar de ver en todo esto una imagen política. Excúsenos por la pregunta, pero ¿qué le parece a usted todo esto?»

Fidel respondió rápidamente:

«Salvador iba de piloto y yo iba de maquinista. Por los resultados pueden ver que no hubo bajas. Hicimos el recorrido y regresamos a tierra sin accidentes. Un éxito total. De la misma manera tenemos que hacer navegar el barco de la revolución en nuestros países. Y  por supuesto, de la revolución en el continente americano con el esfuerzo de todos. Los tiempos van cambiando. De todas formas hace algunos años no era posible concebir que los dirigentes de Chile y de Cuba estuvieran navegando aquí, a noventa millas de los Estados Unidos y sin problemas. No en son de guerra sino en son de paseo. Optimistas, confiados y por mares tempestuosos, porque la mar estaba realmente tormentosa hoy. Pero la mar es como el camino de la revolución, que es tormentoso y difícil, pero cuyos escollos los revolucionarios pueden perfectamente sortear.»

Y mientras tomaba la gorra que le entregaba un ayudante, ordenando sus empapados cabellos, agregó:

«Pero eso es lo qué pienso yo. Para mí es más importante lo que piensan ustedes. ¿Qué les pareció la cosa? ¿No creen que es necesario que ustedes también opinen, no como periodistas, sino como chilenos?»

La respuesta también surgió espontánea:

«A nosotros nos impresionó una escena, Comandante, que resume todo. Cuando la embarcación aumentó su velocidad, y rompiendo las olas que barrían la cubierta, usted y el Presidente Allende apoyándose uno en el otro, haciendo cadena con los periodistas y soldados que los acompañaban mientras el viento los empujaba  y el agua los golpeaba con furia, ustedes recortaban sus figuras en un a gesto de audacia y agresividad que impresionaba. Y mientras les  viento les revolvía el pelo, mientras el agua les empapaba las ropas  y las caras, impresionaban por su seguridad, por su firmeza. Ésa fue una escena realmente impactante... »

"Y es más, nosotros, que también corríamos peligro, haciendo un esfuerzo todos juntos, revueltos cubanos y chilenos, era como para  filmarlo y no olvidarlo. Palabra que nos parecía, compañero Fidel,  que todos nosotros luchábamos por sostener a los dos líderes frente  a los elementos que querían derribarlos... Esa fue, sincera nuestra impresión.»

 «Tienen ustedes razón -afirmó Fidel sentenciosamente-, era en verdad una estampa típica de una revolución. Yo también lo sentía así... »

 

 UN GRAN ABRAZO SOBRE LOS CIELOS DE CHILE

El IL-18 de Cubana de Aviación que conduce a la delegación cubana vuela rumbo a Concepción a una altura de veintisiete mil pies cuando se recibe una llamada de otro avión que también está en vuelo. Comunican que el Presidente Allende quiere hablar con Fidel. El comandante Abrantes, ayudante personal del Primer Ministro pasa el aviso. El Jefe de la Revolución Cubana está acostado.  Trata de dormir. No ha pegado los ojos en toda la noche. El trabajo lo ha permitido. No quiere perder un solo minuto.

Fidel se levanta. Se dirige a la cabina del avión. Se establece el contacto con el piloto de la nave presidencial y le informa que el Primer Ministro de Cuba se encuentra listo para hablar con el Presidente  de Chile.

La voz familiar y querida de Allende  escucha a los pocos instantes. «¿Cómo te sientes, cómo anda tu salud?», son las primeras palabras que expresa el dirigente chileno.                     
Fidel, sonriente, le responde: «Me siento bien. Aunque tengo la voz un poco tomada, como consecuencia de las numerosas intervenciones que he hecho. No me bañé en las aguas de Iquique. He sido el hombre más prudente del mundo. En mi vida había sido tan conservador.»                     
De nuevo la voz de Allende. «Espero que hayas podido apreciar cuánto significa Chuquicamata para el trabajador, tanto de la pampa  como del cobre. Son gente muy buena.»

 «Sí, exactamente, todo es cierto.  Óyeme, ese norte- es grandísimo. Ahí cabemos los dos juntos», señala Fidel. 

«El sur es más grande todavía. Vas a ver nuestros lagos, nuestras montañas», responde Allende.                                                         

«Bueno, yo voy encantado para allá y contentísimo porque te voy a ver mañana», le dice Fidel.

«En Puerto Montt a las siete de la tarde, mañana -precisa Allende-. Nos está esperando el barco de la Armada y tenemos que zarpar temprano.»    «Todo está dispuesto para estar puntuales allí», -añade Fidel. Y continuando el diálogo Allende afirma:
 
«Te ruego me saludes cariñosamente a todos los compañeros de la delegación. Estamos orgullosos de que nuestro pueblo te haya de- mostrado el afecto que siente por Cuba y por ti, por lo que representas.»

«Bueno, en poco tiempo nos cruzaremos. Te ruego que pases por lo el alto o por abajo, pero que no vengas recto, por favor», dice sonriente Allende.

Fidel: «Yo no sabía que tú estabas en el aire.»

Allende: «Me dirijo a Copiapó a un congreso minero que se va a celebrar allí.»

«Bien, entonces estamos tomando todas las medidas para pasar a buena distancia el uno del otro, para que no haya ni el menor una riesgo», y Fidel, agrega: «Recibe un gran abrazo sobre los cielos de Chile.»

 Y Allende responde: «Recibe tú también un abrazo. Cariños para la gente. Adiós.»
«Adiós y gracias.»

Fue un diálogo breve pero enmarcado en un extraordinario cariño y afecto entre los dos máximos dirigentes de Chile y Cuba. Hoy el cielo chileno se ha visto nublado con la muerte de Presidente y el asalto al poder del fascismo. El pueblo chileno se encargará de volverlo a despejar.

Publicado en Bohemia, La Habana, 5 de octubre de 1973.

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Luis Báez

Luis Báez

Periodista y escritor. Autor de cerca de 20 libros entre los que se destacan: Secretos de Generales, El mérido de estar vivo, Miami: donde el tiempo se detuvo, Preguntas Indiscretas, Más esperanza que fe, Absuelto por la Historia, Chávez nuestro, Así es Fidel y Evo espuma de plata. Premio Nacional de Periodismo José Marti en el año 2003