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Papa Francisco publica carta sobre abuso sexual del clero: “Si un miembro sufre, todos sufren con él”

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El papa Francisco. Foto: Reuters.

El papa Francisco escribió una carta sin precedentes a todos los católicos del mundo en la que les pidió ayuda para desterrar la “cultura de muerte”, en referencia a los abusos sexuales en la Institución que dirige. El pontífice también prometió que la Iglesia no escatimará esfuerzos para evitar que ocurran o se encubran delitos de tanta gravedad.

“Con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte”, dijo Francisco.

La misiva responde también a un reciente informe del gran jurado en el estado de Pensilvania, que concluyó que, si bien la mayoría de los casos “pertenecen al pasado”, los abusos “fueron ignorados durante mucho tiempo, se mantuvieron en silencio o se silenciaron”.

Un funcionario del Vaticano dijo que era la primera vez que el Papa escribe a los mil 200 millones de fieles del mundo sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Las cartas pasadas referidas al escándalo estuvieron dirigidas a obispos y católicos de países afectados.

La semana pasada, el gran jurado en Pensilvania reveló sus resultados de la mayor investigación sobre delitos cometidos por clérigos de la Iglesia Católica estadounidense, y determinó que 301 sacerdotes en el estado abusaron sexualmente de menores en los últimos 70 años.

La carta de Francisco fue publicada en momentos en que la Iglesia afronta una serie de escándalos por abusos en países como Estados Unidos, Chile y Australia.

También fue divulgada días antes de que el pontífice visite Irlanda, donde la confianza de los fieles aún se recupera de una crisis similar por abusos sexuales.

Texto completo de la carta del Papa Francisco

“Si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

1. Si un miembro sufre

En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: “Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! […] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)” (Novena Estación).

2. Todos sufren con él

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, “porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”” (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” (Gn 4,9).

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que “no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente”.[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

Siempre es bueno recordar que el Señor, “en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).

“Si un miembro sufre, todos sufren con él”, nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien “instar más en la oración” (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

(Con información de Reuters/ Santa Sede)

Se han publicado 22 comentarios



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  • FCB dijo:

    Muy bien por el Papa

  • Raciel dijo:

    Una de las muchas partes oscura de la religión.

  • Franklin Pimentel Torres dijo:

    Oportuna aceptación de errores y adecuada propuesta de enmienda

  • Franklin Pimentel Torres dijo:

    Oportuna carta

  • Lorena dijo:

    Todo esta bien, pero ¿y las sanciones? Los culpables deben pagar y hasta ahora no se habla de eso.

  • Saphira dijo:

    No creo que esto sea problema del pasado, va a seguir pasando, al menos el Papa Francisco ha tenido el valor de reconocerlo publicamente, ahora deberiamos de ver que medidas tomaran con estos agresores, espero que sean ejemplarizantes para todos, porque si eres un simple civil vas a la carcel ¿que diferencia hay con los curas?

  • Y.MARIA dijo:

    Fuerza Santidad, resamos por ti.

  • plaff dijo:

    Lorena las sanciones las determinará el Papa Francisco junto con el clero y será desición de la Santa cede su publicación o no, al menos hay valentí en este sumo Pontífice de denunciar lo que otros como Juan Pablo II no hizo, bien por Francisco

    • Martin dijo:

      Las sanciones consistirán en rezar cuatro avemarías y dos padrenuestros.

      • lala dijo:

        asi lo resuelven todo, claro a quien no le conviene ser catolico si el peor catigo que te pueden dar es ese. Solo se engañan entre ellos mismos

      • Yerandy dijo:

        Para nada no hable a la ligera usted llevaran las mismas sanciones de aquellos que incurren en ese mortal delito, respete la valentia y santidad del Papa Francisco

      • Sergio dijo:

        Yerandy

        Está intentado decir que estos SACERDOTES PEDOFILOS serán llevados a JUCIOS?, usted está seguro de que será así?, pues si no es así todo quedará en PALABRAS VACIAS, y bla,bla, bla,,,, por lo tanto, de NADA vale la PALABRA del SANTO PADRE, si ólo se que dará en MUELA. Con MUELA no se resuelve este mal que envuelve a la Iglesia Católica.

        Saludos,

    • Standel dijo:

      A caso la Iglesia Catolica esta por enciama de la ley? Wao

  • lala dijo:

    a ya, si que facil pedir disculpas pero donde estaban los ultimos 70 años de los que hablan? Mucha reunion con las victimas, mucha palabreria, y poco hacer con los culpables que dicho sea de paso la mayoria deben de estar muertos y espero que si el infierno existe esten ahi retorciendose. La iglesia catolica es una gran farsa desde el mismo principio y lo sera siempre. Surgio como otro tipo de esclavitud y esto es solo una señal de que ya necesitan nuevos mecanismos para continuar con su poder porque la cosa se le esta poniendo un poco fea, ya es hora de hacerse los justos despues de siglos de injusticia.

    • Yerandy dijo:

      Te reprendo en el nombre de satanas hereje como te etreves hablar asi de la iglesia universal

  • Arturo Ramos dijo:

    No es suficiente. Falta la exortación a cooperar con las autoridades para que los autores de estos delitos sean sometidos a la justicia terrenal, presitos presitos deben de estar estos mamarrachos vestidos de fieles.

  • Mario el cojo dijo:

    Mis respetos para el papa Bergoglio, pero es paradójico que cuando llegamos a viejos nos crezcan desmesuradamente las orejas cuando ya no podemos ni escuchar lo que nos dicen.
    Quizás es un intento inútil de la evolución darwiniana para compensar y no hacer gritar a nuestros interlocutores.
    Las mias ya no tienen nada que envidiarle a las de los elefantes africanos.

    • elle dijo:

      Sabias que la guia del baticano dice que los obispos no estan obligados a denunciar el abuso de menores? Sabes gracias a quien esta vigente esa ley? Yo no le tengo ningun respeto a ese espantapajaros

  • Grethel dijo:

    Papa Francisco, pena de muerte para esos herejes, o no lo son?…

  • Daniel dijo:

    Agradezco infinitamente las palabras escritas por el Papa Francisco con relación a todo lo malo que rodea a nuestra Iglesia Católica, en los casos de sacerdotes pederastas que han maltratado a miles de menores en varios países. Es deber de todo cristiano decir siempre la verdad, por muy dura que sea y eso es lo que esta haciendo el sumo pontífice, por eso lo aplaudo una vez mas y siento un orgullo inmenso por el.

  • Saphira dijo:

    ¿Y todos los que han pasado antes que, eran mudos? porque esto no es de ahora al contrario ha salido a la luz por la magnitud que ha alcanzado ¿O los otros no eran catolicos?, lo que realmente hace falta es justicia para los miles de niños abusados por esos que se dicen servidores de Dios paero parece que estan por encima de la ley, como dije antes le reconozco al Papa Francisco el valor y la honradez de sacarlo a la luz publica por primera vez en la historia.

    • Sergio dijo:

      Saphira

      Reconocerlo y sacarlo a la LUZ PUBLICA está muy bien, ahora, veremos si es CAPAZ de enviarlos a la JUSTICIA como merecen todos estos,,,,, eso mismo.

      Con reconocerlo y sacarlo a la LUZ PUBLICA no se va a resolver este flagelo.

      Veremos.

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